Disclaimer: Naruto y sus personajes correspondientes pertenence a Masashi Kishimoto.


Capítulo 3.

Hinata


—¿A dónde vas casi los días? —soltó su padre, durante la comida. Hinata se congeló, el corazón casi saliéndose del pecho.

Por un momento, casi quiso decirle la verdad. Parecía más fácil confesar sus pecados de una vez.

Porque era una mentirosa al estar encontrándose con un esclavo en la cabaña del río.

Disfrutando el tiempo que pasaba con él.

—A la cabaña en la orilla del río —murmuró, sin levantar la vista. Era la verdad.

Hiashi frunció el ceño.

—¿Por qué ahí? —preguntó, estaba más hablador de lo normal.

Hinata sonrió con tristeza.

—Me recuerda a mi madre.

Siguieron comiendo en silencio. Casi nunca hablaban mientras comían.

Últimamente todo era extraño.

—Tu boda está cerca —dijo su padre. Ella se quedó en silencio, simplemente asintió, mientras se metía un bocado de arroz a la boca.

Callada y dispuesta.

Sólo tenía que jugar ese papel.

Cuando terminaron de comer, lo escuchó ponerse de piel. Quería verlo a los ojos, pero no podía, era una falta de respeto. Sintió que Hiashi la miraba por un largo rato y después se marchó.

Dejándola sola.

Ese día se la pasó en su recámara, tratando de entender, o entenderse a sí misma. ¿Qué era lo que quería?

¿Qué esperaba?

Últimamente sus frustraciones crecían y con ellas la infelicidad. Ella no era este tipo de chica. Pero por alguna extraña razón, estaba cambiando, cada vez sentía que algo parecido a la rebeldía crecía en su interior.

Cuando la dejaron acostada y con tantas mantas que no sentía el frío, dejó su mente volar.

Naruto pensaba que ella era una tonta.

Que su sufrimiento no se comparaba con el de él. Aún podía recordar sus palabras del día anterior. Se sentía dolida.

Porque tal vez tenía razón. Hinata no conocía el hambre, ni la esclavitud, mucho menos el dolor físico.

Pero sí sabía lo que era no tener libertad. Compartían eso. Aunque él lo negara.

Esas últimas dos semanas parecían un sueño. Lo que empezó como una obra de caridad o tal vez un acto de redención, se terminó convirtiendo en un escape de la realidad.

Hablar con Naruto era fácil. Tenía tantas historias, algunas divertidas, otras más oscuras. Pero eran anécdotas, al fin y al cabo.

Hinata disfrutaba las tardes a su lado, le gustaba enseñarle a escribir y leer. A veces sentía que estaba haciendo algo bueno por alguien, que de alguna manera contribuía en algo. Pero entonces, él era quien le enseñaba, sobre hierbas medicinales, sobre la vida.

Hablaban mucho.

Hablaban y hablaban.

No sabía por qué, pero a su alrededor todo parecía más fácil. No necesitaba pretender, porque él tampoco lo hacía.

Se trataban como dos seres iguales.

O eso pensaba, antes de que la viera con rabia por decirle que ella también hubiera querido morir en la epidemia.

Hinata se sintió sola de nuevo y huyó.

Pero ahora, ahí estaba, con los ojos llenos de lágrimas, en su futon, lamentándose de sus decisiones impulsivas.

Naruto era como el sol y ahora no estaba.


Al día siguiente, Yoshimashi apareció en las puertas del palacio, cargaba tantos regalos que toda la servidumbre estaba sorprendida.

Hinata sonrió con amabilidad al recibirlo.

Dócil y callada.

Pasaron la mañana juntos, paseando en las afueras del palacio, en los lugares donde no había tanta nieve.

Lo escuchó hablar de la guerra, de las grandezas que le esperaban. Le prometió darle un castillo, lleno de lujos, donde no extrañaría su hogar. Ella se limitó a sonreír, agradecida, dispuesta.

Y luego mencionó los hijos.

Esperaba que su primogénito fuera varón, alguien quien heredara su ambición por la lucha y la fortuna.

Fue ahí cuando Hinata se dio cuenta lo retorcido de la situación. Casi podía verse en unos meses, embarazada, llena de angustia de saber si su hijo cumpliría con las exigencias de su esposo.

Entonces, si no lo hacía, ella terminaría siendo juzgada y criticada, viviendo en la miseria, como su madre lo hizo.

Cuando se despidieron, Yoshimashi fue respetuoso, hizo una reverencia y le dio un beso en el dorso de la mano.

Hinata sintió que vomitaba. Se encerró en su recámara y pidió que le trajeran agua limpia. Talló su mano con tanta fuerza que se dejó la piel rojiza.

No quería esta vida. Kami-sama, no quería esa vida.

Sin pensarlo dos veces, salió corriendo de su recámara, rumbo a la cabaña. No llevaba comida, ni pergaminos o tinta. No tenía nada. Pero necesitaba ver a Naruto, era su único amigo.

Si es que se le podía llamar así a la relación que tenían.

Cuando entró, se sintió aliviada de verlo sentado cerca del fuego, inmediatamente levantó sus ojos azules para observarla. Hinata no sonrió.

En cambio, se dejó caer en el suelo, en un rincón. Cansada, triste. Se dio cuenta que la observaba, probablemente sorprendido de su aspecto.

Estaba desaliñada y trataba de contener las lágrimas.

—Tuve un mal, muy mal día —susurró—. Pensé en venir aquí, pero… —evitó mirarlo—. ¿Somos amigos? —dijo, finalmente. Necesitaba saber que sí.

Naruto asintió.

—Supongo —sonrió nervioso, quería decirle que no necesitaba estarlo, sólo quería su sinceridad—, ¿estás bien?

Le pidió que se sentara a su lado, él lo hizo. Estaba cansada. Por primera vez, se tocaron.

Sus hombros se rozaban.

Jamás lo habían hecho.

Ni una sola vez.

Pero la sensación era agradable.

Le preguntó que, si alguna vez había tenido que hacer algo que no quería, él respondió que sí.

—Mis problemas no se comparan a los tuyos, lo sé —murmuró. Tenía miedo, pero por alguna razón sentía que podía abrirle el corazón. Era estúpido esa confianza extraña que le transmitía—. Pero… duele también, sabes.

Naruto se disculpó. Hinata pudo ver en sus ojos que era sincero y lo aceptó. Era normal tener desacuerdos, probablemente en el futuro los habría.

Futuro, ¿había un futuro?

En medio de la melancolía y los sentimientos agridulces, terminaron viéndose fijamente. Ella sentía que su interior se estremecía.

—Te extrañé —dijo él, de la nada.

Se quedó en silencio un instante, sabiendo que lo que dijera a continuación podía condenarla. Poco le importaba.

Así que asintió.

—Yo también —respondió, agotada de luchar consigo misma y los demás. Sus hombros aún se rozaban, por lo que se recostó en su hombro.

Lo sintió estremecerse, pero no le dio importancia.

Sólo un instante.

Un minuto.

Era suficiente con eso.


Sin que se diera cuenta, los días pasaron, uno tras otro. Hinata jamás se había sentido tan libre.

Naruto era agradable y la hacía reír.

Le hablaba sobre las plantas medicinales, a veces trataba de dibujarlas, pero sólo hacía garabatos. No le importaba, le gustaba la idea que tratara de esforzarse en enseñarle.

También le gustaba la forma en que se esmeraba por explicarle cosas que no podían explicarse. Como el olor de las hierbas, por ejemplo.

Ella sólo sonreía y asentía. Entusiasmada ante la idea de que algún día de verdad pudiera enseñarle.

Por otra parte, Hinata tampoco desperdiciaba el tiempo, durante esos días logró que Naruto aprendiera a leer textos más elaborados y escribir algo más que su nombre. Para su alegría, aprendía rápido. Pronto, empezó a preocuparse de no tener más que enseñarle.

Esas pocas horas al día que lograba estar a su lado, se sentía tranquila.

Justo en ese momento estaba comiendo. Le había traído pescado y verduras.

Siempre comía con alegría, le gustaba observarlo, de alguna forma se sentía satisfecha consigo misma. Pero en ese momento, Naruto estaba serio y distraído, perdido en sus pensamientos. Llevaba picando el arroz un rato, sin ánimo.

Se preocupó, ¿estaba enfermo o algo así?

—¿No tienes hambre?

No le respondió. Lo vio removerse incómodo en su lugar, entonces habló:

—Creo que me iré pronto, de veras —estaba tenso—. Es hora.

No le respondió. Abrió los ojos con sorpresa. Esperaba cualquier cosa, menos eso, ¿qué estaba mal?

Entonces, casi se golpea a sí misma por tan estúpida pregunta. Todo estaba mal, él lo sabía.

Ella también.

Y estaba tratando de acabar las cosas antes de que fuera demasiado tarde.

Sin embargo, Hinata no quería entender, se negaba. Estaba siendo egoísta e inmadura.

—¿P-Por qué? —preguntó, directamente—. Puedes quedarte el tiempo que quieras, no diré nada.

Él sonrió.

—Lo sé —la vio a los ojos—. Pero, ¿cuánto tiempo seguirás viniendo, trayéndome comida y ropa? Si te descubren, será el final, de ambos.

Y con eso mató todas sus ilusiones. Tenía razón. Sabía que la tenía.

No podía obligarlo a quedarse, a que siguiera perdiendo su tiempo con ella. No tenía le derecho de pedirle algo así, puesto que su propio tiempo estaba contado.

Pero, a pesar de que era lo correcto, no pudo evitar sentir que el corazón se le rompía.

—Yo… —trató de decir algo, pero se le formó un nudo de la garganta. Se llevó las manos al rostro, para ocultar su vergüenza.

Entonces, empezó a llorar. Hinata casi nunca lloraba, eran pocas las veces que derramaba lágrimas, estaba acostumbrada a guardarse para sí misma sus sentimientos.

Pero este chico tenía algo.

Algo que la volvía vulnerable y sensible.

—¿Hinata? —le preguntó. No pudo responderle, porque tenía un nudo en la garganta.

Dejó que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas. Necesitaba esto, necesitaba sacar todo el dolor que llevaba años acumulando.

No podía culpar a Naruto por querer irse, porque ella también iba a hacerlo, en un mes, para casarse. Pero la idea de perderlo tan pronto, le rompió el alma.

Lo escuchó moverse, pero no pudo levantar la mirada. Se sentía tan pequeña, tan avergonzada.

Entonces la abrazó.

Con tanta fuerza que le sacó el aire.

Hinata se congeló, al igual que su corazón. Nunca se tocaban. Jamás. Era algo inadecuado.

A excepción de la vez en que se recostó en su hombro, siempre mantenían la distancia entre ellos, era la correcto.

Pero en ese momento, ella se dio cuenta que lo correcto no significaba adecuado. Su mente empezó a tener un debate moral entre lo que quería y debía.

Él seguía sosteniéndola, como si tuviera miedo de que desapareciera. Hinata se dio por vencida, quitó las manos de su rostro y lo rodeó por los costados, apretándolo contra ella

Podía escuchar el latido de su corazón contra su oreja. Y entre las lágrimas, sonrió.

Tenía a alguien. Alguien que la miraba por quien era y no por quien pretendía ser.

Eso era suficiente.

Por ahora.


Naruto era un esclavo desde que tenía memoria y provenía de una isla al este. Con el paso de los días, le fue contando más cosas de su vida, sobre su madre, sus metas y sueños.

Era ambicioso, pero no de una forma malvada, si no en el sentido de alguien que quería salir adelante.

Ella sabía que podía. Era inteligente y decidido. Estaba casi segura, de que, si hubiera nacido en circunstancias diferentes, él ahora sería un general o incluso el líder de algún pueblo.

Tenía potencial.

Lo admiraba por querer crecer a pesar de sus limitantes. Hinata no sabía cómo alguien podía tener aspiraciones después de una vida tan difícil, pero eso sólo hacía que su corazón se hinchara de orgullo.

Orgullo que no estaba segura debía sentir.

Las cosas eran diferentes entre ellos desde aquel abrazo. Ahora se tocaban más seguido, casi todo el tiempo. Al principio, sólo habían sido roces accidentes, como, por ejemplo, cuando él le sonreía mientras ella le extendía platos con comida, cuando estaban leyendo y ocasionalmente se pegaba a su lado, o al escribir y sus dedos se rozaban al intercambiar pinceles.

Le gustaba esa familiaridad que crecía entre ellos, porque todo era nuevo, como un campo inexplorado que parecía abrirse ante ella. Hasta ese momento, no se había dado cuenta que el contacto físico era necesario.

Nunca la habían abrazado, no cómo él lo hizo. Sonrió, ante la idea de que pudieran abrazarse más seguido.

Además, Naruto tomaba su mano. Las primeras veces fue extraño, él tenía miedo, tal vez de que lo rechazara, después se convirtió en un acto casual. Y ella también lo hacía, porque era fácil y le salía al natural.

En ese momento, estaban sentados, con la espalda pegada a la pared. Tenían una manta en sus espaldas. Habían leído toda la tarde.

Además, estaban tomados de la mano. Hinata podía sentir el calor de la palma de Naruto entre sus dedos.

Sin pensarlo, la frase salió de sus labios antes de que se diera cuenta.

—Me gustan tus manos.

Se arrepintió casi al momento de decirlo, más cuando vio la reacción de Naruto, quien parecía divertido.

—De verdad.

Ruborizada, asintió. Levantó sus manos unidas.

—Encajamos —murmuró. Lo cual era verdad. El simple hecho la hacía sonreír. Nadie la había hecho sonreír así.

No le respondió, parecía incómodo ante su declaración. Hinata no lo culpaba, todo entre ellos estaba mal.

Incorrecto.

Pero era tan injusto. Los dos eran iguales, tenían dos ojos, una nariz, piernas y brazos. Respiraban el mismo aire.

Levantó la mirada, para decirle algo. Naruto se encogió de hombros, soltó su mano con delicadeza, para depositar un beso en la palma.

Su corazón se aceleró a niveles impresionantes. Aquel acto parecía tan íntimo. Sintió que su interior se estremecía debido al remolino de emociones que estaba sintiendo.

Y luego, estaba la forma en que él la miraba. Como si… como si las estrellas estuvieran en su rostro. La única persona que llegó a verla de una manera similar fue su madre.

Hinata se perdió en sí misma, en los sentimientos, las emociones. Lo que sucedió después fue muy confuso, de repente, estaban tan cerca, que sólo fue necesario que él se inclinara para que sus labios se rozaran.

Fue tan delicado, como el roce de una flor contra sus dedos. Sin embargo, sus sentidos se dispararon.

Y entonces, sus labios se empezaron a mover, inexpertos e inseguros. Podía sentir su respiración acelerada, confusa.

¿Cómo la gente podía besarse sin desmayarse?

Sintió que ponía su mano en la nuca, presionándola más contra él. Con algo de temor, apretó sus ropas, buscando sostenerse.

Se siguieron besando durante un largo rato, a veces se separaban a tomar aire y luego unían sus labios de nuevo. Hinata sintió a Naruto sonreír contra su boca en algunas ocasiones.

Y ella también sonreía.

Recordaría ese momento por siempre.


Al día siguiente, cuando despertó, sentía que estaba flotando. Inmediatamente se llevó las manos a los labios y sonrió. Se sentía tan feliz.

Como nunca.

Se puso de pie. Iba a pedir que le preparan el baño y después correría a la cabaña con Naruto, quería estar a su lado.

Sin embargo, justo en ese momento entró la chica que cojeaba, acompañada de dos mujeres mayores.

Hinata inmediatamente recuperó la compostura, recordando que seguía en el palacio.

—Hinata-sama, su padre y Yoshimashi-dono la esperan —murmuró la chica.

Asintió. La decepción filtrándose en su interior.

La bañaron, peinaron y arreglaron con uno de sus mejores kimonos. Aquello era diferente. Normalmente no hacían tantos preparativos por la visita de su prometido.

Prometido.

La palabra la hacía querer vomitar.

Cuando se reunió con su padre y Yoshimashi, se sorprendió de ver a varios generales acompañados de sus esposas. Todos estaban sentados frente a mesitas llenas de comida y platillos extravagantes.

Inmediatamente a su llegada, se pusieron de pie y le hicieron una reverencia, Hinata los imitó, mostrando su respeto.

Se sentó delicadamente al lado de Hiashi, mirando hacia abajo y las miradas puestas en el suelo.

Hablaron sobre la guerra, territorios y fortunas. Hasta que finalmente llegó el tema más importante.

—Es un placer tenerlos aquí el día de hoy —habló su padre—. La unión de mi hija con Yoshimashi-dono representa una oportunidad para nosotros y nuestra gente, brindemos —levantó su vaso de porcelana lleno de sake.

Los otros generales lo imitaron, sus esposas mirando al suelo, sólo se movían de sus asientos para rellenar los vasos. Parecían una pieza de porcelana de decoración.

El resto de la comida se llevó con tranquilidad. Respondía las preguntas que le hacían y sonreía siempre que tocaban el tema de la boda.

Era lo único que podía hacer.

Finalmente, al atardecer, se quedó únicamente con Yoshimashi-dono. El hombre se había quitado el kosode. Tenía las mejillas levemente sonrojadas, debido al alcohol.

—Me puedes servir otro vaso de sake, mi bella flor —dijo, arrastrando las palabras por su estado de embriaguez.

Hinata le sonrió y le rellenó el vaso. Con cuidado de no tocarlo.

—Cuando tu padre comentó que ya estabas en edad de contraer matrimonio, todos estaban dispuestos a luchar por ti. Pero yo gané —sonrió orgulloso de sí mismo—. Soy de los más ricos de la región. Debes sentirte agradecida de que te eligiera. Lo sabes, ¿verdad?

Se quedó congelada. Su interior se retorcía con asco y vergüenza. No tenía orgullo, no tenía dignidad.

No tenía valor.

Con rapidez, asintió, forjando una sonrisa.

—Sí, mi señor, soy afortunada —susurró. Las palabras quemándole en la garganta.

—Bien, niña, bien —el hombre volvió a sonreír y la tomó del brazo, para después jalarla, sentándola en su regazo.

Hinata soltó un respingo, asustada.

—S-Señor… —murmuró, sintiéndose aprisionada.

Yoshimashi la ignoró. Pasó su mano por su cuello y después la metió dentro de su kimono.

Se congeló, en ese momento se congeló.

Podía sentir su asquerosa mano hurgando entre sus capas de ropa, buscando tocarla.

No quería que la tocara.

No lo quería cerca.

Empezó a temblar y a llorar.

Fue entonces cuando el hombre se detuvo. La miró confundido y después frunció el ceño.

—¿Por qué tanto escándalo, niña? —escupió. Hinata podía sentir su olor a alcohol—. Tarde o temprano serás mi mujer —bufó y sacó su mano del kimono—. Hazte a un lado.

Seguía temblando. Salió de su regazo y se sentó pegada a la pared, con la mirada en el suelo y las lágrimas deslizándose por sus mejillas.

El hombre siguió bebiendo y pidiéndole que le rellenara el vaso, con una sonrisa lasciva en el rostro. Hinata lo hizo, porque era su deber y no tenía elección.

Le sirvió alcohol a pesar de sentirse miserable y con el orgullo por los suelos.

Ese día, supo que no podía seguir con ese matrimonio. No podía cumplir con ese papel de esposa sumisa.

No podía permitir que alguien la tocara sin su permiso.

Un rato después, su padre regresó. Dos hombres se llevaron a Yoshimashi, quien no podía caminar en su estado de ebriedad, hablaron brevemente y lo despidió.

Cuando se quedaron solos, Hiashi la miró impasible. Hinata seguía en la misma posición, sobre sus rodillas. Entre tanto movimiento, se le habían salido unos mechones de cabello, sin contar que tenía abierto el kosode y el kimono.

Su imagen era reveladora. Por un momento, se imaginó que su padre se apiadaba de ella y cambiaba de opinión.

Pero no lo hizo.

Simplemente suspiró y le dijo:

—Toma un baño y descansa.

Esa noche, no permitió que la bañaran ni cambiaran. Se sentía extraña, como si ella no fuera la dueña de su cuerpo.

No lo era.

Cuando se recostó, cerró los ojos y trató de que todo se concentrarse en otra cosa que no fueran las manos de ese hombre sobre ella.

Pero no pudo.

Ni al día siguiente, ni el que le siguió. Porque lo único que podía sentir era vergüenza, vergüenza de sí misma y de permitir aquello.


Para el tercer día la culpa y vergüenza eran insoportables. No podía dormir, ni comer sin pensar en lo que había pasado.

Sin pensar que le había mentido a la única persona que la apreciaba por quien era y no por lo que significaba.

Su padre le había concedido esos tres días de encierro. Tal vez porque sintió pena por ella, tal vez por remordimiento. Hinata no lo sabía, pero tanta soledad se estaba volviendo insoportable.

A las primeras horas de la mañana salió disparada rumbo a la cabaña. Corrió entre la nieve que ya empezaba a derretirse. Cuando estuvo frente a la puerta, tomó una bocanada de aire y entró.

Naruto la esperaba. Sonrió al verla y su corazón dolió. Todo lo que estaba pasando era su culpa. Debió dejarlo ir cuando él se le comentó. Debió detener las visitas desde el momento en que supo que estaba vivo.

Ahora era demasiado tarde.

Lo vio ponerse de pie y caminar hacia ella. Hinata supo que quería abrazarla, sin embargo, antes de que lo hiciera, soltó las palabras que llevaba guardando durante todo ese tiempo.

—Me voy a casar en dos semanas —dijo.

Si hubiera podido regresar el tiempo y evitar la mirada dolida de Naruto, lo hubiera hecho.

El chico se quedó congelado, mirándola como si se tratara de una broma. Hinata sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y comenzó a explicarle.

—El día que te encontré, fue el día en que mi padre me dijo que estaba comprometida. No fue mi decisión —murmuró, como si con eso evitara que algo cambiara—. Te salvé, porque… porque creo que me recordaste a mi hermana. Estabas cubierto de sangre y sufrías, pensé que, si te ayudaba, tal vez… no lo sé, era lo correcto —Naruto la observaba fijamente, tenía los puños apretados y estaba conteniendo la respiración—. Entonces, sobreviviste y empecé a venir aquí. Me gustaba el tiempo que pasábamos juntos, me gustaba estar contigo. He sido tan feliz desde que te conocí —no pudo evitar empezar a llorar. Era la pura verdad—. Fue una mala decisión desde el principio, lo sé. Todo estuvo mal —sollozó—. Pero, no quería perderte. No quería que te fueras.

Hinata se quebró en ese momento, empezó a llorar con tal fuerza que no pudo hablar más. Las rodillas se le doblaron y se dejó caer sobre el piso de madera.

Pero Naruto no se movió, seguía viéndola fijamente, como tratando de entender lo que estaba sucediendo.

—Yo… n-no me quiero casar —susurró, con la voz entrecortada—. E-Esa persona me ve como un objeto, é-él… —cerró los ojos ante el desagradable recuerdo—. M-Me tocó —confesó, avergonzada—. Y-Yo no quería.

La dejó llorar. Hinata lloró hasta que sus ojos parecían a punto de estallar. Finalmente, después de un largo rato, Naruto rompió el silencio, su voz más grave de lo normal.

—Lo voy a matar —murmuró, lleno de ira.

Ella negó, sabiendo que sólo era el enojo hablando por él. Ninguno de los dos podía hacer algo al respecto.

—Tiene que terminar —las palabras le dolieron—. Nosotros —miró sus manos, que temblaban—. Yo te metí en esto, perdóname, por favor.

Ni podía mirarlo, no quería enfrentar la decepción y las consecuencias de sus deseos egoístas.

Sin embargo, para su sorpresa, Naruto se arrodilló frente a ella, tomó sus manos y las besó.

—Yo decidí quedarme —le susurró—. No es sólo tu culpa, de veras —había algo parecido a la resignación en su voz—. Lo siento tanto, Hinata.

Se quedó en silencio. Pensó en todos los momentos que habían pasado juntos, en cómo parecían conectarse sin tener que hablar.

No quería perderlo.

Pero, ¿qué podía hacer? ¿Qué opción tenía?

Empezó a temblar de nuevo. No podía soportar estar cerca de su prometido una vez más, la destruiría. Casarse no era una opción.

Naruto pareció leer sus pensamientos. La ayudó a ponerse de pie, caminaron hacia donde estaban apiladas las mantas y sacó una daga. Era pequeña, casi del tamaño de su mano y muy afilada. Tenía sangre seca pegada al filo.

—Yo hice mi decisión hace semanas —le dijo. Hinata supo que se refería al hecho de que apuñaló a dueño para huir—. Ahora debes hacer la tuya.

Asintió. Tomó la daga y la puso en la mesita.

Los segundos que pasaron parecían eternos. Finalmente, Naruto suspiró.

—Eres muy bonita, inteligente y amable —le sonrió. Puso una mano sobre su mejilla—. Bonita como una puesta de sol y bonita como… —se rascó la nunca—. Bonita como mi madre.

Y Hinata supo que estaba perdida. Para siempre.

Naruto era el sol.

Quemaba.

Pero ella ya estaba ardiendo.

Se puso de puntitas y lo besó. Lo besó porque tenía miedo de perderlo y porque tenía miedo de regresar.

Lo besó porque la perdonaba y le estaba dando la oportunidad de elegir. Podía leerlo en la forma en que la besaba, él también estaba asustado.

Estaban haciendo todo lo que estaba mal en el mundo. Pero si Hinata lo pensaba, ella ya había perdido todo, lo único que podía rescatar era su corazón.

Y Naruto lo tenía. Si se iba, no lo iba a recuperar jamás.

El beso fue diferente al primero, más intenso, apasionado. Sus labios se movían con necesidad. Ella lloraba, porque las emociones eran tan fuertes que sentía que se evaporaría.

En algún momento, la recostó sobre el futon improvisado. La depositó con tal cuidado que Hinata se sintió de cristal.

Él rompió el beso, sus ojos azules brillaban tanto que sintió la necesidad de apartar la vista.

—¿E-Estás segura? Esto… —murmuró. Su voz era grave. Contenida.

Naruto y su buen corazón.

Naruto y sus ojos azules parecidos al mar.

Naruto y su cabello rubio.

Sonrió, atrayéndolo hacia él.

—Te quiero —le susurró. Era un secreto que guardaba en su corazón, pero tenía derecho a saberlo.

Porque, después de su madre y hermana, era la primera persona en decírselo.

Él le regresó la sonrisa y se inclinó a besarla de nuevo. Tenía que tomar decisiones, esta era la primera.

Por primera vez en su vida se sintió segura de algo.

Ese día, su cuerpo y su corazón se partieron miles de pedazos que después se volvieron a unir para convertirla en una persona totalmente nueva.


No visitó a Naruto ni una sola vez en las dos semanas que quedaban para su matrimonio. Durante ese tiempo pensó muy bien lo que iba hacer.

E hizo su decisión.

La servidumbre del palacio iba y venía por los preparativos de su boda. Hinata los miraba desde su ventana, con el rostro sereno.

Tenía una mesita frente a ella con diferentes platillos y varios vasos con té.

—Hinata-sama, su padre está aquí —anunció su dama de compañía, la chica que cojeaba. En el último mes se habían vuelto cercanas.

Asintió y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—Que pase.

Cuando Hiashi entró a su habitación, el corazón se le estremeció. Su padre tenía un aura tan imponente que siempre la hacía sentir pequeña e indefensa.

—¿A qué se debe esto? —preguntó, al ver la mesita llena de comida.

Hinata sonrió levemente.

—Quería tener una última comida con usted, padre —murmuró.

Hiashi no le respondió, simplemente se sentó frente a ella y empezó a comer tranquilamente.

Lo miró con tristeza, recordando su infancia. Hubo un tiempo en que creyó que sí la amaba, que se preocupaba por ella. Hubo un tiempo en que también lo quiso, lo suficiente para hacer cualquier cosa por él.

Porque los hijos siempre buscan la aceptación de sus padres.

Pero entonces, recordó a su madre, quien vivió toda su vida siendo señalada por no tener varones. Recordó a Hanabi, quien jamás llegó a poner un pie fuera de la mansión.

Él nunca las amó. Fueron objetos. Hiashi Hyūga sólo se preocupaba por conquistar tierras y ampliar sus dominios.

Durante esas dos semanas llegó a la conclusión de que, si quería terminar con sus problemas, debía empezar con su padre.

—¿Qué pasaría si le digo que no me quiero casar, padre? —preguntó. Era la última oportunidad.

Hiashi la miró con frialdad.

—No tienes opción —suspiró—. ¿Por qué me preguntas eso, Hinata?

Ella negó y una lágrima se deslizó por su mejilla.

—Lo siento, lo siento mucho. Traté de ser quien usted quería, de verdad, traté.

Hubo un silencio. El hombre frunció el ceño, sin entender. Entonces se dio cuenta que Hinata no había tocado su comida.

—¿Q-Qué hici-… —pero no pudo terminar la oración, porque empezó a temblar y a escupir sangre por la boca.

Hinata dio un respingo, asustada. Vio a su padre convulsionar y retorcerse como un gusano durante unos minutos, hasta que finalmente dejó de moverse. Los ojos se le pusieron en blanco,

Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Se llevó la mano a la boca para evitar gritar.

Tardó unos minutos en asimilar lo que había hecho. Lloró en silencio, mientras trataba de recuperar la compostura.

No tenía tiempo de llorar, ni de lamentarse. Había hecho su decisión y ahora tenía que afrontar las consecuencias.

Cuando se levantó trató de no ver el cadáver de Hiashi.

Salió tranquilamente de su recámara, tratando de no aparentar miedo. En la puerta la esperaba la dama de compañía.

—¿H-Hinata-sama? —susurró. Podía ver en sus ojos el miedo. Hinata trató de sonreírle, pero no pudo, ella también estaba asustada.

Sacó una bolsa llena de monedas y se la entregó.

—Gracias. Toma esto y vete. Rápido —murmuró.

La chica asintió, temblorosa, salió corriendo de ahí, arrastrando la pierna. Hinata tomó una bocanada de aire. Le debía la vida a esa joven, era quien le había conseguido el veneno, sin preguntarle nada, todo a cambio de unas monedas.

Y no la culpó. Así como tampoco ella se sentía culpable. Todos hacían lo que podían para sobrevivir.

Se limpió las lágrimas y salió a buscar a algún esclavo. Aún faltaba algo por hacer.


Hinata ya no se conocía a sí misma. No sabía quién era o en quién se había convertido, es más, su cuerpo y mente tampoco eran los mismo.

Por eso tenía que terminar todo ella misma.

Le pidió a un esclavo que fuera al palacio de Yoshimashi y lo llamara. Se iban a ver en una de los cuartos de reuniones de su padre. Fue discreta, para que nadie se enterara del encuentro.

Esperó tranquilamente.

Tal vez el general no era una mala persona, tal vez… pero no tenía tiempo de esperar. De tratar.

Yoshimashi llegó unos minutos después, sonrió inmediatamente a verla. Hinata hizo a una reverencia.

El estómago se le retorció al verlo y los recuerdos de su último encuentro aparecieron en su mente. Sintió que se estremecía, pero trató de mantener la compostura.

—¿A qué se debe el placer, mi bella flor? —le preguntó, mientras se sentaba frente a ella.

Hinata evitó hacer una mueca y simplemente se sentó recta, con las manos en el regazo.

—Q-Quiero pedirle un favor, mi señor.

—Lo que tú quieras. Haría cualquier cosa por mi futura esposa.

Aquello la alentó a continuar.

—¿Me daría mi libertad? —preguntó directamente. El labio inferior le temblaba ligeramente. Deseó con su corazón que le dijera que sí, que la dejaba ir. No quería hacer una locura. Porque incluso si su padre estaba muerto, sabía que este hombre no la dejaría en paz. La miraba como un trofeo.

La buscaría y la obligaría a quedarse a su lado por el puro placer de retenerla.

La habitación se llenó de silencio. El hombre frunció el ceño y soltó una carcajada.

—¿Qué estás diciendo? Es una locura —movió la mano, restándola importancia—. Eso jamás va a suceder. Déjate de tonterías, niña. A tu padre no le gustaría saber que estás diciendo ese tipo de cosas.

Y todas sus esperanzas se destruyeron en menos de un segundo. Sin siquiera tener oportunidad de rogar y explicarle.

Pero era caso perdido. Podía verlo en los ojos del hombre. La deseaba, quería poseerla, como lo hacía con las tierras y la fortuna.

Tragó saliva y asintió.

Llamó al esclavo y éste les trajo un jarrón con sake y dos vasos. Hinata puso su mejor máscara.

—¿Desea un vaso de sake? —preguntó, sonriente. Yoshimashi la miró confundido y asintió.

Le sirvió tranquilamente. Sentía sus ojos clavados en su cuerpo.

—No puedo esperar a que seas mía —murmuró con voz grave, aprovechando que ella estaba inclinada, sirviéndole.

No se inmutó. Volvió a su asiento y esperó.

—No me voy a casar con usted —musitó Hinata, serena. Con los ojos fríos.

Yoshimashi finalmente se enfadó. La miró fastidiado.

—Ya te lo dije, déjate de tonterías —sentenció, molesto.

Hinata tomó una bocanada de aire, sacó la pequeña daga de su kimono y se le abalanzó encima.

No le dio tiempo de forcejear. Trató de detenerla, pero ella fue más rápida y le hizo un corte en el cuello. Lo vio retorcerse, mientras trataba de detener el sangrado. Pero ella lo apuñaló en el pecho varias veces.

Una, tras otra.

Finalmente, Yoshimashi dejó de moverse. Hinata lo observó unos minutos, horrorizada ante lo que había hecho.

Había sangre por todas partes, en el suelo y en sus ropas.

Se pasó las manos por el rostro. No tenía tiempo.

Escondió la daga de nuevo.

—¿Hinata-sama? —escuchó la voz preocupada del esclavo desde la puerta—, ¿está todo bien? Escuché gritos.

Tragó saliva. Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.

—S-Sí —logró articular—. ¿Podrías traernos algo de comida, por favor?

—Por supuesto —le respondió el chico. Esperó unos segundos, hasta que escuchó que se alejaba.

Salió del cuarto de reuniones y corrió, corrió con todas sus fuerzas. Los sirvientes la vieron, pero Hinata no les dio tiempo de preguntarle que le sucedía. Sabía que en cualquier momento se darían cuenta de los cuerpos y la buscarían.

Por eso necesitaba irse.

Siguió corriendo, mientras lloraba, rumbo a la cabaña.

Naruto la esperaba.


¡Hola!

Finalmente traigo el penúltimo capítulo de este fic. Sinceramente, cuando estaba escribí esto, lo terminé así, con un final abierto. Pero... cuando mi amiga leyó la historia me rogó que escribiera algo más y terminé añadiendo un pequeño epílogo, que publicaré en dos días, porque me siento bondadosa y este Naruto y Hinata lo merecen.

Bueno, bueno, sobre el capítulo, probablemente fue un poco drástico el que Hinata matara a Hiashi y a su prometido abusador, pero más que un acto de rebelión, fue para que ella se mostrara a sí misma que era valiente, después de pasarse la vida actuando como un títere. Por cierto, cuando Naruto le dio la daga, no lo hizo para alentarla a que matara a alguien, fue más como algo simbólico, como si le estuviera diciendo "yo tuve que hacer algo horrible para escapar de la esclavitud y ser libre. Tú también puedes elegir tu propio camino". Así que, bueno, estoy conforme.

Por otra parte, intenté incluir algunas escenas del capítulo anterior pero narrados por ella, para darle un plus. En conclusión, me siento contenta.

Espero que hayan disfrutado el capítulo tanto como yo. Si es así, los invito a dejarme un review, que me harían muy feliz.

Nos leemos en unos días con el epílogo.

Un abrazo.

Lizy.

04.02.19