Los personajes son de la grandiosa Meyer, la historia es de...al final les diré el nombre del autor
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CAPÍTULO:1
—¿Qué está pasándonos? ¿A donde están llevándonos?
Lady Isabella Marie-swan miró a la joven que la agarraba del brazo con desesperación y sintió una punzada de compasión. Los corsarios habían capturado su barco hacía unas semanas y las mantuvieron cautivas y aterradas. Cuando el barco atracó, las llevaron a una casa en el bullicioso puerto de Argel. A los hombres que capturaron con ellas los encadenaron por los tobillos, pero, al menos, su prima Rosalie y ella no tuvieron que pasar por eso. Una vez en la casa, una anciana se ocupó de ellas, las llevó a los baños y les dio las vestimentas que llevaban en ese momento. Las prendas estaban limpias, pero eran muy raras. Eran unos pantalones estrechos que les llegaban a los tobillos y una túnica oscura que las cubría desde la cabeza hasta los pies.
—No lo sé, querida —contestó Isabella en voz baja porque el hombre que las acompañaba les había prohibido hablar—. Creo que el capitán corsario nos vendió a Ali ben Ahmed, eso es lo que le entendí a Miriam, pero no sé a dónde vamos ahora.
—Yo no podía entender nada de lo que decía —se lamentó Rosalie con tono lloroso—. Si nos hubiéramos quedado en el barco, Bella… Mi padre y el capitán Richardson nos montaron en el bote con los demás para intentar salvarnos, pero… —se estremeció y no pudo seguir—. ¿Crees que los han matado?
Isabella no contestó inmediatamente. Lo último que vio fue a su tío, sir Harold Henley, y al valiente y joven capitán que luchaban contra los piratas que los habían abordado durante la noche. El barco estaba inmóvil por falta de viento y el vigía debió de descuidar sus obligaciones porque el padre de Rosalie las despertó y les dijo que los piratas los habían abordado. Las sacó precipitadamente del camarote y las llevó a cubierta, donde las montaron en unos botes con otros pasajeros y parte de la tripulación. Habían esperado alcanzar la costa mientras los corsarios luchaban para hacerse con el barco, pero los temibles piratas persiguieron su bote, quizá, por ser mujeres. Rosalie era hermosa y sería valiosa en el mercado de esclavos, adonde seguramente las llevaban en ese momento. Bella era mayor que su prima y atractiva a su manera, con pelo oscuro y ojos afables. Había estudiado idiomas con su padre antes de que él falleciera hacia un año y podía hablar perfectamente en español y francés. También podía leer el árabe y el griego y como podía defenderse superficialmente en otros idiomas, había conseguido comunicarse con Miriam, la anciana que ayudó a mantenerlas cautivas.
Isabella no le había contado sus temores a su prima porque había esperado poder pagar un rescate. Había intentado decirle a Miriam que estaba dispuesta a pagar, pero la mujer se limitó a negar con la cabeza. Aunque tenía miedo, Isabella no pensaba darse por vencida. Antes o después, se encontraría con alguien que la escucharía sin fingir que no la entendía, como había hecho el capitán corsario cuando le suplicó y él le dio una bofetada. Todavía le dolía el moratón en la mejilla, pero no la había amilanado.
—Pase lo que pase, no debemos separarnos —le dijo a su prima agarrándola de la mano—. Haz lo mismo que yo y quédate a mi lado aunque nos amenacen.
—Isabella… —los ojos de Rosalie se llenaron de lágrimas—. Si no nos hubieses acompañado a mi padre y a mí a España… Yo debería haber estado sola, pero no podía soportarlo.
—No permitiré que nos separen. Te prometo que haré todo lo que pueda para protegerte mientras viva.
—Tengo mucho miedo.
Bella la consoló lo mejor que pudo porque sabía que estaban entre personas que parecían despiadadas y capaces de todo. Vio la verja metálica y muy alta que rodeaba el edificio adonde estaban llevándolas y sus peores temores se confirmaron.
Iban a venderlas en el mercado de esclavos como si fueran animales y cualquiera podría comprarlas.
Edward deambuló por el mercado abarrotado. Había gente de muchas nacionalidades y podía oír voces, ásperas y estridentes, que hablaban en al menos una docena de idiomas y dialectos. Llevaba dos meses visitando el mercado casi todos los días para encontrar esa mujer tan especial que le había pedido el califa, pero todavía no había visto nada que pudiera complacer a su exigente señor. Había muchas mujeres hermosas en las subastas que se celebraban casi todos los días, pero sólo había visto una inglesa desde hacía unas semanas. Estaba embarazada y no era ni tan hermosa ni tan inteligente como pedía el califa.
—¿Vuestra excelencia asistirá a la subasta de Ali ben Ahmed, honorable señor?
Edward miró el pícaro rostro del niño que tiraba de su manga. Era delgado, harapiento y olía mal, pero hubo algo en sus ojos que lo conmovió. Su vida como chivo expiatorio de Ali ben Ahmed tenía que ser muy difícil.
—¿Te ha mandado tu señor, Seth?
—Sí, eminente señor de la casa del califa. Ali ben Ahmed me ha dicho que ha oído que estáis buscando una mujer muy especial.
—No hace falta que me des esos tratamientos —Edward hizo un gesto burlón con los labios. Ese chico le recordaba algo, pero no sabía qué—. Sólo soy Edward, servidor del califa. ¿Tu señor tiene alguna mujer especial?
—Hay una mujer de gran belleza, pero no deja de llorar y se aferra a otra mujer que es una arpía —le contestó el chico con una mueca sombría—. No creo que os interesen, señor.
Edward disimuló una sonrisa. Ese chico le divertía, era muy valiente y animado y tenía una mirada burlona.
—¿Cómo es esa mujer de gran belleza?
—El pelo es sedoso, como rayos del sol y le llega hasta el final de la espalda. Tiene unos ojos del color del cielo en verano y una boca suave y rosada… pero no hay manera de separarla de la arpía. Mi señor las ha amenazado con el látigo, pero la arpía no la suelta. Ella le plantó cara y él las dejó juntas entre gruñidos.
—¿De verdad? —Edward sonrió abiertamente—. Me extraña que Ali no las haya separado.
—La arpía le dijo que si se atrevía a separarlas, sus partes pudendas se le secarían y se le caerían. Además, se lo dijo en nuestro idioma aunque ella y la mujer hermosa son de la tierra que llaman Inglaterra. Mi señor está asustado, cree que ella le ha lanzado una maldición.
—Entonces, ¿es una bruja?
Edward se sintió intrigado. ¿Qué mujer inglesa podía maldecir a un vendedor de esclavos en su idioma? Ninguna que él hubiera conocido en su vida anterior, en esa vida que prefería no recordar.
—Puedes decirle a tu señor que esta tarde asistiré a la subasta —añadió Edward.
—Sí, honorable señor.
Seth estaba a punto de salir corriendo cuando Edward lo agarró del brazo. El chico lo miró desconcertado, pero no intentó zafarse.
—¿Cuántos años tienes? Diez, once…
—No lo sé, señor. Nadie me lo ha dicho.
—¿De dónde eres?
—Siempre he vivido aquí, señor —contestó Seth sin salir de su asombro—. Mi madre era la esclava de un comerciante que la compró a los corsarios. Cuando la vendió a otro amo, ella intentó escapar y nadie volvió a verla. La esposa de mi amo se hizo cargo de mí y me crié en su casa. Eso es todo lo que sé porque nadie habla de ella —concluyó Seth con cierta melancolía en la mirada, como si le hubiera gustado conocer a su madre.
—¿Estás contento al servicio de Ali?
—Mi señor no me pega si no se enfurece. Si noto que las cosas van mal, me escondo hasta que está de mejor humor.
Edward asintió con la cabeza. La vida de ese chico no era peor que la de miles como él, pero le había tomado simpatía durante las últimas semanas e intentaría comprarlo cuando fuera a la subasta. Podía estar a su servicio hasta que fuera mayor y eligiera su destino. No sería el primer esclavo que había liberado Edward.
Volvió a pensar en las mujeres que estaban cautivas. Si la rubia era inglesa y tan hermosa como decía Seth, podía haber encontrado lo que estaba buscando, aunque tendría que encontrar la manera de persuadir a la otra para que se separara de su amiga.
—¿Qué será de nosotras? —preguntó Rosalie mientras las llevaban a un cercado con otros prisioneros—. ¿Podremos pagar un rescate como has pedido?
Isabella la tomó de la mano. Rosalie había estado aterrada todo el rato desde que las capturaron. Las primeras horas fueron realmente aterradoras, pero luego no las trataron mal y Isabella creía que si se comportaban con sentido común, no les harían daño. Tenía la sensación de que eran demasiado valiosas, aunque todo podía ser distinto cuando las hubieran vendido. No obstante, se negaba a dejarse llevar por el miedo. Había intentado hablar con el vendedor de esclavos cuando llegaron al mercado, pero él se limitó a sacudir la cabeza y no contestó a sus preguntas, aunque ella creía que la había entendido. Isabella intentó saber algo de su tío, de su doncella y del capitán Richardson, pero fue en vano. Le dijo a Ali ben Ahmed que su familia pagaría un rescate y él la miró con furia y emitió un sonido de negación.
Habló con otra prisionera y ésta le contó que era francesa y que la habían capturado hacía unos días en un barco. No se sabía nada del padre de Rosalie, del capitán Richardson ni de la doncella de Isabella. Sólo pudo esperar que estuvieran sanos y salvos.
—Yo valdré poco porque me venderán como sirvienta —le explicó la mujer, que se llamaba Francine—, pero a tu amiga la comprará un hombre rico para su harén y a ti es posible que también porque las dos sois jóvenes y no habéis estado casadas.
—¿No permitirán que paguen un rescate por nosotros? —preguntó Isabella desalentada—. Mi hermano es rico y pagará para que nos liberen.
—Algunas veces se puede concertar un rescate —concedió Francine—. Sin embargo, a algunos vendedores de esclavos no les gusta. Es mucho más fácil venderlos en el mercado de esclavos que negociar con los demonios extranjeros, como nos llaman.
—A lo mejor, el comprador está dispuesto a escuchar. Tiene que haber alguien que pueda ayudarnos —insistió Isabella, aunque la mujer mayor la miró con compasión.
—Si tu hermano tiene influencia con el embajador francés, podría seguir vuestro rastro y liberaros, pero para entonces… quizá fuese preferible que no os encontrara. Si seguís vivas, seríais una deshonra para el nombre de vuestras familias, aunque podéis elegir acabar con vuestras vidas antes de… —la mujer no terminó la frase por la angustia.
Isabella comprendió perfectamente que Rosalie y ella podían acabar en un harén y servir para el disfrute de quien las comprara. Rosalie le preguntó qué le había contado la mujer francesa, pero ella sacudió la cabeza. Había permitido que su prima creyera que pagarían un rescate por ellas, pero era difícil mantenerla animada desde que las llevaron al recinto que había detrás del mercado de esclavos.
—No sé qué nos pasará —le contestó a Rosaalie—. Tenemos que estar juntas todo el tiempo que podamos. Si nos negamos a que nos separen, a lo mejor tienen que vendernos juntas y mientras estemos juntas, hay esperanzas para nosotras.
—Isabella… —Rosalie sollozó y se agarró a ella—. Si no hubieras venido conmigo, estaría perdida para siempre. Habría muerto en el mar antes de permitir que estas bestias me atraparan.
—No debes dejarte llevar por la desesperación. Si es posible, encontraré la manera de que paguen un rescate por nosotras. Tengo una fortuna y la emplearé para volver a casa sanas y salvas.
—¿Qué habrá pasado con mi padre y el capitán Richardson? ¿Crees que los mataron en el barco? Me he preguntado si habría sido preferible quedarnos con ellos. Si está muerto…-Rosalie no pudo seguir por la tristeza—. Preferiría estar muerta que ser la concubina de uno de esos hombres espantosos —se estremeció—. Me aterran, Bella, no me gustan sus voces ni su olor.
—Los corsarios son unos animales y huelen mal, pero creo que será distinto en un har… en la casa de un hombre adinerado. Tengo entendido que los turcos y los sarracenos pueden ser muy refinados y cultos. Es más probable que huelan a perfume que a sudor.
—¡Bella! —Rosalie la miró con espanto—. ¿Cómo puedes decir que son cultos cuando tratan a las mujeres como esclavas? ¡Es perverso e inhumano! Preferiría morir a que me obligaran a… Me moriría de la deshonra.
—Sí, ya sé que perderíamos la posibilidad de casamos bien, pero hay otros placeres en la vida. Además, si nos compra un hombre íntegro, podría permitir que pagaran un rescate por nosotras antes de que fuera tarde.
Rosalie la miró con desconfianza.
—Lo dices para tranquilizarme. Sabes que eso no pasará, ¿verdad?
Isabella bajó la mirada. Estaba empezando a perder la esperanza de que pudieran pagar un recate por ellas, pero al ver la angustia y el miedo en los ojos de su prima, supo que no podía darse por vencida.
—Sólo puedo prometer que lo intentaré, Rosalie . Todavía no he encontrado a nadie que me escuche…
Bella no terminó porque vio que estaba pasando algo. El vendedor de esclavos estaba eligiendo hombres y mujeres y los sacaba del recinto. Agarró a Rosalie con todas sus fuerzas y el corazón desbocado.
—Creo que van a llevarnos a la subasta. Agárrate a mí, Rosaalie, y no te sueltes digan lo que digan.
Rosalie asintió con la cabeza y el rostro pálido como la cera. Agarró el brazo de Bella decidida a no soltarlo aunque las amenazaran, como habían hecho varias veces.
—Suéltala —le ordenó el vendedor de esclavos a Isabella—. Quiero a la rubia, no a ti.
—Vamos juntas.
Bella lo dijo con tono de desprecio antes de soltar un insulto que él entendería y que ella encontró en un libro bastante picante de la biblioteca de su padre. Eran historias de Arabia, pero eran aventuras amorosas y ella no debería haberlo tocado y mucho menos leído. Sin embargo, le abrió los ojos y quizá estuviera más preparada para lo que estaba pasando precisamente por haber leído cosas que la mayoría de las mujeres desconocían y les parecerían aterradoras. La cara del vendedor de esclavos reflejó el asombro más absoluto, pero ella captó un brillo en sus ojos y se dio cuenta de que admiraba su vocabulario aunque fuese a regañadientes.
—Como quieras, pero van a compraros por separado.
—Deprisa —susurró Bella mientras seguían a los demás esclavos por un túnel muy oscuro—. Ayúdame a atar tu muñeca a la mía. Si quieren separarnos, tendrán que cortar las ataduras.
—Bella... —Rosalie empezó a temblar—. ¿Qué será de nosotras si nos compra alguien horrible?
—Yo te protegeré —le prometió Bella. Sin embargo, ¿quién la protegería a ella? El miedo le atenazaba el pecho y le gustaría estar en su casa con sus perros y sus caballos. Aun así, levantó la cabeza con orgullo para ocultar sus sentimientos. Si no hubiera aceptado acompañar a su tío a España, podría estar cabalgando con la melena al viento. Sin embargo, eso era egoísta. Rosalie no habría sobrevivido sola a ese suplicio.
—Pase lo que pase —siguió Bella—, intentaré que no te hagan nada.
Nos vemos mañana.
