Los personajes son de la grandiosa Meyer, la historia es de...Al final diré el nombre de la autora.

Mañana habrá capítulo doble

Edward observó el desfile de esclavos que pasaban por la tarima uno a uno. Había algunos hombres muy fuertes que podrían ser unos jenízaros excelentes. Sin embargo, no había ido a comprar esclavos varones sino una novia para el hijo del califa. Habían pasado algunas mujeres, pero ninguna habría servido ni para el harén del califa. Frunció el ceño al temer que lo habían llevado con falsas esperanzas. Entonces, oyó un ligero revuelo y dos mujeres aparecieron juntas en la tarima. Se inclinó hacia delante con un interés renovado. Vio que una era excepcionalmente hermosa. Tenía el pelo largo y le caía por la espalda como una cascada de seda, como la había descrito Seth . Estaba pálida y asustada, algo normal en esas circunstancias. A él también lo capturaron los corsarios cuando era joven y podía entender el miedo. Miró a la acompañante

de la belleza y frunció el ceño. Era mayor y atractiva, pero no era hermosa. Tenía el pelo castaño oscuro con reflejos rojizos y la tez pálida, pero no parecía tan asustada como la más bella. Se erguía con orgullo y agarraba con fuerza a su acompañante.

Edward esbozó una sonrisa sombría al ver que las dos mujeres se habían atado la una a la otra. Seth había dicho que la mayor era una arpía y quizá tuviera razón. Se inició una discusión. Al parecer, había varios hombres dispuestos a comprar a la más hermosa, pero no a las dos. Uno de los sirvientes del dueño de los esclavos intentó separarlas, pero ella le habló con ira y él retrocedió sin dar crédito a lo que había oído. Edward no pudo oírlo, pero lo que vio le pareció suficiente y se levantó.

—Ofrezco mil piezas de oro por las dos mujeres.

Se hizo un silencio hasta que otra voz ofreció mil doscientas.

Edward esperó un momento para comprobar si había más ofertas y levantó la mano.

—Pagaré mil quinientas piezas de oro.

Volvió el silencio expectante.

—Mil seiscientas.

—Dos mil —subió Edward .

Nadie pujó más. Era una cantidad enorme por una esclava, ya que nadie contaba con la otra. Se negaba a que la separaran de su acompañante, pero aprendería a obedecer a su amo cuando la llevaran al harén, seguramente, como sirvienta.

—Vendida a Edward, enviado personal del califa —el vendedor de esclavos hizo una reverencia al hombre que había ofrecido una cantidad tan fabulosa—. Que Alá os bendiga y os conceda muchos hijos, honorable señor.

—Me las llevaré en este momento.

Edward dejó su asiento, bajó los escalones que llevaban a la tarima, subió y se acercó para ver de cerca su adquisición. La bella lo era más todavía. Sólo necesitaba una vestimenta adecuada. Carlisle estaría complacido por lo que había encontrado. Frunció el ceño al mirar a la otra mujer. Ella aguantó su mirada sin inmutarse y con unos ojos muy inteligentes que le recordaron el tono grisáceo del cielo de Inglaterra. Notó una punzada en el vientre. Estaba recordando su casa y su infancia, cuando corría por los campos que rodeaban su hogar. Sofocó inmediatamente ese pensamiento. Esa vida había quedado atrás para siempre.

—¿Sois inglesas? —les preguntó en su idioma—. No tenéis nada que temer. Soy Edward, supervisor del palacio del califa, y estáis a mi cargo. Habéis pasado un suplicio espantoso, pero, a partir de ahora, se os atenderá con toda delicadeza como mujeres de la casa del califa.

—Habláis inglés —la bella lo miró con alivio—. Por favor, ¿podemos pagaros un rescate? Se os devolverá el dinero que habéis pagado y una recompensa por vuestra molestia, ¿verdad, Bella?

—Mi hermano es el vizconde Jacob Swan de Londres —contestó la mayor de las dos—. Mi prima tiene razón, señor. Os estaríamos muy agradecidas si permitierais que nuestras familias pagaran un rescate. Os prometo que no saldréis perdiendo porque tengo mi propia fortuna. Me ocuparé de que se os devuelva lo que habéis pagado.

Edward entrecerró los ojos y miró a la mujer que la bella había llamado Bella. Comprobó que ella se había dado cuenta de que las habían comprado por una cantidad fabulosa, aunque su acompañante parecía no saberlo.

—Disculpadme, señoras —replicó Edward sin asomo de sentimiento en la voz—. Sólo soy un servidor del califa. El dinero que tengo que pagar a Ali ben Ahmed pertenece a mi señor. No tengo en mi mano la posibilidad de aceptar un rescate, pero es posible que mi señor escuche vuestra petición porque es un hombre justo. Vamos, no hay nada que temer. Si os comportáis con dignidad, no se os hará daño. La bella lo miró y luego se dirigió a su acompañante con lágrimas en las mejillas.

—No dejes que nos lleve con él, Bella. Por favor, no lo permitas.

—No nos va a escuchar más que los demás —la mujer mayor miró a Edward con desprecio—. Tenemos que hacer lo que diga por el momento, Rosalie. Intenta no tener miedo, cariño. A lo mejor, el califa es un hombre racional y tiene algo de compasión.

Edward inclinó la cabeza. Esa mujer tenía algo que infundía respeto y se preguntó qué le habría dicho al vendedor de esclavos. Había muy pocas mujeres que pudieran mantener a raya a un hombre así, pero creyó entender por qué ese hombre se sintió intimidado. De joven, él había conocido algunas mujeres como ella, mujeres que podían imponerse con una mirada o una palabra dicha con delicadeza. Su desprecio hacía que se sintiera un poco incómodo porque sabía que no tenía ninguna alternativa. Podía dar la espalda a la vida que se había forjado en el palacio del califa, pero aun así no sería libre de verdad porque había dado su palabra cuando lo liberaron de la esclavitud y se convirtió en alguien de confianza dentro de su círculo más íntimo. Era libre para hacer lo que quisiera, pero la fidelidad al hombre que le había dado tanto era una cuestión de honor. El califa lo trataba como a un hijo más y le concedía honores, prestigio y dinero y no iba a incumplir su palabra por una mujer a la que no conocía. Sin embargo, sentía cierto desasosiego mientras conducía a las mujeres hacia el puerto donde los esperaba su barco.

Intentó no recordar que él también llegó una vez del mismo mundo que esas dos jóvenes. Si no hubiera tenido aquella desafortunada disputa con su padre, podría seguir viviendo en Inglaterra y llevando una vida con nada mejor que hacer que apostar y pelear por las mujeres que compartía con quienes se llamaban sus amigos.

Uno de aquellos amigos fue el motivo de su perdición y sus mentiras llevaron a la disputa. Dejó Inglaterra en busca de riquezas y aventuras, pero naufragó y un barco corsario lo capturó más muerto que vivo. Sabía muy bien qué era que lo vendieran y apalearan, pero la fortuna lo llevó al palacio y su valentía al salvar al hijo del califa de un asesino lo convirtió en lo que era en ese momento.

Carlisle ben Ossaman lo trataba con respeto y justicia desde entonces. No cumpliría con su obligación si hacía lo que le había pedido esa belleza, pero no podía dejar de sentir un remordimiento muy incómodo mientras las acompañaba al puerto.

El barco los esperaba para llevarlos a Constantinopla o Estambul, como la llamaban en el imperio otomano. Una vez que las mujeres estuvieran a salvo en su camarote, volvería para pagar al vendedor de esclavos y compraría a Seth para sí mismo, si eso era posible. Cumpliría con su obligación y se olvidaría de las dudas personales. Le habían encomendado un cometido y lo había llevado a cabo lo mejor que había sabido. Si el hijo del califa no encontraba de su agrado a esa joven, el califa quizá atendiera las súplicas de recibir un rescate. Alivió su conciencia al pensar que si las hubiera comprado el jefe tribal que había pujado por ellas, su destino habría sido mucho peor. Habrían pegado a la mayor de las dos y si hubiese seguido resistiéndose, seguramente la habrían matado con mucha crueldad. La bella habría preferido morir que afrontar el destino que la esperaba en manos de ese demonio. Habían tenido suerte de que él hubiera estado en la subasta ese día, aunque ellas no se darían cuenta de lo cerca que habían estado del desastre.

Bella miró alrededor mientras las llevaban por el puerto. Estaba lleno de personas, perros y carros. Se vendían todo tipo de mercancías o se cargaban en los barcos y había mucho barullo. Pensó si sería posible escapar del hombre que las había comprado y desaparecer entre la multitud. Si él se distraía un instante, quizá lo intentara. Cualquier cosa sería preferible a permitir que las convirtiera en esclavas.

—Ni soñéis con escapar.

Una mano de hierro atenazó la muñeca de Bella . Ella dio un respingo como si algo le hubiera abrasado la piel y lo miró a los ojos. La mirada de él fue aterradora porque sintió que podía leerle el pensamiento.

—Sois propiedad del califa. Quizá no le sirváis de gran cosa, milady, pero os perseguiría a las dos y a ella la llevaría al palacio. Es posible que a vos os dejara en manos de vuestro destino. Pensadlo bien, no duraríais mucho en este sitio si no estuviera yo para protegeros.

—¿Qué queréis decir? —a ella se le heló la sangre al captar la advertencia en sus ojos.

—Por aquí hay hombres que no dudarían un segundo en abusar de vos. Pelearían como chacales para decidir quién sería el siguiente. Abusarían de vos hasta que os quedarais sin fuerzas y luego moriríais de alguna enfermedad o de hambre. ¿Es lo que queréis para vos y vuestra acompañante?

—No… —contestó ella con la voz temblorosa.

Él tenía algo que le recordaba a un sueño que la aterró la noche antes de partir de Inglaterra. En el sueño, ella miraba a la cara de un hombre y tenía mucho miedo, pero cuando se despertó, no pudo recordar el resto del sueño.

—Quiero que las dos quedemos libres. Somos mujeres inglesas de buenas familias. ¿Cómo puede pareceros bien comprarnos como si fuéramos bestias de carga? No teníais derecho a ofrecer todo ese dinero. Fue ridículo.

—Quise dejarlo claro con la esperanza de que nadie pujara contra mí. Tuvisteis suerte de que mi bolsa era abundante.

—¿Suerte? —Bella lo miró con furia—. No me parece una suerte que me vendan como una esclava.

—Si yo no hubiera estado allí, también os habrían venido, por separado, seguramente, y a un hombre que os habría cortado el cuello si os hubierais enfrentado a él.

—¿No… no os dais cuenta de que no está bien convertir a una mujer libre en esclava? —preguntó ella aterrada por lo que había oído.

—No estoy dispuesto a discutir eso con vos —replicó él con una expresión hosca—. Ya no estáis en Inglaterra. Tenéis que adaptaros a una cultura distinta.

—¿Por qué? Podéis comprar a otra mujer para vuestro harén. ¿Por qué no permitís que paguen un rescate por nosotras? Prometo que os pagaré el doble de lo que pagasteis.

—Es imposible. Me encomendaron comprar una mujer inglesa, hermosa e inteligente. La rubia es de una belleza única. No puedo liberaros.

—Nadie lo sabría.

—Yo lo sabría. Es una cuestión de honor para mí.

—¿Qué tiene de honroso esclavizar a dos mujeres? Notó una palpitación en su cuello, como si ella le hubiera tocado en un nervio.

—Si os portáis bien, tendréis cierta libertad en el palacio. No pidáis más. Pertenecéis al califa y nunca permitiré que os escapéis. Hasta en el harén se os tratará con suficiente delicadeza si mostráis sentido común.

Bella levantó la cabeza con orgullo.

—Podríais haber permitido que se pagara un rescate por nosotras. Si fueseis íntegro y tuvierais compasión, nos venderíais a nuestras familias y conseguiríais un beneficio. Sólo sois un bárbaro y no tenéis honor…

—Tened cuidado, milady, no tengo mucha paciencia y os movéis por un terreno resbaladizo. Si quisiera, podría castigaros.

Bella no dijo nada. Sabía que ya se había arriesgado varias veces a recibir un castigo. Había conseguido que el vendedor de esclavos la temiera, pero sus maldiciones e insultos no iban a impresionar a ese hombre. Tenía algo áspero y autoritario, algo que le daba escalofríos, pero cuando lo miraba a los ojos, casi creía ver compasión en lo más profundo. No podía flaquear. Ese hombre no tenía nada delicado ni íntegro. Era un

salvaje, un bárbaro, y lo despreciaba como a todos los de su especie.

El camarote donde las alojaron no era incómodo. Bella pensó que podía ser el del propietario del barco. No estaba segura, pero a juzgar por cómo le habían saludado cuando subieron a bordo, el hombre de ojos azules podía ser el propietario del barco.

La sospecha hizo que se sintiera furiosa e impotente. ¿Por qué no podía llevarlas a Inglaterra? Si era su propio patrón, podría haberlas liberado a cambio de un generoso rescate. Ella habría estado encantada de pagarle de su fortuna lo que hubiera gastado y mucho más, aunque eso habría significado que no le quedaría más dinero para viajar.

Rosaalie se estremeció. Después de lo ocurrido, nunca querría volver a salir de su país. Lamentaba muchísimo haber dejado las costas de Inglaterra con Bella.

—Bells… —Bella se dio la vuelta al oír el lamento y vio a su prima que estaba vomitando—. Me siento fatal, me duele el estómago.

—Siéntate, querida. ¿Te sientes como cuando tuvimos la tormenta?

—No, peor. Creo que la comida que nos dieron en ese sitio espantoso estaba mala.

—Túmbate en la cama. Iré a buscar ayuda. Bella fue a la puerta del camarote. Había supuesto que estaría cerrada con llave, pero se abrió al empujarla. Salió a un pasillo muy estrecho y miró a izquierda y derecha con la esperanza de ver a alguien.

—Ayuda… Por favor, ayuda…

—No sirve de nada que pidáis ayuda. Nadie os ayudará a escapar.

Bella miró con rabia al hombre de ojos azules y levantó la cabeza con orgullo.

—No soy tan tonta como para creer que podré escapar de un barco. Si hubiera querido intentarlo, lo habría hecho en el puerto. Mi prima está enferma.

Él la miró fijamente y con cierta incredulidad.

—¿Qué le pasa?

—Ha vomitado y le duele el estómago. Creo que la comida que nos dieron en el mercado de esclavos estaba en malas condiciones. Yo sólo comí un trozo de pan, pero Rosali tenía hambre y comió un poco de carne.

—¿Qué tipo de carne?

—No lo sé. Dijo que tenía un sabor espantoso.

—Seguramente, estaría muy especiada. No creo que os dieran comida en mal estado. Vuestra acompañante es demasiado valiosa para darle carne en mal estado.

—Es mi prima y la quiero. ¿Podéis darle algo que la alivie?

—Es posible que tenga algo que la alivie. Mirad en el arcón de vuestro camarote y encontraréis un frasco pequeño y azul. Tres gotas mezcladas con agua y harán que deje de vomitar y se le pasará el dolor.

—Parecéis muy seguro…

—Me dieron ese remedio cuando tuve algo parecido hace muchos años. Lo he conservado por si volvía a necesitarlo, pero me he acostumbrado a la comida especiada, como haréis vos con el tiempo.

—No tengo intención de quedarme en vuestro país el tiempo suficiente para acostumbrarme a nada. Cuando vea a vuestro señor, exigiré que nos libere.

Sus ojos dejaron escapar un destello como si hubiera querido contener una carcajada, pero su expresión recuperó la rudeza enseguida.

—Dudo que el califa llegue a fijarse en vos, pero si lo hiciera, haríais bien en no exigir nada. Si lo hicierais, pronto acabaríais en un sitio donde no querríais estar.

Bella le dirigió una mirada desdeñosa, se dio la vuelta y volvió a entrar en el camarote. Abrió el arcón, encontró el frasco azul y probó una gota con la lengua. Era amargo e hizo una mueca de disgusto, pero supo que no podía ser veneno porque el hombre de los ojos azules no jugaría con el dinero del califa. Hizo la mezcla y se la dio a beber a Rosalie . Su prima también hizo una mueca al tragárselo, pero pronto sintió alivio y enseguida se quedó dormida. Estaba agotada de tanto llorar. Bella la miró con lástima y entendió que su prima estuviera aterrada por su porvenir, no le faltaban motivos. Su belleza le garantizaba que el hombre que las había comprado la vería con buenos ojos. Ella, Bella, sería una sirvienta si tenía suerte, pero Rosalie se convertiría en una concubina. Se arrodilló e inclinó la cabeza para rezar.

—Por favor, mantenla sana y salva —susurró—. Yo puedo soportar todo lo que me pase, pero, por favor, mantén a mi prima sana y salva.

Edward volvió a cubierta con el ceño fruncido. La arpía estaba haciendo honor a su nombre y estuvo seguro de que causaría problemas en el harén. Tuvo una punzada de remordimiento porque sabía que estaba en sus manos liberarlas. Podría haber encontrado a otra mujer para el hijo del califa o podría haber vuelto al palacio para comunicar que no había encontrado la mujer adecuada. Por un momento, se planteó la posibilidad de navegar rumbo a Inglaterra, pero los amargos recuerdos se agolparon en su cabeza y supo que nunca podría volver a la que había sido su vida. Se había asentado en el palacio y su vida era placentera. Sería un necio si tiraba por la borda todo el trabajo que había hecho por una mujer a la que no conocía.

—Señor Edward… —le llamó una voz que le apartó a esas mujeres de la cabeza. Subió al puente de mando y volvió a centrarse en el viaje que tenían por delante. Tenía que volver al palacio por distintos motivos. Tenía que olvidarse de ese ligero remordimiento y concentrarse en sus obligaciones.

Nos vemos mañana con capítulo doble