Rosalie estaba mejor a la mañana siguiente, pero nada le levantaba el ánimo. No obstante por fin había dejado de llorar. Las habían tratado bien, les habían dado comida y vino, agua para lavarse y más ropa limpia, entre la que había elegido la que más le favorecía.
Desde que Bella fue a cubierta, no habían vuelto a ver al hombre que las había comprado, pero él les había mandado a un chico joven para preguntarles si estaban cómodas y tenían todo lo que necesitaban. Ella reconoció al sirviente del vendedor de esclavos y le preguntó si también lo habían comprado para el califa.
—El señor Edward me ha comprado como su sirviente —contestó Seth con una sonrisa—. Podría haber quedado libre si hubiera querido, pero ¿adonde habría ido? Seré bastante feliz sirviendo a mi señor. Es un hombre honrado y hay pocos que sean tan generosos.
Bella se preguntó por qué el señor Edward no iba al camarote, ya que estaba segura de que era el suyo. Estaría durmiendo en otro sitio durante ese tiempo. Había descubierto cosas en el arcón que tenían que ser suyas y no pudo evitar preguntarse si estaba eludiendo su compañía intencionadamente. ¿Temería que volviera a preguntarle por el rescate? A última hora de la tarde del segundo día, llegaron a un puerto que supuso que tenía que ser el de Estambul. Los edificios eran raros y preciosos y Bella los miró maravillada desde cubierta.
—Es una vista impresionante, ¿verdad?
Bella se dio la vuelta para mirar al hombre que había hablado y sonrió. Había dejado de sentir miedo y tuvo la sensación de que estaba a punto de vivir una aventura increíble.
—Me lo habría parecido si hubiera venido voluntariamente.
—Creo que muy pocas mujeres inglesas han venido voluntariamente — replicó él—. He oído hablar de un par de atrevidas que vivían según su voluntad. Una en concreto se convirtió a la religión islámica y le permitieron vivir aquí sin casarse ni ser esclava. Creo que visitó la corte del sultán y le contó muchas cosas.
—Tuvo que haber sido una aventurera intrépida. Creo que me habría gustado vivir así.
—¿De verdad? —Mi padre y yo viajamos por Europa antes que de cayera enfermo, hace unos años. Siempre quise ver Constantinopla alguna vez.
—Lamento que haya tenido que ser así, lady Bella.
—¿Lo lamentáis? —ella arqueó las cejas—. No me impresionan las palabras, señor. En vuestro caso, los actos serían mucho más elocuentes.
—Pedís demasiado. Por favor, bajad a vuestro camarote. Irán a buscaros cuando hayamos atracado.
—¿Creéis que voy a lanzarme al mar? No tendría sentido cuando volverían a capturarme y haría el ridículo. Ya os he dicho que no voy a abandonar a mi prima… hasta que ella vuelva con su familia. No voy a darme por vencida. Vuestro señor y vos podéis hacer lo que queráis, pero protegeré a mi prima hasta el último aliento.
—Es más afortunada de lo que cree.
Edward inclinó la cabeza, pero ella había captado una sombra de duda en esos ojos azules. Bullía por dentro cuando bajó a esperar las órdenes, pero no le dijo nada a Rosalie .
Su prima estaba pálida y abatida, aunque no lloraba. Bella supuso que habría aceptado que no podía hacer nada por el momento. Tenía que conseguir hablar con el califa como fuera. Tenía que hacerle entender que no podía esclavizar a unas mujeres acostumbradas a la libertad.
Edward observó a Bella mientras bajaba al camarote. Estaba asombrado por la inquietud que sentía. Según las costumbres del pueblo en el que vivía, no había hecho nada malo por comprar unas mujeres. En realidad, las había salvado de un destino mucho peor. Sin embargo, la mirada de Bella era acusadora y hacía que se sintiera levemente culpable. Había intentado mantenerse alejado de ella durante la travesía porque cuando estaba cerca, tenía sentimientos contradictorios, aunque su decisión fuese firme. Si ella hubiera aceptado sus condiciones, él habría hablado con Carlisle y estaba casi seguro de que habría acordado un rescate para ella, pero la otra, la bella, era exactamente lo que Jasper necesitaba como primera esposa.
No obstante, cuando bajaron a tierra poco después, se olvidó de sus dudas e hizo todos los preparativos para el viaje. Las mujeres irían en palanquines con cortinas de seda para que nadie pudiera verlas.
—Viajaréis en intimidad —le explicó él a Bella—. La chilaba que lleváis os ocultará de las miradas curiosas, pero tenéis que taparos el rostro todo el tiempo.
—Mi prima está cansada. ¿Tenemos que salir de viaje inmediatamente? ¿No podemos descansar aquí un poco?
—Podréis descansar cuando hayamos llegado al palacio del califa. Si nos quedáramos aquí, vuestra prima no pasaría desapercibida y os daríais cuenta de que hay destinos peores que el que tanto teméis. Hasta el califa tiene que ceder si el sultán pide que le manden una mujer. Vos no tendríais sitio en su harén, pero vuestra prima se convertiría en la odalisca de un hombre mucho mayor que ella. De esta manera, seguiréis juntas un poco más.
Ella lo miró con desagrado y él supo que se había roto el leve hilo de confianza que había empezado a formarse entre ellos. Era evidente que seguía esperando que él cediera y las devolviera a su país. Estaba enojada con él, quizá lo odiara.
Edward puso una expresión sombría. No le gustaba que esa inglesa afectara tanto a su sentido del honor y le alcanzara en una parte de sí mismo que dio por muerta hacía mucho tiempo. Ya no era un caballero inglés ni podría volver a la vida que había conocido, aunque quisiera. Su vida estaba allí, aunque más de una vez estuvo tentado de acceder a sus peticiones, pero eso habría sido un signo de debilidad. Había dado su palabra al hombre que había sido como un segundo padre para él y no iba a incumplirla por una mujer a la que casi no conocía, aunque fuese una mujer muy especial con la capacidad de quitarle el sueño por las noches.
Bella se mordió el labio inferior. Sabía que la escapatoria era muy difícil y aunque lo consiguieran, no tenían a donde ir. Las buscarían, las encontrarían y las castigarían. Además, había visto los hombres que deambulaban por el puerto y se sentía más segura con su captor que sola. Quizá, si no hubiese estado Rosalie y la llevaran al harén de él, no le habría importado tanto. ¡No podía pensar esas cosas! Era un bárbaro, un hombre sin principios, ni honor. Sería una necia si permitía que le gustara… aunque él se preocupó cuando Rosalir estuvo enferma.
«Sería un disparate perder mi inversión, ¿no os parece?» había dicho él. La amargura se adueñó de ella. Sólo le había preocupado que no muriera la mujer que le había costado tanto dinero. Aun así, algo le dijo que no era verdad. Él se había preocupado y se había ofrecido para preguntar si se aceptaría un rescate por ella. Sería una sandez tenerlo de enemigo porque podría ser el único capaz de ayudarlas. No pudo evitar pensar que quizá conservara algunos de sus principios de antaño, quizá algo le dijera por dentro que no se podía esclavizar a otras personas.
Bella le lanzó una mirada muy elocuente antes de subir a su palanquín, pero él no estaba mirándola. Como no podían viajar en el mismo palanquín, Rosalie y ella tuvieron que separarse. Bella temió que fuese una artimaña para separarlas definitivamente y se atrevió a mirar varias veces entre las cortinas para cerciorarse de que su prima seguía con ellos. Era mediodía cuando se detuvieron. El sol estaba en lo más alto y Bella notó un calor abrasador cuando Rosalie y ella se refugiaron debajo de un olivo. Les ofrecieron fruta, pan, queso y agua. Marguerite, que todavía tenía mal aspecto, lo rechazó todo menos el agua, pero ella comió con ganas y disfrutó de la comida. Se habían detenido junto a un arroyo rodeado de palmeras. Una vez saciada el hambre, Bella se levantó y dio un paseo para mirar los árboles con curiosidad. Los había visto en dibujos, pero eran los primeros que veía al natural y le interesaba todo lo que fuera nuevo o distinto.
—La fruta no está madura —le comentó Edward cuando se acercó a ella—. No os recomendaría que comierais los dátiles. No sabrían como los que os han dado.
—Estaban muy buenos, como toda la fruta y el queso, aunque es un queso distinto al que estoy acostumbrada.
—Comemos queso hecho con leche de oveja. Es distinto, como mucha de nuestra comida, pero os acostumbraréis.
—Sí, supongo que nos acostumbraremos -Bella frunció el ceño—. Mi prima no está bien del todo. ¿No sería posible descansar en algún sitio durante unos días antes de llegar al palacio?
—Queréis demorar lo inevitable —replicó Edward con un gesto implacable en la boca—. Ya se ha avisado de nuestra llegada. Es demasiado tarde para retroceder. Sin embargo, mi oferta para vos sigue en pie.
—Y vos la mía. No lo entendéis, lady Bella . He dado mi palabra y no puedo incumplirla aunque lamente…
A Bella le dio un vuelco el corazón cuando él vaciló porque algo le dijo que estaba pensándoselo. Quizá pudiera convencerlo para que todavía viera las cosas como ella.
—Sé que tenéis honor —ella le tocó el brazo con una mirada suplicante—. Hice mal al ofenderos, pero estaba alterada por lo que nos había pasado. Os creo cuando decís que podría habernos ido mucho peor, pero ¿no podéis entender lo que significaría la pérdida de libertad para mi prima? Hay alguien a quien quiere…
—¿No estaba casada? —preguntó Edward —. Si hubiera alguna forma de compromiso de matrimonio quizá…
No terminó la frase porque se oyeron unos gritos. Bella vio que sus hombres señalaban hacia el horizonte y al mirar en esa dirección vio un grupo de jinetes que se acercaban muy deprisa hacia ellos.
—Poneos la chilaba inmediatamente —le ordenó él—. Decidle a vuestra prima que haga lo mismo. No sé quiénes son esos visitantes. Bella se apresuró para decírselo a su prima y las dos se pusieron las gruesas prendas que se habían quitado por el calor mientras comían. Edward les dijo que volvieran a sus palanquines y ellas obedecieron. El ruido de los cascos de los caballos era cada vez más fuerte y la nube de polvo más abundante.
—No pasará nada —tranquilizó Bella a su prima antes de separarse—. Edward nos protegerá. Sabía que su prima estaba aterrada de que las atacaran.
Edward y sus hombres habían desenvainado las espadas como si ellos también lo temieran. Cuando se sentó en el palanquín con las cortinas cerradas, Bella intentó dominar su miedo. Edward no permitiría que nadie se las llevara. Protegería su inversión… aunque un instante antes de que vieran los jinetes había llegado a pensar que él iba a ceder a sus súplicas. Entonces, oyó un griterío de saludos y miró entre las cortinas. Vio que Edward y sus hombres saludaban a los recién llegados entre risas. Uno de los hombres, que parecía el cabecilla, se arrodilló ante él. Era más joven que Edward y apuesto aunque con un aire bárbaro. Miró hacia los palanquines como si quisiera saber qué ocultaban, pero Edward apoyó una mano en su hombro y le dijo algo. Puso una expresión de rebeldía por un instante, pero asintió con la cabeza y los dos hombres pasaron un buen rato hablando animadamente, estaba claro que eran buenos amigos. Luego, Edward se acercó al palanquín de Bella y ella abrió un poco las cortinas para que pudiera verla.
—¿Quién es?
—El príncipe Jasper ha venido con algunos jenízaros para escoltarnos hasta el palacio. Se han visto tribus de las montañas por la zona y sabía que tenía pocos hombres. Es un gran honor que nos escolte el príncipe, lady Bella .
Estaba preocupado por vuestra seguridad, pero a su padre no le gustaría si se enterara, no le gusta que el príncipe arriesgue su vida.
—Parecéis complacido por verlo.
—El príncipe es como un hermano para mí. Es joven y apuesto y pronto tendrá novia.
—Ah…
Bella no supo qué decir. Había esperado poder convencerlo para que las dejara descansar un par de días antes de llegar al palacio, pero si el príncipe había ido a escoltarlas, eso era imposible.
—Gracias por la explicación —añadió ella.
—No deberíais preocuparos excesivamente por vuestra prima, lady Bella. El porvenir puede depararos más felicidad de la que os imagináis.
Bella no dijo nada y se reclinó en el palanquín cuando dieron la orden de ponerse en marcha. ¿Cómo era posible que Rosalie o ella fuesen felices en el harén del califa?
