Tardaron casi todo el día en hacer el viaje, pero no volvieron a parar salvo unos minutos para cambiar los porteadores. Una mano apareció una vez entre las cortinas para ofrecerle fruta y agua, pero el balanceo del palanquín hacía que no le apeteciera comer mientras avanzaban. Se acordó de los momentos vividos junto al arroyo y se preguntó qué habría pasado si no hubiese aparecido el príncipe.
¿Habría transigido Edward ? Con un suspiro, se olvidó de esa leve esperanza. El príncipe los acompañaba y no había demora posible. Quizá ya ni siquiera Edward tuviera su destino en sus manos.
Bella había empezado a pensar que el viaje no iba a terminar nunca, pero cuando casi había anochecido, oyó unas trompetas, miró entre las cortinas y vio una serie de edificios que supuso que eran el palacio del califa. A primera vista, era muy raro para lo que estaba acostumbrada, pero pronto empezó a darse cuenta de lo bien que se adaptaba al terreno, como una fortaleza con unas elevaciones imponentes detrás. Una vez dentro de los muros del palacio, dejaron los palanquines en el suelo. Rosalie se bajó de un salto y fue corriendo a reunirse con Bella, que le tomó la mano mientras intentaban asimilar lo raro que les parecía todo, aunque se alegraran de que el viaje hubiese terminado. Era un alivio volver a estar de pie, se dijo Bella mirando alrededor y preguntándose cuándo podría hablar con alguien que tuviera autoridad para convencerlo de que aceptara el pago de un rescate por las dos.
—Es rosa… —le susurró Rosalie —. Las paredes son rosas. Parece sacado de un cuento.
—Es verdad, lo parece con esas cúpulas y las paredes rosas —Bellale sonrió para intentar darle ánimo, aunque tenía el pulso desbocado—. Tenemos que tomárnoslo como una aventura. A lo mejor no es demasiado espantoso. Al menos, estamos vivas y seguimos juntas.
—Sí… —Rosalie intentó esbozar una sonrisa poco convincente—. ¿Quién es ese hombre que está con Edward? Llegó con los jinetes que creímos que iban a atacarnos.
—Es el príncipe Jasper, el hijo del califa.
—Ah… parece despiadado.
—Sí, pero es muy apuesto.
—Me da miedo.
Rosalie se estrechó contra Bella cuando Edward se acercó a ellas.
—Señoras… —se inclinó ante ellas—. Bienvenidas al palacio del califa. Si me seguís, os enseñaré vuestros aposentos.
—¿Adonde vais a llevarnos? —le preguntó Bella con recelo y el corazón latiéndole a toda velocidad—. ¿Estaremos juntas?
—Por el momento, sí —contestó Edward —. Luego, será una decisión del califa. Su palabra es la ley y tenemos que obedecerlo.
—¿Por qué? —preguntó Bella desafiantemente y mirándolo a los ojos con furia—. ¿Acaso no sois un hombre libre?
—Soy libre, pero sirvo a un hombre al que respeto y admiro. No traicionar su confianza es una cuestión de honor para mí.
—Sin embargo, nosotras ni lo respetamos ni lo admiramos —replicó Bella—. Somos inglesas y no inclinamos la cabeza ante nadie, excepto la reina.
No era verdad del todo, pero dejó claro lo que quería decir y le pareció ver un destello burlón en los ojos de él.
—Tenéis que aprender a dominar vuestro orgullo. Ahora sois servidoras del califa y, según su ley, puede hacer lo que le plazca con vos, con las dos. Os recomiendo que habléis con delicadeza, por el bien de ambas.
Rosalie se estrechó más contra el costado de Bella. Ella, como sabía que su prima estaba angustiada, no lo atosigó más. Ya eran unas auténticas esclavas, aunque él no las había tratado como prisioneras durante el viaje. Notó que todo era distinto y supo que podrían haberlas golpeado si ese hombre hubiese sido otro. Hasta ese momento, las habían tratado con respeto. Sólo podía esperar que el califa fuese parecido y que tuviera la oportunidad de suplicarle que las dejara libres.
Les habían dado unas zapatillas muy suaves que no hacían ruido en los suelos de mármol pulido. En el interior del palacio, las paredes eran de distintos colores y muchas tenían azulejos preciosos. Podía oír al rumor del agua y pasó por varios patios con fuentes que daban frescura al palacio. Era un alivio que agradecía mucho en comparación con el calor del patio delantero. Edward las llevó por un patio adoquinado y varios jardines sombríos hasta otra parte del palacio. Allí había paneles de madera labrada que formaban celosías y las habitaciones parecían más íntimas. Cuando él se paró delante de una impresionante puerta tachonada con lo que parecía plata y piedras semipreciosas, Bella contuvo el aliento. Había visto algo parecido en un libro de su padre y supuso lo que las esperaba detrás. Edward llamó y ella lo miró cuando un hombre muy grande con la cabeza rasurada la abrió.
—¿Es el sitio que creo que es? —le preguntó a Edward mientras el otro hombre las invitaba a entrar.
—Os dejo aquí porque no tengo permitido pasar al otro lado de esta puerta. Sólo los eunucos y los integrantes de la familia real pueden entrar.
—¿Nos habéis traído al harén? —le preguntó Bella con una mirada acusadora.
-Aquí estareís a salvo. No sé si volveré a veros. Eso le corresponde decidirlo al califa.
—Por favor…
Bella o agarró de sus ropajes, su mano rozó la de él y notó que se crispaba o estremecía. Supuso que le costaba mantenerse impasible, como debería hacer una vez que había concluido su cometido. Él abrió los ojos y se oscurecieron como si en ese momento se hubiera dado cuenta de algo.
—Os lo suplico, hablad con el califa y decidle que estamos dispuestas a pagar el rescate que pida. Tiene que ser para las dos, por favor. Os lo pido como una dama inglesa a un caballero inglés.
Edward inclinó la cabeza, vaciló, le tomó la mano para soltarla de los ropajes y la retuvo un instante, casi como si quisiera consolarla.
—Tenéis que acompañar a Sulian. Haced lo que se os diga y se os tratará bien, pero os aviso de que hay castigos por desobedecer que no os gustarían nada. No me agradaría que os trataran mal.
—Ayudadnos… —le pidió Bella mientras agarraban a Rosaalie del brazo y la llevaban adentro—. Por favor, no creo que este sitio sea el vuestro más que el nuestro. Por compasión, ayudadnos.
—Acompañad a Sulian.
La mejilla de Edward se contrajo levísimamente y ella vio la indecisión en sus ojos, unos ojos demasiado azules para ser de un árabe. No podía estar equivocada. Era inglés de nacimiento. Tenía que tener conciencia.
—He cumplido mi cometido para mi señor. Disculpadme, pero ya no está en mis manos —concluyó él. A ella se le cayó el alma a los pies y el miedo dejó paso a la furia.
—Debería avergonzaros servir a un hombre que esclaviza a otros. Sabéis lo que es ser libre. ¿Cómo podéis aceptar privilegios de un hombre que es poco más que un salvaje?
—Cuidado con lo que decís —Edward apretó los labios y la miró—. Creo que no se os ha tratado mal. El califa es un hombre culto y sabio y va a concederle un gran honor.
—Pero ella es muy joven y debería tener la libertad de vivir como quiera —replicó Bella con tono casi suplicante, aunque sabía que ya era tarde porque se habían llevado a Rosalie —. Por favor, ayudadnos…
—Por favor, idos. No puedo hacer nada más por vos.
Bella supo que era inútil insistir. El eunuco estaba esperándola con un rostro inexpresivo. Ella sintió lástima por él. Había perdido mucho más que la libertad. Su mutilación era lo único que lo hacía apto para cuidar el harén. La puerta se cerró tras ellas y Bella sintió un escalofrío. Hasta ese momento, había esperado desesperadamente que su captor pudiera ceder y aceptar el pago de un rescate. Había tenido la sensación de que había cierta compasión en lo más profundo de ese hombre de ojos azules, pero no había cedido. Estaban encerradas en el harén del califa y no creía que pudieran escapar.
Rosalie la miró con desasosiego. Ella le tomó la mano y se la apretó mientras seguían al enorme eunuco por el pasillo. Había puertas a los lados y comprendió que daban a aposentos privados, pero él no se detuvo hasta que llegaron a una estancia grande y abierta con una fuente y bancos de mármol. Había flores en macetas y baños y también pudo ver una puerta abierta al fondo que daba a lo que parecía un jardín precioso. El eunuco habló con una mujer de unos cuarenta años. Ella las miró y asintió con la cabeza varias veces. El eunuco se inclinó ante ella, se dio la vuelta y se marchó. La mujer las llamó con la mano. Bella apretó más la mano de Rosalie y se acercaron a la mujer. Tenía la piel olivácea y unos ojos brillantes y penetrantes como los de un halcón, que las miraron un instante con curiosidad antes de quitarle el velo a Marguerite. Cuando vio lo hermoso que era su pelo, asintió con la cabeza y dio unas palmadas.
—El señor Edward ha acertado —dijo ella en francés—. La joven será del agrado del hijo del califa.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Rosalie mirando a Bella con horror.
—Ha dicho que eres muy hermosa —en ese momento, Bella se alegró de que su prima no hubiera aprendido francés—. ¿Podemos saber vuestro nombre madame?
—¿Me entendéis? Mejor. Algunas mujeres no me entienden y eso les complica la vida. ¿La joven no me entiende?
—Mi prima sólo sabe algunas palabras de francés, madame. Si habláis despacio, a lo mejor entiende algo.
—Entonces, hablaré con vos, mujer juiciosa. Parecéis una mujer juiciosa. Me llamo Mellina y soy la encargada del harén. Si no causáis problemas, vuestra vida aquí será placentera, pero si sois desobedientes o insolentes, el eunuco tiene látigos que no dejan marcas en la piel. Nuestro señor tiene favoritas y rara vez llama a las otras mujeres. Vuestro papel será estar al servicio de las favoritas, pero vuestra acompañante no pasará mucho tiempo aquí si las cosas van bien.
—Espero que ninguna de las dos pasemos mucho tiempo aquí. Queremos pagar un rescate. Tenemos familias dispuestas a pagar una buena cantidad por recuperarnos.
Mellina dejó escapar una carcajada burlona.
—Nadie ha pagado un rescate desde que estoy aquí.
—¿Nadie? ¿Cuánto tiempo lleváis viviendo aquí?
—Era muy joven y hermosa cuando llegué al palacio. Agradé al hijo del califa y me tomó como una de sus favoritas. Ahora es el califa y tiene sus hijos.
A Bella se le heló la sangre.
—¿No teníais a nadie que pudiera rescataros?
—Mi padre me entregó al califa como agradecimiento por algunos privilegios —Mellina se encogió de hombros—. Mi vida aquí ha sido plácida y el orden y las mujeres me respetan. Algunas veces, el señor me llama para hablar conmigo. Sigue apreciándome aunque otras mujeres hayan ocupado mi lugar en su cama.
—¿No os duele? —le preguntó Bella.
—Yo sabía cuál era mi destino desde muy pequeña. Venís de una cultura distinta y os costará adaptaros, pero es inútil que os resistáis.
—¿Qué dice? —le preguntó Rosalie tirándole del brazo—. Tengo hambre. Pregúntale si podemos comer y beber algo.
—Madame, ha sido un viaje muy largo desde que abandonamos el barco. Rosalie no pudo comer porque estuvo enferma. Creo que ya está algo mejor y necesita comer y beber algo.
—Claro, la pequeña tiene hambre —Mellina asintió con la cabeza y sonrió—. Rosalie es un nombre muy bonito. Creo que al hijo del califa le complacerá el regalo que le ha hecho su padre.
Bella contuvo la airada protesta que tuvo en la punta de la lengua. ¿Cómo podía hablar tan despreocupadamente de la vida de su prima? El califa no podía regalarla a su hijo. Se acordó de que el príncipe le pareció intimidante a Rosaalie y su decisión se hizo más firme. Haría todo lo que pudiera para que no la regalaran al príncipe.
No obstante, por el momento sólo podían hacer lo que les dijeran. Mellina parecía dispuesta a ser amable y sería una tontería enemistarse con ella.
—¿Hay algún sitio donde podamos comer y descansar?
—Venid, os enseñaré vuestros aposentos. Se os darán ropas y podréis bañaros para quitaros la suciedad del viaje —Mellina arrugó la nariz—. Todavía tenéis pegado el olor del mercado de esclavos. Os daré perfumes y aceites. Os sentiréis mucho mejor cuando os hayáis bañado y hayáis comido.
—Sí, estoy segura.
Bella tomó a Rosalie del brazo y siguieron a la mujer hasta una zona más retirada donde había un baño muy grande rodeado por pequeños recintos. Dos mujeres muy hermosas y jóvenes estaban lavándose con la ayuda de mujeres mayores que les frotaban el cuerpo y el pelo con jabones y aceites aromáticos. En los recintos había otras mujeres tumbadas que recibían masajes en la espalda con ungüentos de olor dulzón. Era una escena de sosiego y placidez. Todas miraron con curiosidad a las recién llegadas. Una se levantó del agua. Estaba completamente desnuda. Su piel era blanca, la cintura estrecha y las caderas estilizadas aunque tenía unos pechos abundantes y redondeados con unos pezones oscuros como si hubiera tenido un hijo. El pelo, oscuro y mojado, le caía en rizos hasta el final de la espalda. Pareció no importarle o darse cuenta de que su desnudez había impresionado a las recién llegadas.
—¿Quiénes sois? ¿Cómo os llamáis? —preguntó en francés. Miró con desdén a Bella y luego se fijó en Rosalie . Frunció el ceño y apretó los labios mientras una de sus ayudantes la cubría con un paño muy liviano.
—Yo me llamo Bella y mi prima, Rosalie —contestó Bella intentando pasar por alto que todavía podía ver cada rincón de su cuerpo—. ¿Podemos saber cómo os llamáis, madame?
—Soy Fortunata, la favorita del califa —sus ojos oscuros dejaron escapar un destello que a Bella le pareció de celos—. ¿De dónde venís y por qué estáis aquí?
—Navegábamos desde Inglaterra para encontramos con el prometido de mi prima —contestó Bella —. Los corsarios abordaron nuestro barco, nos capturaron y nos llevaron al mercado de esclavos. Tengo la esperanza de que el califa acepte el pago de un rescate por nosotras —Bella pensó a toda velocidad y le pareció posible que la favorita del califa lo convenciera—. Si pudiera hablar con el califa o hacerle llegar un mensaje, quizá escuchara nuestra petición.
—La joven está destinada al hijo del califa —intervino Mellina—. No tienes que temer a ninguna de las dos porque nadie querrá a la otra.
—¿Para el príncipe? —Fortunata asintió con la cabeza y parte del recelo desapareció de sus ojos—. Oléis mal. Yo ya he terminado, pero mis ayudantes os echarán una mano.
—Eres muy amable —replicó Bella —. ¿No podríamos bañarnos en privado?
Fortunata la miró fijamente y se rió.
—Comprendo que quieras ocultar tu cuerpo huesudo, pero la joven no tiene nada que ocultar.
—¿Qué dice? —le preguntó Rosalie con abatimiento—. ¿No esperarán que nos bañemos aquí delante de todas?
—¿Hay algún sitio donde podamos bañarnos con más intimidad? —le preguntó Bella a Mellina. Mellina entrecerró los ojos. Pareció molesta por un momento, pero inclinó la cabeza.
—Podéis usar el baño de Esme. Está con los hijos pequeños del califa y no le importará. Seguidme.
Bella tomó a Rosalie del brazo y se alejó con ella. Pudo notar los ojos de Fortunata clavados en la espalda y temió haberse granjeado su enemistad. La favorita del califa había temido que Rosalie fuese una rival cuando la vio, pero Mellina la había tranquilizado. Ella, naturalmente, no era una rival para ninguna, pero su prima podía ser el objeto de los celos de otras mujeres. Mellina las llevó a un jardín recóndito donde había un baño más pequeño rodeado de columnas. Tenía un banco de mármol al lado y el olor de las flores era casi mareante. Mellina dio unas palmadas y unas mujeres aparecieron con toallas, jabones y frascos de perfumes. Evidentemente, querían ayudarlas a bañarse. Bella se dirigió a ellas en el idioma que parecía ser el que se empleaba en el harén.
—Por favor, dejad que nos bañemos solas.
Ellas la miraron pasmadas hasta que Mellina les ordenó algo parecido y desaparecieron en una pérgola.
—Creen que olemos mal y no me extrañaría —le explicó Bella a su prima—. Creo que no nos darán de comer hasta que nos hayamos bañado, de modo que lo mejor será que lo hagamos.
—Pero aquí no hay trajes de baño —replicó Rosalie —. No irás a bañarte… como esa mujer…
—Puedes dejarte la túnica si quieres —la tranquilizó Bella—. Sin embargo, creo que yo voy a quitármela porque huele mal y estoy cansada de pasar calor y estar pringosa. Por favor, date la vuelta hasta que me haya metido en el agua y yo haré lo mismo.
—Muy bien.
En cuanto Rosalie se dio la vuelta, ella se quitó la ropa y se metió en el agua. El sol la había calentado un poco y estaba deliciosamente fresca. Empezó a enjabonarse de espaldas a Rosalie hasta que oyó que se metía en el agua y la miró con una sonrisa.
—¿No te parece delicioso? Sé que mi padre se bañaba en el lago que había cerca de casa y muchas veces lo envidié, pero esto es mucho mejor porque el agua del lago estaba helada.
—Es delicioso… —Rosalie se enjabonó el cuerpo y el pelo, se sumergió y cuando volvió a salir estaba sonriendo—. Es divertido.
Bella asintió con la cabeza y la salpicó. Rosalie se quedó atónita un instante, pero también la salpicó. Las dos se rieron y se sintieron más contentas porque parte de la tensión se había esfumado.
Gracias por los comentarios a la historia
