Bella miró alrededor de los jardines. Las mujeres paseaban al sol o buscaban las zonas más sombrías. Todas iban vestidas con colores de joyas y con bombachos muy finos y transparentes. Se alegraba de que Mellina le hubiera dado la túnica. Era azul oscuro y propia de una mujer mayor, pero ella se sentía cómoda. Ante su sorpresa, Rosalie se había acostumbrado bien a la ropa nueva, aunque se ruborizó cuando un eunuco entró en el harén para buscar a Fortunata. Sin embargo, ya no tenía vergüenza entre las mujeres. Había encontrado a dos que hablaban un poco de inglés y en ese momento estaba sentada con ellas entre risas mientras daban de comer a un mono que les habían regalado. Bella estaba asombrada de lo pronto que se había adaptado.
A ella no le pasaba lo mismo. Le había costado dormir en el diván de seda que había en la pequeña alcoba que compartía con su prima, pero Rosalie había dormido profundamente por primera vez desde que las capturaron. ¿Cuánto tiempo tardaría Rosalie en darse cuenta de lo que iba a pasarle? Su sosiego desaparecería en cuanto se enterara de que iba a ser un regalo para el hijo del califa, pero por el momento parecía estar pasándolo bien. La noche anterior se divirtió con la música y el baile y una de las mujeres se ofreció para enseñarle a bailar. Rosalie podría acostumbrarse a esa vida si no había otra posibilidad, pero ella ya estaba desasosegada. Sabía que tardaría muy poco en aburrirse sin libros ni caballos ni poder dar los largos paseos que solía dar. Tenía que encontrar la manera de que el califa la recibiera en audiencia. ¡Tenía que ser libre! Su cuerpo y su mente se rebelaban ante la inactividad impuesta. Preferiría que le asignaran un trabajo.
—Mademoiselle… —Bella giró la cabeza y vio a Mellina—. El eunuco te espera. El señor Edward te reclama.
—¿Edward ? Sí, claro. ¿Puedo decirle a mi prima que voy a ausentarme?
Por algún motivo desconocido, el corazón le había dado un vuelco y le latía a toda velocidad. ¿Habría escuchado sus súplicas?
—Rosalie está contenta. Está haciendo amigas. No hay tiempo que perder.
Bella habría discutido, pero ya había aprendido que en el harén lo mejor era acceder siempre que fuera posible. Miró a Rosalie y comprobó que estaba demasiado entretenida jugando con los animales domésticos que había en el harén como para darse cuenta de que iba ausentarse. Quizá fuese preferible no decirle nada y tampoco crearle falsas esperanzas. Mientras seguía a Mellina, el corazón le latía tan deprisa que no podía respirar. ¿Adonde la llevaba y por qué quería hablar Kasim con ella? Cuando las dejó en la puerta del harén, había insinuado que quizá no volviera a verlas. La desazón terminó enseguida porque Kasim estaba esperándola al otro lado de la puerta del harén. Como siempre, iba vestido de blanco con botas altas y rojas. Ese día, además, llevaba un fajín rojo alrededor de la cintura. También llevaba un turbante blanco que le cubría los rizos que le caían por la nuca. La miró de arriba abajo y a ella le pareció que le gustaba cómo iba vestida. Evidentemente, le parecía la vestimenta adecuada para una mujer de su edad. Se le había pasado la edad de casarse y lo sabía muy bien, algo que en un sitio como ése era una medida de protección.
—¿Queríais verme, señor? —le preguntó con arrogancia—. No sé cómo dirigirme a vos. He oído que os llaman señor Edward —lo miró con perplejidad—. Creí que las mujeres del harén estaban vedadas para vos.
—Puedes llamarme Edward si quieres. Se ha hecho una excepción con vos, milady. Por el momento, me encargaré de vos. He venido para llevaros a la escuela que hay en el ala infantil del palacio. La esposa del califa educa a sus hijos, pero está esperando un hijo y algunas veces se encuentra indispuesta, tiene que descansar y el califa quiere que alguien ocupe su lugar. Le he dicho que habéis estudiado mucho y me ha pedido que me haga cargo de vos y os lleve a la escuela —sus ojos azules parecieron taladrarle el cerebro—. ¿Creéis que podréis hacer esa tarea, milady?
—Si voy a llamarte Edward , tú me llamarás Bella . No sé si podré complacer al califa porque tampoco sé lo que quiere para sus hijos.
—¿Leéis el francés tan bien como lo habláis?
—Naturalmente. También puedo leer el árabe bastante bien, pero tengo poco vocabulario.
—Según lo que me contó el vendedor de esclavos, vuestro conocimiento de árabe es bastante extraño para una mujer de vuestra cuna, milady.
—Leí lo que podríamos llamar un libro erótico que encontré en la biblioteca de mi padre. Sé que fue bastante inapropiado que lo leyera, pero… el lenguaje me ha resultado útil… —sus ojos brillaron con picardía y la mujer anodina y arisca se transformó en encantadora, casi hermosa—. De no haber sabido lo que sé, creo que no nos habrían subastado juntas.
—Estoy seguro de que no —Edward parpadeó por la transformación que se había producido en ella—. Me he preguntado qué le dijisteis exactamente.
—Le dije que era el hijo de un asno y una diablesa y que si nos separaba, le haría un conjuro para que se le secaran sus partes pudendas y se le cayeran, que se moriría de dolor.
—Me imagino que no lo diríais tan finamente. Sé las palabras que debisteis de emplear y creo que yo también leí ese libro hace mucho tiempo.
Bella vio el brillo burlón de sus ojos. Por un instante, vislumbró un hombre distinto y sintió un arrebato de emoción. ¡Tenía un lado más delicado! Ojalá pudiera alcanzarlo.
—Me gustaría dar clase a los hijos de califa y ayudar todo lo que pueda… si puedo conseguir mi libertad y la de Rosalie .
—No debéis negociar, milady. Si el califa queda satisfecho, algunas veces otorga un favor, pero no escuchará vuestra petición en lo relativo a vuestra prima y se enojará si insistís. Debéis esperar a que os autorice hablar.
A Bella se le paró el pulso.
—Entonces, ¿lo veré?
—Es posible. Me ha ordenado que observe cómo os manejáis con sus hijos y que le informe, pero puede querer observaros personalmente —Edward frunció el ceño—. Tengo que preveniros que no sabréis si está o no salvo que quiera dejarse ver.
—¿Queréis decir que se esconderá detrás de las celosías y nos espiará, señor? —Bella frunció el ceño—. Me he dado cuenta de que nunca estamos solas en el harén. Siempre hay alguien observándonos, espiándonos. Es despreciable. ¿No puedo hablar con él y exponerle mi propuesta? ¿Por qué tienen que tratarnos con recelo y espiarnos?
—En el pasado hubo quien intentó escaparse. Os advierto que es inútil. No podréis escapar del jardín porque los muros son demasiado altos y hay pinchos al otro lado. Si saltarais, podríais clavároslos y morir de una forma espantosa. Sólo se puede salir por la puerta principal y hay eunucos vigilándola día y noche.
—Pobres criaturas… —los ojos de Bella lo miraron con un destello—. ¿Estáis avergonzado? Venís de un país civilizado. ¿No podéis censurar lo que ocurre en este sitio perverso?
—Hay quien no diría que Inglaterra es un país civilizado, lady Bella. ¿No habéis visto las cabezas empaladas cerca de la Torre de Londres? ¿No os han contado cómo torturan a los prisioneros dentro de sus muros? El califa no es peor y muchas veces puede ser compasivo. El palacio y sus habitantes no me parecen perversos. Hay hombres que tratan peor a los demás, hombres que se consideran caballeros ingleses —Edward apretó los labios al acordarse de que un hombre al que consideró su amigo fue mucho más bárbaro que el señor al que servía—. Creo que os habéis acostumbrado a una vida muy privilegiada, milady. No sabéis cuánto sufren los demás. Efectivamente, mi señor puede ser despiadado, pero también puede ser generoso y creo que es justo. Vive conforme a su cultura y religión, ¿quién puede decir que está equivocado? Aquí he visto a esclavos a los que trataban mejor que a los pobres en Londres. Hasta hace poco, en Inglaterra se quemaba a los hombres por sus creencias. ¿Cuál es la diferencia?
Bella captó su expresión impasible y comprendió que era inútil seguir. Por un instante creyó que había alguna delicadeza y rectitud en él, pero se había desvanecido y la máscara pétrea había ocupado su sitio otra vez. Sintió una desilusión abrumadora. Había creído, de vez en cuando, que estaba alcanzando al hombre que intuía que se ocultaba tras esa máscara impenetrable. ¿Quién era el verdadero Edward ? y ¿le gustaría si llegaba a conocerlo? Su cabeza le decía que era tan bárbaro y despiadado como los corsarios que las habían capturado, pero su corazón intentaba decirle algo muy distinto. Cuando la miraba, la atraía de una forma que no podía entender.
—No digo que nuestra cultura esté libre de crítica porque hay injusticias en todas partes y en Inglaterra como en cualquier otro país, pero un hombre debería tener la libertad de vivir como quiera… y una mujer.
—¿Erais libre de vivir como queríais en vuestra casa?
—Sí… en gran medida —Bella se sonrojó cuando él la miró con los ojos entrecerrados—. Sabía que no podía hacer ciertas cosas, que no podía traspasar ciertos límites, pero mi padre era indulgente y mi hermano vive en la ciudad y me deja las posesiones… —no pudo seguir por la oleada de tristeza que se adueñó de ella—. Era feliz… muy feliz…
—¿Por qué os marchasteis de Inglaterra? Creo que dijisteis algo sobre el compromiso matrimonial de vuestra prima.
—Rosalie iba a conocer a un hombre que quería casarse con ella. Mi tío y ella me pidieron que los acompañara a España. Nuestro barco se quedó sin viento… —los ojos le escocieron por las lágrimas—. No sé si mi tío y los sirvientes sobrevivieron. A Rosalie y a mí nos montaron en un bote de remos porque creyeron que podríamos alcanzar la costa, pero los corsarios fueron tras nosotras —lo miró a la cara—. ¿Sería posible saber si están cautivos? ¿Puede preguntarse a alguien?
—No lo sé. Podría indagar, pero no sé si podría decíroslo con certeza. Si los hubieran matado, sería imposible saberlo.
—Sé que tenéis razón, pero me parte el corazón pensar en mi pobre tía sola en su casa. No quería que su hija la abandonara y tampoco quiso montarse en un barco. Ahora, es posible que nunca vuelva a ver ni a su marido ni a su hija.
—Deberíais haberos quedado todos en casa —replicó él con cierta brusquedad. Sin embargo, ella vio compasión en su rostro—. Ese hombre debería haber ido a Inglaterra. Lamento lo que os ha pasado… —Edward vaciló—. A mí me pasó algo parecido. No fui tan afortunado como vos porque estuve en una galera antes de llegar aquí para trabajar en los jardines. Ése fue el día que Alá me bendijo.
Bella lo miró sin salir de su asombro y esperó a que siguiera, pero él se limitó a llamar a la puerta que tenían delante sin que ella se hubiera dado cuenta de que habían llegado. Un eunuco la abrió y entraron. A Bella la pilló por sorpresa. Aunque la habitación estaba abierta a un jardín muy bonito, como muchas de las habitaciones del harén, tenía mesas y bancos como la habitación donde su hermano y ella estudiaron con el tutor. Los chicos mayores estaban sentados en divanes de seda y los más pequeños en el suelo con las piernas cruzadas.
Una mujer con una túnica parecida a la de Bella , pero más lujosa y azul turquesa, estaba sentada en un ella había un mapa del mundo conocido, con dibujos de criaturas mitológicas y palabras que Ella se dio cuenta de que estaban escritas en inglés. La mujer se dio la vuelta cuando entraron y su sonrisa pareció iluminar la habitación. Era tan hermosa que Bella se quedó sin aliento. Sin embargo, le pareció que la esposa del califa tendría treinta años o más, una edad avanzada para tener hijos.
—Edward , has venido a ver a los chicos —comentó ella en francés, mientras extendía la mano. Él se inclinó, pero no le tocó la mano—. Me imagino que tu acompañante es la mujer de la que me habló mi marido.
—Os presentó a la señora Esme —dijo Edward mirando a Bella —. Es la esposa principal del califa y la más querida. Señora, os presento a lady Bellan.
—Perdóname si no me levanto —se disculpó Esme con una sonrisa—. Últimamente no me he encontrado muy bien y por eso Carlisle ha decidido que necesito que me ayuden con los niños. Bella se acercó e inmediatamente se dio cuenta de que estaba con alguien con quien podría congeniar, de quien podría ser amiga.
—Por favor, señora, no lo hagáis, no hay ninguna necesidad. Estoy muy contenta de que me hayan elegido para este privilegio.
—Carlisle me dijo que me caerías bien. Creo que Edward hizo una buena elección al traerte con nosotros.
—No puedo decir que me gustara que me trajeran al palacio —replicó Bella con sinceridad—. Sin embargo, sí me gusta seros útil y espero poder enseñar algo a los niños.
—El califa quiere que sus hijos hablen inglés —le explicó Esme —. Hablan su propio idioma y francés porque es el idioma oficial del harén. Sin embargo, mi marido cree que el mundo está cambiando y sabe que vuestros marinos y aventureros están empezando a dominar el mundo porque sus buques son más ligeros y veloces que los españoles y mucho mejores que los nuestros. La primera esposa del califa fue inglesa y él aprendió el idioma con ella.
—Disculpadme, pero creía erais la esposa principal del califa… Esme se rió levemente.
—Tengo ese honor desde hace dos años. Antes, Anna fue su esposa principal. También fue su primera esposa y la madre del príncipe Jasper . Cuando ella murió, él pasó meses desolado. Creo que ahora está más contento, aunque echa de menos los consejos de Anna. Confiaba en ella y solía hablar con ella de asuntos de Estado.
—Entiendo… —Bella vaciló—. Parecéis muy feliz.
—Amo a mi marido y me alegro de ser su esposa principal.
Bella se quedó en silencio. No podía dudar de la sinceridad de Esme, pero no podía entender que una mujer como la esposa principal del califa pudiera ser feliz. ¿Cómo podía ser feliz si estaba prisionera, si se parecía mucho cualquiera de los esclavos que servían en el palacio?
—Por hoy, te limitarás a escuchar y aprender cómo hacemos las cosas —le dijo Esme —. Nuestras lecciones son muy sencillas. Hoy estamos aprendiendo los países del mundo. Al califa le parece importante que sus hijos sepan que hay otros pueblos con otras creencias.
Bella asintió con la cabeza. Edward le había llevado un sillón parecido al de Esme . Se sentó y Esme siguió con la lección. También se dio cuenta de que Edward se había sentado en un taburete al fondo de la habitación.
—Hoy estamos aprendiendo cosas de España —comentó Esme —. ¿Quién puede decirme la fecha de la expulsión de los moriscos y…?
Un coro de voces dio la respuesta antes de que ella pudiera terminar la pregunta. Las caras de ilusión de los niños y niñas y la atención que prestaban a cada palabra de Esme hicieron que Bella sintiera emoción. En Inglaterra resultó inusitado que ella aprendiera con su hermano, pero, al parecer, el califa quería que sus hijos e hijas aprendieran lo mismo. Se preguntó cómo era a posible que un hombre con ideas tan liberales sobre la educación podía tener hombres y mujeres esclavos. Se fijó en los niños y se dio cuenta de los distintos tonos de su piel, de que los niños, como el harén, eran de muchas razas. Sin embargo, allí sentados, en esa apacible habitación, parecían en perfecta armonía unos con otros.
—A lo mejor lady Bella quisiera contamos algo de Inglaterra —dijo Esme de repente. Bella se dio cuenta de que había estado soñando, de que, con el sol calentándole la espalda, se había conformado con ver y escuchar. Cuando todos esos niños la miraron, se sonrojó.
—Inglaterra es mi país —explicó a los expectantes niños—. Vivo en una casa grande y antigua con jardines, prados y un lago. Cuando hace buen tiempo, me gusta ir al lago a caballo o dando un paseo. Algunas veces, llevo comida para los cisnes que llegan a lago, sobre todo, en invierno.
—¿Qué es un cisne? —preguntó uno de los niños.
—Un cisne es un pájaro muy grande con un cuello largo y plumas blancas. Mi padre lo llamaba el rey de los pájaros porque es muy orgulloso y valiente y puede ser peligroso si alguien invade su territorio.
—El cisne es como mí padre el califa —dijo el niño en francés y con una sonrisa—. Es un rey y es muy valiente cuando los guerreros de las montañas atacan los pueblos.
—Sí, es posible que hubiera que llamarlo un cisne, pero en Inglaterra se considera que el león es el rey de los animales —comentó Bella riéndose un poco—. Los reyes y reinas de Inglaterra suelen tener un león en sus estandartes.
—¿Qué es un estandarte? —preguntó una niña pequeña.
—No seas tonta, Fátima —dijo el niño inmediatamente—. Un estandarte es una bandera, como las que llevan los jenízaros en las lanzas cuando van a la batalla
-Los caballeros ingleses también los llevan. No perder el estandarte es una cuestión de honor —le explicó Bella.
—¿Vuestro padre era un caballero? ¿Vivíais en un palacio así? —le preguntó el niño.
—Mi padre era un vizconde inglés —contestó Bella con una sonrisa—. Nuestra casa era muy distinta a ésta. Era más pequeña y de piedra gris. Vuestras paredes rosas son preciosas. La primera vez que vi el palacio creí que lo habían sacado de un cuento de hadas. Parecía como si pudiese comerse de lo bonito que es.
Bella oyó una risa contenida. Miró a Efward, pero no le pareció que él se hubiese reído. Ella miró hacia un arco con una celosía que había en un rincón de la habitación. ¿Habría alguien detrás oyendo lo que decían?
—Mi casa me encantaba aunque no fuese tan bonita como la vuestra y espero volver algún día para ver a mi familia y amigos. Mi familia me añora y estaría dispuesta a pagar mucho dinero para que volviera con ellos.
Se hizo un silencio hasta que Esme dio unas palmadas.
—Ha sido suficiente por esta mañana, chicos. Podéis volver a vuestros aposentos. Mañana empezaréis las lecciones de inglés.
Esme se levantó mientras los niños salían de la habitación entre charlas y risas y miró un instante a Bella con sus ojos oscuros y penetrantes.
—Bella, te aconsejo que no hables de pagar un rescate cuando estás con los niños. Eso los desconcierta. Han nacido aquí y no entienden que pueda haber alguien que no sea feliz aquí. Si quieres complacer al califa, tienes que ser respetuosa.
Bella miró con un destello de rebeldía.
—¿Cómo puedo respetar a un hombre que ordena a sus sirvientes que le traigan mujeres esclavas?
—¿Te han tratado mal? —le preguntó Esme —. ¿Te han pegado o te han negado la comida o la bebida?
—No, pero me gustaría ser libre. A mi prima le gustaría volver con su familia y a mí también —las lágrimas le escocían en los ojos—. Disculpadme… —vio que Esme había palidecido y se acercó a ella para rodearle la cintura con un brazo—. ¿Os sentís indispuesta? No quería disgustaros.
—No estoy disgustada. Me sentiré mejor enseguida.
—¿No tomáis nada cuando os sentís indispuesta? Mi niñera tenía una almohadilla perfumada con clavo y otras hierbas que inhalaba para aclararse la cabeza.
—No te preocupes, me repondré enseguida.
—Os acompañaré al harén, milady —intervino Edward. Bella lo miró.
—¿No puedo acompañar a lady Esme a sus aposentos? Temo que se desmaye y se haga daño.
—Eres muy considerada —Esme le sonrió—. Déjame con ella, Edward. Me ocuparé de que vuelva al harén al final del día. Me gustaría mucho hablar con ella y que llegáramos a conocernos.
—Como deseéis, señora —Edward inclinó la cabeza a Bella—. Vendré a buscaros mañana por la mañana.
—Gracias —Harriet lo miró con agradecimiento porque él habría podido insistir en llevársela al harén—. Estaré preparada.
—Iremos a mis aposentos privados —le dijo Esme—. Por favor, dame el brazo porque no me gustaría caerme. Es importante para mí darle un hijo al califa.
Bella le ofreció el brazo y notó el peso de la mujer cuando se apoyó en él.
—¿Es vuestro primer hijo?
—Tuve uno, pero el año pasado falleció por unas fiebres —contestó Esme con los ojos empanados por las lágrimas—. Mi marido quedó desolado porque adoraba a Ossie. Quiero tener otro hijo. No para remplazar al que murió, pero otro niño traería la alegría a nuestros corazones.
Bella asintió con la cabeza y miró alrededor cuando entraron en una parte del palacio que no conocía. Katrina la llevó hacia una puerta parecida a la que daba al harén. Se abrió cuando se acercaron y entraron en una habitación como Bellla no había visto otra. A primera vista parecía completamente rosa, pero cuando se fijó, se dio cuenta de que si bien las paredes y el suelo eran rosas, el techo estaba pintado de azul claro y tenía unas nubes para imitar un cielo. Además, los divanes eran blancos con almohadones de seda. Todas las cosas que veía eran preciosas. La fuente que había en el centro de la habitación parecía de alabastro rosa y el agua caía en un pequeño estanque con nenúfares blancos. También había estatuas de mármol blanco y mesas de madera oscura con incrustaciones de piedras semipreciosas.
—¡Es una habitación preciosa! —exclamó Bella—. ¡Qué paz!
Esme sonrió y se sentó en unos de los divanes y se reclinó sobre los almohadones.
—Es uno de los privilegios de mi posición. Mis jardines privados dan al harén y puedes cruzarlos para volver esta tarde. Me agrada que así puedas visitarme con frecuencia si quieres.
—Lo haré si lo deseáis y se me permite. Creo que Mellina nos llevó a vuestros jardines para bañamos cuando llegamos —le comentó Bella—. No sabía que fuesen privados. Eran preciosos y muy tranquilos. Hay muchas mujeres en el harén y estaba acostumbrada a sentarme en soledad con un libro o a pasear por el campo.
—¿Te gusta leer? Es mi entretenimiento favorito —le contó Esme —. Hay muchos libros en el palacio. Si me dices lo que te gusta, me ocuparé de que te lleven libros.
—Sois muy amable. Espero que nos hagamos amigas… mientras esté aquí.
—Estoy segura de que seremos amigas. Tienes que visitarme siempre que quieras, pero, por favor, no te entristezcas pensando en marcharte, es imposible.
—No puedo prometer que no pensaré en volver a mi casa, pero no os molestaré a vos o a los niños hablando de eso otra vez. Debo dirigir mis súplicas al califa —Bella la miró suplicantemente—. Pienso más en mi prima que en mí misma. Lo ha pasado muy mal. Rosalie es joven e inocente. Le da miedo lo que pueda pasarle.
—Le pasa lo mismo a la mayoría de las esposas cuando las entregan a sus maridos, pero el amor llega de las formas más misteriosas —replicó Esme . Bella inclinó la cabeza. No iba a discutir su opinión. Si la obligaban a vivir en el harén, podía imaginarse una vida allí, pero haría lo que fuese para salvar a Rosalie de un porvenir como concubina del principe.
Lamento la demora. Gracias por sus comentarios
