mil disculpas por no actualizar :( primero tenía un poco de trabajo y luego enferme de gripa jejeje Pero estoy de regreso!

Me voy para que puedan leer .

—¿Dónde has estado todo el día? —le preguntó Rosalie cuando volvió al harén a última hora de la tarde—. Creí que quizá te hubiesen mandado a otro sitio y tuve miedo de no volver a verte.

—No habría permitido que me llevaran a ninguna parte sin decírtelo, pero parecías contenta cuando Edward vino a buscarme y Mellina me dijo que no te molestara.

—Te he echado de menos —replicó Rosalie con lágrimas en los ojos—. Mellina me obligó a bañarme con las demás y me frotaron la espalda y los brazos con aceite perfumado. Fue agradable, pero me dio vergüenza. Nadie se dio la vuelta cuando entré en el agua. Fortunata me miró fijamente y creo que me odia.

—Es porque te considera una rival. Cree que el califa puede elegirte, pero yo creo que no es su intención.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Creo que puedes ser un regalo para su hijo mayor, el príncipe Jasper.

—¡No! —Rosalie retrocedió aterrada—. No pueden entregarme a él. Algunas me han dicho que el califa es bueno y generoso, he creído que podría parecerse a mi padre, pero el príncipe… —Rosalie se estremeció—. Dicen que piensa más en la lucha que en el amor. Quiero volver a casa, Bells. Quiero estar con mi madre y mí padre —unas lágrimas le cayeron por las mejillas—. No puedo dejar de pensar en mi padre y el capitán Richardson…

—Quizá sigan vivos —Bella intentó tranquilizarla—. Si escaparon, es posible que estén intentando encontrarnos.

—Ojalá pudiéramos pagar un rescate —Rosalie se secó las lágrimas—. Pensé que necesitaba más tiempo para aclarar mis sentimientos, pero si el capitán Richardson estuviera aquí, me casaría con él. Lo amo, Bells. ¿Cómo voy a pensar en entregarme a otro hombre?

—No pierdas la esperanza —Bella la abrazó—. Creo que el califa estaba escuchando desde detrás del biombo cuando yo estaba con Esme y los niños esta mañana. Comenté la posibilidad de pagar un rescate. Tuvo que oírme, aunque me prohibieron volver a decirlo.

—¿Estuviste en los aposentos de la esposa principal de califa? ¿Es muy hermosa?

—Tiene una sonrisa preciosa y está embarazada —contestó Bella —. Me cayó bien y me gustó hablar con los niños, que será mi cometido en el palacio hasta que Esme dé a luz, pero nunca dejaré de intentar que nos liberen.

—Si me entregan al príncipe… —Rosalie tragó saliva—. No podría casarme jamás. Quedaría deshonrada y sin salvación posible.

—¡No pienses eso! —le ordenó Bella con rabia—. Pueden obligarnos a obedecerlos con el cuerpo, pero no pueden disponer de nuestro espíritu. Seremos libres mientras resistamos con el corazón.

—Puedo soportarlo mientras esté contigo, pero si nos separan, me moriré —se lamentó Rosalie. Bella la abrazó porque no podía consolarla de otra manera. Por el momento, estaban viviendo en el harén, pero si la entregaban al príncipe, se verían muy poco.

Bella había empezado a adaptarse casi al instante. Le gustaban sus aposentos y el jardín y el clima le parecía agradable. Le pareció que podría ser feliz en ese sitio si las circunstancias fuesen distintas. No obstante, pese al trato privilegiado que le daban, tenía que recordar que pertenecía al califa y no a Efward . Sintió un estremecimiento porque supo a dónde la llevaban sus pensamientos y sería una necedad apreciarlo demasiado.

—Hoy tendréis que llevar esto, señora —Bella miró la prenda que le había llevado Mellina esa mañana—. Os tapará de pies a cabeza.

—Me dijeron me pusiera una igual cuando viajábamos al palacio — comentó Bella con curiosidad—. ¿No se llama chilaba? ¿Por qué tengo que ponérmela esta mañana?

—Edward os lo dirá. A mí sólo me han dicho que saldréis del palacio.

—¿Voy a salir del palacio? —a Bella le dio un vuelco el corazón—. ¿Van a mandarme a algún sitio? ¿La habrían vendido o entregado como un regalo? Se le aceleró el pulso al pensar que la alejarían de su prima y de Edward . Si no volvía a verlo, lo echaría de menos. Buscó a su prima con la mirada, pero no la vio por ningún lado.

—¿Dónde está Rosalie? —preguntó Bella .

—La han llevado al baño. No puedo contestar vuestras preguntas porque no sé las respuestas. ¡Vamos! No debéis hacer esperar a la señora Esme.

—Por favor, decidle a mi prima que la quiero.

Bella sintió náuseas al seguir a la mujer. ¿La entregarían a otro señor? Aunque si lady Esme estaba esperándola, no sería para alejarla de allí. Se ferró a esa esperanza, pero no pudo entender porque iban a salir del palacio tan poco tiempo después de haber llegado.

Edward estaba esperándola cuando salió del harén. Él también iba vestido para hacer algún tipo de viaje. Llevaba un turbante y unos ropajes blancos y las calzas que llevaba siempre estaban cruzadas por cintas oscuras. Las botas eran rojas y sobre el fajín dorado llevaba un cinturón de cuero y una espada.

—¿Adonde vamos? —le preguntó Bella con el corazón en un puño—. ¿Van a echarme de aquí? ¿He hecho algo malo?

—Todo lo contrario —contestó Edward con una sonrisa—. Van a honraros al permitir que acompañéis a lady Esme al bazar para comprar sedas y adornos.

—¿Van a llevarme al bazar? —la cabeza le daba vueltas. Iba a acompañar a la esposa principal de califa fuera del palacio y eso era un privilegio al alcance de muy pocas esclavas—. ¿Por qué me conceden tanta confianza? ¿No teméis que intente escaparme?

—¿Y abandonar a vuestra prima? —Edward la miró como si pudiera leer en su alma—. La devoción que sentís por vuestra prima es evidente. Además, lady Esme ha pedido expresamente que la acompañéis y el califa no puede negarle nada en estos momentos —la miró con unos ojos acerados—. No creo que queráis causar ningún inconveniente ni a vuestra prima ni a lady Esme. No creo que queráis que las castiguen por vos.

—No —replicó Bella con un destello de rabia en los ojos. Se creía muy listo—. Estáis muy seguro de mí, ¿verdad? ¿Me habéis observado y me habéis considerado digna de confianza o creéis que tenéis la sartén por el mango?

—Si vuestra prima estuviese libre, lo intentaríais —contestó Edward —. Aunque no creo que fueseis a traicionar la confianza de lady Esme.

—No, no podría. Ella ha conseguido que mi vida aquí sea soportable — replicó Bella—. Me ha dado libros y el placer de su compañía. La considero una amiga.

—Me alegro de oíros decir eso.

—¿Vais a acompañarnos al bazar?

—Iremos dos jenízaros y yo. Confío en ellos más que en cualquier otro hombre —contestó Edward—. Podréis comprar cosas para vos y para vuestra prima. Tengo una bolsa lo suficientemente amplia para lo que necesitéis.

—Necesito muy pocas cosas. Me han dado ropa, comida y libros. Me gustaría montar a caballo y pasear con los perros, como hacía en mi casa, pero me conformo hasta que pueda volver a hacer todo eso. Edward frunció el ceño y los ojos le resplandecieron con un fuego azul. La agarró de una muñeca. Bella sintió un hormigueo por todo el brazo y se estremeció. ¿Por qué su cercanía le afectaba de una forma tan rara? Se quedó sin aliento un instante. Él entrecerró los ojos como si la reacción de ella lo hubiera sorprendido.

—No temas, Bella, no quiero hacerte daño, pero te aviso de que no te conviene aferrarte al pasado. Tu vida está aquí y deberías aceptar tu destino.

—¿Destino? —preguntó Bella con el ceño fruncido—. ¿Crees que toda nuestra vida está trazada desde que nacemos y no podemos eludir nuestro destino?

—Es la creencia que he adoptado con mi fe como musulmán.

—¿Te has convertido en uno de ellos, Edward ?

—Es más sencillo de aceptar.

Edward miró hacia otro lado y ella supuso que había aceptado de palabra las creencias que iban a regir su vida, pero dudaba que creyera sinceramente en algo que no fuera él mismo porque vivía conforme a sus propias reglas y su código de honor.

—Ahí está lady Esme con sus escoltas —siguió él—. Vamos, no podemos hacerla esperar.

—Tienes que comprarte algo para ti y para tu prima —casi le ordenó Esme cuando se pararon para ver unos colgantes de oro muy bonitos—. Me he comprado sedas y perfumes, pero tengo muchos colgantes como estos. ¿Me permitirás que te regale uno para ti y otro para tu prima? —Esme sonrió—. Pronto nos harán muchas ofertas, pero por el…

No acabó la frase porque unas voces los asustaron a todos. Bella se dio la vuelta y vio una pelea. Los hombres estaban gritando y una mujer dejó escapar un alarido.

—¡Vigilad a las mujeres! —ordenó Edward antes de ir a ver qué estaba pasando. La escolta se acercó a Esme y Bella se encontró sola y sin vigilancia. Si hubiese querido, habría podido escaparse del bazar, pero la lealtad hacia Rosalie la retuvo como unas cadenas invisibles. Estaba observando la trifulca sin darse cuenta de que tenía a alguien detrás. Hasta que se dirigió a ella en inglés.

—No os deis la vuelta, lady Bella —le avisó una voz grave y delicada—. No mostréis sorpresa ni emoción o pueden fijarse en nosotros.

—¿Qué…? —ella se puso en tensión, pero no se dio la vuelta—. ¿Quién sois?

—Me ha enviado vuestro tío, sir Harold Henley. Está vivo, como el capitán Richardson. Están buscándoos a vos y a vuestra prima. Acudieron a nosotros para que los ayudáramos y hemos hecho indagaciones. Nos han contado a dónde os han llevado y quiénes han sido. Vuestros amigos quieren que sepáis que estamos intentando rescataros. ¿Está bien Rosalie ? ¿Os han hecho algo a alguna de las dos?

—No, no nos han hecho nada —contestó Bella—. ¿Por qué me conocéis? ¿Por qué sabíais que iba a venir hoy aquí?

Bella no se atrevió a confiar en un desconocido y temió que pudiese ser una trampa.

—Tenemos espías dentro del palacio —contestó la voz—. Nuestra organización es secreta y está bien implantada. Trabajamos para rescatar personas que han sido vendidas como esclavas. Me dijeron que esta mañana estaríais aquí y os he buscado hasta que os oí hablar y supe que teníais que ser la dama que buscaba. Tened confianza, lady Bella . Pronto recibiréis un mensaje y estaréis libre. No miréis alrededor ni hagáis un gesto. Si llamáramos la atención, nuestros planes podrían fracasar y alguien podría morir de una forma espantosa.

Bella tuvo que hacer un esfuerzo para no mirar alrededor y se clavó las uñas en las palmas de las manos para no expresar nada cuando vio que Edward volvía hacia ellos. Tenía el corazón desbocado. ¿Cómo era posible que alguien del palacio supiera lo que estaba pasando? ¿Podía confiar en ese desconocido? ¿Sería una artimaña para poner a prueba su lealtad? ¿Habría visto Edward al hombre que hablaba con ella?

—¿Te han molestado? —le preguntó Edward al captar su desasosiego—. Acabo de ver a un árabe muy cerca de ti. Estaba hablándote. Llegué a pensar que iba a intentar secuestrarte. Fue una situación algo peligrosa porque las mujeres como tú tenéis un precio elevado.

A Bella se le volvió a acelerar el pulso. Si era un ardid, Edward no lo sabía. Tragó saliva e improvisó una explicación.

—Era un comerciante que quería que viera más colgantes de oro.

Bella no pudo mirarlo al mentir. Si él la hubiera mirado a los ojos, habría visto el remordimiento porque detestaba mentirle aunque no supiera por qué.

—¿Qué pasaba? —preguntó ella para cambiar de conversación.

—Una disputa entre comerciantes —contestó Edward con un tono de recelo en la voz—. Si ya tienes todo lo que deseas, creo que deberíamos volver al palacio.

—Espera —intervino Esme al oírlo—. Quiero comprar un regalo para Bella y su prima. H

Bella no pudo rechazar su generosidad, aunque no estuviera pensando en brazaletes de oro ni en sedas. Rosalie y ella podrían quedar libres muy pronto. Dio un respingo al notar la mano de Edward en el hombro y lo miró con sorpresa. Su contacto le abrasaba la piel y sus ojos eran unas ascuas gélidas. Sintió una punzada en las entrañas y el miedo la atenazó. Sabía algo. Al menos, sospechaba algo aunque no supiera qué había pasado exactamente mientras la trifulca lo había alejado. Una trifulca, se imaginó ella, provocada deliberadamente para que pudieran transmitirle el mensaje de su tío. Consiguió, con esfuerzo, agradecerle a Esme sus preciosos regalos y comportarse con toda la naturalidad que pudo. No obstante, notó que Edward la observaba mientras abandonaban el bazar y llamaban a los porteadores de los palanquines. Cuando fue a ayudarla, la miró elocuentemente y ella sintió un escalofrío en la espina dorsal.

—¿Por qué no te has casado? —le preguntó él—. ¿No te pidieron matrimonio en tu país?

—También era tu país —contestó ella levantando la cabeza con orgullo—. No conocí a nadie con quien me habría gustado casarme y mi padre no insistió. Le gustaba demasiado disfrutar de mi compañía.

—Pensé que quizá fueses demasiado indisciplinada u orgullosa.

—Soy orgullosa y, efectivamente, es posible que sea indisciplinada, pero no lo seré si no se me da motivo.

—Por favor, domina tu orgullo. Se te han concedido privilegios. No hagas que me arrepienta de mi generosidad. Si causas problemas, quizá no pueda evitarte un castigo.

¿Qué quería decir? Ella había pensado que la idea de llevarla allí había sido de Esme. ¿Lo había organizado Edward para complacerla? ¿Por qué se debatía entre las ganas de decirle que no lo defraudaría y las ganas de ser libre?