Unos veinte minutos más tarde, Bella se levantó cuando la puerta se abrió lentamente. Estaba cubierta de pies a cabeza con la vestimenta de seda roja, que le tapaba todo menos los pies, las manos y las muñecas con los anillos y brazaletes que llevaba Rosalie cuando la llevaron allí. Tenía la cabeza cubierta con la misma seda tupida y la cara con un velo grueso.
¡Los ojos! ¡Se había olvidado de que tenían los ojos de color distinto!
Bella se quedó espantada. Mellina se daría cuenta inmediatamente y empezarían a buscar a Rosalie. Todo habría sido en vano y las castigarían a las dos. Cuando entraron los dos eunucos, a Bella se le paró el pulso. Eran unos hombres muy imponentes, pero se dio cuenta de que no los había visto nunca. No la reconocerían. Comprendió que los habrían enviado por si se resistía. Dejó escapar un leve sollozo de miedo. Era lo que habría hecho Rosalie, pero no tuvo que fingir mucho. Inclinó la cabeza y no ofreció resistencia cuando la tomaron de los brazos para sacarla de la habitación. No había mujeres cuando dejaron la habitación y recorrieron al pasillo que llevaba a la puerta del harén principal. Debieron de haberse imaginado que Rosalie lloraría por verse separada de su prima y por pasar a ser un objeto de disfrute para el príncipe. Quizá se hubieran mantenido alejadas por compasión.
Estaba nerviosa. El corazón le latía tan deprisa que casi no podía respirar, pero no temía que fueran a forzarla.
Cuando el príncipe la viera, se desharía de ella. Esperó que se limitara a devolverla al harén, pero algo le decía que no iba a ser tan sencillo. Era casi seguro que tendría que soportar algún tipo de castigo. No le importó. Podría soportar lo que fuese si Marguerite escapaba.
Rosalie sollozaba mientras corría por el patio y el jardín. Le habían avisado que no podía entrar allí si no la invitaban porque era para uso privado de Esme. El miedo a que la encontraran le dio valor para entrar y buscar la fuente que le había descrito Bella. ¿Qué pasaría con Bella cuando descubrieran lo que había pasado? Rosalie había pasado más tiempo en el harén que su prima y sabía que el castigo por intentar escapar era muy severo. Acusarían a Bella de haber cambiado la identidad con ella. ¡No debería haberla abandonado! Rosalie se detuvo cuando llegó al seto de adelfas y sintió remordimiento. ¿Debería volver? No, no soportaría que la obligaran a yacer en la cama del príncipe aunque algunas mujeres la habían envidiado.
Tomó aliento y se abrió paso entre las adelfas cuando estaba anocheciendo. Bella le había contado que el plan lo había trazado su padre. Pronto estaría con él. Estaría libre y a salvo y pensarían otro plan para rescatar a Bella .
Vio la puerta y levantó el pestillo con el corazón desbocado. Abrió la puerta y la cruzó. Aunque anochecía deprisa, pudo ver una figura vestida de oscuro y se dirigió hacia ella.
—¿Estáis sola?
—Mi prima no ha podido venir. Me dijo que viniera sola. Oyó una maldición en voz baja y el hombre se acercó a ella para entregarle una prenda oscura que la taparía de pies a cabeza.
—Tenemos que darnos prisa. Hay que volver a cerrar la puerta con candado antes de las campanadas o nos descubrirán. Vamos, vuestra prima ha elegido.
—Pero ella creyó que volveríais a intentarlo.
—Sería demasiado peligroso. Esto sólo puede pasar una vez.
—Pero… Tengo que volver…
—Silencio —le ordenó la voz mientras una mano de hierro la agarraba de la muñeca—. Tenéis que venir conmigo. Si nos encontraran juntos, nos matarían a los dos.
El corazón de Bella latía desbocado cuando los eunucos se pararon delante de una puerta decorada con tiradores de plata y piedras semipreciosas, más lujosa que la puerta del harén. La puerta se abrió, ella tragó saliva y la arrastraron dentro.
Se quedó atónita al ver a varias personas en la habitación. Había esperado que la llevaran a los aposentos privados del príncipe, pero eso era una especie de sala de recepciones. Al fondo, sobre una tarima, había tres personas sentadas. Una era un hombre joven que supuso que sería el príncipe, otra era un hombre mayor que se parecía bastante a él y la tercera era Esme. A ambos lados de la tarima había hombres de pie. El corazón le dio un vuelco al ver que uno de ellos era Edward. ¿Qué hacía allí? ¡No podía verle los ojos!
Bajó la cabeza cuando le dijeron que se acercara. El joven se levantó de un asiento bajo y lujoso que parecía un trono. Bella se acordó de que el príncipe Jasper era el heredero y el hijo favorito del califa. Él bajó tres escalones, se acercó a ella y le tomó la mano. Se la llevó a los labios y la besó.
—Sois muy hermosa, milady. Me alegro de que haya llegado este día.
Se había dirigido a ella con delicadeza y en inglés, lo que aterró a Bella porque no podría fingir que no lo entendía. Sin embargo, no podía contestar. No podía descubrirse la farsa todavía. ¿Habría conseguido salir del palacio Rosalie ? Se organizaría un revuelo en cuanto supieran que no era su prima.
Mantuvo la cabeza agachada con las entrañas atenazadas por los nervios. ¿Qué estaba pasando? No había esperado aquello, no se parecía nada a lo que había leído sobre mujeres forzadas en el harén. El príncipe era apuesto y olía a un perfume de especias muy delicado. Le pareció que lo habían arreglado tanto como a Rosalie y eso la desasosegó más. Algo iba mal, pero no sabía qué.
Un hombre suntuosamente vestido se acercó a ellos. Empezó a recitar unas palabras que Bella desconocía. El príncipe le tomó la mano y ese hombre, que podía ser un cargo importante de la corte, introdujo un dedo en un óleo y les untó las frentes.
—Ahora, tenemos que seguirlo, milady —le susurró el príncipe en un inglés casi perfecto y con una voz agradable, refinada—. Sé que todavía no sabéis nuestras costumbres, pero yo os las enseñaré. Os acostumbraréis poco a poco, como hizo mi madre. He pedido que la ceremonia fuese sencilla porque quería estar a solas con vos.
Bella no se atrevió a mirarlo. Tenía que haber visto a Rosalie. Si la miraba a los ojos, podría descubrirla. El hombre que había tomado por el califa los miraba con benevolencia y Esme sonreía. Se atrevió a mirar a Edward y comprobó que él miraba fijamente hacia un rincón de la habitación. Parecía sombrío y ausente, como si se mantuviera al margen de lo que estaba pasando. ¿Estaría arrepintiéndose de haberlas llevado allí? ¿Qué estaba pasando en esa sala?
—Debéis inclinar la cabeza en señal de aceptación —le explicó el príncipe y ella se dio cuenta de que el otro hombre estaba preguntándole algo—. No temas, mi amor. Seré delicado contigo. Eres la esposa que he estado esperando y me alegro mucho de que mi padre te entregara a mí. Nunca te haré daño.
¡Estaban casándola con el príncipe! Esa ceremonia la convertiría en su esposa. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta? No podía seguir con aquello. ¿Habría escapado Rosalie ? ¿Estaría a salvo? Ya no podía hacer nada, tenía que detener la ceremonia y atenerse a las consecuencias. Tenía el pulso acelerado. Se quitó el velo para que todos vieran su cara.
—¡No es la mujer que elegí! —exclamó el príncipe con una mezcla de decepción y furia.
—No, no soy Rosalie —confirmó Bella con orgullo—. No voy a casarme con el príncipe Jasper. Soy una mujer inglesa y libre que puede elegir. Elijo no casarme.
—Padre, ¿qué pasa? Me prometisteis la mujer hermosa…
Edward estaba cerca de ellos. Bella lo miró a los ojos y captó el espanto y el asombro.
—¿Qué has hecho, mujer? —le preguntó el califa con un tono airado—. ¿Dónde está la mujer que llaman Rosalie ?
Bella levantó la cabeza y lo miró.
—Mi prima no quería que la entregaran al príncipe. Se negó a venir y he ocupado su lugar.
—¡Silencio! Has ofendido a mi hijo y serás castigada. ¡Guardias!
A Bella se le heló la sangre al ver la furia en sus ojos negros. Carliesle no se parecía a su apuesto hijo. Tenía la nariz ganchuda, unos ojos despiadados y en ese momento su expresión era aterradora. Ella miró a Edward y le pareció que él negaba con la cabeza, como si la advirtiera de algo con la mirada. Notó que estaba tenso y se dio cuenta de que estaba metida en un embrollo muy grave.
—¿Voy a volver al harén? —preguntó ella.
—No hables, mujer. Iras a donde te lleven. Pensaré qué hacer contigo cuando hayan encontrado a la otra mujer.
—No quise ofenderos a vos ni al príncipe, pero tenía que proteger a mi prima. Me complacería devolveros lo que pagasteis por nosotras sí…
—Estás empeorando las cosas, mujer. ¡No hables!
Los guardias estaban a cada lado de ella y la agarraron de los brazos sin compasión. El corazón se le salía del pecho y sintió una náusea cuando la sacaron de allí. ¿Adonde iban a llevarla? Sabía que había calabozos en el palacio. Las otras mujeres habían hablado de ellos con el miedo reflejado en los ojos y ella había entendido que ninguna se arriesgaría a que la enviaran a esas pestilentes mazmorras. ¿Cómo la castigarían? ¿La azotarían o la matarían? Cerró los ojos porque las lágrimas los abrasaban. No mostraría lástima de sí misma. Si Rosalie estaba a salvo, soportaría como pudiera lo que se avecinaba. ¿Habría pasado tiempo suficiente para que hubiera escapado? ¿Había salido todo según lo planeado? Sólo podía rezar y esperar.
El eunuco se detuvo ante una puerta, eligió una llave del manojo que le colgaba de la cintura, la abrió y la empujó adentro. Ella contuvo el aliento. Era algún tipo de mazmorra oscura como un pozo. La puerta se cerró con un portazo y oyó la llave girar en la cerradura. La habían encerrado allí hasta que el califa decidiera qué hacer con ella. Su reacción había sido tan furibunda que no podía esperar piedad.
Bella no pudo ver nada durante un momento y la oscuridad era aterradora. Cuando se acostumbró a la penumbra, sólo pudo distinguir algo parecido a un jergón en el suelo. Miró al techo y vio un levísimo resplandor encima de su cabeza. Debía de haber alguna ranura para que entrara un poco de aire y pudieran observarla. Todavía podían vigilarla, como en el harén. Notó las piedras toscas en los pies al dirigirse hacia el camastro y se sentó en el borde. Era muy duro y estaba cubierto con una tela áspera. Sintió un vació de desdicha y desesperación y se tumbó con los ojos cerrados. Estaba temblando aunque no tenía frío porque llevaba los ropajes que deberían haber entusiasmado a su marido.
¿Qué sería de ella? El califa estaba muy enojado y podría decidir matarla. Había pensado que había ofendido al príncipe, aunque ella no había querido hacerlo, pero no conocía sus costumbres ni había previsto la gravedad del plan. Edward las había protegido cuando las llevaron al palacio, pero era muy improbable que la salvara en ese momento aunque quisiera hacerlo.
—No tendré miedo —se dijo a sí misma en voz alta—. Sí muero, seré todo lo valiente que pueda. Si Rosalie está a salvo, puedo soportar cualquier cosa.
Le cayeron unas lágrimas por las mejillas. No había nadie que pudiera ayudarla, no había nadie a quien le importara si estaba viva a muerta. A pesar de la punzada de desesperación, se acordó de los ojos de Edward cuando vio su cara. Reflejaron asombro, decepción y pena. Casi pensó que se lo había imaginado, pero también sabía por algún motivo que él había sentido algo profundo y doloroso. Seguramente, supo lo que le iba a pasar.
—¿Me habéis llamado, mi señor? Edward hizo una reverencia ante el califa. Había pasado toda la noche buscando a Rosalie y pensando cómo podía ayudar a Bella , aunque sabía que la ira de Carlisle estaba justificada porque ella había ofendido al príncipe.
—¿Tienes alguna noticia sobre la esclava que se ha escapado?
—La mujer no está en el palacio, mi señor.
—¿Están buscándola los jenízaros?
—Sí, mi señor. Una partida ha salido inmediatamente para buscarla, como ordenasteis.
—Entonces, la encontrarán —Carlisle miró pensativamente a Edward —. ¿Sabías algo de la farsa que había planeado la otra mujer?
—Deberíais saber que la habría disuadido de hacer algo tan necio.
—¿Sólo te parece algo necio?
—No creo que su intención fuese ofender al príncipe, mi señor.
—Sin embargo, lo ha hecho. Su ofensa ha sido muy grave, Edward. Mi hijo es un príncipe y al ocupar el lugar de su prima y negarse a casarse lo ha insultado espantosamente. Si un hombre lo hubiese insultado de esa manera, ya estaría muerto. No me gusta matar sin un motivo justificado, pero creo que en este caso puede ser la única posibilidad.
—Os ruego que lo penséis —le pidió Edward —. No lo hagáis, por vuestro bien.
—Dame un motivo para que no haga justicia a la ofensa hacia mi hijo.
—Mi señor, escuchadme, por favor. Ella no entiende nuestras costumbres. No sabía que estaba ofendiendo al príncipe. Os pido que seáis generoso. Sé lo que ha hecho, pero no quería ofenderlo. Sólo pensó en su prima, a quien quiere con toda su alma. Lo que hizo fue un error, pero fue valiente porque sabía que la castigarían.
Carlisle lo miró con rabia un rato.
—¿No hay rastro de la otra?
—Es como si se hubiera esfumado. No obstante, ha tenido que recibir ayuda desde dentro del palacio. Encontraremos a los culpables y los castigaremos.
—¿A ellos los castigarías, pero a ella no? —los ojos de carlisle dejaron escapar un destello muy elocuente—. Haré un trato contigo, amigo mío. Me harás una promesa a cambio de la vida de esa mujer.
—¿Qué promesa? Sabéis que sólo tenéis que pedírmelo. Para mí siempre ha sido un honor serviros.
—Estoy muriéndome —Edward dio un respingo por la mirada que le dirigió el califa—. Estoy seguro de que sólo me quedan unos meses de vida.
—Mi señor… —Edward estaba atónito y tenía un nudo en la garganta—. ¿Desde cuándo lo sabéis?
—Lo sospeché cuando te mandé a buscar una esposa inglesa para mi hijo. Quiero mucho a Jasper, pero es impulsivo. Cuando yo fallezca, él llevará a nuestro pueblo a una guerra permanente si tú no estás para guiarlo y compartir el poder como califa.
—Jasper no aceptará. Es el heredero.
—No tendrá elección. He resuelto que gobernéis juntos hasta que decidas que es apto para ocupar mi lugar.
—Jasper me odiará. Tiene derecho a sucederos, mi señor.
—Tendrás que sobrellevarlo -Carlisle suspiró—. Eres el hijo que necesito para sucederme, Edward . Mi cabeza me dice que deberías gobernar solo, pero mi corazón no me permitiría relegar a Jasper . Tenéis que gobernar juntos hasta que puedas confiar en que Jasper hará lo correcto. Es lo que pido que me prometas.
Edward dudó. Se sintió desgarrado. Le ofrecían la vida de Bella , pero el precio era elevado. Tendría que quedarse allí hasta que Jasper dejara de ser tan exaltado y eso podría tardar años, toda una vida. Sin embargo, la alternativa era impensable.
—Me quedaré con la mujer. Haré que la lleven a mi harén y que aprenda a comportarse. Entre tanto, seguiremos buscando a la novia de Jasper .
—No creo que la encuentren y si la encuentran, mi hijo la rechazará. Está furioso y defraudado y es por mi culpa. Creí que una chica inglesa le vendría bien, que haría que sentara la cabeza, pero me equivoqué. Me dirigiré al sultán y le preguntaré si tiene alguna hija casadera. Quizá alguien de su familia tenga una hija que complazca a Jasper .
—Estoy seguro de que hay muchas jóvenes en la familia del sultán. Para Jasper sería un honor y podría aliviar su decepción.
—Es lo que deberíamos haber hecho desde el principio —replicó Carlisle —. Sabía que no respaldabas mi plan y, al parecer, tenías razón.
—No tengo nada que lamentar por Bella . Si yo no hubiera estado allí… —Edward sacudió la cabeza—. Gracias por vuestra generosidad, mi señor. Os agradezco la compasión que habéis mostrado con ella.
—No me habría gustado castigarla. Me recuerda a Anna —Carlisle parecía cansado—. Yo no puedo cambiar las cosas, Edward. Anna me rogó muchas veces que al menos liberara al harén. Yo me aferré a las costumbres ancestrales. Son las costumbres de mi pueblo y mis creencias, pero no son justas siempre. A lo mejor tú puedes encontrar algo mejor. He intentado ser justo, pero algunas veces hay que hacer cosas que te parecen difíciles. Cuando haya fallecido, lo entenderás.
—¿Cuándo diréis a Jasper que tendrá que compartir el poder conmigo?
—Pronto. Ya he firmado el decreto. Había querido consultarte, pero no se presentó la ocasión… hasta ahora.
Edward comprendió que su amigo había temido consultarle. Había temido que una vez muerto volviera a su país y no hubiera dado su palabra. Aunque quería al príncipe como si fuera su hermano, sabía que habría complicaciones en cuanto el califa falleciera, si no antes.
Jasper aguantaría mal que lo refrenara. Ya había una rivalidad intensa entre ellos. Edward sabía que el príncipe recelaba de él y lo admiraba a la vez. Todavía no había superado en nada al hombre que consideraba su hermano mayor y no soportaba ser el segundo. Había aceptado que Edward fuese mayor y más fuerte sólo porque era el heredero y algún día ejercería el poder.
Cuando se enterara de la decisión de su padre, se pondría furioso. Edward esperó que llegara a aceptarlos cuando se hubiese calmado. Dejó pensativamente al califa y se dirigió hacia el calabozo de Bella. Ella habría pasado la noche meditando sobre su destino. Se ocuparía de que tuviera comida y ropa limpia, pero no la liberaría por el momento. Tenía que organizar algunas cosas antes de llevarla a sus aposentos. No podía vivir en el harén con las demás, pero tampoco podía hacer que todas se marcharan inmediatamente porque ella necesitaba amigas.
Con el tiempo, le ofrecería una elección. Podría quedarse a vivir allí o volver a su casa con su familia, aunque él no sabía cómo se sentiría si ella elegía volver a Inglaterra. Había entrado en su corazón como no había hecho ninguna otra mujer. Si hubiese sido libre como antes, quizá la hubiese llevado a Inglaterra y la hubiese cortejado de la forma tradicional, pero todo había cambiado, había dado su palabra a Kahlid. Se había convertido en un prisionero a cambio de la vida de ella. No estaba encadenado y tenía poder y prestigio, pero la promesa que había hecho era una atadura. Carlisle era su amigo. Aunque no hubiera hecho esa promesa, le costaría abandonarlo sabiendo que estaba muriendo lentamente por una enfermedad que lo consumía. Aun así, el panorama de gobernar la región del califa con Jasper era desalentador. Estaba seguro de que el príncipe lo odiaría por usurpar su lugar.
