El aire de la celda había empezado a enviciarse durante la noche. Se despertó una vez, no comprendió dónde estaba y la oscuridad la aterró. ¿Por qué no podía ver nada? ¿Se había quedado ciega?

El recuerdo de lo que sucedió la noche anterior le cayó como una losa y pudo ver la diminuta ranura por donde se filtraba algo de luz. Se sintió paralizada y angustiada. ¿Qué estaba pasando? ¿Habría conseguido escapar Rosalie ? ¿Le permitirían volver al harén del califa cuando la hubieran castigado y cómo la castigarían? Como mínimo, la azotarían con el látigo que no dejaba marcas, pero quizá su pecado hubiese sido demasiado grande y la condenaran a muerte.

Esos pensamientos le dieron vueltas en la cabeza y la atormentaron mientras la luz se hacía cada vez más intensa. Al principio fue casi inapreciable, pero con el paso del tiempo el rayo fue haciéndose más cálido. Era la luz del sol. ¿Estaba fuera del palacio? ¿Estaba en una celda bajo tierra? Se acordó de que el pasadizo había descendido hacia el final.

Al cabo de unas horas, Bella empezó a pensar que la dejarían morir allí, sola. Le pareció que había pasado una eternidad desde la última vez que comió y bebió algo. Empezaba a tener sed. ¿Sería ése su castigo? La habría castigado a una muerte lenta que sería un verdadero tormento. Entonces, la puerta se abrió y ella parpadeó por el resplandor. Distinguió a dos hombres y uno llevaba una cesta con comida y una jarra de agua. Tardó un momento en poder enfocar y en darse cuenta de que uno de ellos era Edward.

—Espera ahí —ordenó al eunuco—. Tengo que interrogar a la mujer.

Bella tembló al oír la acritud de su voz. Se levantó y lo esperó. Él dejó la cesta y la jarra en el suelo y la miró.

—¿Por qué lo hiciste?

—¿Qué hice? —Bella tragó saliva—. Si te refieres a ocupar el lugar de mi prima, ayudé a las mujeres a acicalar a Rosalie y me puse los mismos perfumes. Pedí que me pintaran las manos y los pies y luego, cuando estuvimos solas, nos cambiamos las ropas, eso es todo.

Bella lo miró a los ojos como si le pidiera que la entendiera. Estaba enojado, pero tenía que entender que hubiera hecho lo que había hecho.

—Mi prima estaba aterrada y en nuestro país está esperándola alguien a quien ama —concluyó Bella.

—¿Reconoces que la ayudaste a escapar?

—¿Ha escapado? —preguntó ella con demasiada ilusión.

—Por el momento, no hemos podido descubrir dónde se esconde — reconoció Edward con tono mesurado—. Todavía están inspeccionando el palacio y los alrededores, pero tú tienes que saber dónde está. Si me lo dices, el castigo será menor.

—No sé dónde está Rosalie —replicó Bella sinceramente—. Si lo supiera, no lo diría. Si ha escapado, me alegro sinceramente por ella.

—¿Dejaste que escapara sabiendo que te castigarían? —Edward la miró con unos ojos gélidos—. ¿Sabes lo que puede pasarte?

Bella hizo todo lo posible para disimular el estremecimiento.

—Supongo que me azotarán o… me matarán. Creí que iba a morir de hambre y sed.

—Carlisle era partidario de solicitar la pena de muerte, pero he conseguido convencerlo de que no entendías el alcance de lo que estabas haciendo.

—No quise ofenderlo, pero espero que no la encuentren —Bella lo miró a los ojos—. Lo hice por ella y aceptaré el castigo que me imponga el califa.

—Necia, ¿no sabes lo que podía haber pasado? Casi eras la esposa del príncipe…

Edward se acercó y la agarró de los hombros clavándole los dedos en la carne. Su rostro tenía surcos de rabia, pero sus ojos reflejaban algo muy distinto, algo que le dio esperanza.

—¡No, no hablaré de esto! —siguió él—. Lo hecho, hecho está. Te quedarás aquí hasta que venga a por ti. Intenta arrepentirte. Si sigues desafiando las reglas, hasta yo perderé la paciencia

—Edward miró alrededor—. Haré que te traigan ropa, perfumes y tus peines. También te traerán un farol para que no estés a oscuras.

—Gracias…

Bella sintió un nudo en la garganta. Parecía como si él fuera el encargado de castigarla. ¿Qué tenía pensado para ella y por qué se preocupaba?

—Por favor, dile al príncipe que siento haberlo ofendido, pero mi prima…

—Por el momento, no está de humor para oír nada —replicó Edward —. Seguimos buscando a tu prima y al hombre que la ayudó a salir del harén.

—¿Qué hombre? —preguntó Bella con los ojos muy abiertos y la garganta seca—. Habrá abandonado el palacio…

—¿Sabes quién era?

—No, sólo oí una voz —Bella se pasó la lengua por los labios—. ¿Qué pasaría si…?

—Si se encuentra al eunuco, porque ha tenido que ser uno de los eunucos, morirá —Edward apretó los labios—. ¿Creías que se le reñiría y podría vivir? Nadie escapa del harén del califa. Otras lo han intentado, pero se las encontró y castigó. Quien las ayuda muere al instante. Es la Ley y una de las más estrictas.

Bella se quedó pálida. Había pedido a Rosalie que le dijera a su tío que volviera a mandar al hombre que la había rescatado, pero ya sería en vano y peligroso. No podía esperarlo, lo que significaba que quedaría atrapada ahí de por vida.

—Yo sabía que era peligroso, pero no puedes saber quién fue —afirmó ella mirándolo a los ojos.

—Te aseguro que lo encontraremos si es tan necio de volver. Te vieron dirigirte hacia el jardín de Esme . Al menos, creyeron que eras tú, aunque debía de ser tu prima. Hay una puerta que utilizan los jardineros y vigila un eunuco. Es el único que tiene la llave, de modo que tuvo que abrirla y volver a cerrarla —Edward frunció el ceño y ella contuvo el aliento—. Nadie ha visto a Malik esta mañana, pero están buscándolo. Si lo encuentran, maldecirá tu nombre antes de morir.

—Por favor… —los ojos de Bella se empañaron de lágrimas—. ¿No puedes salvarlo? Tienes influencia con el califa y el príncipe.

—No tanta como para salvar a Malik. A lo mejor puedo hacer algo por ti porque una vez salvé la vida de Jasper. Cuando era niño, unos hombres intentaron secuestrarlo o matarlo. Yo evité que lo capturaran y su padre me recompensó con mi posición actual en la corte. Estás a mi cargo y puedo castigarte como considere oportuno, pero Malik es hombre muerto si lo encuentran.

—No… —Bella se sentó en el colchón con la cabeza entre las manos—. No puedo soportar la idea.

—Te advertí que era imposible escapar. Ya han castigado a los eunucos que te llevaron al príncipe… —Edward negó con la cabeza cuando ella lo miró fijamente—. No los han ejecutado, pero han perdido privilegios. Mellina también los ha perdido.

—Ella no merece un castigo. No sabía nada.

—No debería haberos dejado solas —Edward la miró con seriedad—. Deberíais haber pensado lo que estabais haciendo.

—Sólo pensé en el miedo y la angustia de mi prima.

—Ella lo habría olvidado pronto. Jasper es joven y generoso. Con el tiempo, habría estado orgullosa de ser su primera esposa. Era un honor, pero al hacer lo que hicisteis lo habéis insultado gravemente.

Bella no replicó. Tenía un nudo en la garganta y ganas de llorar. No podía mirarlo. ¿Por qué no entendía que esperaba demasiado?

—Rosalie ama a otro hombre. Habría sido desdichada toda su vida. Tenía que ayudarla… tienes que entenderlo. No quería hacer daño a nadie ni insultar al príncipe.

—Pronto perdonarán a Mellina. El califa sigue respetándola —replicó él con un tono más suave—. Haré que te traigan algunas cosas para que estés más cómoda.

Edward se dio la vuelta, se marchó y cerró la puerta. Ella no había dicho nada. Si no entendía que su prima quisiera escapar como fuera, no había manera de razonar con él. Se levantó para ver qué había en la cesta. Le habían llevado fruta, pollo frío, miel, dulces y agua. Tenía comida suficiente para dos días. Bebió directamente de la jarra y le alivió la garganta reseca. Tomó un higo, lo mordió y le pareció delicioso.

La visita de Edward le había levantado el ánimo. Al menos, sabía que no habían encontrado a Rosalie todavía. Al parecer, algunos hombres y mujeres inocentes habían perdido ciertos privilegios por su culpa, pero a ella la habían castigado con indulgencia, aunque Edward estaba enfadado y todavía no había decidido cómo castigarla.

Casi había anochecido cuando la puerta de su celda volvió a abrirse. Bella levantó la cabeza con la esperanza de que fuera Edward que le llevaba su ropa, pero vio a un eunuco desconocido para ella. El pulso se le aceleró cuando él la llamó.

—¿Qué pasa? ¿Adonde vas a llevarme?

—No habléis —replicó el eunuco con brusquedad. Bella sintió un estremecimiento de miedo. Evidentemente, le habían dado órdenes de que no hablara con ella y pudiera tentarlo para que la ayudara. Se agarró las manos detrás de la espalda e intentó no mostrar miedo. Pasara lo que pasase, lo sobrellevaría lo mejor que pudiera. Estaban avanzando por el pasillo que había recorrido la noche anterior y supuso que volvían hacia el palacio. ¿Iban a devolverla al harén o la llevaban a otro sitio? ¿Qué sería de ella? Entraron a un patio que comunicaba con una parte del palacio que conocía bien. El corazón le dio un vuelco y tragó saliva para intentar dominar el temblor de las piernas. Estaba casi segura de que la llevaban a las estancias donde había pasado algunos momentos muy felices con la esposa de califa, pero ¿por qué?

El eunuco llamó a la puerta y otro la abrió. Bella lo conocía. Él se inclinó con el rostro inexpresivo y se apartó para que entrara. ¿Por qué la trataba con respeto?

Al entrar en la hermosa habitación de Esme , vio que su amiga estaba tumbada en su diván rodeada por algunas mujeres y un hombre. ¿Qué estaba pasando para que hubiera un hombre en los aposentos de Esme ?

—Bella… —Esme se dirigió a ella con un tono de inquietud—. Ayúdame, por favor. Dicen que puedo morir si mi hijo no nace pronto.

Bella entendió lo que estaba pasando y por qué estaba ese anciano junto a la cama de la esposa del califa. Debía de llevar algunas horas dando a luz y habían llamado a un médico para que la atendiera. Se acercó apresuradamente a su amiga y tomó la mano que ella le ofreció.

—¿Cuánto tiempo llevas de parto? —le preguntó.

—Horas… —contestó Esme —. Empezó esta mañana, cuando me levanté. Había pasado llorando toda la noche porque estaba preocupada por ti. ¿Te han hecho daño? —miró a Bella con angustia y la agarró con fuerza de la mano por el dolor—. Es muy doloroso…

—No te preocupes por mi —replicó Bella con una sonrisa—. Lo único que importa eres tú y tu hijo. Respira profundamente y empuja con todas tus fuerzas.

—Es lo mismo que yo le he dicho —comentó el anciano mirándola con respeto—. A lo mejor, ahora que estáis aquí, podemos deshacernos de estas necias que no callan.

—Estoy dispuesta a hacer lo que me pidáis —contestó Bella—. Que las demás se retiren al fondo de la habitación. Mi señora necesita aire y cierta intimidad.

El anciano asintió con la cabeza y alejó a las mujeres con un gesto de la mano. Ellas obedecieron a regañadientes y los observaron desde la distancia. Bella se olvidó de ellas cuando Esme gritó. Se inclinó sobre ella, le enjugó la frente y le sonrió.

—Agarra mi mano, querida amiga. Jadea como si hubieras estado corriendo. Creo que eso ayuda. Estuve con la esposa de mi hermano cuando dio a luz a su hija y el médico era un hombre inteligente. Agárrame si el dolor es grande.

Esme apretó con tanta fuerza que Bella estuvo a punto de gritar, pero no emitió sonido alguno y siguió animando a su amiga. El médico hacía su trabajo con discreción y Bella hacía todo lo que podía para distraer a Esme. Supuso que estaría girando al bebé porque Esme gritaba de dolor.

—Está saliendo…

Esme gritó, sollozó y se quedó inerte mientras salía el bebé. Cortaron el cordón umbilical enseguida y entregaron el bebé a una mujer que se acercó apresuradamente. El médico sonrió a Bella .

—La señora Esme estará mejor en vuestras manos, madame. Gracias por vuestra ayuda.

—Yo no hice nada —replicó Bella —. La señora Esme lo hizo todo sola.

—Le distéis el valor que necesitaba. Disculpadme, tengo que mostrarle su hijo al califa, pero la madre debería ver primero que tiene un hijo precioso.

Entregaron el bebé a Esme, quien sonrió y besó la cara sonrojada antes de devolvérselo al médico.

—Mostrad a Emmett a su padre. Gracias, doctor. Estaré bien con las mujeres.

—Señora… —el médico hizo una reverencia y se alejó con el niño.

—¿No quieres sostenerlo y darle de comer? —le preguntó Bella .

—No, sus amas de cría se ocuparán de él. Carlisle me permitirá tenerlo unas horas al día, pero no sería adecuado que se quedara conmigo todo el tiempo. Tiene que aprender a ser un hombre y un príncipe. Cuando sea bastante mayor para aprender con los demás, nosotras le daremos clase, Bella. Será especial para ti porque estabas aquí cuando nació.

—No sé si me permitirán dar clase a los niños después de lo que hice…

Esme le tomó la mano.

—El califa no puede negarme nada ahora que le he dado un hijo. Tiene otros, pero éste será especial, el siguiente en la línea sucesoria después de Jasper. Los otros hijos son de mujeres del harén, no de sus esposas. Ninguna le ha dado un hijo, aparte de la madre de Jasper.

—Entonces, efectivamente, tu hijo es especial —Bella le sonrió—. Me alegro de que me permitieran estar contigo, Esme .

—Pedí que me acompañaras en este momento. No podrás vivir conmigo, como llegué a esperar, porque te llevarán al harén de Edward , pero nos veremos cuando vaya a las clases de los chicos. Las daremos juntas porque Carlisle no quiere que me canse. El médico le ha dicho que tengo que descansar.

Bella hizo un esfuerzo para asimilar todo lo que estaba diciéndole.

—¿Voy a vivir en el harén de Edward?

—Carlisle me dijo que te había entregado a él. Edward ha recibido la orden de enseñarte a comportarte mejor.

—Entiendo… —Bella se mordió el labio inferior.

—No será tan espantoso, Bella. Edward es muy apreciado entre las mujeres de su harén. Estoy segura de que con el tiempo serás feliz y nos veremos cuando demos clase a los niños juntas. Mi marido se enfadó muchísimo y habló de ejecutarte, pero, al parecer, se ha resignado.

—¿Kismet… el destino? —Bella estaba desconcertada—. ¿Por qué ha cedido?

—Te ha perdonado por mí —contestó Esme bajando la mirada—. El eunuco que ayudó a escapar a tu prima ha sido castigado —Bella dejó escapar un lamento y Esme le apretó la mano—. No sufras, Bella . Atacó a los jenízaros con una espada y murió en la pelea. Fue una muerte honrosa para un hombre.

Bella parpadeó para contener las lágrimas.

—Era un hombre valiente. No sé por qué hizo eso por nosotras. Tenía que saber el precio que pagaría si lo capturaban.

—Creo que seguramente no soportaba lo que le habían hecho y odiaba a quienes le habían amputado la… virilidad. Eligió morir como un guerrero en vez de seguir viviendo así.

—Me siento responsable —replicó Bella pasándose una mano por los ojos—. Murió por nosotras.

—Murió porque quiso morir. Piensa en la vida que llevaba.

—Si lo entiendes, ¿por qué…? Bella no terminó la frase porque no podía preguntárselo a su amiga.

—¿Por qué soy feliz como esposa de Carlisle ? —preguntó Esme con una sonrisa—. Siempre he sabido estas cosas. Son como son y no tengo capacidad para cambiarlas. Es posible que algún día las costumbres evolucionen y cambien, pero yo no participaré en ese cambio. Me miman y me tratan muy bien. Algunas veces puedo pedir un favor, como hice contigo, pero no puedo exigir. No puedo preguntar por qué pasan las cosas que pasan —Esme volvió a sonreír—. Me aman y amo. No puedo pedir más.

Bella la miró y asintió con la cabeza.

—Entiendo lo que sientes, Esme. En mi país las cosas no son muy distintas. Mi padre me quería y me consentía. Mi hermano es perezoso y se conformó con dejar las posesiones a mi cargo, pero yo sabía que había un límite que no podía traspasar. La reina es poderosa y puede obligar a los hombres a que la escuchen, pero hay muy pocas mujeres con su poder, aunque algunas han conseguido algo parecido. Mi madre habría podido ser una reina porque gobernaba el corazón de mi padre y yo me habría conformado con una vida

como la suya.

—Entonces, no son muy distintos a nosotros —replicó Esme—. La primera esposa de Carlisle no se doblegaba ante él e hizo mucho a favor de los esclavos mientras vivió. Intenta ser feliz, Bella. No puedo pedir que te liberen. Eso sólo enfurecería a Carlisle —se dejó caer sobre los almohadones con un suspiro—. Siéntate conmigo mientras duermo y alguien vendrá a acompañarte hasta tus aposentos nuevos.

Bella se sentó y le tomó la mano hasta que supo que se había dormido. Estuvo a punto de llorar. Se había resistido a su confinamiento, pero ya no tenía fuerzas para resistir más. Rosalie estaba libre. Si habían encontrado al eunuco, pero no a su prima, ella estaría a salvo. Quizá ya estuviera en un barco con rumbo hacia Inglaterra. Bella era feliz por ella.

No la rescatarían y sabía que era afortunada por haber escapado a un castigo peor. No obstante, estarían vigilándola en todo momento. Sabían cómo había escapado Rosalie. No confiarían la llave a un hombre. Los demás eunucos sabían lo que había pasado y no era probable que surgiera otro mártir. Su tío había recuperado a su hija. Su hermano se afligiría, pero tenía esposa e hijos. Bella caería en el olvido al cabo del tiempo.

Una parte de ella se rebelaba contra su destino y anhelaba la libertad, pero otra sabía que la vida en el palacio no tenía por qué ser espantosa si le permitían dar clase a los niños y visitar a sus amigas. Además, haría amigas nuevas si lo intentaba. Se conformaría si conseguía lo mismo que Esme. Ella amaba y la amaban. Si le decían que tenía que casarse con Edward, no le importaría vivir como su esposa, pero, naturalmente, él no querría casarse con ella. No era hermosa como su prima. Jasper se quedó espantado cuando vio su cara. Sin duda, Edward tendría muchas mujeres hermosas en su harén. Bella pensó en lo que le esperaba. La llevarían al harén de Edward, pero ¿qué pasaría luego? ¿La castigaría por lo que había hecho?

—Edward ha venido a buscaros. Os espera fuera. La voz de la mujer la sacó bruscamente del ensimismamiento. Se levantó y miró a Esme.

—Deja que la señora duerma un poco. Está muy cansada.

—Sí, señora —concedió la mujer con una reverencia.

Bella sonrió para sus adentros. Al parecer, se había convertido en una persona importante, al menos, entre las sirvientas. Edward estaba esperándola fuera de los aposentos de Esme. Bella lo miró, pero él no la miró ni sonrió.

—¿Has venido para llevarme a tu harén?

Edward miró por encima de sus hombros con un gesto serio.

—¿Quién te lo ha dicho? Esme, supongo.

—Me dijo que me habían perdonado por ella.

—Entonces, tienes que estarle agradecida a ella —replicó Edward con tono severo—. El califa te ha entregado a mí, pero habrá algún castigo, Bella . l

¿Acaso creías que una noche en el calabozo era suficiente por lo que has hecho?

—No, espero algún castigo.

—Es mí derecho y mi obligación. Has quebrantado una de las reglas capitales.

—¿Sigues enfadado conmigo?

—Si estoy enfadado o no, da igual —contestó él sin mirarla—. Hiciste algo imperdonable. Si he recibido la tarea de meterte en cintura, sólo se debe a que soy uno de los consejeros en los que más confía Carlisle.

—Entiendo… —Bella tragó saliva—. En este momento, confía más en ti que en los eunucos.

—Exactamente —la mejilla de Edward se crispó levemente—. Él ha recibido su castigo.

—Tengo entendido que eligió morir como un hombre y no vivir como lo que el califa hizo de él.

Edward la miró con los ojos como ascuas.

—Mide tus palabras. No hables a la ligera de cosas que no entiendes. Hasta el momento, has eludido el castigo, pero ten cuidado. Podrías haber muerto de una forma espantosa. Por favor, muestra humildad y no me obligues a tratarte con dureza.

Ella lo miró fijamente y captó el pulso acelerado en su cuello. ¡Le importaba lo que le había pasado! Se le encogió el corazón y sintió que se le aliviaba algo la angustia. Esme tenía razón, la vida en el harén de Edward podría no ser tan mala, salvo que tenía la impresión de que él podía llegar a gustarle demasiado. Si entregaba el corazón a ese hombre, se lo destrozaría.

—¿Te importa lo que me pasa?

—¿Me consideras un monstruo sin corazón? ¡Claro que me importa! Yo te traje aquí —ella notó que un sentimiento se reflejaba en su rostro, pero no supo si era remordimiento, vergüenza o algo más profundo—. Podría haberte llevado conmigo en el barco. Lamento amargamente no haber hecho caso a tus súplicas. Si pudiera… Es inútil, lo hecho, hecho está.

—¿Kismet… el destino? —Bella sonrió con tristeza—. Quizá sea verdad. No creía en él, pero era otro tiempo, otro mundo…

—Bella … —Edward la interrumpió, sacudió la cabeza y le señaló la puerta que tenían delante—. Hemos llegado.

Ella tomó aliento cuando unos eunucos abrieron la puerta. Entró seguida por Edward y vio que el califa y su hijo estaban sentados en asientos tapizados de seda.

Los observaron acercarse, pero no se levantaron como habría hecho un caballero inglés en presencia de una mujer.

—Debes arrodillarte ante el califa —le susurró Edward desde detrás—. Suplicarás su perdón y al príncipe también. Te disculparás por la ofensa y alegarás ignorancia.

Bella no le hizo caso e hizo una reverencia muy ceremoniosa. Cuando volvió a levantar la cabeza, vio que el califa sonreía divertido y que el príncipe se reía sin disimulo.

—¿Os parece divertido, señor?

Ella incumplió la regla capital de no dirigirse al califa si él no se lo pedía.

—Disculpadme, milady —contestó el califa—. Nos recordáis a una mujer que los dos amábamos. La madre del príncipe Jasper nunca se arrodillaba ante mí. Hice todo lo posible para que lo hiciera, pero tuve que desistir. Seré poderoso, pero sé cuándo me han vencido.

—¿De verdad? -Bella los miró con cautela. ¿Estaban sonriendo sinceramente o era la calma antes de la tormenta?—. Habéis pedido que compareciera ante vos.

—Quería que entendieras que Edward es tu señor. Te reclamó y accedí como un favor al hombre que amo como a otro hijo. Deberías estar agradecida a él y darme tu palabra de que no volverás a ayudar a escapar a otro esclavo.

Bella pensó lo que le había pedido. Si daba su palabra, tendría que cumplirla porque no se tomaba los juramentos a la ligera.

—Daré mi palabra si hacéis ciertas concesiones.

—¿De verdad?

El califa se levantó. Era un hombre grande e imponente y toda indulgencia había desaparecido de su rostro.

Bella respiró profundamente para serenarse.

—Me exiges algo cuando deberías agradecerme mi generosidad —siguió el califa—. Pones condiciones cuando deberías suplicarme perdón.

—Habéis sido generoso, señor —replicó Bella sin dejar de mirarlo con seriedad—. La fuga de mi prima ha sido culpa mía y de nadie más. Daré mi palabra, pero no se castigará a nadie más, Mellina recuperará sus funciones y los eunucos que me llevaron ante vos aquella noche recuperarán sus privilegios porque no podían saber quién era yo. Soy la única culpable y aceptaré el castigo que mi señor Edward considere oportuno. El califa la miró con ira un instante, pero luego sonrió.

—Creo que Edward tiene más suerte de la que nos imaginábamos. En cuanto a tus peticiones, como tenía pensado hacer todo lo que has pedido, se hará inmediatamente —él entrecerró los ojos—. ¿Tengo tu palabra?

—No escaparé ni ayudaré a nadie a escapar. Además, intentaré hacer todo lo que se me pida. Es la promesa de una mujer inglesa.

Bella se sintió orgullosa de que no le hubiera temblado la voz porque sabía cuáles podían ser sus obligaciones. Como integrante del harén de Edward, él podía ordenarle que se acostara con él si quería.

—Entonces, acepto tu palabra —el califa se volvió hacia Edward con una sonrisa y un brillo en los ojos—. Creo que Alá te ha bendecido, hijo mío. En cuanto a ti, Jasper, encontraremos otra esposa más adecuada y, entre tanto, podrás elegir a cualquier mujer de mi harén excepto a Fortunata. Jasper pareció complacido por la promesa de su padre.

—Espero que disfrutes con tu odalisca, hermano —le dijo a Edward —. No es tan hermosa como su prima, pero me gusta su carácter.

—Doy las gracias a mi hermano y a mi padre el califa —Edward hizo una reverencia—. El califa sabe que cuenta con mi gratitud eterna por su clemencia. Vamos, Bella , tienes que conocer tu nuevo hogar.

Él extendió la mano y ella la tomó después de vacilar un instante. La mano le tembló al sentir sus poderosos dedos que la tomaban de una forma que le pareció posesiva. Lo miró y sintió un estremecimiento en las entrañas al ver el brillo de satisfacción en sus ojos. Edward había estado obligado a mantener las distancias desde que llegaron al palacio porque ella era parte del harén del califa, pero ya le pertenecía a él. Ella tuvo la sensación de que su vida iba a cambiar considerablemente. Levantó la cabeza para no parecer nerviosa y lo miró de soslayo.

—¿Estás enfadado porque te desobedecí?

—Tuviste suerte de que Kahlid se sintiera indulgente. Le recordaste a Anna. Amaba a su primera esposa porque era orgullosa y nunca se arrodillaba ante él aunque lo amara. Una vez la amenazó con azotarla y tenerla a pan y agua durante tres días, pero acabó arrodillándose ante ella y pidiéndole perdón.

Bella lo miró sin salir de su asombro.

—¿El califa se arrodilló ante una mujer? Nunca pensé que hubiera hecho algo así. ¿No es todopoderoso?

—Carlisle es un hombre como los demás, Bella —Edward se rió—. Cuando un hombre ama, es vulnerable porque ella tiene su corazón en sus manos. Nuestras reglas pueden parecerte raras y rudas, pero protegemos a las mujeres para que no les hagan daño.

—Si una mujer ama, no traicionará al hombre que ama. ¿Por qué hay que mantenerla apartada de otros hombres?

—Las esposas de Carlisle ven a los hombres de la familia —le explicó Edward —. Sobre todo, durante los días de festejos. Mañana habrá un festejo por el nacimiento del hijo de Esme.

—¿Qué pasa en un día de festejos?

—Hay fiestas, deportes y concursos de fuerza. Es posible que mi hermano Jasper participe en la lucha. Yo prefiero otros deportes.

—¿Jasper es hermano tuyo?

—Sí, aunque no de sangre —Edward volvió la cabeza para mirarla—. Cuando él tenía diez años, su padre estaba en guerra contra una de las tribus de las montañas. El caudillo mandó a unos hombres para intentar matar a Carlisle, pero no pudieron acercarse a él. Encontraron a Jasper , que estaba viendo a los jenízaros entrenándose en el patio y pensaron capturarlo para pedir un rescate o algo peor. Sin embargo, él se resistió y uno lo amenazó con matarlo. Yo vi lo que estaba pasando y me abrí paso hasta él, lo liberé y maté al asesino. Jasper estaba sangrando por une herida en la pierna. Corté la hemorragia y lo llevé al médico. Se repuso completamente y Carlisle decidió que le había salvado la vida. También pensó que quizá le hubiera salvado la vida a él.

—Entiendo. ¿Por eso te considera de la familia?

—Carlisle me llama su segundo hijo. He entregado mi vida a su causa y… tengo que seguir haciéndolo.

—Por eso no me llevarás a Inglaterra.

—Es un motivo. Hay otros, pero no voy a abrumarte con ellos ahora.

—Me gustaría entenderte mejor —replicó Bella al ver el pulso en su cuello—. ¿No podríamos apreciarnos?

—¿Serías mi amiga? —Edward esbozó una sonrisa extraña—. ¿Esperas eludir el castigo, Bella ?

—¡No! Sólo pensé… —ella suspiró y sacudió la cabeza—. He pensado que podríamos apreciarnos si lo intentáramos.

Edward se había parado.

—Estos son tus aposentos, Harriet.

Había una puerta abierta y Harriet entró en un amplio patio cubierto que comunicaba con un jardín maravilloso. Brotaba agua por todos lados y olía al perfume de las flores. Los suelos de mármol tenían pequeñas incrustaciones color turquesa y las paredes eran rosas. La estancia para dormir era grande, con divanes forrados de seda y unos asientos más pequeños, un gato blanco se había acomodado en uno de ellos. Había arcones de madera oscura y tallada y una vitrina con incrustaciones de marfil y nácar que tenía figuritas y tallas muy delicadas en las baldas.

—Son preciosos —comentó Bella después de mirar alrededor—. ¿Conectan con tus aposentos?

—Sí, a través del jardín. Por las mañanas, un eunuco o yo mismo te acompañaremos a que sigas dando clase a los niños. Carlisle está contento con sus avances. Quiere que todos sus hijos hablen inglés tan bien como yo porque Inglaterra es una nación poderosa y orgullosa y cada vez comercia más con Oriente. Cree que el sultán tiene que aceptarlo y comerciar como hacen los ingleses. Si no, nuestro país se quedará atrasado.

—Gracias por explicarme estas cosas —Bella le sonrió—. Hoy me has contado más cosas que durante todo el tiempo que llevo aquí. Empiezo a entender cosas que desconocía.

Edward la miró un momento. A ella le pareció que sus ojos tenían una expresión pensativa, casi melancólica, como si quisiera algo más que no se atrevía a pedir.

—Te dejaré para que te acostumbres a tus estancias. Cuando me haya marchado, tus sirvientas vendrán para presentarse. Bella … ¿deseas algo más que pueda ofrecerte?

—Me gustaría tener algunos libros sobre tu país, plantas para hacer medicinas que puedan ayudar a las mujeres si se encuentran mal y… un perro, si fuera posible. También me gustaría montar a caballo contigo de vez en cuando, ¿me lo permitirían?

—Esta tarde te traeré algunos de mis libros y hablaremos. Tienes que empezar a conocer la fe. Si vas a vivir aquí, tienes que entendernos a nosotros y nuestras tradiciones.

—¿Realmente son tus tradiciones? — Bella lo miró con curiosidad—. Creí que quizá las hubieras adoptado sólo para poder vivir aquí y prosperar.

—Es posible que alguna vez me planteara volver a vivir en Inglaterra, aunque tengo motivos para haberme quedado tanto tiempo. Sin embargo, eso forma parte del pasado. No te engañes, Bella , estoy atado a este sitio lo quiera o no.

—Creí que eras libre de marcharte cuando quisieras.

—Las cosas han cambiado. Mi vida está aquí. Tengo que sacarle todo el partido que pueda… como tú, Bella , ya que has prometido que no te escaparías.

—Intentaré hacer lo que me pides.

—Te llevaré conmigo cuando vaya a cazar con los halcones. Puedes disfrutar aquí, Bella.

—Gracias. Si tengo libros y puedo cabalgar de vez en cuando, me conformaré.

—Espero que aprendas a aceptarlo —Edward entrecerró los ojos—. Queda el asunto de tu castigo. He decidido que pasarás dos semanas trabajando en la enfermería. Algunos jenízaros se encuentran mal y creo que os vendrá bien, a ellos y a ti, que los atiendas. Cuando hayas cumplido la sentencia, podrás volver a visitar a los niños y a Esme .

—¿Quieres que ayude a cuidar a los enfermos?

—Sí. Mañana podrás asistir a los festejos. Después, te llevarán todos los días a la enfermería durante dos semanas. ¿Aceptas el castigo? ¿Te parece justo?

Bella lo miró con lágrimas en los ojos.

—¿No quieres que me azoten?

—Creo que el paso por la enfermería te bajará los humos. Creo que los azotes sólo conseguirían que te rebelaras más.

—Gracias —susurró ella con humildad por la decisión que había tomado él—. Creo que no merezco tanto aguante por tu parte. Estaré feliz de atender a los jenízaros.

—Ten cuidado, Bella—replicó él con una sonrisa irónica—. Se trata de un castigo, no de un premio. Te dejaré para que descanses y te acostumbres a tus aposentos.

—¿Cuándo volveré a verte?

—Te traeré libros esta tarde. Estoy muy ocupado porque los festejos exigen mucha preparación.

Edward inclinó la cabeza y se marchó. Bella se quedó completamente inmóvil durante un rato. No sabía qué pensar. Había esperado que él le hubiese demostrado que era el señor, que se sometiera a él, pero no era su estilo. Por fin empezaba a conocerlo un poco mejor. Cuando oyó unos susurros, Bella levantó la mirada y vio a tres mujeres que la miraban desde la entrada al jardín. Tenían una expresión de duda, como si no supieran qué opinar de ella. Las tres eran jóvenes y hermosas, un poco mayores que las hijas que habría tenido si se hubiera casado cuando su padre la presentó en sociedad.

—Hola —las saludó extendiendo una mano—. Por favor, pasad y presentaos.

Edward había pasado el día cerciorándose de que los festejos serían dignos del nacimiento de otro príncipe y visitando a los jenízaros enfermos, quienes eran sus verdaderos amigos en el palacio y uno de los motivos para que se hubiera quedado tanto tiempo allí. Cuando lo capturaron, lo encadenaron como a un galeote más y lo azotaron hasta que dejó de sentir la espalda. Lo abandonaron cuando estuvo enfermo y no pudo trabajar más. Lo arrojaron por la borda cerca de la playa de Argel para que muriera y habría muerto si no lo hubiera encontrado un pescador que lo llevó a su casa con su esposa. Azia lo recibió y lo cuidó hasta que se repuso. Era una mujer pobre, pero no le pidió nada a cambio. Edward , agradecido, se enroló como jenízaro del califa y le pagó con creces su generosidad. Cuando llegó por primera vez al palacio, no lo consideraron suficientemente fuerte para luchar con los soldados de élite y lo pusieron a trabajar en el jardín, pero cuando recuperó las fuerzas empezó a adiestrase con ellos.

Después del incidente con los tribeños de las montañas, se convirtió en capitán de la guardia personal del califa y luego en consejero y supervisor general del palacio. Kahlid fue confiando cada vez más en él y por eso le había honrado honró nombrándole califa junto a Jasper cuando muriera. Edward temía que Jasper perdiera el dominio de sí mismo cuando se enterara de la decisión de su padre. Era impulsivo y vehemente y su reacción sería imprevisible. Dejó de pensar en eso y volvió a sus aposentos. Le gustaba bañarse después del calor del día y estaba pensando en los libros que iba a elegir para Bella. Tenían que ser libros que la ayudaran a conocer la fe y las tradiciones, libros que él había estudiado cuando decidió vivir en el palacio. Esbozó una leve sonrisa al acordarse de la charla que habían tenido. Evidentemente, ella había esperado un castigo muy distinto, pero ése conseguiría dos propósitos.

Uno de sus amigos estaba muy enfermo y le preocupaba que Jason no estuviera recibiendo el tratamiento que necesitaba. Bella se ocuparía de que lo limpiaran minuciosamente, como había dicho el médico. Sonrió al acordarse de la oferta de ella de ser amigos. ¿Creía que él iba a conformarse cuando le pertenecía? Su cuerpo y su cabeza sabían que no. La quería en su cama, como su amante. Esa sensación había ido creciendo muy lentamente dentro de él, como una semilla en su corazón y su cabeza. Había sido tan lentamente que no se había dado cuenta hasta que ya era casi demasiado tarde. Si ella no se hubiera quitado el velo cuando lo hizo en medio de la ceremonia, sería la esposa de Jasper y estaría fuera de su alcance. Quizá siguiera estándolo. Sabía que ella anhelaba volver a su país y él tenía en su mano la posibilidad de concederle ese deseo. Ella había prometido no escaparse, pero él podía devolverla con su familia. Sin embargo, no la acompañaría. No podía dejar que se marchara. Ella aprendería a disfrutar de la vida allí. Le enseñaría lo placentero que podía ser.

Por primera vez desde hacia años, Edward pensó en su casa y en Inglaterra. Su padre lo había expulsado en un arrebato de ira y lo acusó de un delito tan ofensivo que le dio náuseas. Era inocente, pero había sido amigo del hombre que abusó vilmente de una muchacha joven y hermosa y no hizo nada para evitarlo aunque sabía que ese hombre tenía pensado raptarla. Por lo tanto, era culpable por complicidad y no negó las acusaciones de su padre. Abandonó su hogar para hacer fortuna y lo había conseguido porque era un hombre rico gracias, en gran medida, al comercio. Aunque todo lo que tenía se lo debía al califa. Nunca podría traicionar su confianza ni incumplir la promesa que le había hecho. Bella tendría que conformarse con quedarse allí. ¡No dejaría que se marchara!

Doble capítulo ! mañana subiré otros 2 capítulos