Edward vio a Bella sentada en el patio con las chicas que había elegido para que le hicieran compañía. Estaba riéndose y acariciando al gato blanco que había comprado como animal de compañía para ella y las demás. En ese momento, parecía feliz y muy a gusto.

Se acercó y ella lo miró con una sonrisa tan dulce que sintió un nudo en el estómago y tuvo el deseo casi irreprimible de tomarla en brazos y llevarla a su cama. Sintió que ella podría corresponderle si le enseñaba el significado del amor, pero era demasiado pronto. Si se precipitaba con una seducción apasionada, nunca sabría si ella quería quedarse sinceramente. Tenía que dominar el deseo que despertaba en él y esperar, dejar que acudiera a él cuando estuviera preparada.

—He traído los libros que había prometido —comentó él haciendo un gesto para que se quedaran las otras mujeres—. No quiero molestarte a ti y a tus amigas, Bella . Si no te importa, me sentaré un rato contigo. A lo mejor, Catalina podría bailar un poco.

—Catalina ha estado intentando enseñarme a bailar —le contó Bella con una sonrisa—. Es muy grácil. Le he dicho que nunca conseguiré bailar como ella.

—Será un honor bailar para mi señora y mi señor —dijo Catalina con timidez—. Si Helene toca para nosotros…

Helene, que era la mayor de las tres, sonrió, tomó el laúd y empezó a tocar una música delicada y sensual que acompañaba el baile de Catalina. Natalina fue a por un cuenco con fruta y se la ofreció a Edward . Él eligió un higo maduro y se lo comió mientras observaba el baile y aplaudía. Cuando terminaron, Edward hizo un gesto con la cabeza y las chicas desaparecieron del harén.

—Leerás estos libros cuando tengas tiempo y hablaremos de tus impresiones cuando estés preparada —le dijo a Bella.

—Sí, mi señor. Estoy segura de que me parecerán interesantes. Siempre me ha gustado estudiar.

—Pero, ¿creerás?

—No puedo prometer que vaya a creer todo lo que lea, mi señor, pero aprenderé todo lo que pueda.

—Eso es todo lo que puedo pedir —replicó Edward —. Por la mañana, podrás visitar a los niños una hora o así, hasta que empiecen los festejos. Te llevará un eunuco porque tengo que hacer muchas cosas. Después, irás con Esme y alguien os llevará al patío cuando llegue el momento.

—Gracias… por todo.

—No he hecho gran cosa. Espero que te gusten las chicas que he elegido para que te sirvan.

—Sí. Para servirme… Creía que eran de tu harén.

—No tengo harén. Liberé a mis odaliscas cuando decidí traerte aquí. Han vuelto a sus casas o han elegido marido entre los jenízaros, lo que han preferido.

—Ah…

Bella sintió un cosquilleo por dentro. ¿Iba a ser su amante o…? La decepción se adueñó de ella cuando él bajo la cabeza y miró hacia otro lado.

—¿Por qué? —preguntó Bella —. Quiero decir…

No terminó la frase porque él volvió a mirarla con las cejas arqueadas y un brillo burlón en los ojos.

—A lo mejor te lo digo algún día. Te recuerdo, Bella, que sigo disgustado contigo. Todavía tienes que demostrarme que has aprendido la lección. Cuando te hayas arrepentido convenientemente, hablaremos de muchas cosas.

Bella notó que le abrasaban las mejillas. No sabía cómo interpretar a ese Edward nuevo. ¿Estaba provocándola? ¿Por qué se había deshecho de las odaliscas y qué tenía pensado para ella?

Después de dar la clase, que terminó pronto porque era el día del festejo, Bella fue a los aposentos de Esme. Sabía tan bien el camino que no necesitaba que la acompañaran. El palacio ya no la asustaba y podía admirar su belleza.

Esme estaba sentada entre almohadones de seda. Tenía un cuenco con fruta al lado y tomó una uva de un racimo y se la metió en la boca. Se secó el zumo y le ofreció el cuenco a Bella , que lo rechazó con un gesto de la cabeza.

—Me imagino que estás esperando los festejos —Esme suspiró—. Carlisle no me deja asistir porque dice que no estoy suficientemente fuerte para estar sentada al sol de la tarde. Me encanta ver luchar a los jenízaros, aunque, quizá, la lucha libre sea lo más divertido.

—Edward no ha ido a recogerme después de la clase. Creo que está preparando el festejo.

—Seguramente. Es el campeón y será uno de los que luche cuerpo a cuerpo.

—Por favor, dime que no es un combate a vida o muerte —le pidió Bella con el ceño fruncido.

—En tiempos del padre del califa lo eran a veces. Ahora, terminan cuando uno desarma al otro. Edward ganará la lanza de oro, siempre la gana. Creo que se entrena más que los demás.

—¿Por qué lo sabes?

—Hay una manera de verlo… —contestó Esme con tono pícaro—. No puedo enseñártelo hoy porque me han prohibido dejar el diván, pero algún día te llevaré. Hay muchos sitios desde donde se puede ver el adiestramiento de los hombres. Se pueden ver y oír muchas cosas, cosas que a mi marido no le gustaría que viéramos y oyéramos.

—Eres perversa —Bella se rió—. Creía que siempre obedecías al califa.

—Le obedezco… pero de lo que él no se entera… —Esme sonrió—. Siempre hay maneras de enterarte de lo que quieres saber, Bella. A nosotras nos observan en los jardines y salas comunes. ¿Por qué no íbamos a utilizar esos agujeros para descubrir lo que queremos saber?

Bella sonrió y sacudió la cabeza. Esme parecía una esposa dócil, pero, evidentemente, sabía cómo pagar a su marido con la misma moneda. Bella supuso que había mucho más de qué hablar, pero una mujer la llamó y vio que un eunuco la esperaba en la puerta.

—El señor Edward me ha enviado para deciros que debéis prepararos para el festejo, señora Bella . Los torneos empezarán dentro de una hora. Os sentaréis con las mujeres del harén del califa porque ha llegado el momento de que os mezcléis y habléis.

Bella le dio las gracias, pero había hecho pocas amigas en el harén del califa. Se había mantenido intencionadamente al margen porque no quería lamentarlo cuando tuviera que marcharse. Sus amigas eran Esme y las chicas jóvenes que Edward le había asignado como acompañantes, se sentía casi como una madre para ellas.

Bella volvió a sus aposentos, se lavó y dejó que dos mujeres la ayudaran a vestirse. Los eunucos fueron para acompañarlas al palacio. Bella fue por delante, era su privilegio, y las otras mujeres la siguieron charlando y riendo con nerviosismo. Se habían instalado unos grandes toldos en el patio para proteger a las mujeres del sol. Las acompañaron a las gradas, pero las dejaron sentarse donde quisieran. Cuando vio a Mellina, Bella se sentó a su lado. Mellina la miró y sonrió.

—Tengo que daros las gracias. Creo que os debo mis privilegios.

—No me debes nada —replicó Bella —. No podían culparte de lo que pasó ese día y creo que el califa lo entendió… cuando se le pasó el enojo.

—Todo el mundo dice que sois como la madre del príncipe. Cuando ella murió, el palacio estuvo de luto durante semanas. Dicen que el califa tiene un concepto muy elevado de vos.

—Yo diría que me considera un incordio —Bella se rió—. Me alegro de volver a verte.

Las fanfarrias interrumpieron la conversación y unos jenízaros a caballo aparecieron en la arena. Iban vestidos de gala, de morado y oro, y montaban unos caballos magníficos y resplandecientes.

Empezó una exhibición en la que los hombres descolgaban medio cuerpo de la cabalgadura para alcanzar una diana con las espadas. Otros cabalgaban de espaldas o se ponían de pie sobre el caballo mientras giraban a toda velocidad por la arena.

Los aplausos recibieron el final de la exhibición, que fue seguida por otras demostraciones de destreza. Tiro con arco, lanzamiento de lanzas, saltos, bailes y hombres que lanzaban llamas por la boca. La multitud aplaudía y vociferaba de asombro y las mujeres del harén estaban tan apasionadas como la gente normal y corriente que había podido acudir a ver el espectáculo.

Después de una pausa en la que ofrecieron frutas y refrescos a las mujeres, empezaron las competiciones. Hubo lucha libre entre combatientes de categorías parecidas que provocaron la algarabía de los asistentes. Bella había pensado que Edward participaría en la lucha libre, aunque Jasper ganó fácilmente. Después de recibir los aplausos, fue a sentarse al lado de su padre. Ella se sintió un poco decepcionada porque Edward no había aparecido ni se le veía entre los cortesanos que estaban sentados con el califa y su hijo. Parecía extraño y estaba preguntándose el motivo cuando la fanfarria anunció el momento álgido del día. Los combates iban a empezar.

El primer combate fue entre dos luchadores muy igualados y ella no pudo evitar compararlo con los combates que se celebraban en el Coliseo de Roma, sobre los que había leído en los manuscritos de su padre. El combate lo ganó un hombre con piel oscura que había utilizado una red y un tridente para derrotar a otro con espada y escudo. Luego lucharon otros dos con espadas y escudos y Bella casi había perdido la esperanza cuando Edward apareció en la arena entre vítores. Portaba una lanza de oro que clavó en el suelo como un desafío. Bella tragó saliva cuando los ganadores de los otros dos combates entraron en la arena. No lucharía contra los dos a la vez… Sintió un escalofrío y cerró los ojos cuando, efectivamente, los dos hombres empezaron a rodearlo. ¿Cómo iba a luchar contra dos hombres?

Cuando volvió a abrir los ojos, vio que Edward se había quitado la túnica. Tenía la espalda bronceada con un tono dorado oscuro y los músculos se le tensaron al dirigirse hacia el primer contrincante. La multitud rugió para animarlo, pero ella volvió a cerrar los ojos. No podía soportar verlo porque estaba segura de que iban a herirlo o, quizá, matarlo. ¿Por qué se enfrentaba a dos contrincantes?

—No temáis, princesa —le tranquilizó Mellina—. El señor Edward ha superado pruebas peores. Desprecia luchar sólo contra un hombre.

—Pero…

Bella no pudo terminar la frase porque Edward abatió al primer contrincante y la multitud se puso en pie. El segundo cayó poco después.

—¿Ya ha terminado? —preguntó Bella .

—Por hoy —contestó Mellina—. Ahora habrá una fiesta y mañana veremos más exhibiciones y combates. Ha estado bien ¿verdad?

—Sí… supongo.

Bella vio que llevaban a Edward en hombros como triunfador. Cuando lo dejaron delante del califa, éste lo invitó a que los acompañara. Ella no podía apartar la mirada de él y deseó estar allí para poder oír lo que decían. Edward se volvió para mirarla e inclinó la cabeza. Ella le devolvió la mirada, pero no hizo ningún signo de aceptación aunque las demás mujeres lo felicitaban y lanzaban pañuelos a la arena.

Se alegró cuando las demás mujeres empezaron a entrar en el palacio para participar en la fiesta que se celebraría dentro y quiso seguirlas, pero un eunuco se inclinó ante ella y la llevó a un grupo más reducido de mujeres que estaba apartado del resto. Por un instante, sintió una punzada de temor, hasta que se dio cuenta de que esas mujeres estaban emocionadas y complacidas.

—Van a llevaros a participar en la fiesta con el califa y vuestro señor —le explicó Mellina—. Las demás volveremos al harén para bailar y celebrarlo entre nosotras.

Bella asintió con la cabeza y siguió al grupo de mujeres dentro del palacio. Sintió un leve estremecimiento al llegar a una sala muy grande con divanes sobre tarimas y almohadones por toda la habitación. La llevaron hacia las tarimas junto a Fortunata y otras mujeres del harén. El califa y Jasper llegaron poco después seguidos por Edward, quien se había puesto su habitual y sencilla ropa blanca con zapatillas de cuero dorado y un fajín rojo. Miró un instante a Bella a los ojos antes de hablar con Jasper y ocupar su sitio en un diván, a la derecha del califa. A ella la sentaron junto a otras mujeres, a la izquierda de Edward. Jasper había preferido tumbarse en unos almohadones cerca de las mujeres.

El califa estaba riéndose por algo que le había dicho Edward y Jjadper se inclinó hacia Bella con un brillo pícaro en los ojos.

—Mi padre dice que no aprobáis nuestras competiciones, señora. También dice que tuvisteis los ojos cerrados casi todo el tiempo mientras Edward luchaba. Edward dice que a él no lo aprobáis en absoluto.

—A Edward le gusta burlarse de mí —replicó ella.

—Claro. Le he dicho que debería casarse, pero él dice que no quiere que le incordien —Jasper se rió—. He oído decir que muchas veces se acuesta con tres de sus mujeres.

Bella se sonrojó, pero no dijo nada y miró fijamente hacia delante cuando empezó el espectáculo.

Un grupo de bailarines, hombres y mujeres, se movía al ritmo de la música mientras los sirvientes ofrecían comida y bebida a los invitados. Pasaron fuentes con pollo especiado, con cordero en sabrosas salsas, con fruta muy fresca y café fuerte y oscuro.

¿Sería verdad que Edward se acostaba con tres mujeres a la vez? ¿Serían las tres chicas que había elegido como sirvientas de ella? Aunque le había dicho que había acabado con su harén, ella sabía que habría disfrutado de la compañía de muchas mujeres en el pasado. La idea era dolorosa y humillante.

Intentó olvidarse de las palabras de Jasper , pero le habían dejado un regusto amargo que no desaparecía. No se dio cuenta de que Edward se había movido hasta que le habló y ella vio que había cambiado el sitio con Jasper.

—¿No te diviertes, Bella?

—Me duele la cabeza, mi señor. ¿Se me permitirá retirarme pronto?

—Naturalmente. Te acompañaré a tus aposentos.

—Por favor, no dejéis la fiesta por mi culpa. Estoy segura de que encontraré el camino.

—Voy a llevarte, Bella —Edward se levantó y le ofreció la mano—. Tengo otras cosas que hacer aparte de ver bailes y comer —se dirigió al califa—. Si nos disculpáis…

Bella se levantó, hizo una reverencia al califa y a su hijo, les pidió que la disculparan y siguió a Edward fuera de la habitación. Siguió oyendo la música mientras caminaban juntos hacia los aposentos de Edward . Él se detuvo cuando llegaron a la puerta de los aposentos de ella, la miró un instante en silencio, inclinó la cabeza y se alejó sin decir nada. ¿Estaría enfadado con ella otra vez? ¿Pensaría que estaba haciéndose la remolona? Ella no había dado indicios de sus sentimientos, pero cuando entró en sus aposentos, se dio cuenta del silencio. Sus sirvientas llegaron apresuradamente, deseosas de complacerla, pero ella sonrió y las despachó. Sólo quería paz e intimidad. Cuando se tumbó en el diván, las lágrimas le rodaron por las mejillas, pero se las secó con impaciencia.

Debería haber sabido que Edward no sería distinto a sus señores. Había adoptado su forma de vida. Edward le había mentido. Había conservado tres mujeres porque le gustaban y quería que le dieran placer a la vez. Sin embargo, no sabía por qué le molestaba tanto eso.

Dejó a un lado esos pensamientos dolorosos y cerró los ojos, pero tardó mucho en dormirse.