Se despertó bruscamente. Abrió los ojos y se asustó al ver a Edward inclinado sobre ella. Todavía no había luz y supuso que sería de madrugada.

—Perdóname —le pidió él mientras ella se sentaba y lo miraba con recelo—. ¿Te importaría vestirte y acompañarme, por favor? Jason ha empeorado y necesito ayuda para cambiarle los vendajes.

—Claro —Bella aceptó al instante—. Por favor, daos la vuelta mientras me cambio.

—Como quieras. No he venido para abusar de ti, sólo he venido para pedirte ayuda.

—¿No habéis llamado al médico?

—Es anciano y no quiero molestarlo mientras descansa. Además, no estoy seguro de que su tratamiento esté sentándole bien a mi amigo. Debería haber acudido a alguien más joven, pero Carlisle no quería ofender a un viejo amigo.

—Me pareció muy eficiente cuando atendió a Esme. Es posible que no exista ayuda alguna para vuestro amigo, mi señor.

—Supongo es posible, pero creo que se le puede ayudar.

—Quizá necesite un cuidado adecuado —Bella tomó un pañuelo muy fino que se ponía sobre los hombros y a veces usaba para cubrirse la cabeza—. Podéis daros la vuelta, mi señor, estoy vestida.

—Acompáñame. Jason estaba ardiendo.

—Tendrá fiebre. Algunas veces conviene lavar con agua fría a una persona enferma, como propusisteis hacer con Rosalie en el barco. Le vino bien y creo que ayuda a descansar al paciente.

—¿Has tenido alguna experiencia como enfermera?

—Cuidé a mi padre durante dos años y cuando mi hermano era joven solía tener fiebre. Afortunadamente, dejó de tenerla al crecer.

—¿Tienes un hermano?

—Lord Sefton-Jones —contestó Bella —. Creerá que he muerto, salvo que Rosalie le haya dicho que estoy aquí. A lo mejor me permitiríais escribirle y tranquilizarlo…

—Hablaremos de eso en otro momento.

—Claro, estaréis preocupado por vuestro amigo.

—Sí. Considero a Jason un buen amigo. No me gustaría que muriera por negligencia.

Bella asintió con la cabeza, pero no dijo nada cuando lo siguió. Él la llevó fuera del palacio por el mismo camino que recorrió ella la noche que la encerraron. Sin embargo, pasaron de largo junto a los calabozos y entraron en el edificio donde estaba la enfermería. El interior era fresco y limpio como el palacio. Había una habitación larga con colchones en el suelo, pero Edward la llevó a una habitación pequeña donde su amigo estaba solo. Lo primero que notó fue que hacía calor.

—¿Por qué está tapado con una manta? —puso la mano en la frente del hombre—. Tiene fiebre. Creo que es mejor lavarlo antes de cambiarle los vendajes.

—¿No tienes reparos en hacerlo?

—¿Por qué iba a tenerlos? —Bella sonrió—. Creía que mi trabajo en la enfermería era un castigo.

—Lo sería para otra. Una vez le pedí a alguien que me ayudara y se quedó horrorizada. Lloró y me suplicó que le pusiera otro castigo si me había ofendido.

—¿Os había ofendido? —le preguntó Bella mientras vertía agua en un cuenco de metal.

—No. Sólo necesitaba que alguien me ayudara con un herido.

—¿Cuidáis a menudo a los enfermos? —Bella destapó al hombre y sintió cierto alivio al ver que tenía cubierta la parte inferior del cuerpo—. ¿Me permitís, mi señor?

—Naturalmente. Haz lo que puedas por él, por favor.

—Dejad la puerta abierta para que haya corriente. Hace mucho calor aquí dentro.

Bella pasó un paño mojado por el cuerpo del hombre. Kasim la miró pensativamente y la ayudó a dar la vuelta al paciente para que pudiera frotarle la espalda.

—Creo que los sirvientes no habrían pensado en lavar a Jason para refrescarlo.

—Un médico me lo aconsejó una vez para mi hermano. Se lo hacia a menudo porque él se quejaba de que la enfermera era muy brusca.

—Veo que eres delicada.

Bella terminó, giró la cabeza y vio la expresión pensativa en los ojos de él. Se sonrojó un poco y bajó la mirada.

—¿Cambiamos los vendajes?

—Si, si puedes soportarlo. Su herida no es agradable de ver.

Bella esperó hasta que él cortó con un cuchillo los vendajes manchados. La herida de la pierna de Jason, que estaba inconsciente, estaba abierta y en carne viva, pero después de observarla cuidadosamente y de tocar la carne con cuidado, le pareció que estaba limpia y se lo dijo a Edward .

—Sí, creo que tienes razón. Ha empezado a cicatrizarse un poco. Si remitiera la fiebre, podría empezar a curarse —comentó él mientras el paciente dejaba escapar un lamento.

—Creo que el calor del cuarto no le ha sentado bien. ¿No podría ponerse una malla de algún tipo para dejar la ventana abierta por la noche?

—Podría buscarse una red que impidiera el paso de los insectos atraídos por los faroles —confirmó Edward —. Me ocuparé en cuanto amanezca.

No había comprendido bien la necesidad de que los pacientes estuvieran frescos. Él había llevado ungüentos y paños limpios y ella lo ayudó a levantarle la pierna, pero se dio cuenta de que él era perfectamente capaz de hacer lo que fuese necesario.

—Ahora, tengo que darle un poco de la pócima para la fiebre que dejó el médico. Se mezcla con tres partes de agua -Edward formó un líquido oscuro en una copa de metal—. ¿Te ocuparás de que lo beba si lo levanto?

—Sí, claro. A lo mejor no bebe si no hacemos esto… Ella tomó la nariz de Jason entre el pulgar y el dedo índice. Él abrió la boca y se tragó la pócima. Edward se rió. —Nunca había visto hacer eso. Jason se resiste mucha veces a tomarse la medicina.

—Mi hermano hacía lo mismo —Bella sonrió—. Creo que vuestro amigo no está tan enfermo como teméis, mi señor. Está estabilizándose y pronto estará mejor.

—Gracias por tu ayuda, Bella

—No ha sido nada, mi señor. Espero que ya podáis descansar mejor.

—Desde luego. Dejaremos que él descanse. Deberías dormir por la mañana, a los niños no les importará perderse una clase.

—Volveré a visitar al paciente después de desayunar y luego pasaré una hora o así con Esme, si me lo permitís.

—Naturalmente. No tienes que pedirlo. Hay normas que todos tenemos que cumplir, Bella, pero si las cumples, podrás moverte por el palacio casi como quieras, aunque hay ciertas zonas a las que no puedes ir sin permiso.

—Sois muy gentil, mi señor. Intentaré seguir todas las normas, pero tenéis que enseñármelas.

—Te noto muy dócil —él la miró con una expresión de duda—. ¿Qué estás tramando? No sé si confío en esta nueva Bella.

—Sólo intentaba demostraros que estoy arrepentida, como me indicasteis, mi señor.

—No quería sofocar tu carácter.

—No lo habéis hecho, mi señor —Bella lo miró con picardía—. Creía que querías que fuese sumisa, ¿no es así? ¿Una mujer no tiene la obligación de obedecer a un hombre?

—¿Estás burlándote de mí?

—Yo lo llamaría provocación, mi señor.

—¿De verdad? —él sonrió irónicamente—. Estás pagándome con mi misma moneda, ¿verdad? Me parece que tu castigo no va a ser suficiente. Pensaré en algo más adecuado.

—¿Puedo preguntar en qué va a consistir el nuevo castigo?

—No, Bella, no puedes. Puedes estar segura de que lo recibirás cuando menos lo esperes.

Ella no pudo evitar reírse.

—¿Queréis asustarme?

Bella había dejado de sonreír.

—¿Por qué no quisiste quedarte durante la fiesta anoche? Creí que te sentías desdichada. ¿Te aburría el baile?

—No, claro que no. Era precioso y la comida deliciosa —ella negó con la cabeza—. No podía dejar de pensar en algo. Fui una necia.

Edward entrecerró los ojos.

—Tampoco te parecieron bien los combates. Esas competiciones forman parte de nuestra cultura. Tienes que aprender a disfrutar con esas cosas, Bella, o me temo que tu vida va a ser muy aburrida.

—No censuro los combates, ni la música.

—Pero cerraste los ojos cuando yo estaba luchando, ¿por qué? —Edward la agarró de la muñeca y la obligó a que lo mirara—. Algo te abruma, Bella, tienes que decírmelo.

—Por favor, soltadme. Estáis haciéndome daño.

—¡Bobadas! ¡No me mires así! —exclamó Edward con una mirada tan intensa que hizo que ella se estremeciera—. ¿Por qué no quisiste mirarme? ¿Temías que perdiera?

—No me importaba que perdierais… —ella no pudo terminar la frase al notar que le apretaba más la muñeca—. Temía que os hirieran.

Edward la miró fijamente, se rió y la soltó.

—¿Nadie te ha contado que he ganado todos los años desde hace ocho? No hacía falta que temieras por mí. Además, no era una lucha a vida o muerte. Puedes preocuparte cuando luche contra las tribus de las montañas, pero no en una competición con mis amigos.

—Entiendo…

Bella miró hacia otro lado con el pulso acelerado porque había captado algo en sus ojos. Durante un rato, mientras atendían a Jason, se había sentido cerca de él, pero no podía engañarse, había conservado a las mujeres que más le gustaban en la cama.

—Efectivamente —siguió ella—, habéis hecho amigos aquí y seguís todas sus costumbres.

Él entrecerró los ojos, la miró un momento y sonrió.

—¿De verdad, Bella ? Me pregunto qué habrás oído decir de mí. Es increíble cómo se difunden las habladurías en el palacio. No deberías creerte todo lo que te dicen. No tienen nada que hacer en todo el día salvo hablar sin ton ni son.

—No fue una mujer…

Bella se sonrojó cuando él se rió al pensar, evidentemente, que estaba celosa.

—No tenéis que explicarme nada. Además, no tiene nada que ver con mi dolor de cabeza —le aclaró ella.

—Los festejos siguen mañana. ¿Quieres pedirle a Carlisle que te dispense?

—No, claro que no. Los festejos son para celebrar el nacimiento del hijo de Esme. Además, ayer lo pasé bien… casi todo el tiempo.

—Me alegro de que disfrutaras con parte de los festejos. Recuérdalo, no es sensato que hagas caso de las habladurías. Yo te diré lo que tengas que saber. Bella inclinó la cabeza. No podía preguntarle si lo que le había contado Hassan era verdad, tenía que olvidarlo. Aun así, notaba un dolor ligero y ridículo en el corazón, aunque le avergonzaba estar celosa de las chicas que le habían abierto el corazón con tanta franqueza. ¿Por qué iba a importarle con quién se acostara él?

El inconveniente era que empezaba a importarle demasiado.

Esa mañana, en cuanto terminó de desayunar, Bella fue a la enfermería. Había esperado encontrarse con alguna mirada torva o que le dijeran que se ocupara de sus asuntos, pero los sirvientes, que iban descalzos, la recibieron con una sonrisa, como si supieran quién era y por qué estaba allí. Cuando entró en la habitación donde estaba el paciente que había atendido esa madrugada, lo encontró reclinado en unos almohadones, despierto y sin fiebre. La miró de una forma un poco rara y, en un inglés rudimentario, se disculpó por haberla molestado esa noche.

—Mi señor decirme que señora inglesa venir a ayudar… —él sonrió—. Mi señor muy afortunado. Él decir que yo no dijera, pero ser verdad.

—Me alegro de veros repuesto, señor —replicó ella—. Edward estaba preocupado por vos, pero creo que vuestra herida está curándose.

—Yo pronto bien… Gracias, señora inglesa.

—Vendré a veros mañana. Me alegro de veros mucho mejor.

Bella recorrió la otra sala y se dio cuenta de que con un par de cambios los pacientes estarían más cómodos. No diría nada todavía, pero cuando estuviera cumpliendo su castigo allí, le comentaría a Edward que algunos colchones sólo servían para tirarlos a una hoguera. Después de abandonar la enfermería, pasó un instante por la habitación donde daba clase. Sabía que una de las esposas menos importantes del califa estaría con los niños, pero quería verlos un momento porque empezaba a apreciarlos. Cuando entró, se encontró con que Lisbet, la preciosa hija de la tercera esposa del califa, estaba llorando. Se aferró a Bella y se quejó de que le dolía el estómago, pero Bella la sentó en su regazo mientras leía una historia a los niños y ella dejó de llorar y estaba contenta cuando sonó la campana y llevaron a los niños con sus niñeras.