Bella había vuelto a sus aposentos y se había cambiado de ropa para los festejos.

La llevaron al patio y se sentó debajo de un toldo con Esme, más cerca del califa y alejada de las demás mujeres. Bella se preguntó por qué le habrían concedido ese privilegio. Miró al califa y comprobó que él estaba observándola. Él inclinó la cabeza y sonrió. Quizá la hubiese perdonado por lo que hizo la noche que suplantó a Rosalie .

Los festejos se parecieron mucho a los del día anterior. Hubo bailes y exhibiciones de destreza, hasta que empezó la lucha libre. Jasper volvió a participar y ganó con facilidad. Luego pasaron a los combates de gladiadores y le sorprendió que uno de los jenízaros se inclinara ante Esme y ella después de haber ganado su enfrentamiento.

—Dedico mi victoria a la mujer inglesa del señor Edward —dijo en voz alta—. Que deis a mi señor un hijo con el corazón de un león.

Se oyeron vítores y risas y ella se sonrojó hasta que le ardieron las mejillas. Miró al califa y vio que él asentía con la cabeza. Por un instante, quiso salir corriendo, pero dominó el bochorno e inclinó la cabeza, lo que hizo que los vítores arreciaran. Bella notó que Esme estaba mirándola con comprensión. ¿Acaso creía todo el mundo que se había acostado con Edward?

—Estoy segura de que los hijos que des a Edward serán leones —le dijo Esme —. Es todo lo valiente y osado que puede ser un guerrero y un dios del amor… Aunque no le digas a Carlisle que te lo he dicho, por favor. No debería hacer caso de las habladurías, pero las mujeres comentan que tiene el vigor de un león.

Bella no dijo nada. Por el momento, Edward había dejado que durmiera sola. Ni siquiera tenía la certeza de que la deseara, aunque un par de veces había captado algo en su mirada que le había acelerado el pulso. Como si le hubiera dado la entrada, Edward apareció en la arena.

El corazón se le detuvo al ver que esa vez iba a enfrentarse a tres oponentes. ¿Cómo iba a poder vencer? Se estremeció al ver que los hombres lo rodeaban con cautela, pero hizo un esfuerzo para seguir mirando con las uñas clavadas en las palmas de las manos para no mostrar ninguna emoción. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que era una demostración de destreza y no un combate real. Respiró con alivio cuando uno de los oponentes tuvo que rendirse y otro perdió el arma y tuvo que retirarse. Quedaba el último, pero era tan diestro como Edward y la lucha le pareció interminable. Entonces, súbitamente, Edward se resbaló y su oponente le puso la espada en el cuello. Según las reglas, el combate había terminado y Edward había perdido. El corazón le dio un vuelco. ¿Se enfadaría o alteraría por no ser el campeón? Se quedó asombrada cuando vio que los dos hombres se abrazaban y que Edward arrancaba la lanza del suelo para entregársela al otro hombre. Evidentemente, era su amigo y Bella pudo oír claramente sus palabras.

—Toma la lanza de oro, Rachid. Te entrego el manto de campeón y te felicito por tu destreza.

—Volverás a ganarlo la próxima vez.

Edward negó con la cabeza.

—No habrá próxima vez. He decidido retirarme y dejar paso a los demás.

Se hizo un silencio que dio paso a gritos de decepción entre el público.

—¡No! ¡No! ¡No! La lenta letanía siguió hasta que Kasim levantó una mano.

—Rachid es un digno campeón. Otros aceptarán el desafío. La próxima vez, participaré en la lucha libre. Vuestro príncipe y yo tenemos que saldar una deuda.

Jasper se levantó claramente emocionado.

—¿Es un desafío? —preguntó a Edward .

—Sí lo aceptas —Edward le sonrió y luego miró al califa—. ¿Lo zanjamos mañana, mi señor?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —coreó el público—. ¡Mañana! ¡Mañana! ¡Mañana!

El califa lo meditó y se levantó con la mano extendida para pedir silencio. Miró a su hijo, luego miró a Harriet durante un rato largo y aterrador y, por fin, miró a Kasim.

—La lucha será esta tarde, cuando Edwqrd haya tenido tiempo de reponerse de la exhibición de destreza. Será a tres asaltos, el vencedor será coronado señor del festejo y mandará sobre todos nosotros durante una noche. Después del combate, comunicaré algo importante.

La resolución se recibió con gritos de alegría, como la siguiente, que fue que se retirarían al interior para comer y beber antes de que empezara el combate.

Bella oyó un leve lamento, miró a Esme y vio que estaba pálida.

—¿Te sientes mal?

—Estoy un poco mareada…

Esme se cayó sobre Bella quien hizo todo lo posible para sujetarla.

—¡La señora se ha desmayado! —exclamó Bella —. ¡Ayuda, por favor!

No tuvo que decir nada más porque Esme apareció de improviso, tomó a Esme en sus brazos y dirigió una mirada muy elocuente a Bella.

—Acompáñame a los aposentos de la señora, por favor.

—Sí… —Bella miró al califa, quien dio su consentimiento con la cabeza—. Por aquí…

Bella caminó deprisa y Edward la siguió con grandes zancadas. Cuando entraron en el palacio, las puertas fueron abriéndose a su paso, pero nadie obstaculizó a Edward ni intentó quitarle de los brazos a la mujer. Una vez en el dormitorio de Esme, él la dejó con delicadeza en la cama y miró a Bella.

—Discúlpame. Te veré más tarde, pero ahora tengo que marcharme.

Ya estaba marchándose cuando el califa entró. Oyó que él murmuraba una disculpa por aquel acto tan impulsivo y que el califa le quitaba importancia por la urgencia. Lo que había hecho Edward infringía las normas porque no podía entrar en el harén del califa, pero su reacción había sido necesaria y respetuosa.

—Yo no habría podido llevarla. Se habría caído si… —intervino Bella.

—Mi hijo hizo lo que había que hacer —le dijo el califa para tranquilizarla. Carlisle se acercó a su esposa y le tomó la mano. Bella se apartó sin saber si tenía que marcharse. Oyó unos murmullos y el califa se dirigió a ella.

—Mi esposa te necesita.

—Sí, mi señor —Bella lo miró y vio la preocupación en sus ojos—. Me quedaré con ella. Me disculparéis si no asisto al combate de lucha libre.

—Será mejor que te quedes con ella. Ha sido una necia por ir esta tarde. El médico la avisó de que era demasiado pronto, pero ella fue.

—Quería asistir a los festejos, es natural, ¿no?

—Me ha parecido que hoy disfrutabas más. ¿Se te ha pasado el dolor de cabeza?

—Sí, mi señor. Sois muy amable por interesaros.

—Eres la mujer que ha elegido Edward . Lo que hagas puede ser muy importante para mi pueblo en el futuro. Espero que aprendas a aceptar nuestras tradiciones y que no causes pesar al hombre que considero un hijo mío.

Bella no supo contestar. ¿Cómo podía ser importante para su pueblo?

—Quédate con Esme. Volveré cuando hayan terminado los festejos y el combate.

—Estoy segura de que mi señora estará mejor para entonces. El califa inclinó la cabeza y se retiró. Bella se inclinó sobre su amiga y le retiró el pelo de la frente.

—¿Te lavo la cabeza con agua perfumada? Creo que te vendrá bien. El calor te abrumó.

—Quería sacarte de allí —Esme se incorporó sobre los almohadones—. No esperé que Edward actuara tan deprisa. Espero no haber empeorado las cosas.

Bella la miró sin dar crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Qué quieres decir? No entiendo… ¿No estás enferma?

—Estoy perfectamente —contestó Esme—. Cuando Edward lanzó el desafío, supe que Carlisle no lo consentiría. No pudo negarse, pero está prohibido.

—¿Prohibido? —Bella la miró fijamente—. ¿Qué estás diciendo? Carlisle permitió que se llevara adelante.

—Porque no tuvo otra alternativa. El desafío se lanzó y aceptó delante de todo el mundo. Carlisle no pudo negarse, pero se enojará si Jasper pierde. Es impensable que el príncipe pierda un combate de lucha libre.

—Pero creí que ya habían luchado antes. Estoy segura de que alguien me ha contado que Esward es el único hombre al que Jasper no ha derrotado todavía.

—Han luchado muchas veces en privado, pero no en público. Edward ganará porque ha vencido a todo el mundo, como había ganado todos los combates de destreza. No sé por qué ha perdido hoy. Estaba ganando hasta que se resbaló.

—Quizá ya no sea el mejor.

Esme la miró.

—Creo que hay otro motivo. ¿No te fijaste en cómo te miró? Ayer cerraste los ojos cuando peleó. Creo que ha cedido el titulo de campeón por ti.

—No haría algo así —replicó Bella con un estremecimiento.

—Un hombre hace muchas cosas por la mujer que desea.

—No estoy segura de que me desee. Tienes que saber que te pone por encima de todas las demás. Todo el mundo lo sabe. ¿No has oído lo que piensan los jenízaros de ti? Para ellos, eres la mujer querida por Edward y te respetarán tanto como a él sólo por ese motivo.

—Creo que tienen más motivos —Bella se acordó de cómo había cuidado él a su amigo la noche anterior—, pero tiene otras mujeres.

—Ninguna como tú. Tienes que saberlo en el fondo de tu corazón.

—No tengo ninguna certeza de… —Bella no siguió al oír cierto revuelo y una sirvienta se acercó a ellas—. Ramona, ¿qué quieres decimos?

—Hay noticias inquietantes, mi señora —contestó la sirvienta—. Un mensajero acaba de llegar del norte. Las tribus de las montañas han atacado algunos poblados y el señor Edward está reuniendo hombres para expulsarlos.

—Edward va a luchar contra ellos… —el miedo atenazó el corazón de Bella . —Edward ha luchado muchas veces contra ellos. Volverá victorioso como siempre —Esme intentó tranquilizarla aunque parecía pensativa—. Eso significa el final de los festejos por el momento. No habrá combate.

—Me alegro de eso. Tengo que verlo antes de que se marche. Tengo que decirle…

—Es demasiado tarde, mi señora —intervino Ramona—. Ya estaban marchándose cuando me enviaron a decíroslo.

—¿Se ha marchado? ¿Se ha marchado tan pronto?

Sintió una punzada de miedo en las entrañas. Fue un dolor tan intenso que estuvo a punto de se había marchado sin despedirse y era posible que lo mataran y no volviera a verlo jamás.

—Te amo —susurró ella con una voz tan tenue que sólo la oyó ella—. Si mueres…

Bella contuvo un sollozo porque si él moría, no sabía cómo podría resistirlo. Ya le daba igual si se acostaba con una de sus mujeres o con las tres. Lo amaba tanto que era un dolor físico en el pecho y no sabía cómo lo resistiría si él no volvía.

Los días siguientes pasaron muy lentamente. Bella pasó el tiempo entre la enfermería, donde enseñó a los sirvientes algunas cosas para que los enfermos estuvieran más cómodos, las clases de los niños y el cuidado de Esme. Su amiga le dijo que se preocupaba demasiado.

—Edward volverá victorioso como siempre. Siempre ha sido así.

Bella intentó creer que pasaría lo que decía su amiga, pero también se acordó de lo que le había dicho Edward la noche que la llevó a la enfermería. Le dijo que no tenía que preocuparse cuando luchaba con sus amigos, pero que cuando iba a luchar contra las tribus de las montañas, las cosas podrían ser muy distintas.

Jasper fue a buscarla el quinto día, cuando estaba sentada con los niños. Notó que estaba nervioso por la expresión de su cara.

—Señora Bella, necesito vuestra ayuda —le pidió con tono serio—. Edward está herido. Lo trajeron anoche y el médico lo atendió, pero hay que cuidarlo. Se lo habría pedido a Mellina, pero ella está indispuesta y ninguna de mis mujeres sabe cuidar a un enfermo. Además, el médico me dijo que sois la única mujer del palacio a la que él confiaría esa tarea. Me temo que mi hermano tiene fiebre.

—Tengo que verlo inmediatamente. ¿Está en la enfermería?

—No. Pidió que lo llevaran a sus aposentos. ¿Lo cuidaréis personalmente? El médico le ha tratado las heridas, pero dice que necesita muchas atenciones.

—Si, claro que lo cuidaré. Iré inmediatamente.

Jasper pareció aliviado.

—Confió en vos más que en cualquier otra mujer porque os parecéis a mi madre.

—¿Está muy enfermo? —le preguntó ella mientras acudían apresuradamente a los aposentos de Edward.

—Temo que muera. Desvaría y dice cosas que no entiendo.

Lo siguió a los aposentos de Edward . Conocía muy bien los patios y otras dependencias del palacio, pero nunca había estado en las estancias privadas de Edward, aunque más de una vez había estado tentada. Sin embargo, había resistido la tentación y tenía curiosidad por ver cómo eran. Los muebles eran muy parecidos a los de ella, pero con un aire más masculino, los colores apagados y las comodidades reducidas al mínimo. Los arcones que debían contener las posesiones de Edward eran de roble, eran unos arcones de barco y una cómoda de origen inglés. En vez de objetos hermosos, tenía sus armas, sus botas y unos libros apilados en un rincón.

Edward estaba tumbado en la cama, que tenía sábanas de lino en vez de seda, y se había destapado por la fiebre. El pecho estaba desnudo a excepción del vendaje en el hombro. Sus partes íntima estaban cubiertas por un taparrabos, pero el resto del cuerpo estaba desnudo. Bella se estremeció. Pudo ver muchas cicatrices en la piel dorada y al acercarse, él abrió los ojos y la miró, pero ella supo que no la había visto.

—¡No, padre! —exclamó él—. Eres injusto, no soy culpable del delito del que me acusas…

—Tranquilo, mi señor -Bella le puso la mano en la frente y miró a Jasper —. Está ardiendo. Hay que refrescarlo y sólo conozco una manera de hacerlo. Fue a por agua y tomó un paño, lo mojó, se lo pasó por la frente, lo escurrió y le lavó el pecho y los brazos. Él tenía una pierna fuera de la cama por el calor.

—¿Os importaría abrir la ventana, alteza? —le pidió a Jasper —. Hace mucho calor.

—Claro, si creéis que es lo mejor… Él fue a la ventana y abrió las contraventanas para dejar entrar una corriente de aire. Bella le lavó las piernas, los brazos y el pecho.

—¿Me ayudaríais a darle la vuelta sobre el hombro sano, alteza?

Jasper asintió con la cabeza y la ayudó a darle la vuelta. Ella le pasó el paño mojado por los hombros, la espalda y las piernas. Cuando lo secó y volvió a darle la vuelta, él parecía más sereno.

—Me quedaré para observarlo un rato —comentó Bella—. ¿Ha dejado alguna medicina el médico?

—Creo que hay una pócima junto a la cama, pero cuando vino el médico, Edward no pudo tomarla —contestó Jasper.

Bella tomó un pequeño frasco azul. Había unas instrucciones escritas en inglés por el mismo médico que atendió a Esme. Bella supuso que las había dejado para que ella las leyera. Quitó el tapón, olió y vertió la cantidad indicada en una cuchara. Se inclinó sobre él y le tomó la nariz entre los dedos como había hecho con Jason. Edward abrió la boca para quejarse y ella introdujo la cuchara en su boca. El tragó la pócima con una mueca de disgusto.

—¿Cómo aprendisteis a hacer eso? —le preguntó Jjasper con una sonrisa—. El médico lo intentó y yo también, pero él no separó los labios.

—Es un truco muy útil cuando un paciente se niega a tomar una medicina.

—Creo que casi compadezco a Edward —dijo Jasper entre risas—. Creo que no vais a pasarle ni una, pero sois tan juiciosa como encantadora. Mi hermano es un hombre afortunado.

—Gracias por el halago, pero no estoy segura de que él opine lo mismo — replicó Bella con una ligera sonrisa.

—Os mandaré a una sirvienta para que os ayude, señora.

Jasper inclinó la cabeza y se marchó. Edward parecía más estable y tenía menos fiebre. La sirvienta había llegado y Bella le pidió sábanas limpias, las de la cama estaban mojadas por el sudor. La chica fue a buscarlas y Bella olvió a enjuagarle la frente con una punzada de desazón en el corazón al oírlo gritar otra vez.

—¡Padre! No soy culpable de violación ni de asesinato. Os suplico que me creáis. Nunca habría participado en algo tan espantoso.

—Te creo, querido —Bella intentó calmarlo y le apartó el pelo mojado de la frente—. Descansa. Estás a salvo. No tienes nada que temer.

Edward abrió los ojos y, por un instante, pareció reconocerla.

—No deberías estar aquí —le dijo con inquietud—. Si te encuentran, te castigarán…

—Tranquilo, Edward . No pasa nada. ¿No te acuerdas? El califa me entregó a ti.

Edward farfulló algo y cerró los ojos. La sirvienta había vuelto con las sábanas limpias. Entre las dos, le dieron la vuelta, quitaron la sábana mojada, pusieron la limpia y, con mucho cuidado, volvieron a hacer lo mismo apoyándolo sobre el hombro herido. Él dejó escapar un quejido de dolor, pero se calmó cuando lo pusieron de espaldas otra vez. Harriet lo tapó con una sábana limpia.

—Tenéis que tomar la medicina.

Bella repitió la operación, él se tragó la pócima, hizo una mueca y se serenó. Al cabo de una hora, más o menos, el médico entró e hizo un gesto de complacencia al ver a Bella sentada y leyendo un libro de Edward. Puso la mano en la frente de éste y sonrió.

—Está mucho mejor. Supongo que ha tomado la medicina.

—Dos veces. Está más tranquilo y lleva dormido desde que se la tomó.

—Muy bien. Sabía que erais la indicada para cuidarlo, señora.

—Me alegro de poder ayudar, pero me temo que tengo pocos conocimientos.

—Alá os ha concedido una sabiduría que no corresponde a vuestra edad. Si Alá quiere, él se repondrá.

—Rezaré para que quiera.

Bella contuvo un sollozo. No había llorado antes, aunque las lágrimas habían estado a punto de brotar.

—Lo dejaré a vuestro cuidado, señora, pero no os canséis. Si sigue así, la crisis pasará dentro de unas horas y las sirvientas podrán ocuparse de él. Volveré esta tarde para cambiarle el vendaje.

—Gracias por venir. El médico hizo una reverencia y se retiró.

—¿Puedo traeros algo, mi señora?

Bella se volvió hacia la mujer que había hablado. Era una mujer mayor y fuerte, acostumbrada a servir en el palacio.

—No habéis comido desde hace muchas horas —siguió la mujer—. Deberíais comer y descansar u os agotaréis.

—Estoy bien, pero me gustaría tomar fruta y beber algo. ¿No te importa traérmelo?

—Es un privilegio para mí serviros, mi señora.

Bella sonrió cuando la mujer se marchó. Se acercó a la cama y puso la mano en la frente de Edward . No tenía fiebre y sintió un deseo abrumador de besarle los labios, pero sabía que no debía hacerlo. Incluso allí podían estar observándola.

—Bella … —Edward abrió los ojos y la miró—. ¿Qué haces aquí?

—Jasper fue a buscarme. He venido a cuidaros, mi señor. He cuidado a otros hombres en la enfermería, ¿no iba a hacer lo mismo por vos? Teníais fiebre asustasteis al príncipe porque delirabais.

—¿Qué dije?

—Algo sobre que no erais culpable y pedíais a vuestro padre que os perdonara. Jasper no lo entendía.

—Hablaba de mi padre natural -Edward apretó los labios—. Me repudió por un delito que no cometí. Por eso me marché de Inglaterra y vine aquí.

—Debería haberos creído. Si le dijisteis que no erais culpable, debería haberos creído. Yo sé que no incumplís vuestra palabra ni mentís o traicionáis a quienes confían en vos.

—Aunque me disguste —replicó Edward —. ¿Me has perdonado,Bella ? Sé que os traté mal al traeros aquí a Rosalie y a ti.

—Creo que mi prima está a salvo con su familia… en cuanto a lo demás, no importa. Mi vida puede ser más útil aquí que en Inglaterra. Al menos sirvo de algo en la enfermería y parece que los niños me quieren.

—Lo dices como si la perspectiva te gustara.

—Me gusta. Estoy aprendiendo a conformarme. Me gustaría poder montar a caballo cuando me apeteciera, pero sé que eso es mucho pedir.

—Sería demasiado peligroso. Esto no es Inglaterra. En las posesiones de tu padre estabas segura, pero aquí correrías peligro. Aun así, cuando me cure, te llevaré a cabalgar conmigo. ¿Te conformarías con eso?

—Sí, creo que sí —contestó ella—. No intentéis hablar mucho, mi señor. Pediré a la sirvienta que os traiga una bebida fresca y algo ligero para comer. Si queréis, puedo haceros leche especiada o una tisana.

—Prefiero algo de café.

—El café que bebéis es demasiado fuerte. Deberíais beber agua y comer una sopa, si es posible.

—No soy un inválido. Comeré cuscas de cordero y beberé café.

—Claro que sois un inválido y yo soy vuestra enfermera. Tomaréis caldo y agua hasta que esté segura de que la fiebre ha remitido.

Edward la miró un momento con el ceño fruncido, pero asintió con la cabeza.

—Me regañas como una esposa —Edward se dejó caer sobre las almohadas—. Debo de estar loco, pero creo que acabará gustándome.

¿Qué tal opinan de este Edward? Tres capítulos ! Gracias por sis comentaarios : )