—He oído decir que Edward ya está bien —comentó Jasper cuando se encontraron tres días más tarde—. Mi padre me ha pedido que te lo agradezca de su parte, Bella. Yo también te lo agradezco.
—No hice gran cosa —replicó ella—. Deberíais agradecérselo al médico.
—No me habría gustado que mi hermano hubiese muerto —dijo Jasper con tono pensativo—. Si no hubiese sido por Edward, yo habría podido morir hace mucho tiempo. Además, ha prometido enfrentarse a mí en un combate de lucha libre cuando haya otro festejo. No lucharé contra él todavía porque tendría ventaja.
—Me gustaría que le dijerais que no puede luchar. Ya ha empezado a entrenarse con los jenízaros. Le he dicho que es demasiado pronto y el doctor Alí también se lo ha dicho, pero no nos ha hecho caso. Debería estar tranquilo durante una semana más, por lo menos, pero es impaciente.
—Edward nunca hace caso a los médicos —le explicó Jasper con una sonrisa y el aspecto del niño que era en el fondo—. Tiene que curarse pronto porque voy a casarme… y Alice no huirá de mí. Es prima del sultán y a ella le parece un honor.
—Tiene que serlo para cualquier mujer que os conozca, alteza. Mi prima era joven y temía todo lo que no entendía.
—La he perdonado y a ti también, Bella. Alice es muy hermosa y estoy deseando casarme.
—Os deseo que seáis muy feliz, alteza.
—Si es una buena esposa conmigo, como tú lo serás con Edward, estaré satisfecho.
Bella lo miró mientras se alejaba. ¿Creía que Edward iba a casarse con ella?
Edward no le había dado ningún indicio, casi ni había hablado con ella desde que abandonó la cama y empezó a entrenarse con los jenízaros. Supuso que estaba molesto con ella por haberle regañado cuando estaba enfermo, pero no había tenido ocasión de preguntárselo.
—Buenos días, Bella. He decidido llevarte a montar a caballo. Jasper quiere salir de caza y me ha propuesto que te llevemos también.
Bella estaba sentada junto a la fuente de su patio. Observó el rostro de Edward para buscar algún rastro de la enfermedad, pero parecía que había recuperado toda la fuerza.
—¿Lo decís de verdad? —le preguntó Bella con el pulso acelerado—. ¿Cuándo saldremos?
—Mañana por la mañana, temprano. Te darán las ropas adecuadas. Deberás llevar el velo tapándote los ojos hasta que estemos lejos del palacio, pero luego podrás quitártelo.
—¿Sólo iremos los tres?
—Hay que proteger a Jasper todo el tiempo. Cinco de mis hombres nos acompañarán.
A Bella le dio un vuelco el corazón por la emoción. Había empezado a pensar que él estaba eludiéndola y lo había echado de menos más de lo que se atrevía a reconocerse a sí misma.
—Estoy impaciente, mi señor. Ahora, si me disculpáis, tengo que ir con Esme , está esperándome.
—Claro, Bella . Esta tarde estaré trabajando, pero mañana será un día de ocio para todos —él le hizo un saludo con la cabeza—. Hasta entonces.
Bella se alejó con el corazón saliéndosele del pecho. Al día siguiente cabalgarían juntos fuera del palacio. Podría montar a caballo por primera vez desde que se marchó de Inglaterra y vería el vuelo de los halcones. Tendría la ilusión de ser libre aunque la verdad era que seguía prisionera.
—Eres afortunada —le dijo Esme cuando Bella se lo contó—. Yo nunca he ido a cazar con el califa.
—¿Te gustaría ir?
Esme dudó, sonrió y negó con la cabeza.
—Si soy sincera, no disfrutaría con algo así. Me gusta ir al bazar a comprar adornos. A lo mejor carlisle nos permite ir un día de estos.
—Claro. Edward ha sido generoso conmigo. Debería comprar telas para hacerle un regalo, algo especial que no pueda comprar.
—Si se lo pido a Carlisle , él nos lo permitirá —comentó Esme con un tono de felicidad—. Te dará dinero para que compres lo que quieras porque está complacido contigo. Dice que has ayudado a los heridos y que serás de mucha utilidad a Edward en el futuro.
—¿Has visto a tu hijo esta mañana? —le preguntó Bella con una sonrisa.
—Sí… —Esme sonrió—. No sé si crece como debería. Lloró mucho y parecía pálido.
—Debes pedirle al médico que lo visite —le aconsejó Bella —. Podría ser un cólico…
Hacía frío por la mañana temprano y Bella estaba contenta con la prenda que la cubría de los pies a la cabeza y la protegía del viento. Le habían dado un caballo blanco y dócil y Edward la ayudó a montarse.
Vio que Jasper y él montaban purasangres. El de Edward era negro y tenía unos ojos que parecían un poco fieros. El de Jasper era blanco, como el de ella, pero fuerte e indómito. Resopló y sacudió la cabeza cuando el príncipe lo montó, pero ella se dio cuenta de que era un jinete magnífico y lo dominó enseguida.
Los hombres rodearon al príncipe y a ella. Edward se puso al frente. Hassan espoleó su caballo para alcanzarlo y cabalgar a su lado y ella notó cierta rivalidad entre los dos. Jassper admiraba claramente al hombre que consideraba su hermano, pero tenía un brillo en los ojos que le indicó que ese día estaba dispuesto a eclipsarlo. ¿Intentaba impresionar a Edward o a ella? Se quedó sorprendida cuando empezó a galopar solo y a pasar de un lado a otro de la montura como habían hecho los jenízaros durante la exhibición de los festejos. Edward se dirigió a uno de sus hombres y éste aceleró para alcanzarlo. Edward retrocedió para cabalgar junto a ella.
—Tenemos que proteger al príncipe porque puede haber enemigos incluso aquí —le explicó—. Jasper se resiste y le parece que lo tratamos como a un niño, pero es el heredero.
—Lo entiendo, pero también podréis entender su desesperación, ¿verdad? Es un hombre, no es un niño, y debería poder demostrarlo.
—Veo que lo entiendes, discúlpame, Bella. Voy a desafiarlo a una carrera.
—¿Os parece prudente?
Edward no le hizo caso. Espoleó al caballo para alcanzar al príncipe y habló brevemente con él. Entonces, acto seguido, empezaron a galopar con la clara intención de echar un carrera. Los jenízaros se miraron alarmados, pero, en vez de seguirlos, cerraron filas alrededor de ella para protegerla ante la locura de sus señores. Kasim y Hassan desaparecieron y transcurrieron varios minutos antes de que ella viera que volvían. Edward iba por delante, pero la distancia fue acortándose hasta que el príncipe lo adelantó y llegó vencedor hasta donde estaba ella.
—¡He ganado! —exclamó con el rostro radiante—. Es la primera vez que consigo ganar a Edward en algo.
—Has mejorado mucho —le felicitó Edward cuando llegó—. No creo que ningún jenízaro pueda superarte, Jasper .
—Los demás me dan igual —replicó el príncipe con una sonrisa de placer—. Quería vencerte a ti. Le pediré a mi padre que organice un día de festejos y también te derrotaré en lucha libre.
—Es posible que me derrotes —concedió Edward con un destello en los ojos—. Es posible que no…
Jasper lo miró fijamente, inclinó la cabeza hacia atrás y se rió.
—Ya lo veremos, hermano. Ahora, soltemos los halcones.
Bella miró a Edward . Tenía una expresión extraña en los ojos y ella se preguntó por qué le habría dejado ganar, porque estaba casi segura de que le había dejado. Edward observó a Bella , que cabalgaba por delante de él. Tenía una expresión de concentración mientras atendía a las explicaciones de Jasper.
Se debatió entre la satisfacción por presenciar cómo disfrutaba y el dolor que nunca lo abandonaba, un dolor que lo abrasaba cuando se tumbaba en la cama por la noche. Era evidente que Bella era una amazona excelente. Tenía que haber montado mucho a caballo en su país y entendía su desesperación por no poder hacerlo allí cuando quisiera. Sus risas eran el testimonio de lo mucho que estaba disfrutando y sintió una punzada en el corazón por todo lo que le había arrebatado al llevarla al harén. Él y sólo él era el culpable de la situación en la que se encontraba. El dolor y el arrepentimiento lo dominaron al reconocerse que había tenido una alternativa. Su conciencia no le dejaría descansar y tendría que soportar los tormentos del infierno al que se había condenado solo. Había permitido que su lealtad a un hombre que respetaba y apreciaba le nublara el juicio. Supo que estaba haciendo mal incluso cuando se negó a escuchar las peticiones de pagar un rescate. Era inútil justificarse diciéndose que estaba mejor en esa situación que en un posible destino que habría sido peor que la muerte. Ella tenía que añorar a su familia y país, pero añoraría más la libertad que nunca tendría si se quedaba allí como su esposa. Había pospuesto el momento de decirle que él nunca podría abandonar el palacio porque estaba seguro de que ella elegiría abandonarlo a él. Todas las noches había anhelado hacerla suya, pero lo que más quería era que ella lo amara.
Jasper se volvió para decirle algo. Él contestó y sonrió. Su hermano estaba de buen humor porque había ganado la carrera, una carrera que le había dejado ganar porque sabía que Carlisle le diría muy pronto la decisión que había tomado. Edward sabía que el príncipe se enfurecería… y con motivo. Iban a negarle la sucesión y ningún príncipe joven podía aceptarlo fácilmente. Siempre habían sido amigos y rivales, pero ¿se esfumaría la amistad cuando Jasper supiera la verdad? La dolería perder la amistad y confianza del príncipe, pero si Bella elegía abandonarlo, le destrozaría el corazón. Sin embargo, ¿cómo podía pedirle que se quedara si sabía que su vida allí sería muy limitada?
La observó mirando el vuelo de los halcones y Edward sintió un deseo ardiente. Le pareció que tenía los brazos vacíos sin ella. Era disfrute y dolor para él, un dolor muy merecido. Había mirado demasiado hacia otro lado cuando algo no le gustaba. Había aceptado que había hecho mal, pero no había hecho casi nada para cambiar las cosas. Pronto tendría poder, pero ¿podría gobernar con Jjasper o tendría que hacerse cargo y obligar a su hermano a que cediera? Se avecinaban años cargados de complicaciones y no sabía si podría afrontarlos solo.
Esbozó una sonrisa amarga.
Estaba atrapado en un arbusto y cuanto más luchaba por salir, más se le clavaban las espinas en el corazón.
—Me han pedido que vaya a ver al califa —le comentó Edward a Bella cuando la encontró en el patio a la mañana siguiente—. Me temo que ha llegado el momento del comunicado.
—¿Qué comunicado? —preguntó Bella con perplejidad—. ¿Qué teméis? ¿Está enojado con vos?
—No, al contrario —Edward suspiró—. He intentado encontrar la manera de decírtelo, Bella. Carlisle va a nombrarme mandatario junto a Jasper cuando él muera.
—¿Está enfermo? —ella captó lo alterado que estaba y le tocó el brazo—. Os preocupa, ¿verdad? ¿Por qué no rechazáis la oferta? Podríais marcharos y…
—No, no puedo marcharme —le interrumpió Edward —. Hice una promesa al califa y tengo que cumplirla aunque pueda arruinar mis esperanzas —Bella arqueó las cejas al no entenderlo—. Te lo explicaré más tarde. Ya he esperado demasiado. Debería habértelo dicho antes, pero… —él sacudió la cabeza—. Esta tarde, a última hora, te llamaré y hablaremos a solas en mis estancias. No quiero que nadie me oiga.
A Bella se le aceleró el pulso. Por fin iba a llamarla. Lo había esperado muchas noches y nunca había sucedido. Por fin podría convertirse en su verdadera mujer. El corazón le decía que era lo que quería, aunque si hubiera podido elegir, habría preferido casarse en una iglesia de Inglaterra y rodeada por su familia.
—No hace falta que me llaméis, acudiré cuando el sol empiece a ponerse.
—Muy bien, Bella —Edward sonrió—. Acudirás por voluntad propia. Ten cuidado, no vaya a tomarlo como una señal de sumisión.
—Mi señor disfruta burlándose de mí.
—No —replicó él con una seriedad repentina—. Ahora no tengo tiempo, el califa está esperándome. Te esperaré esta tarde.
—Estaré… impaciente.
Bella suspiró cuando él se alejó. Sabía que no incumpliría su promesa al califa y tenía que olvidarse del sueño de volver a su país para casarse con él.
—¡No podéis hacerlo, padre! —exclamó Jasper cuando el califa terminó de hablar—. Soy vuestro hijo mayor y el trono me pertenece. No acepto vuestra decisión.
—Jadper, tu padre está enfermo —intervino Edward —. Está preocupado porque eres demasiado joven para cargar con el peso de los asuntos de Estado…
—¡Tú lo has puesto contra mí! —exclamó Jjasper con los puños cerrados—. ¿Cómo te atreves a maquinar contra mí para arrebatarme lo que me pertenece? Te mataré.
—No lo permitiré —Carlisle miró a su hijo con frialdad—. Tengo el derecho de nombrar sucesor. Ni tú ni ninguno de mis hijos tiene un derecho por nacimiento, Jasper. Gobernarás solo cuando llegue el momento. Alá sabe que Edward no quiere esa carga. Le he obligado a aceptarla.
—No os creo —Jasper los miró con rabia.
—Me lo prometió a cambio de la vida de Bella —siguió Carlisle—. No culpes a tu hermano, Jasper . Él preferiría marcharse y dejarte solo cuando yo muera.
—No es mi hermano. No tengo hermano.
—Tuviste un hermano —le recordó su padre—. Nos lo arrebataron cuando era un bebé y eso destrozó el corazón de tu madre y el mío, pero te conservamos a ti. Te he amado mucho y te he consentido demasiado. Ahora, ha llegado el momento de que hagas algo por mí.
—No, nunca aceptaré —Jasper miró a su padre y luego a Kasim—. Cuando muráis, lo mataré y gobernaré solo, como me corresponde.
Jasper se marchó airadamente y se hizo el silencio. Carlisle se llevó una mano temblorosa a la cara, pero se repuso enseguida.
—Volverá y se disculpará. Es vehemente, pero cuando se haya serenado, se dará cuenta de que es lo mejor. Mi hijo es mi hijo, pero no está preparado para gobernar y me temo que el momento se acerca.
—¿Os sentís enfermo, mi señor? ¿Llamo al médico?
—No, él no puede hacer nada. Permití neciamente que Jasper diese por supuesto su futuro y tengo que sobrellevar su disgusto. Estoy seguro de que volverá y me pedirá perdón.
—¿Si no lo hace?
—Entonces, te nombraré califa inmediatamente y gobernarás en mi lugar. Si Jasper no lo acepta, tendrá que afrontar las consecuencias. Puedes desterrarlo o… —Carlisle no pudo terminar—. No, no lo harías porque lo quieres.
—Lo quiero como a un hermano —confirmó Edward—. Temo que me odie y no podría reprochárselo si lo hiciera.
Carlisle se dejó caer en una butaca.
—Déjame solo, Edward . Quiero rezar y meditar. Sólo puedo rezar para que Alá guíe a mi necio hijo y espero que considere oportuno atender a mis Deseos.
Bella había pasado la tarde estudiando. Pensó que quizá Edward quisiera poner a prueba lo que había aprendido… a no ser que tuviera otro motivo para querer llamarla. Tenía el corazón desbocado cuando se lavó y se vistió con una túnica blanca muy sencilla por encima de los pantalones y un pañuelo rojo cubriéndole los hombros. Las chicas que la ayudaron dejaban escapar risitas y la miraban de soslayo como si supieran que esa noche iba a ver a Edward. Había concluido que no eran las mujeres que se acostaban con él porque eran demasiado jóvenes e inocentes y una había confesado que seguía siendo virgen. Si la historia era verdad, habrían sido las odaliscas que Edward había devuelto a sus casas.
Bella ya no sentía la punzada de los celos, aunque tampoco estaba segura de que él la amara como ella lo amaba a él. Algunas veces captaba algo en su mirada que le hacía que le diera un vuelco el corazón, pero otras veces estaba distante, retraído, como si pusiera intencionadamente una barrera entre ellos.
