El sol estaba ocultándose por el horizonte cuando Bella cruzó el patio que conectaba sus aposentos con los de Edward.
Entró en una habitación pequeña y abierta al jardín, la siguiente era su dormitorio y él estaría allí. El corazón le latía como un tambor cuando entró y vio, ante su consternación, que estaba vacío. ¿Dónde estaba? Le había dicho que acudiera a esa hora… se quedó sin aliento cuando él entró por una puerta que había en un rincón y ella no había visto. Estaba secándose la cabeza con una toalla, sólo llevaba un paño blanco alrededor de la cintura y el pecho, los brazos y las piernas seguían mojados. Tuvo tiempo de admirar la fuerza y belleza de su cuerpo antes de que dejara la toalla y la viera. Un arrebato de deseo le atenazó las entrañas cuando las miradas se encontraron. Por un instante, él la miró fijamente como si no creyera lo que estaba viendo, hasta que ella notó que caía en la cuenta.
—¿Ya es tan tarde? —preguntó Edward —. Perdóname, Bella. He estado muy ocupado y me olvidé de nuestra cita por un momento.
—¿Me marcho…?
—No. Preferiría que te quedaras. Es importante que hablemos. Debería haber hablado contigo antes, pero…
—Estabais herido y sé que habéis trabajado mucho para recuperar la fuerza. Sois un hombre muy ocupado, mi señor.
—Y, probablemente, lo seré más —Edward miró hacia el caftán blanco que había en un diván—. Si te das la vuelta, me pondré presentable.
Bella sonrió y se dio la vuelta.
—Os olvidáis de que os cuidé cuando estabais enfermo, mi señor.
—No me olvido de nada —replicó él—. Ya puedes darte la vuelta siquieres.
Ella se dio la vuelta y vio que él estaba anudándose un fajín rojo alrededor de la cintura. El rojo y el blanco eran los colores de él y ella los había elegido para vestirse esa noche. Bellaa se preguntó si lo habría hecho para mostrarle que podía hacer lo que quisiera con ella, pero él ya lo sabía.
—¿Por qué vais a tener más obligaciones?
—Carlisle le dijo a Jasper esta mañana que vamos a gobernar juntos. Jasper se marchó furioso del palacio. Carlisle se enojó, reunió a sus ministros y les comunicó que está demasiado enfermo para celebrar consejos, que yo asistiría en su lugar y que él me asesoraría mientras pudiera.
—Entiendo. Será una responsabilidad enorme, mi señor.
—La llevaré con orgullo, pero significa que me quedaré atado al palacio durante unos años. Tengo que intentar hacer las paces con Jasper y ayudarle a comprender lo que implica su cargo como califa. No soy libre para ir a donde quiera y eso también significa que la mujer que se case conmigo tendrá que estar preparada para quedarse aquí y vivir según nuestras normas.
El corazón de Harriet se desbocó. ¿Qué estaba diciéndole? Notó una opresión en el pecho que casi le impidió respirar.
—Quizá estuviera orgullosa y feliz de ser vuestra esposa, mi señor.
—Pero si estuviera acostumbrada a la libertad, si lamentara no poder montar a caballo cuando quisiera, si tuviera que estar vigilada siempre para que no la secuestraran… —los ojos de Edward eran tan elocuentes que a ella se le secó la garganta—. ¿Puede una mujer ser feliz si vive así, Bella? ¿Puede serlo una mujer inglesa con temperamento? ¿No llegaría a detestar esa vida y añorar su país? ¿No odiaría al hombre que la retiene prisionera?
—Dependería de lo que siente por ese hombre. Si lo amara, podría estar dispuesta a cambiar, a vivir como él, a entregar su vida a sus obligaciones y a los cambios.
—¿Cambios?
—Tendréis mucho poder. Hay cosas que podrían cambiarse para mejorar, podrían mejorarse las condiciones de los enfermos, de los esclavos y del harén.
—Sí, es posible, pero no podría hacer nada por el harén de Jasper y otros hombres tienen varias esposas. Es la tradición y no puede cambiarse. No tengo autoridad en el palacio del sultán, ni en las casas de los demás.
—Ningún hombre puede hacerlo todo —replicó Bella con una sonrisa— , pero un pequeño gesto puede poner en marcha una forma de pensar distinta. Una bellota puede convertirse en un roble imponente al cabo de los años.
—Una mariposa, al batir las alas, puede desencadenar una tormenta en el océano —confirmó Edward con una mirada significativa—. Hablas como una filósofa, Bella. ¿Has comido?
—No, no estaba segura… no tenía hambre.
—Entonces, te sentarás y comerás conmigo.
Dio unas palmadas, un sirviente apareció apresuradamente y Kasim le pidió que les llevara comida. El hombre pareció quedarse sorprendido, pero lo disimuló y desapareció para cumplir la orden.
—Mis sirvientes pensarán que me he vuelto loco. Un hombre no llama a su mujer para sólo comer con ella —le explicó Edward.
—No me habéis llamado. He venido voluntariamente, mi señor.
—Así es, Bella —él le indicó que se sentara en un diván que había junto al arco que daba al jardín—. Si no lo hubieras hecho, habría pedido que fueran a buscarte porque teníamos que hablar.
El sirviente volvió con una bandeja y la dejó en una mesa baja. Había fuentes con queso, pollo frío, pan, mantequilla y fruta. También había una jarra con zumo de fruta y unas copas venecianas con un refresco.
—Gracias, Roald —dijo él al sirviente—. Puedes retirarte… Espera, quiero preguntarte algo.
—Mi señor… —el sirviente miró la bandeja—. ¿He olvidado algo?
—No, amigo, todo está muy bien. Por favor, dile una cosa a la señora, ¿eres mi esclavo?
—No, mi señor. Me disteis la libertad cuando me comprasteis en el mercado de esclavos.
—¿Por qué estás a mi servicio? ¿Por qué no te marchas para buscar fortuna en otro sitio?
—Porque sois un buen patrón y el dinero que me pagáis sirve para dar de comer a mi familia.
—Gracias, Roald, no te necesitaré esta noche.
El hombre inclinó la cabeza, miró a Harriet y, descalzo, se alejó silenciosamente, como había aparecido.
—Todos mis sirvientes pueden marcharse si quieren, pero, si no, tienen que seguir las normas, como yo y como tú si te quedas.
—¿Si me quedo? —a Bella se le paró el pulso antes de acelerársele—. No entiendo, ¿estáis ofreciéndome la posibilidad de que mi familia pague un rescate?
—Nunca estarás en venta —contestó él con una mirada inescrutable—. Sin embargo, si quieres, puedo devolverte a tu familia.
—¿Por qué habéis tomado esa decisión? —le preguntó ella mirándolo.
—Llevo pensándolo desde que el califa te dejo a mi cargo. ¿Acaso no es lo que quieres, Bella? Me lo has pedido muchas veces y quizá hubiese sido más acertado que te hubiera hecho caso.
Bella había tomado un higo maduro, pero no hizo nada para comérselo.
—No estoy segura de entenderos, mi señor. ¿Queréis que os abandone? Me dijisteis que debía aprender a resignarme y a mostrar el debido respeto y ahora me ofrecéis la libertad.
—¿Te parece tan misterioso, Bella? —Kasim se levantó, le ofreció la mano para ayudarla a levantarse y se quedaron mirándose a los ojos—. ¿No sabes que te aprecio? ¿No sabes que te deseo?
Bella no pudo contestar. Negó con la cabeza sin poder articular palabra, con los labios ligeramente separados, los ojos muy abiertos y sin salir de su asombro cuando él la abrazó. El corazón quiso salírsele del pecho cuando él inclinó la cabeza para besarla en la boca. Fue un beso delicado al principio, mientras le recorría los labios, pero se hizo más ávido cuando ella los separó y las lenguas se entrelazaron. El abdomen le abrasó y Bella anheló algo que desconocía, la dulzura de sentirse unida a un hombre, a su hombre. Sólo él había despertado esa necesidad en ella, era una avidez delicada que hizo que separara los labios y suspirara. Cuando él la apartó para mirarla, ella tenía la respiración entrecortada y las sensaciones giraban en su cabeza.
—Si me deseabais, ¿por qué no…?
—¿Te había llamado antes? —él esbozó una sonrisa extraña—. He pasado muchas noches sin poder dormir por ti. Quería tenerte en mi cama, pero no era el momento adecuado. Cuando viniste aquí, me odiabas, y tenías motivos. Luchaste por tu prima como una leona por sus cachorros y te expusiste a un castigo atroz, incluso a la muerte. Pensé que Carlisle exigiría tu muerte, pero te perdonó.
—Sí… —Bella lo miró a los ojos—. Esme creía que había sido por ella, pero vos le hicisteis una promesa, os comprometisteis con él por mí, para salvarme la vida —Bella notó un vacío en el estómago y todo le dio vueltas por un instante—. ¿Por qué lo hicisteis, mi señor?
—Porque no podía permitir que murieras —contestó él acariciándole la mejilla—. Supe que había cometido un error inmenso en cuanto desapareciste dentro del harén. Te quería para mí, pero habría sido una crueldad separarte de tu prima. Me habrías odiado más todavía.
—Sí, es posible. Rosalie estaba aterrada. Se aferró a mí y lloró desde que nos capturaron. Cuando nos comprasteis, tuve la sensación de que no erais como los demás, pero mi prima tenía mucho miedo. Tenía que ayudarla a escapar.
—¿No tenías miedo de lo que pudiera pasarte a ti?
—En ese momento, sólo pensé en Rosaalie pero, aun así, en un momento dado supe que si os abandonaba, perdería algo que quizá no volviera a encontrar.
—¿De verdad, Bella? -Edward sonrió, le levantó la barbilla y la besó con delicadeza—. ¿Estás segura de que puedes atarte para siempre a un bárbaro y un salvaje? ¿Un hombre sin honor?
—No debería haberos dicho esas cosas… —ella se sonrojó y notó un destello burlón en los ojos de él—. Esos piratas… ¿cómo iba a saber que erais tan distinto?
—¿Cómo iba a saber yo que ese día había comprado un tesoro que no tiene precio? —susurró Edward —. Podría haberlos obligado fácilmente a que sólo me vendieran a tu prima. Seth dijo que eras un demonio y supe que causarías problemas en el harén.
—Me amenazasteis con abandonarme en Argel.
—Sí —Edward se rió ligeramente—. Incluso entonces supe que eras la mejor compra. Jjasper sólo se fijó en la belleza de tu prima, pero su padre reconoció la verdadera calidad. Me dijo que te convirtiera en mi esposa principal porque en el futuro me darías consejos juiciosos.
—Vuestra esposa… —Bella lo miró a los ojos—. ¿Me convertiréis en vuestra esposa principal?
—Si decides quedarte, serás mi única esposa —contestó Edward—. Hay muchas cosas que me parecen placenteras en esta vida y en la fe que he adoptado, pero prefiero no seguir otras. No tengo esclavos, ni tendré más de una esposa.
—Pero tuvisteis un harén.
—Sí, pero no compré a ninguna mujer. Me las regalaron y permití que se quedaran. Soy un hombre y algunas veces me entretenía como hacen los hombres, pero me deshice de ellas cuando supe que podía quedarme contigo.
—Sin embargo, me ofrecisteis la libertad…
—Te doy la elección, pero si eliges quedarte, me pertenecerás, serás la mujer que amo, mi esposa, y nunca permitiré que te marches, pero no serás una esclava. Serás todo lo libre que puedo ofrecerte que seas. No lo es tanto como me gustaría, pero tú eliges.
—Estoy segura de que sabéis la respuesta.
—Había pensado… esperado que quizá hubieses dejado de odiarme.
—Nunca os he odiado, sólo he odiado que aceptarais la injusticia de una cultura que permite que un hombre compre a otro ser humano.
—No puedo hacerlo desaparecer con una varita mágica, Bella. Puedo hacer pequeños cambios, pero nada más.
—Una mariposa bate las alas y una tormenta se desata en algún sitio del océano —Bella lo besó en los labios—. Te amo, Edward. Te pertenezco. Creo que sería desdichada toda la vida si te abandonara.
—Entonces, eres mía y nunca dejaré que te marches —Edward la estrechó posesivamente entre los brazos y con los ojos nublados por la pasión—. Nos casaremos, mi… —se oyó un ruido y él se volvió. El sirviente había vuelto—. Roald… no necesito nada más esta noche.
—Disculpadme, señor, el califa os reclama. Ha llegado la noticia de que un ejército de las tribus de las montañas se acerca al palacio con intención de atacarlo. Los jenízaros están preparándose y os necesitan. Edward dejó escapar una maldición entre dientes y la miró.
—Nuestro planes de boda tendrán que esperar hasta que vuelva —Edward captó la expresión del rostro de ella y sacudió la cabeza—. Un rayo no cae dos veces en el mismo sitio, mi amor. Te juro que volveré contigo —el sirviente se había quedado—. ¿Sí…?
—El príncipe ha vuelto con su esposa, señor. Insiste en que cabalgará con vos y nadie puede disuadirlo. El califa dice que tiene que aprender a emplear la cabeza en vez del corazón, pero no se lo ha impedido. El rostro de Edward se oscureció por la ira mientras el sirviente se retiraba.
—Jasper es un joven impetuoso y será un inconveniente más que una ayuda, pero si carlisle se lo ha permitido, no puedo hacer nada.
—Volveré a mis aposentos, mi señor —Bella levantó la cabeza y lo miró con angustia—. Por favor, prometedme que volveréis conmigo.
—Se hará la voluntad de Alá.
Edward se inclinó y la besó. Ella se aferró a él con deseo. Anhelaba que la hiciera suya, pero sabía que tenía que anteponer sus obligaciones y que pasaría muchas veces en el futuro.
—Sin embargo, nada me apartará de ti, mi amor —siguió él—. Volveré en cuanto hayamos vencido.
