—Carlisle se ha quedado con bastantes efectivos por si atacan el palacio — le contó Esme a la mañana siguiente, cuando Bella fue a visitarla—. Han salido patrullas para ver si hay señales del enemigo y la élite de los jenízaros interceptará a las tribus.
—Hasta los niños están comentándolo —replicó Bella—. Han oído decir que los hombres han salido a librar una batalla contra las tribus de las montañas. Algunos niños están emocionados, pero Lisbet ha llorado. Su madre se ha pasado toda la noche llorando y ella estaba asustada.
—Pobre Angeline. Le pediré que pase un tiempo conmigo. Sé que está un poco celosa de mí, pero ama a Carlisle y teme su reacción si le pasa algo a Jasper . El califa quiere mucho a su hijo.
—Naturalmente, sé que ama al príncipe, pero Jasper se empeñó en ir y el califa no pudo impedirlo.
—¿Qué dijo Efward? —le preguntó Esme.
—Que tendrá que proteger al príncipe…
Bella prefirió no decir nada más porque siempre había alguien escuchando.
—Edward es un capitán muy inteligente —le alabó Esme —. Encabezará a sus hombres contra el enemigo. Nosotras estaremos a salvo y él los derrotará y volverá victorioso.
—Edward resultó herido en la última escaramuza.
—Herido, pero no derrotado. Hay ataques de estos cada ciertos años. Hubo problemas justo antes de que llegaras, pero fueron poco importantes, aunque atacaron algunos poblados. El líder escapó la última vez, pero ésta lo traerán para que reciba su castigo.
Bella se estremeció al parecerle que algo frío y sombrío se cernía sobre ella.
—Ojalá no hubiera pasado. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que algo malo iba a resultar de todo eso.
—Deberíamos atacar por el desfiladero —propuso Jjasper—. El enemigo está acampado en el valle, al otro lado de las colinas. Si las rodeamos por el camino más fácil, se enterarán de que estamos acercándonos y perderemos el factor sorpresa.
—Si vamos por ahí, ellos podrían sorprendernos a nosotros —le rebatió Edward —. Esos desfiladeros son traicioneros. Son tan estrechos en algunos sitios que los hombres tienen que pasar en fila. El enemigo podría estar esperándonos y liquidarnos uno a uno con flechas o rocas. También podrían provocar una avalancha, cortarnos el paso y atacarnos por detrás. Es mejor tomar el camino más largo aunque sepan que estamos acercándonos. Estaremos mejor situados para defendernos.
Los ojos de Jasper brillaron por la rabia.
—He estudiado el arte de la guerra desde los cinco años y sé que la sorpresa es la mejor manera de ganar las batallas. Pienso llevar mi destacamento por el desfiladero. Ve por el otro sitio si quieres, pero llegaré antes que tú.
—Jasper… —Edward no siguió al ver un destello de ira en los ojos del joven—. Alteza, escuchadme, por favor. Vuestro padre no me perdonaría si os pasase algo. Vuestros hombres deben quedarse en la retaguardia…
—¡Maldito seas, Edward! No soy un niño. Alice se sentirá orgullosa cuando se entere de lo que he hecho. Me niego a que sigan tratándome como a un niño. Mi padre tiene que comprobar que soy un hombre.
Se alejó, llamó a sus hombres, se montó en su caballo de un salto, le clavó los talones en los flancos y salió disparado hacia el desfiladero haciendo un gesto para que sus hombres lo siguieran.
—¡Qué necio! —el capitán Suleiman miró a Edward—. ¿Qué hacemos? Vuestro plan era bueno, él puede llevamos al desastre.
—Lo que tenga que pasar, pasará —contestó Edward con los labios apretados—. Tenemos que seguirlo o dejar que muera. Es posible que la fortuna esté del lado de los valientes… —Edward se montó en su caballo e hizo una señal para que siguieran al príncipe hacia el desfiladero—. ¡Muerte al enemigo!
Edward espoleó su caballo para alcanzar a Jasper, pero el príncipe miró hacia atrás decidido a ser el primero en entrar en el estrecho desfiladero.
—¡Dejadme entrar primero, alteza!
Jasper no hizo caso y azuzó a su caballo para ir en cabeza. Kasim lo siguió al galope. El plan era un disparate, pero también era posible que el enemigo no los considerara tan necios como para intentarlo porque no hubo ninguna emboscada mientras recorrían la garganta pedregosa. Habían llegado casi al final cuando Edward oyó lo que más había temido. Avisó a Jasper , pero estaba demasiado adelantado o no quiso hacer caso del grito. Cuando las rocas empezaron a rodar por la ladera, Jasper acabó dándose cuenta del peligro. Miró hacia arriba y tiró violentamente de las riendas para intentar detener el enloquecido galope, pero era demasiado tarde. Era una lluvia de piedras enormes que atrapó al hombre y al caballo en una marea de barro y rocas.
Edward saltó del caballo y corrió hacia el lugar del desastre. Vio inmediatamente que el caballo estaba muerto, pero Jasper seguía vivo por algún milagro. Tenía los ojos cerrados y la cara y las manos cubiertas de sangre.
Una pierna estaba rota, los huesos le atravesaban la carne, pero respiraba. Abrió los ojos y sonrió cuando Edward se inclinó sobre él.
—Perdóname, tu consejo era sensato, como siempre, hermano… —susurró el príncipe antes de desmayarse.
—Necio, necio —se lamentó Edward con las mejillas empapadas por las lágrimas—. ¿Por qué no hiciste caso?
—Eras el hermano mayor. Todo el mundo habla de tu valor y autoridad. Jasper tenía que ser mejor.
Edward miró al hombre que había hablado con gesto serio y se inclinó para tomar a Jasper en brazos.
—Tenemos que vendarle las heridas y mandarlo con su padre. Tú encabeza su guardia personal. Los demás hombres vendrán conmigo.
—¿Vais a perseguirlos?
—Esto acabará con la muerte de ellos o la mía. No descansaré hasta que lo haya vengado.
El capitán Suleiman lo saludó.
—Le diré al califa que el príncipe no quiso seguir vuestro consejo, mi señor.
Edward asintió con la cabeza.
—Dile también que vengaré a su hijo y rezaré para que Alá sea misericordioso.
Edward le entregó al príncipe, se montó en su caballo y levantó el brazo derecho.
—Muerte al enemigo. El hombre que muera hoy vivirá en el paraíso.
Los vítores retumbaron en el desfiladero. Edward tenía el gesto serio cuando dio la vuelta con los jenízaros. No sorprenderían al enemigo, pero los hombres habían visto a su príncipe herido y su furia justiciera los llevaría a la victoria. Respetaban y apreciaban a Jasper y la ira se reflejaba en el rostro de todos los hombres. Edward no podía saber si el príncipe viviría o no, pero no volvería al palacio hasta que hubiera aplastado a las tribus. Ese día no tendría compasión.
Bella estaba con los niños cuando fueron a buscarla. Angeline la sustituiría y ella tenía que ir inmediatamente a los aposentos de Esme. No le dijeron nada más, pero la expresión de la mujer le indicó claramente que algo grave estaba pasando. Vio la misma expresión en los rostros de las sirvientas y eunucos que se encontró por el camino. El corazón le latía a toda velocidad y se sentía casi enferma cuando entró en los aposentos de Esme. Supo instintivamente que había pasado algo. Un grupo de sirvientes y el anciano médico estaban junto a su cama. Los sirvientes se separaron para dejarle paso y Katrina se acercó a ella.
—Han herido al príncipe. Cuando me lo dijeron, pedí que lo trajeran aquí para que pudieras atenderlo. No habría sido adecuado que tú hubieses ido a sus aposentos.
Jasper estaba tumbado con los ojos cerrados. Ella pudo ver los cortes y moratones en la cara y una pierna estaba torcida con un ángulo muy raro, como si estuviera rota. Tenía la cabeza y el pecho vendado y la venda del pecho estaba manchada de sangre.
—Está vivo —le comunicó el doctor Alí—. La respiración es débil, pero puede hablar y os ha llamado, mi señora.
Bella se inclinó sobre el joven príncipe y le tocó la frente. Tenía frío y supo que el dolor tenía que ser espantoso porque las heridas eran graves y abundantes. Él abrió los ojos y le sonrió.
—Encabecé la carga, pero nos tiraron rocas para bloquear el paso… —se atragantó y los labios se le mancharon con sangre—. Dile a mi padre que no fue culpa de Edward. Me previno del desfiladero y me dijo que fuéramos por el camino más largo… yo no le hice caso.
—Jasper … —le cayeron unas lágrimas en la cara del príncipe—. Se lo diré.
—Quería que mi padre viera que soy tan fuerte y valiente como Edward… —dejó escapar un ligero lamento.
Bella le enjugó la frente y miró al médico.
—Le duele mucho, ¿no hay algo?
—Puedo aliviarle el dolor —contestó el médico—, pero no me deja. Quiere hablar con su padre.
—¿Han ido a buscar al califa?
—Si, pero está rezando y nadie se atreve a molestarlo.
—Hay que decírselo inmediatamente —Bella miró a Esme—. Tienes que ir. Tiene que venir inmediatamente.
—A Carlisle no le gusta que le molesten cuando está meditando.
—Dime dónde está e iré yo.
—Se te necesita aquí. Iré.
Bella volvió con el príncipe. Estaba temblando, tenía convulsiones y la expresión del médico le indicó que era grave. Se inclinó y le secó la frente febril. Él dejó escapar un ligero grito y le agarró la mano. Bella lo sujetó con fuerza mientras le acariciaba la frente.
—Pronto te sentirás mejor —le tranquilizó ella—. Tu padre vendrá y el doctor Alí te dará algo para aliviar el dolor.
—Dile a mi padre que morí bien…
—No, Jasper -Bella tragó saliva—. No vas a morir. Tienes que ponerte bien por tu esposa y tu padre. Te quieren mucho. Edward te quiere.
—Edward te quiere a ti —Jasper le sonrió—. Eres como mi madre. Edward es afortunado.
Se atragantó y un hilillo de sangre le cayó por la comisura de los labios.
—No… —Bella dejó escapar un sollozo—. No…
—Ha muerto con valor. Ha muerto como un hombre. Irá al paraíso.
Bella levantó la mirada y vio al califa. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Qué había oído? No se había dado cuenta de que había entrado en la habitación. Se apartó y dejó que él ocupara su sitio. Esme la llamó y salieron a la estancia que comunicaba con el jardín.
—Carlisle querrá llorar su muerte solo.
—Claro, tenemos que dejarlos juntos. Es una tragedia espantosa.
—Carlisle amaba a Jasper . Se culpará por haberlo dejado luchar.
—Sí, me lo imagino. La insistencia de Carlisle para que Edward gobernara con Jasper había hecho que el joven príncipe se empeñara en ir a luchar. El padre se sentiría culpable y eso multiplicaría por cien el peso del dolor.
Bella volvió sola a sus aposentos. No podía hacer nada más. En el palacio reinaba un silencio aterrador. Todo el mundo sabía que el príncipe había muerto y que el califa estaba llorando su muerte. Bella sabía que Edward no era uno de los que había escoltado al príncipe hasta el palacio. Pasó la noche en los aposentos de él rezando para que volviera sano y salvo, pero no volvió. Por la mañana, fue a ver a Esme y le preguntó sí había alguna noticia.
—¿Has hablado con el califa desde anoche?
Esme negó con la cabeza.
—Ha llevado a Jasper a sus aposentos y está velando su cuerpo. No hablará con nadie. Está esperando que vuelva Edward .
—¿No ha vuelto? —Bella había pensado que quizá estuviese demasiado ocupado con el califa y no hubiera podido llamarla—. ¿Has oído algo desde que los hombres trajeron a Jasper?
—Edward llevó a los hombres a luchar contra las tribus que provocaron la avalancha —contestó Esme —. Les dijo que tenían que vengar al príncipe o morir en el intento. Dicen que su furia era aterradora.
—Quería mucho a Jasper.
Bella sintió un nudo en la garganta. No podía imaginarse lo que estaría sintiendo Edward en ese momento. Había dicho que el príncipe era un joven impetuoso, pero lo quería como a un hermano y se reprocharía lo que había pasado.
—Se vengará de quienes lo han hecho —aseguró Esme con un tono que llamó la atención de Bella.
—Estás preocupada por algo. ¿Quieres contármelo? —le preguntó Bella.
—Creo… —Esme sacudió la cabeza—. No, no estoy segura. Sin embargo, Jamail me dijo que si yo no hacia algo…
—¿Crees que tu hermano puede estar entre quienes provocaron la avalancha? —Bella captó el miedo en sus ojos—. No lo creo. Ya sé que él pensaba que tu hijo tenía que ser el heredero en vez de Jasper, pero…
Bella consiguió contener las palabras que había estado a punto de pronunciar. Era evidente que Esme no sabía lo que había decidido el califa.
—Mi padre fue un buen caudillo de la tribu, pero cuando murió y mi hermano ocupó su lugar, declaró la guerra a otras tribus. Creo que ha estado detrás de los recientes alzamientos. Está celoso del poder que tiene Carlisle . Mi marido no está bien, Bella. Si muriera y mi hijo fuera el heredero, Jamail se adueñaría de todo esto porque podría darme órdenes y nadie podría impedírselo.
—Yo lo haría.
Las dos mujeres se dieron la vuelta al oír la voz de Edward.
Bellan dejó escapar un grito de alegría y fue a dirigirse hacia él, pero la expresión de su rostro la detuvo. Parecía enojado, con una mirada fría y desolada. A ella se le encogió el corazón.
—¿Desde cuándo sabéis que vuestro hermano ha conspirado para traicionar al hijo del califa, señora? —preguntó Edward.
Esme se quedó pálida. Abrió los ojos por el miedo y sus manos se crisparon en los costados.
—Yo no sé nada. Él dijo… Le conté a Bella que quería que convenciera a Carlisle para que nombrara heredero a mi hijo, pero me negué. Yo… yo tenía miedo de él, pero cuando Bella entró, se marchó y no ha vuelto.
—¿Sabías lo que tramaba y no te pareció conveniente decírmelo?
Edward miró a Bella con unos ojos tan gélidos que ella se estremeció.
—No podía deciros nada —contestó Bella . Aun así, al decirlo se acordó de que había captado algo amenazante en Jamail.
—Si alguna de las dos me lo hubiera contado, quizá se hubiera podido evitar esta tragedia —miró a una y después a la otra—. Hemos luchado contra las tribus y las hemos derrotado, pero el cabecilla escapó. No sabíamos a quién buscar, pero ahora creo que sabemos dónde encontrar al hombre que asesinó al príncipe Jasper . Lo capturaremos y castigaremos —Edward miró a Esme con desprecio—. Habéis traicionado a vuestro marido… En cuanto a ti, Bella , me ocuparé de ti más tarde. Las dos quedáis confinadas en vuestros aposentos. No podréis visitaros. No tendréis privilegio alguno hasta que este asunto haya terminado.
—Edward, Esme es mi amiga. No quiso perjudicar a nadie.
—Haz lo que te he dicho, Bella —los ojos de Edward dejaron escapar un destello de ira—. Vete a tus aposentos y quédate allí hasta que te llame.
Bella levantó la cabeza, se acercó a Esme y la abrazó.
—No temas, amiga, sé que eres inocente.
Miró a Edward con desdén, se dio la vuelta y salió lentamente de la habitación. Evidentemente, Edward estaba sufriendo mucho, pero no debería culpar a Esme de lo que había pasado. Ella no podía dominar a su hermano y Jasper se había buscado su propio destino; si hubiera hecho caso a Edward , no habría caído en esa trampa.
Bella contuvo las lágrimas, no iba a llorar. El hombre que amaba parecía haberse esfumado y su sitio lo había ocupado un desconocido de mirada despiadada.
—Eres un gran guerrero y estoy en deuda contigo —Carlisle invitó a Edwarda que se sentara con él en sus aposentos privados—. Sé que Jasper no hizo caso de tus advertencias para que no atacara por el desfiladero y te eximo de toda culpa. Debería haberle prohibido que fuera contigo, pero lo habría deshonrado. Estaba dispuesto a demostrar su valía y no habría podido retenerlo contra su voluntad toda la vida.
—Su muerte me duele tanto como a vos, mi señor. Sé que es una pérdida espantosa.
Carlisle agitó una mano como si quisiera quitarle importancia, pero un músculo se crispó levemente en su sien.
—Tengo más hijos, aunque no quiero a ninguno como quería a Jasper. Ninguna de mis esposas me ha dado un hijo varón, aunque tengo muchos de las mujeres del harén. No quiero que ninguno sea mi heredero, si bien Abdulla es un hijo bueno y devoto. Sólo tiene dieciséis años, pero creo que va a tomar el sendero de la religión -Carlisle suspiró—. Jasper era el heredero que había elegido.
—Era el hijo de Anna, vuestra primera esposa —comentó Edward con tono pensativo—. Hubo otro hijo, un hijo que os arrebataron cuando era un bebé. Jasper me lo contó una vez y sé que os apena.
—Fue culpa mía. Me empeñé en llevarlo a visitar a mi primo y lo secuestraron allí. Anna nunca me perdonó su pérdida y yo me culpé a mí mismo.
—¿Lo habéis buscado?
—Mandé hombres para que lo buscaran, pero mes tras mes volvían sin haber encontrado su rastro -Carlisle entrecerró los ojos—. ¿Por qué lo preguntas?
—No he dicho nada porque no tenía la certeza, pero uno de los prisioneros intentó salvar la vida diciendo que podía revelar el paradero de vuestro hijo perdido. Juró que lo habían vendido como esclavo. Carlisle se inclinó hacía delante con una mirada atenta y ávida.
—Si tiene esa información, lo perdonaré.
—Hay un niño al que conocí en la subasta de esclavos donde compré a Bella y a su prima. Al principio no estuve seguro, pero noté el parecido inmediatamente, aunque no me atreví a hablar.
—¿Pensaste que Jasper podría detestar a otro rival?
—No puedo estar seguro de que ese niño sea vuestro hijo, pero podéis juzgarlo vos mismo.
—Tráemelo. Lo veré.
Edward inclinó la cabeza, fue hasta la puerta y dio una orden al eunuco que estaba fuera. Luego, volvió junto al califa.
—Hay un asunto relativo al cabecilla de los rebeldes que quiero tratar con vos.
—Creí que dijiste que había escapado.
—Sí, pero creo que sé dónde puedo encontrarlo.
—Encontrarlo y matarlo.
—¿Sea quien sea?
—Aunque sea uno de mis hijos o mi primo. Lo quiero muerto —las manos del califa temblaron por la emoción.
—Obedeceré vuestro deseo, mi señor.
—Pienso comunicar que ahora tienes el poder absoluto —le dijo el califa— . Mañana será día de luto y después me retiraré de todos los asuntos de gobierno. El poder estará en tus manos. Si necesitas consejo… No terminó la frase porque se abrió la puerta y un niño entró.
—¿Me habéis llamado, mi señor? —preguntó Seth con nerviosismo por estar ante el califa—. ¿Os he disgustado?
—No, seth,, no me has disgustado —contó Edward—. Acércate, por favor, para que el califa pueda verte.
Seth se acercó con cierto miedo. El califa extendió la mano para que se acercara más.
—Déjame que te vea.
Seth se acercó más. El califa se inclinó hacia delante, lo agarró del brazo y lo miró a la cara. Lo miró fijamente un buen rato, luego, miró a Edward y las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas.
—Es el hijo de Anna —confirmó con la voz áspera por la emoción—. Es el hermano de Jasper.
—No entiendo, señor —replicó seth mirando fijamente a Edward—. Soy el hijo de una esclava.
—No, ella no era tu madre. Los hombres de una tribu te arrebataron de tu padre cuando eras un bebé —le aclaró Edward —. Pensaron matarte, pero una mujer esclava te escondió y te adoptó como propio. A ella la vendieron más tarde a un amo nuevo y os llevaron a Argel, donde volvieron a venderos. Cuando compraron a tu madre en la subasta, el propietario nuevo no te quería y la esposa del vendedor de esclavos se quedó contigo. Sospeché la verdad en cuanto te vi, pero no pude tener la certeza hasta hace poco. Eres el hijo del califa y él te dirá cuál es tu futuro.
—Siéntate a mi lado —le pidió Carlisle con una mirada rebosante de cariño—. Me visitarás todos los días, pero también tendrás unos tutores que te enseñarán todo lo que tienes que saber. Algún día, serás califa, pero, hasta entonces, Edward será tu superior y tienes que jurar obedecerlo y ser leal a él. Cuando él crea que eres suficientemente mayor y juicioso, te entregará el mando. ¿Lo aceptas en juramento?
Seth miró a Edward y asintió con la cabeza.
—Edward ha sido como un padre para mí. Nadie, salvo mi señor, me ha tratado con amabilidad. Siempre lo honraré y obedeceré. Lo juro por mi vida.
—Entonces, te reconozco como mi hijo desaparecido y encontrado. Cuando hayan pasado dos semanas de luto por el príncipe Jasper , lo celebraremos.
Edward recibirá al manto de caudillo de mis manos y tú serás mi hijo y su pupilo —Carlisle se llevó la mano al pecho y cerró los ojos un momento—. Seth puede quedarse un rato conmigo si quiere. Mi buen amigo, sé que tienes que hacer muchas cosas. Hay que honrar a Jasper como a sus antepasados… y queda el asunto de los castigos.
—Sí, mi señor, me ocuparé inmediatamente i—Edward se arrodilló y sonrió a Seth —. Cuida a tu padre. No está bien y tiene que descansar.
—Sí, mi señor.
Edward se marchó y fue hacia el cuerpo de guardia con el ceño fruncido. No le había dicho a Carlisle que el hermano de Esme estaba implicado en el asesinato del príncipe, pero cuando hubiera hecho prisionero a Jamail ben Rachid, se enteraría de la verdad. Bella estaba enfadada porque se había dirigido con mucha frialdad a Esme, pero no entendía que había muchas conspiraciones contra el califa y sus hijos. Esme se debía a su marido. Si sospechaba que su hermano estaba conspirando contra Carlisle , tenía que habérselo dicho. Si lo hubiera hecho, no le habría reprochado nada, pero… Jamail ya estaba condenado a muerte cuando lo capturaran, sin embargo ¿cuál sería la sentencia del califa para su esposa?
Esme era su favorita y Edward esperó que eso fuese suficiente para librarla del castigo. Por el momento, no diría nada, pero cuando Carlisle se enterara de que su hermano había provocado la avalancha, su ira no tendría límites.
Edward se había enfurecido cuando oyó a Esme y Bella hablando de la conspiración que había significado la espantosa muerte del príncipe. Había reprochado a Bella que no le hubiera contado lo que vio aquel día, pero ella no sabía lo importante que era sofocar la más mínima chispa de rebelión antes de que desencadenara un incendio incontrolable.
Bella no podía sosegarse. No podía leer ni bordar y le habían prohibido dar clase a los niños o visitar a su amiga. Edward se había enfurecido mucho con Esme y con ella. Era injusto que culpara a la esposa del califa de que su hermano estuviera implicado en la rebelión. Deseó haberle comentado su inquietud en su momento, pero habían pasado tantas cosas que le pareció secundario. Esme no apreciaba a su hermano, incluso le tenía miedo.
No estaría bien que la castigaran por algo que había hecho Jamail sin el conocimiento o consentimiento de ella.
Bella sintió un escalofrío al acordarse de la mirada desolada que vio en los ojos de Edward cuando las sorprendió hablando. Le pareció un desconocido a quien no le importaba que ella no lo conociera. ¿Qué había pasado para que hubiera cambiado de esa manera? ¿Acaso no lo conocía de verdad?
Se había enamorado de él lentamente al creer que era un hombre justo a pesar de su aspecto severo y su empeño en cumplir la palabra que había dado al califa. Él le había dicho que no le gustaban algunas cosas de la vida que había elegido y le había ofrecido la libertad. Sin embargo, cuando la había mandado a sus aposentos, se había comportado como si ella fuera su esclava. Le había ordenado que no saliera de allí hasta que la llamara y la había privado de sus privilegios, como a Esme . No tenía derecho a tratarla con tanta rudeza. Ni Esme ni ella eran responsables de lo que le había pasado a Jasper. Si Jasper no se hubiera empeñado en hacer las cosas a su manera, habría podido volver al palacio como integrante del ejército que Jasper había llevado a la victoria una vez más.
¿Por qué iba a quedarse allí? No era una esclava y no iba a portarse como si lo fuera. Impulsada por un arrebato de rebeldía, fue hasta la puerta que daba al palacio y la abrió. No había nadie de guardia. Evidentemente, Edward había creído que le obedecería con sumisión. Se había equivocado. Él le había dicho que, como su esposa, podría moverse por donde quisiera dentro del palacio. No podía echarse atrás y confinarla en sus aposentos.
La furia y la rebeldía la llevaron a los aposentos de Esme . Sin embargo, cuando el eunuco le abrió la puerta, no encontró a su amiga por ningún lado. ¿La habría llamado su marido? Bella se preguntó si Edward le habría contado al califa lo que sospechaba. ¿Estarían castigando a Esme ?
Bella, inquieta y dispuesta a saber la verdad, salió al jardín que comunicaba con el harén del califa. Pensaba preguntarle a Mellina sí sabía qué estaba pasando, pero se detuvo al ver que la puerta por donde se escapó Rosaalie estaba abierta de par en par. Fue a investigar llevada por la curiosidad. Vio unas herramientas de jardinería tiradas junto a la puerta, pero no había ni rastro del eunuco que tenía que estar allí de guardia.
Miró al otro lado de la puerta con el corazón acelerado. No vio a nadie, ni nadie la llamó. Bella vaciló, pero salió. Se tapó la cabeza y la cara con el pañuelo. Avanzó vacilantemente por un sendero y llegó a un patio. Miró alrededor convencida de que alguien le daría el alto, pero no había nadie. Siguió por distintos patios y jardines y llegó al sitio donde se celebraron los festejos. Vio las puertas que atravesaron Rosalie y ella la noche que llegaron al palacio acompañadas por el príncipe Jasper . Solían estar cerradas y vigiladas, pero, por algún misterioso motivo, también estaban abiertas.
Volvió a mirar alrededor y vio un tumulto. Parecía como si hubieran llevado a unos prisioneros. Se estremeció al darse cuenta de que iban a castigarlos. Había dos atados a unos postes de madera y un eunuco enorme con un látigo estaba delante de ellos. Sus ojos aterrados asimilaron la escena y se dio cuenta de que el hombre al mando era Edward . Sintió un nudo de espanto en la garganta cuando él dio la orden y vio que el eunuco los azotaba sin piedad.
—¡No! ¡Es de bárbaros!
Edward se dio la vuelta y la vio. Su sorpresa dio paso inmediatamente a la furia y se dirigió hacia ella con una expresión gélida e inescrutable. La agarró de la muñeca y empezó a llevarla hacia el palacio. El castigo continuó detrás de ella. Se tapó la boca con la mano que le quedaba libre y los ojos se le empañaron de lágrimas. Edward no la soltó mientras la arrastraba hacia el palacio en silencio. No la miró hasta que llegaron a sus aposentos.
—¿Cómo te atreves? —le preguntó con rabia—. No volverás a hacer algo así. ¿Me has oído?
Bella levantó la cabeza y lo miró desafiantemente.
—Creí que erais distinto. Creí que los demás os importaban, pero sois tan cruel como el califa.
—Cállate, Bella . Si dices una palabra más, tendré que castigarte.
—¿Qué me haríais? ¿Me dejaríais en el calabozo sin comida ni agua o me azotaríais como a esos desdichados?
—Esos desdichados, como tú los llamas, son algunos de los rebeldes. Los están castigando como se merecen —Edward la miró con ira—. ¿Qué hacías allí?
—Fui a buscar a Esme, pero no estaba en sus aposentos. La puerta del jardín del harén estaba abierta. Llegué hasta ese sitio.
—¿Intentabas escapar?
—¿Qué pasaría si lo hubiera hecho? —contestó ella con rabia—. ¿Me azotaríais? ¿Me condenaríais a muerte? ¿Me venderíais a otro señor?
—No seas ridícula. Sabes que nunca sería tan despiadado contigo.
—¿Por qué? Sólo soy una esclava más en el palacio. Me habéis prohibido ver a Esme y nos habéis amenazado.
—Debiste haberme contado lo que viste y oíste, Bellla. Si Jamail es el responsable, y estoy seguro de que lo es, lo capturaremos y castigaremos.
—Lo azotaréis como a esos hombres… —Bella captó la expresión de sus ojos—. No, lo ejecutaréis. ¿Cómo podrás hacerlo, Edward? Creí que querías que las cosas fuesen distintas cuando fueras califa.
—Me nombrarán muy pronto. Carlisle ya no quiere acarrear el peso del gobierno. Tengo que administrar justicia. Los hombres que viste azotar son afortunados. Podría haberlos condenado a muerte. Fui compasivo.
—¿Compasivo…? —Bella lo miró con desprecio—. No eres el hombre que creía que eras. Creí que te amaba, pero no te conocía.
—Entonces, es una suerte que lo hayas descubierto a tiempo. Te quedarás aquí y esta vez hablo en serio. Cuando tenga tiempo, hablaremos de lo que va a pasar contigo.
—No soy una esclava. No se me tratará como a tal.
—Estás comportándote como una niña mimada —le avisó Edward—. Como te niegas a obedecerme y no quieres quedarte donde estarás a salvo, pondré una guardia en la puerta. No podrás salir de tus aposentos hasta que yo lo diga. Es por tu bien, Bella. Si me hubieras obedecido, no habrías presenciado los azotes.
—Podría haberme escapado —replicó ella mirándolo con furia—. Eres como todos los demás, te odio.
Edward la miró fijamente e inclinó la cabeza.
—Te dejaré para que reflexiones, Bella . Has tomado una decisión.
Edward se dio la vuelta y se marchó. Ella se estremeció por el escalofrío que sintió por toda la espina dorsal ¿Qué había querido decir?
Ya estamos en los últimos capítulos de esta historia.
