-Me envían a buscaros, señora.

Bella levantó la mirada de la costura. Durante dos semanas sólo había visto a sus chicas y habían estado abatidas. El palacio estaba de luto por el príncipe y el ambiente de decaimiento se había extendido por todas partes.

—¿Me llama mi señor? ¿Tengo que ir a sus aposentos?

—No mi señora. Tenéis que acompañar a la señora Esme en la celebración de la victoria. Ha terminado el luto y el califa quiere anunciar algo.

—Entiendo —Bella suspiró—. Creo que no quiero asistir, me duele la cabeza.

—El señor Edward ha dicho que tenéis que acompañarme. Tengo que vestiros y llevaros al patio queráis o no. Preferiría no obligaros, mi señora, pero tengo que obedecer.

Bella la miró fijamente. Mellina era muy capaz de emplear la fuerza. Edward la había prevenido. Ella dejó la costura y se levantó a regañadientes.

—Muy bien, me lavaré y vestiré. No hace falta que me intimides, Mellina, sé cuándo me han vencido.

—El señor Edward ha estado muy ocupado, mi señora. Tiene muchas responsabilidades. Todo el mundo dice que será un califa grande y compasivo y somos afortunados de que vaya a ocupar el puesto de Carlisle.

—Si, entiendo que tiene que ser una gran responsabilidad —como de costumbre, todo el mundo sabía lo que estaba pasando aunque el califa no lo hubiera comunicado—. Sé que Edward ha estado ocupado. No lo he visto desde hace dos semanas.

—No deberíais haberos entrometido, mi señora. Cualquier otro hombre os habría azotado por desobedecerle. Vuestro señor fue indulgente. Deberíais estar agradecida.

Bella no replicó. Sabía muy bien que no debería haber visto los azotes ni protestado por lo que ocurría. Le pareció un castigo bárbaro, aunque también supo que si el califa hubiese seguido al mando, podrían haber matado a esos hombres.

—¿Han capturado al cabecilla de la rebelión?

—No puedo decíroslo, mi señora. Prefiero no hablar de las cosas que no son de mi incumbencia.

—Muy bien.

Bella se alejó y se lavó y vistió pensativamente. Sabía que Edward había sido compasivo con ella. Había castigado a aquellos hombres porque tenía que hacerlo si quería dominar a las tribus de las montañas. Si hubiera permitido que no los castigaran, se habrían reído de él y lo habrían considerado débil. Eso habría llevado a otra rebelión. Sin embargo, no podía acostumbrarse a esa lucha permanente y al dolor y la muerte que causaba. No sabía cuál era la solución y se temía que no hubiera ninguna. Las tribus eran feroces y orgullosas y cuando se empezaba un conflicto, seguía de padres a hijos. Carlisle había esperado zanjarlo cuando se casó con Esme, pero su hermano la consideraba un medio para alcanzar un fin; quería ocupar el lugar del califa. Si se le permitía vivir, conspiraría contra Edward y todo aquél que se pusiera en su camino.

Mellina le había llevado una preciosa túnica blanca bordada en oro y un fajín rojo. Bella lo miró fijamente. A Kasim le gustaba el blanco y el rojo. Si usaba sus colores, podría pensar que se había arrepentido. Dudó y eligió una túnica azul turquesa con un fajín dorado. También eligió un pañuelo blanco y dorado para cubrirse la cabeza.

Mellina la miró cuando salió completamente vestida, pero no dijo nada aunque hizo un gesto de censura y fue por delante de Bella mientras salían de sus aposentos. El eunuco que había vigilado la puerta desde que cayó en desgracia ya no estaba allí y eso podía significar que ya no estaba castigada.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella al cabo de un rato—. No es el camino a los aposentos de la señora Esme.

—Está esperándoos con otras señoras en el patio. Ya no es la esposa favorita del califa. Ha vuelto al harén.

—¿Esme también ha caído en desgracia?

—No exactamente —Mellina sacudió la cabeza—. No me corresponde decíroslo, mi señora. Todo se aclarará enseguida.

—Carlisle es injusto. Ella no ha hecho nada malo.

—Habláis precipitadamente, mi señora. No sabéis de lo que habláis.

Bella volvió a sentir un arrebato de ira. Había tenido tiempo para arrepentirse de su pelea con Edward porque era verdad que no debería haber estado allí para ver los azotes y en el fondo de su corazón sabía que tenía que haber disciplina. Vio un pequeño grupo de mujeres que la esperaba. En vez de las risas habituales, parecían abatidas y nerviosas, como si temieran lo que iba a pasarles.

—Esme, ¿te pasa algo? —le preguntó Bella cuando se acercó a ella—. ¿Por qué te han devuelto al harén?

—Carlisle se enfureció porque capturaron a mi hermano. Confesó su culpa y no pidió compasión.

—¿Qué pasó?

—Carlisle lo condenó a muerte, pero yo le supliqué compasión y… el señor Edward ordenó que lo mandaran a galeras durante cinco años. Carlisle dijo que mi hermano había creído que podría gobernar mediante mi hijo porque me había favorecido más que a las demás. Angeline ha ocupado mi puesto y él está pensando qué hacer conmigo.

—Esme… —susurró Bella —. Tiene que saber que no tienes nada que ver con la conspiración de tu hermano.

—Edward me pidió que le dijera todo y yo se lo conté. Carlisle dijo que no me castigaría, pero que tampoco favorecería a mi hijo más que a los demás. Seth es hijo de Anna. Hoy lo aceptará delante de todo el mundo e investirá a Edward con el manto de califa. Carlisle se retirará, quizá, a un palacio, a otro palacio más cerca de la capital. Quiere que lo dejen en paz para morir… — Esme dejó escapar un ligero sollozo—. No me importa no ser ya la favorita, pero me gustaría que me llevara con él. Lo amo y me quedaría con él hasta el final.

—Quizá sea comprensivo. Tiene que saber que no conspiraste contra él.

—Él dice que mi hermano se habría servido de Ahmed y de mí para reclamar el poder. Me gustaría no haber tenido ese hijo. Si hubiera sido una hija, Jamail no habría conspirado para hacerse con el poder mediante ella.

—No te culpes… —Bella le apretó la mano—. A lo mejor, después del día de hoy, el califa puede ceder y llevarte con él cuando se retire.

Esme esbozó una sonrisa forzada. Las mujeres estaban dirigiéndose hacia el patio, donde habían instalado unos toldos para protegerlas del sol. Bella miró hacia donde estaba sentado el califa y vio al niño que conoció en la subasta de esclavos. Era una historia muy rara. Se lo habían arrebatado al califa cuando era un bebé y lo había recuperado más de diez años después. También vio a Edward sentado a la derecha del califa y se le encogió el corazón. Cuando él la miró, ella intentó sonreír, pero tenía los labios paralizados. La observó detenidamente y frunció el ceño al comprobar que sus ropajes eran de color turquesa y que no eran los blancos que él le había mandado.

Ella sintió una punzada de arrepentimiento por haberle desobedecido. Había sido una descortesía y deseó no haberlo hecho, pero ya era tarde para lamentarlo.

Las mujeres tomaron asiento. Se celebraron las exhibiciones de baile, música y distintos tipos de destreza y valor como la otra los jenízaros y exhibieron su osadía al montar a pelo, sin riendas y poniéndose de pie sobre los caballos.

Después de los vítores, el califa se levantó y se hizo el silencio. Al parecer, no iba a haber lucha libre. Bella se dio cuenta de que estaba un poco delicado y comprendió que el festejo fuese más corto que lo habitual. Él levantó la mano y todo el mundo contuvo el aliento.

—Querido pueblo y amigos —empezó Carlisle —, hemos llorado al príncipe que ya está entre sus antepasados y en brazos de Dios. Vivirá en el paraíso. Había esperado que gobernara con el consejo del señor Edward como hermano suyo y califa también, pero me lo han arrebatado —hizo una pausa con el rostro pálido por el dolor—. He perdido un hijo, pero he recuperado otro que había perdido hacía muchos años. Edward, mi amigo e hijo adoptivo, lo encontró y me lo ha devuelto. Un día será vuestro califa, pero el señor Edward será vuestro califa hasta que mi hijo sea suficientemente mayor y juicioso. Lo he elegido como heredero y tendrá el mando absoluto a partir de hoy. Yo me retiraré a rezar durante mis últimos días. Os pido que seáis leales a vuestro señor Edward.

Se hizo un silencio, hasta que los jenízaros estallaron en gritos de alegría y los demás empezaron a acompañarlos poco a poco. El califa sonrió y se sentó. A Bella le pareció que había temblado un poco, como si se hubiera quedado casi sin fuerzas. Le pareció que las dos semanas anteriores y la tristeza lo habían envejecido y estaba claramente enfermo. Edward se levantó y empezaron a aclamarlo. Los jenízaros estaban encantados de que uno de los suyos fuese califa y Bella se dio cuenta de lo querido que era. Él levantó la mano y se hizo el silencio. También lo respetaban.

—Amigos, la confianza del califa me honra y haré todo lo que pueda para gobernaros con justicia y prudencia. Mi señor Carlisle ha sido mi amigo y mi…

No pudo terminar porque un hombre surgió entre el público y se dirigió hacia el estrado. Se oyó una exclamación de espanto cuando se pudo ver el cuchillo que llevaba en la mano y sus intenciones fueron evidentes.

—¡No, Jamail! —gritó Esme mientras se levantaba y empezaba a correr hacia él—. No lo hagas.

—Esme…

Bella se dio cuenta de que pensaba abalanzarse sobre su hermano para que no llevara a cabo sus intenciones asesinas. Fue como una pesadilla lenta y agónica. Jamail levantó el brazo y clavó el cuchillo en el pecho de su hermana. Ella se levantó inmediatamente y corrió hacia su amiga.

—¡No, Bella ! Oyó el grito angustiado de Esme , pero ya la había alcanzado.

Esme estaba de rodillas y tenía una mano en el hombro. La hoja del cuchillo se había desviado por las joyas que llevaba y le había cortado el hombro, que sangraba abundantemente.

—Esme… —Bella se arrodilló a su lado, se quitó el pañuelo que le cubría la cabeza y lo presionó contra la herida—. No te pasará nada. Sólo es un corte…

Notó una mano de hierro en el brazo que la levantó implacablemente. Miró fijamente a los ojos enloquecidos del prisionero que había escapado y Bella contuvo el aliento para rezar. Tenía que permanecer serena porque Jamail estaba fuera de sí. Al menos, tenía que intentarlo.

—Si me matas, también morirás —le advirtió con más tranquilidad de la que sentía—. El califa ha sido compasivo, pero…

—Cállate, mujer de Satán —le espetó Jamail—. Es posible que hayas hechizado a Edeard, pero no me hechizarás a mí.

—Suéltala —la voz de Edward retumbó en todo el patio—. Suéltala, Jamail, enfréntate a mí como un hombre.

—¿Por qué iba a hacerlo? Me matarás, pero antes veras morir a tu mujer.

—Te prometo una cosa —siguió Edward —. Enfréntate a mí en un combate y si ganas, cumplirás tus deseos. Si me matas, serás el califa.

—No… —pidió Bella. Sin embargo, la arrojaron con tanta violencia que cayó de rodillas. Mellina fue y se la llevó mientras otras dos mujeres sujetaban a Esme y le llevaban apresuradamente dentro del palacio.

—Tengo que quedarme —insistió Bella —. Tengo que ver luchar a mi señor. Tengo que estar aquí si me necesita.

Uno de los jenízaros había arrojado un escudo y una espada a Edward. Edward dio una orden y también arrojaron un escudo y una espada para que los recogiera Jamail. Edward se había quitado la túnica y los músculos se pusieron en tensión debajo de la piel dorada. Desnudo hasta la cintura, sólo con las calzas y las botas, tomó el escudo con la mano izquierda y la espada larga y curva con la derecha.

Jamail también había recogido sus armas y se volvió hacia Edward con un destello en los ojos. Se abalanzó sobre él con la esperanza de sorprenderlo, pero Rdward estaba preparado y lo rechazó con el escudo. Se miraron con cautela y dando vueltas hasta que Jamail volvió a atacar. Edward volvió a defenderse con el escudo y lo empujó con tanta fuerza que Jamail se desequilibró y estuvo a punto de caerse. Edward habría podido abalanzarse sobre él, pero esperó para que Jamail se repusiera. Esa vez fue más prudente y volvieron a dar vueltas. Entonces, Jamail lanzó un golpe, Edward lo detuvo y levantó el brazo izquierdo con tanta fuerza que el escudo de Jamail salió volando. Uno de los espectadores lo recogió, pero no se lo devolvió. Jamail soltó una maldición y sujetó la espada con las dos manos mientras volvía a embestir a Edward . Edward tiró su escudo para equilibrar el combate.

Bella tenía el corazón en la boca mientras observaba y oía el choque del acero contra el acero. Casi no se había atrevido a ver los combates de Edward contra los gladiadores, pero en ese momento captó la diferencia. Los combates que había ganado Edward habían sido entre amigos que luchaban para demostrar la destreza y la fuerza de cada uno. Ese era un combate a vida o muerte.

Jamail era fuerte, pero ella se había dado cuenta de que la destreza y la cabeza fría de Edward estaban dándole ventaja. Estaba cansando poco a poco a su oponente. Jamail estaba sudando y sus golpes eran cada vez más violentos y desordenados para intentar herir de muerte a la máquina de pelear que era Edward. Los minutos pasaban y él paraba o esquivaba todas las acometidas de Jamail, que empezaban a ser menos efectivas. La superior destreza de Edward era evidente. Era como un dios vengativo que empezó a lanzar golpe tras golpe y obligó a retroceder a Jamail hasta que su espalda topó con la pared.

—Mátalo… Mátalo —empezó a corear la multitud que saboreaba la victoria. Bella contuvo el aliento cuando, súbitamente, Jamail soltó la espada, cayó de rodillas sobre el polvo rojo y levantó la cabeza como si lo desafiara a que lo matara. Edward enarboló la espada, pero luego bajó el brazo.

—No mereces que manche mi espada con tu sangre. Irás a galeras hasta que mueras —dijo Edward antes de darse la vuelta y alejarse de él. Bella notó el escozor de las lágrimas.

—Edward… —susurró ella mientras empezaba a andar hacia él—. Edward, mi amor… —entonces, vio que Jamail tenía un puñal en la mano—. ¡Detrás! Asesino…

Edward se dio la vuelta, pero uno de los jenízaros lanzó una lanza antes de que él pudiera reaccionar. Lo atravesó y al traidor cayó de bruces en medio de un charco de sangre. Edward miró un instante el cuerpo inerte de Jamail y se dio la vuelta hacia Bella, quien corría hacia él.

—¿Entiendes ahora que no siempre es prudente mostrar compasión?

—Debiste haberlo matado —contestó ella con las lágrimas cayéndole por las mejillas—. Perdóname, mi amor. No lo sabía, no lo entendía.

Edward dio una zancada, la estrechó contra el pecho y la besó entre exclamaciones de alegría. Se dio la vuelta hacia los jenízaros entre risas, la tomó en brazos y la llevó al estrado, donde la dejó antes de volverse hacia la multitud.

—Es mi señora Bella. Será mi esposa y los dos cuidaremos a nuestro pueblo e intentaremos ofreceros paz y prosperidad a todos.

Los jenízaros los vitorearon mientras golpeaban el suelo con los pies. Ya habían retirado el cuerpo de Jamail y un grupo de bailarines saltó a la arena para entretenerlos. Mellina se acercó a ella y le susurró algo al oído. Bella se dirigió a Edward.

—La señoraEsme me llama y el ca… señor Carlisle me pide que acuda.

—Entonces, tienes que ir. Yo iré enseguida —le dijo Edward con los ojos nublados por la pasión—. Esta noche irás conmigo… o ¿quieres que vaya yo contigo?

—Nos encontraremos en el patio —contestó ella—. Disculpadme, mi señor, pero tengo que irme. La herida de Esme era leve y la curó en seguida, pero el califa estaba muy débil. No había tenido fuerzas para quedarse a ver la pelea y acompañó a su todavía querida esposa a los aposentos que habían sido de ella. Estaba tumbado en su cama rodeado por médicos y amigos. Bella había tranquilizado a Esme, quien restó importancia a su herida y quiso que la dejaran sentarse con Carlisle durante las que, seguramente, serían sus últimas horas. No pidieron a Bella que los acompañara, pero ella sabía Edward querría pasar algún tiempo con su amigo. Sola en sus aposentos, cenó unos melocotones y unos dátiles y luego salió al jardín para esperar sentada a Edward.

Disculpen por no haber subido capítulos desde hace mucho* se pone triste.

Como ya saben, esta es una adaptación y por algún tiempo perdí el libro :( Lo bueno que después de buscarlo por todos mis archivos ¡ lo he encontrado! Les dejoblos capítulos restantes, solo falta el epílogo.