Señor Inuzuka
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Los días lluviosos no eran los preferidos de los Inuzuka. Podían representar un descanso a la marea de olores que llegaban a percibir, pero había ligeras inconveniencias y una de ellas era que Hana tenía solo cuatro años, unas energías tremendas y una extraña reacción alérgica al encierro, cuyos síntomas consistían en una incapacidad para saber qué hacer, mal humor y demasiado tiempo en sus manos para incomodar y molestar a los demás… específicamente a Kuromaru. Y aunque ese día se había encontrado un poco más paciente, al señor Inuzuka le causaba un poco de incomodidad verla ir y venir por el pasillo, cargando un juguete, luego cargando otro; varias veces había aguzado el oído y se había asomado, incluso, para cerciorarse que no estuviese molestando al enorme perro negro. Hana jugaba tranquilamente en el suelo, luego de subirse al sillón y pegar la nariz en la ventana, como si con su mirada pudiese incomodar al clima y le hiciere marchar… y luego se entretenía empañando el vidrio con su aliento y dibujando garabatos en él, hasta que aquello perdía el interés y volvía al suelo.
Tenía poco más de media hora concentrado en la figurilla de madera que estaba tallando, cuando sus oídos escucharon, casi como un eco lejano, los pasos sigilosos de Hana por el pasillo. No le prestó demasiada atención y volvió la concentración a su tarea; sus ojos serenos se mantuvieron clavados en la figurilla, pero pudieron observar una mata de lisos cabellos, ligeramente alborotados, que cruzaban la habitación y rodeaban la mesa, lentamente, acercándose a él por el lado contrario. Los ojos enormes de Hana le miraron entonces, a ras de la superficie, con la curiosidad e insistencia que solo ella podía demostrar; una de las manos se arrastró lentamente por la mesa, hasta tocar el brazo del padre.
Dejó salir un sonido ronco, pero no la miró.
—Estoy aburrida, papi.
—Juega con tus muñecas —murmuró.
Hana se acercó aún más a él, clavándosele en el costado. —Ya jugué.
—Colorea algo.
—Ya coloree...
—Arma un rompecabezas.
—Ya los armé todos.
—Juega con Shirayuki.
—Está dormida.
—Mira la tele, entonces.
—¡No hay nada divertido! Quiero andar en mi triciclo.
—Está lloviendo.
—Haz que pare…
—Hana.
No había advertencia en la voz, era un simple murmuro ronco y ausente, que quería pasar como una imposición, pero fallaba estrepitosamente; aun así, la pequeña se encogió ligeramente y luego de torcer los labios salió de la habitación, pero se mantuvo en el pasillo y se asomó lentamente, solo lo suficiente para mirarlo con uno de sus ojillos, de manera fija y, el señor Inuzuka se atrevía a asegurar, con el fin de incomodarlo... pero se le antojaba cabezona y con unos ojos tan grandes que lo último que podía provocar era incomodidad, incluso Tsume lo había encontrado divertido alguna vez. Sopló con fuerza, deshaciéndose de las pequeñas virutas de polvo que le impedían observar su desempeño. Hana seguía mirándole a pesar de fingirse demasiado concentrado para notarla.
—Papi, estoy aburrida —susurró.
Hana no se permitía ese comportamiento con Tsume, comúnmente ni siquiera se acercaba más de una vez a la habitación, y luego se las arreglaba con los juguetes que podía o arriesgaba su suerte con Kuromaru… pero con él se daba el lujo de insistir de esa manera, que no resultaba molesta, pero te obligaba a reconocer que no se iría hasta obtener lo que quisiera, en este caso: diversión. Levantó la mirada y la observó en silencio, Hana tomó aquello como una invitación y corrió hacia él, parándose a su costado de nuevo y sosteniéndose de su brazo, obligándolo a hacer fuerza para que ella pudiera colgarse de él como un changuillo, mientras le miraba con sus ojos grandotes, llenos de súplicas.
—Estoy aburrida —repitió, haciendo un mohín.
Sonrió y la levantó, acomodándola sobre su regazo y girándose de nuevo a la mesa.
—No puedo hacer que pare.
—Si puedes, tú y ma lo pueden todo —murmuró, recargándose en el pecho y jugado con su camiseta.
Apretó los labios, haciendo que se perdieran entre la espesa barba y el bigote, había momentos en los que no sabía cómo explicarle a Hana las cosas y ese era uno de ellos, porque siempre asentía, comprendiendo en la medida de lo posible, decepcionada y triste. Tomó en sus manos la figura de un lobo que había estado tallando, le sopló de nuevo las virtuas y volvió a dejarla sobre la mesa, escuchando a Hana hacer ruidillos extraños con la boca, como hacía siempre que se encontraba demasiado aburrida. Entrecerró los ojos, en un extraño tic que tenía al inspeccionar sus figurillas y luego clavó la mirada al frente, pensando unos momentos; Hana comenzaba a clavarle el dedo en el pecho.
—Quizá haya algo que podamos hacer…
La pequeña se separó de él y lo miró con un gesto de sorpresa y felicidad que no se había visto desde que había comenzado a llover.
Luego de una tarde cortando tela y bordando con cuidado, padre e hija miraron la sala de estar en silencio, hasta encontrar el sitio perfecto. El señor cargó a Hana y se acercaron a la ventana más grande que había en la estancia; con cuidado la tomó en brazos y la acercó al borde y Hana se dedicó entonces a colgar los cordones con cuidado en el pequeño clavillo que había en la pared, justo sobre el alfeizar. Cuando alejó sus manos, volvió al pecho del padre, y ambos miraron en silencio los tres muñequillos que pendían sobre la ventana y los cuales Hana había personalizado, garabateándoles las características específicas de cada integrante de la familia. Se miraron unos momentos y luego de que Hana sonriera, comenzaron a cantar.
—Teru-teru-bozu, teru bozu… haz que mañana haga un día soleado…
Teru-teru-bozu: por si no lo saben, son unos amuletos japoneses contra la lluvia, van acompañados de una canción.
n_n
Espero que estas palabras les estén provocando tanto "fluff" como el pensarlo me lo provocó a mí… En fin, espero les guste c:
Publicación original: Martes, 11 de abril de 2017
Re-publicado: Viernes, 19 de abril de 2019
