Era tarde cuando por fin él llegó y ella había empezado a pensar que quizá se quedara toda la noche con su amigo, pero vio su imponente figura que se acercaba cuando empezaba a anochecer. Ella llevaba la ropa que él le había mandado antes y se levantó del banco.
—Has llegado. Pensé que no ibas a venir.
-Carlisle está dormido. El final se acerca, pero Esme, Angeline y Seth están con él. Hemos hablado un poco, pero nos hemos dicho todo lo que había que decir. Sabe que cumpliré la promesa que le hice, Bella.
—Ha elegido bien, Edward. Todo el mundo te quiere. Serás un dirigente justo y juicioso.
—Lo dice una mujer que me llamó bárbaro y cruel y que dijo que me odiaba —la miró pensativamente—. ¿Lo has pensado bien, Bella? Si te entregas a mí, no te dejaré marchar. Tienes que elegir ahora porque no hay vuelta atrás.
—Tienes que saberlo —replicó ella con delicadeza—. Cuando pensé que podía perderte… No querría vivir si estuvieras muerto.
—Tengo que estar seguro de que lo has entendido, Bella. Cuando Carlisle haya muerto, liberaré a su harén. Las que quieran podrán volver a sus casas y las demás podrán casarse con los jenízaros o quedarse como amigas tuyas, pero no puedo liberar a todos los esclavos de la región. Si decretara su liberación, se produciría un revuelo tremendo. Sólo puedo dar ejemplo. Los sirvientes del palacio quedarán libres y no se traerán más esclavos. Tampoco haré más eunucos. Si un hombre o una mujer elije trabajar para mí, le pagaré un salario justo. Es lo más que puedo hacer y no todo el mundo va a aprobarlo. No puedo acabar con la tradición de que un hombre se case con más de una mujer o que tenga un harén. Es una cuestión religiosa y de cultura y todos los hombres tienen que vivir según sus creencias. Los prisioneros tienen que recibir un castigo y es posible que alguno muera o vaya a galeras.
—Lo entiendo —reconoció ella—. He estudiado los libros que me dejaste y estoy dispuesta a aceptar que muchas de las cosas que creéis son justas y positivas. Si hay cosas que no me gustan, aprenderé a aceptarlas, como hiciste tú.
Edward la tomó de la mano y la condujo a sus aposentos.
—Ha llegado el momento de que te cuente la verdad sobre mí mismo. Bella soy hijo de lord Albert Hadley y heredero de su título, aunque me atrevería a decir que hace tiempo que me desheredó y entregó sus posesiones a su sobrino. Cuando era muy joven, hice amigos en la corte, amigos alocados que bebían, jugaban, iban con prostitutas y se comportaban de forma licenciosa. Reconozco que yo también lo hice un tiempo, pero llegaron demasiado lejos y empecé a sentir náuseas por sus gamberradas.
—¿Pasó algo para que tuvieras que marcharte de Inglaterra?
—Uno de mis amigos secuestró y violó a una joven de buena familia. Ella escapó cuando él se emborrachó y se tiró al río Támesis. Cuando vi que sacaban su cuerpo muerto, juré que no volvería a verlos, pero alguien le dijo a mi padre que yo lo había planeado todo, aunque te juro que no tuve nada que ver con ese sórdido asunto. Mi padre, furioso, me repudió y me dejó sin un penique. Yo tenía una pequeña herencia de mi madre y me compré un barco. Navegué con la intención de comerciar, pero era ingenuo y caí víctima de un buque corsario. Mi tripulación y yo acabamos en una galera, como ya te he contado.
—Vi las cicatrices en tu espalda y en tus hombros —Bella le acarició la mano—. Empecé a entender por qué apreciabas tanto a Carlisle.
—Para mí, fue un padre, más que lord Hadley. Mi padre nunca fue cariñoso y se negó a aceptar mis súplicas para que me entendiera. Carlisle confió en mí y me respetó. Yo le pagué con mi lealtad.
—Pero te exigió una promesa a cambio de mi vida…
—Sí, porque temía que mi amor por ti fuese demasiado grande. No te habría condenado a muerte, Bella. Se dio cuenta desde el principio de que eras la esposa indicada para mí y supo que te amaba. Me obligó a hacer la promesa porque pensó que me llevarías a Inglaterra y ésa era la única manera de retenerme aquí.
—¿Qué harás si elijo volver a Inglaterra?
—Eso me destrozaría —contestó Edward—. Sin embargo, si quieres marcharte, lo organizaré todo. Ya he escrito a tu hermano y lo he invitado a venir. Le dije que ibas a ser mi esposa. ¿Crees que vendrá?
—No lo sé. Richard vive en Londres y va poco por sus posesiones en el campo. No creo que haga un viaje hasta aquí para verme —Bella frunció el ceño—. Puede creer que estoy echada a perder… que no soy responsabilidad suya.
—¿Te importaría no volver a ver a tu familia?
—Sí, un poco —reconoció ella—. Si pudieras volver a Inglaterra, habría preferido vivir allí, pero no puedes ir y yo no me marcharé sin ti.
—Debería… enviarte allí —afirmó Edward con la voz quebrada por la emoción—. Es injusto que te retenga aquí, donde no puedes ser tan libre como en Inglaterra… pero te amo demasiado para dejar que te marches. Mi vida quedaría vacía sin ti. Nada tiene sentido para mí sin ti, Bella.
—Prométeme que nunca me enviarás a Inglaterra —Bella se estrechó contra él con un arrebato de pasión—. Quiero pasar mi vida contigo, Edward. Tienes que creerme.
—Entonces, me perteneces y estarás siempre conmigo.
Edward se inclinó y la tomó en brazos para llevarla a su dormitorio. La tumbó entre las sábanas de seda y se sentó a su lado para besarla en los labios.
—Te he imaginado muchas veces aquí. Te he deseado conmigo durante muchas noches solitarias. ¿Estás preparada para ser mía, Bella?
—Sabes que sí —ella sonrió y separó los labios provocadoramente—. Tómame, Edward. Conviérteme en tu mujer. Quiero ser tuya para siempre.
—Mi querida Bella —susurró él besándola—. Te adoro. Adoro tu carácter, tu valor, tu dignidad… tu precioso cuerpo —le desató el nudo del fajín—. ¿Por qué no te pusiste mis colores hoy? ¿Fue para fastidiarme?
—Fue por mi ridículo orgullo —contestó ella entre risas, mientras lo ayudaba a que le quitara la ropa—. Si no lo hubieses mandado, me habría puesto unos ropajes blancos que había elegido y un pañuelo rojo.
—Tengo que recordarlo —comentó Edward arqueando las cejas—. Eres muy hermosa, Bella . ¿Cómo pude considerar a tu prima el primer premio?
—No soy hermosa —replicó ella con una sonrisa—. Es que te has acostumbrado a mi normalidad.
Bella lo observó mientras se desvestía. Tenía un cuerpo estilizado y fuerte y su piel dorada sólo mostraba las leves cicatrices blancas que evidenciaban todo lo que había soportado y las batallas en las que había participado.
—Eres hermoso como un dios griego.
—¿Dónde has visto imágenes de dioses griegos? —le preguntó él mientras se inclinaba para besarla en los labios—. ¿Tengo que recordarte que eres le esposa del califa y no puedes tener ojos para otros hombres?
—Fue hace mucho, en la biblioteca de mi padre —susurró ella—. No puedo ver a otro hombre, Edward. Nunca he amado a otro hombre ni he deseado yacer con él. Sin embargo, todavía no soy tu esposa.
—Sí lo eres. Quizá no hayamos celebrado la ceremonia todavía, pero en el patio prometiste amarme y tomaste mi mano como nuestros antepasados consideraban suficiente. Eso significa que eres mía. Siempre serás mía. No permitiré que te marches.
Bella separó los labios y él la besó. Las lenguas se rozaron como si se deleitaran con ardor. El corazón se le desbocó cuando él le acarició un muslo y su boca descendió hasta los pezones para lamérselos hasta que se endurecieron por el placer. Sus besos fueron descendiendo y ella se arqueó, se estremeció por el deseo, se elevó para presionarse contra la mano de él que la acariciaba entre los muslos y había encontrado el centro húmedo. Sus besos descendieron más y su lengua le lamió delicadamente la ligera protuberancia hasta que ella jadeó y le clavó las uñas en la espalda.
—Edward… —ella susurró su nombre arrastrada por un torbellino—. Edward, te amo…
Entonces, ella notó su peso y su poderosa erección que intentaba abrirse paso entre los muslos. Él entró con una acometida y ella notó un repentino dolor. Edward retrocedió un poco al notar la tensión de ella y se quedó inmóvil, pero ella elevó las caderas para alcanzar el placer que le había anunciado con las caricias de antes.
—Entra hasta adentro —susurró ella—. Quiero sentirte dentro. Quiero ser parte de ti.
—Grita si te hago daño.
Ella apoyó la boca en su hombro y saboreó el sabor salado de su sudor cuando entró. Efectivamente, le dolió un poco porque era virgen y él poderoso. Sin embargo, se aferró a él y dejó que su cuerpo se disolviera en la oleada de placer y amor que los dominaba a los dos. Cuando se vacío dentro de ella. Bella lloró de placer, lo estrechó contra sí y notó las lágrimas en las mejillas.
—Te he hecho daño. Ha sido excesivo para ser la primera vez.
—No —replicó ella con la cara contra su pecho—. Era lo que quería. El dolor se pasará.
—La próxima vez, será mejor —susurró él acariciándole el pelo y estrechándola contra sí con una pierna—. Te deseaba demasiado, pero la próxima vez, será mejor.
Bella se despertó y notó la cama fría a su lado. Edward se había levantado temprano y la había dejado dormida. Se estiró y se sintió feliz, casi demasiado perezosa para levantarse. Se rió y se destapó. La vida era demasiado placentera para desperdiciarla en la cama sí Edward no estaba con ella. Sabía que Edward tendría cientos de obligaciones como califa porque también era comandante en jefe de los jenízaros. Pasaría por la enfermería antes de ir a dar la clase. Quería demostrar que era tan laboriosa como su marido.
Fue a sus aposentos, se lavó y se vistió con una túnica y unos pantalones blancos y un pañuelo rojo sobre los hombros. Salió, llegó a la enfermería y se cubrió la cabeza con el pañuelo, aunque no se tapó la cara como hacían otras mujeres.
Visitó a los enfermos, revisó las jarras de agua, las camas y los suelos y ordenó que cambiaran tres vendajes. Todo el mundo se apresuraba a obedecerla con una sonrisa que certificaba que estaban encantados con el nombramiento de Edward .
Los cuidados estaban en manos de hombres y mujeres, pero ella pensó que podía empezar a instruir a hombres y mujeres jóvenes para que aprendieran las ideas que ella ponía en práctica. Aunque sabía poco de medicina,
Bella creía que mantener limpios a los pacientes, la ropa de cama, las vestimentas y todo el sitio era tan importante como los brebajes del médico. Edward era el califa y podría crear escuelas de medicina y enfermería. A Bella le complacía mucho pensar en todo el bien que podía hacerse. Edward no cambiaría las costumbres, pero podía hacer mejoras. Después de la enfermería, fue a dar clase y pasó un par de horas con los niños. Estaba allí cuando un eunuco fue a preguntarle si iría a visitar a Esme a sus aposentos.
—¿Ha vuelto a sus aposentos?
—Sí, mi señora —contestó el eunuco.
Cuando fue a ver a Esme, la encontró con un brazo en cabestrillo, pero con un aspecto más feliz.
—¿Qué tal está el señor Carlisle esta mañana? —le preguntó Bella.
—Mucho mejor. Todos pensamos que podía morir anoche, pero mejoró al amanecer y esta mañana dice que se encuentra descansado —contestó Esme con una sonrisa—. Lo acompañaré allí donde vaya a retirarse. Ya no está enfadado conmigo. Además, quiere compensarme por su falta de consideración y me ha organizado una visita al bazar para esta tarde. Me ha dado una bolsa con oro para que podamos comprar lo que queramos. Dime que irás conmigo, por favor. Puede ser la última tarde que pasemos juntas porque iré a casa de mi prima cuando Carlisle muera.
—Claro que iré contigo. Me cubriré bien y le dejaré un mensaje a Edward, pero luego volveré.
—Quiero comprarte un regalo precioso —le dijo Esne con una sonrisa— . Si ayer no me hubieras defendido, creo que Jamail me habría matado. Has sido una buena amiga y me parece una manera de pagar tu delicadeza.
—Hemos compartido muchas penas y dificultades —Bella la abrazó—. Hubo momentos en los que no sabía cómo soportar mi vida aquí, pero tú me ayudaste.
—¿Ya eres feliz?
—Sí, claro. Amo mucho a Edward .
—Y él te ama a ti —Esme le sonrió—. Veo que llevas sus colores. Deberías comprarle algo en el bazar. Algo como un cinturón de cuero bonito o un anillo de oro.
—Sí. Le compraré un recuerdo. Quizá, un cinturón de cuero. La última vez que estuvimos allí vi algunas cosas de cuero muy bien trabajadas.
Bella fue apresuradamente a sus aposentos. Se puso la chilaba azul que llevó la otra vez que estuvieron en el bazar. Podía ver a través del velo, pero le tapaba la cara y el pelo y nadie podía ver su cara. Dejó un mensaje a sus sirvientas y cuando vio a Mellina, le dijo que iba acompañar a Esme al bazar.
—Si mi señor pregunta por mí, dile adonde he ido —le pidió—. No quiero que se pregunte dónde estoy.
¿Qué les pareció este cap?
