-Mira estos anillos —le dijo Esme en un puesto del bazar—. ¿Puedo probarme éste? —le pidió al anciano vendedor.

—Vuestra alteza puede probarse lo que quiera —contestó el hombre con un brillo en los ojos—. ¿Quiere probarse algo la mujer del califa?

—No, gracias —contestó Bella. Se había fijado en un puesto que vendía productos de cuero. Estaba dos puestos más allá y después de admirar el anillo que Katrina se había colocado en la mano derecha, le dijo que iba a acercarse a verlos.

—Me gustaría ver el puesto que vende cosas de cuero, Esme. Deberías comprarte el anillo si te gusta.

—No lo sé —replicó Esme mientras se lo quitaba y señalaba otro para probárselo. Bella sonrió y se alejó. Esme ya se había comprado zapatos, pañuelos y una cadena de oro. Ella, sin embargo, no se había comprado nada todavía. Habían llevado dos sirvientes para que portaran las compras y tres jenízaros armados para protegerlas. Cuando fue al puesto siguiente, uno de los jenízaros la acompañó y los otros dos se quedaron con Esme. El tendero salió a recibirla y la invitó a ver sus productos.

—Tengo más adentro si su alteza quiere verlos.

Bella ojeó los cinturones. Había unos de un cuero muy delicado y tachonados con oro, pero no vio ninguno que le gustara. Edward prefería cosas más sencillas, pero ella quería algo de buena calidad.

—¿Tienes alguno como éste en cuero rojo? —preguntó ella al ver uno muy bonito de cuero marrón—. Me gustaría tachonado, pero sin oro.

El jenízaro lo tradujo y el vendedor sonrió mientras inclinaba la cabeza.

—Si su alteza pasa adentro, puedo enseñaros muchas muestras del mejor cuero. Puedo hacer un cinturón como deseéis.

—Muy bien. Me gustaría elegir el cuero y los adornos. ¿Puedo entrar, Rachid?

—Sí, alteza —contestó el jenízaro—. Os acompañaré.

Bella miró a Esme y entró en la tienda. Estaba oscura y olía mucho a cuero sin curtir y tintes. Vio montones de cuero por todos lados, pero ninguno era rojo. El vendedor la llevó a la trastienda. Un montón de piezas de cuero de distintos tonos de rojo captó su atención y se acercó con una exclamación de placer. Eligió tres y cuando se volvió hacia el vendedor para preguntarle si podría hacer un par de botas, vio una sombra que se acercaba a su guardián.

Gritó para avisarlo, pero fue demasiado tarde y Rachid recibió un golpe que lo dejó inconsciente.

—¿Qué has hecho? —gritó ella. Sin embargo, vio que estaban llevándose al vendedor y se dio cuenta de que dos hombres habían entrado desde una habitación trasera.

—No os pasará nada, lady Bella —la tranquilizó una voz en inglés—. Hemos venido a rescataros.

—No, no quiero…

Una mano le tapó la boca. Ella inhaló algo muy penetrante que le dio náuseas y se desmayó. Notó que alguien la tapaba con una manta y todo se oscureció.

—Por favor, dile a mi señora que venga —le pidió Edward a la sirvienta que le había llevado ropa limpia—. Me gustaría hablar con ella antes de que me vaya a los aposentos del señor Carlisle. Ha vuelto a empeorar y a lo mejor tengo que quedarme con él unas horas.

—La señora Bella no ha vuelto de su visita al bazar, mi señor —replicó la sirvienta.

—¿Cuándo se marchó del palacio? —preguntó él con el ceño fruncido—. ¿Por qué no me avisaron? ¿Ha ido sola? ¿Cuánta escolta lleva?

—Creo que ha ido con la señora Esme —contestó la sirvienta—. ¿Queréis que pregunte…?

Un tumulto de voces la interrumpió, la puerta se abrió y uno de los eunucos de Carlisle entró.

—¿Ha empeorado el señor Carlisle? —le preguntó Esme—. ¿Qué pasa, Ninon?

El eunuco parecía asustado y se arrodilló delante de Edward.

—Perdonadme por traer esta noticia, mi señor, pero la señora Esme acaba de volver al palacio. Uno de los jenízaros está herido y la señora Bella ha desaparecido.

Efward sintió un escalofrío por todo el cuerpo.

—¿Han secuestrado a mi señora? Dime inmediatamente qué ha pasado. No te castigaré.

—La señora Esme estaba comprando un anillo. La señora Bella fue al vendedor de cuero, que estaba muy cerca, y entró en la tienda para buscar cuero rojo. Alguien golpeó por detrás a Rachid. No sabe nada más de lo que pasó. El vendedor jura que no sabía nada hasta que apareció un hombre, lo amenazó con un cuchillo y se llevó a vuestra mujer.

—¿Han traído al vendedor de cuero al palacio?

—Sí, mi señor. Está en los calabozos. Llevó a la señora dentro de la tienda y jura que los secuestradores tuvieron que entrar por detrás. Parece verdad porque no se vio nada por la entrada y fue unos minutos antes de que se descubriera la desaparición. La señora Esme ordenó que la buscaran inmediatamente, pero no encontraron ni rastro de vuestra mujer.

Edward apretó los puños.

—Iré inmediatamente. Di a los hombres que quiero que busquen en el pueblo casa por casa y que salga una patrulla para buscar por todos los caminos que lleven a las montañas y a la capital. Tienen que encontrarla.

—Los hombres ya están buscándola, mi señor. En cuanto encontraron a Rachid, se mandó un mensajero a los jenízaros y ya están buscando por el pueblo.

—Yo mismo interrogaré al vendedor. También quiero hablar con la señora Esme. Si se han llevado a Bella como represalia por Jamail…

No terminó la frase y salió con grandes zancadas. Una sensación espantosa de desesperación y pérdida le oprimía el pecho. Sabía que si Bella estaba en manos de las tribus de las montañas, no volvería a verla viva. ¿Por qué habría ido al bazar con tan poca escolta? Tenía que haber sabido que era muy peligroso después del último levantamiento. ¿Era otro ejemplo de su espíritu rebelde o había caído en una trampa? Bella se lamentó y abrió los ojos. Sintió náuseas y se puso de costado para vomitar. La cabeza le daba vueltas y tenía un regusto repulsivo en la boca. Tardó un momento en darse cuenta de que estaba en un barco. El movimiento oscilante tenía que indicar que el barco estaba moviéndose.

¡Estaba en el mar! Se sentó aterrada, hizo lo posible para enfocar la mirada y miró alrededor. Era un camarote amplio, de los que se reservaban para el capitán y sus oficiales. Se levantó, pero todo se movió y volvió a caer contra la cama con un quejido. Estaba intentando recuperar el equilibrio cuando se abrió la puerta y alguien entró.

—¡Bella! ¿Qué estás haciendo? —le preguntó un hombre—. No debes levantarte. Los muy necios te drogaron y has estado inconsciente durante horas.

—¡Richard…! —Bella dejó escapar un grito de alivio al darse cuenta de que era su hermano—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué me han traído aquí?

—Llevamos meses buscándote —contestó Richard Sefton-Jones—. Sabíamos dónde estabas después de que Rosalie escapara, pero era imposible saber en qué parte del palacio te tenían cautiva y no podíamos intentar rescatarte. Hemos intentando negociar el pago de un rescate con el sultán, pero se ha negado a recibirme.

—Richard… —Bellla se dejó caer sobre los almohadones—. Tienes que poner rumbo a Estambul inmediatamente. Edward estará preocupado y se enfadará conmigo por ser descuidada.

—Edward... Es el maldito individuo que os compró a Rosalie y a ti — replicó su hermano con una expresión implacable—. Me gustaría verlo. Lo mataría por lo que te ha hecho.

—Edward hizo lo que consideraba su obligación. No lo entiendes, Richard. Él me ama y yo lo amo a él. Vamos a casamos pronto. Nos habríamos casado ya si el califa no estuviera tan enfermo.

—¡Casaros! Según la ley islámica, supongo. Eso no es un matrimonio apropiado para mi hermana —la miró con una mezcla de compasión, furia y vergüenza—. No sé si podremos mantenerlo en secreto, Bella. No tendrás ninguna posibilidad de casarte como Dios manda si se sabe que has estado cautiva en un harén.

—No quiero casarme con nadie que no sea Edward —replicó ella—. Nunca lo he querido, Richard. Tienes que saber cómo era mi vida después de que muriera nuestro padre. Estaba condenada a ser una anciana solitaria. Con Edward, mi vida tiene sentido. Ayudo a cuidar a los enfermos y enseño a los niños. Además, amo a Edward . Me hace feliz.

Richard se quedó un rato en silencio.

—Te han intoxicado con sus drogas y te han obligado a aceptar sus costumbres. Me avisaron de que quizá no me recibieras bien y tuviera que secuestrarte. Acabarás dándote cuenta de lo que ellos te han hecho y me agradecerás lo que yo he hecho.

La cabeza de Bella estaba aclarándose, apoyó los pies en el suelo y comprobó que podía sostenerse de pie.

—No quiero volver a Inglaterra contigo. Richard, por favor, devuélveme a mi marido. Soy suya en todos los sentidos y nunca seré feliz sin él.

—Sigues padeciendo las consecuencias de tu cautiverio —insistió Richard—. Lady Sefton-Jones quiere que vivas con nosotros. Dice que podemos tapar el escándalo y que yo puedo encontrarte un marido comprensivo que te cuide.

—¡No! No me casaré con nadie que no sea Edward —Bella lo miró con un gesto de orgullo—. Es posible que esté esperando un hijo de Edward.

—Dios no quiera que lleves esa semilla infiel.

—No es un infiel, aunque haya elegido otra religión. Nació en Inglaterra y es hijo de lord Hadley.

—Entonces, es un canalla o nunca habría comprado dos mujeres inglesas de buena cuna.

—Si no nos hubiese comprado, seguramente estaríamos muertas —le rebatió Bella antes de quedarse boquiabierta al ver la mirada de su hermano—. Quizá prefieras la muerte que la vergüenza de que haya yacido con un hombre de otra religión.

—No he dicho nada parecido, Bella. Eres mi hermana y te quiero mucho. Si no, ¿por qué iba a haber venido hasta aquí para buscarte?

—Si me quieres, Richard, déjame que vuelva con él. Te lo suplico. Te lo suplicaré de rodillas si quieres. Por favor, llévame al hombre que amo. Nunca seré feliz sin él.

-Hemos buscado por el pueblo e interrogado a los comerciantes, pero nadie sabe qué le ha pasado. Han salido patrullas hacia las montañas y hacia la capital —Rachid levantó la cabeza para mirar al califa—. Tomad mi vida, mi señor, como castigo por haber permitido que se la llevaran. Pensé que estaba segura en la tienda porque Alí ben Masoud os ha servido muchas veces en el pasado.

—Ni tú ni el vendedor tenéis ninguna culpa —replicó Edward con la mirada nublada por el dolor y rabia contenida—. Bella no debería haber abandonado el palacio con sólo tres hombres de escolta. Sabía lo peligroso que era porque yo se lo había dicho.

—Es una mujer, mi señor, y como tal, yo debería haberla protegido. No he cumplido mi deber. Tenéis el derecho de castigarme, como a los demás, aunque ellos protegieron a la señora Esme.

—No quiero castigar a un amigo fiel. Obedeciste a la señora Esme y ella fue irreflexiva. Debería haber sabido que la muerte de su hermano podía desencadenar represalias, aunque no la considero culpable de complicidad… — Edward se interrumpió al oír voces antes de que entrara uno de los jenízaros, que hizo una reverencia y esperó permiso para hablar—. ¿Tienes noticias?

—Nos hemos enterado de que los hombres que se llevaron a la señora Bella no son de nuestro pueblo, mi señor; son ingleses. Al parecer, pasaron dos semanas intentando que el sultán los recibiera, pero su excelencia no lo hizo. Estaban en contacto con los hombres que ayudaron a escapar a la prima de la señora. Nos hemos enterado de que es un grupo secreto que trabaja para liberar esclavos.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Yo, mi señor —Mellina entró en la habitación y miró a Edward—. Mi hermano Malik fue ejecutado por participar en la fuga, pero yo fui quien le dijo que las dos inglesas estaban aquí. Le pagaron para ayudarlas a escapar, pero sólo una lo siguió. Hace poco, me pidieron que ayudara a la señora Bella a escapar, pero ella me dijo que era feliz aquí y no le dije nada. No sé si los demás sabían que iba a visitar el bazar, pero yo no los avisé, aunque ayudé a Malik la primera vez —ella lo miró a los ojos—. Mi hermano no soportaba la vida que llevaba aquí. Me dio el dinero que había ganado para que yo pudiera comprar mi libertad algún día.

Edward apretó los puños. Estuvo tentado de golpearla y mandarla al calabozo, pero se dio cuenta de que había sido muy valiente al reconocer que había participado en la primera fuga.

—¿Estás seguro de que esos hombres eran ingleses? —preguntó al capitán de los jenízaros que había llevado la noticia.

—Sí, mi señor. Estamos haciendo averiguaciones. Había un barco en el puerto. Hemos ido a ver si ha zarpado.

—Habrá zarpado inmediatamente si el viento era propicio —Edward frunció el ceño—. Si la información es correcta, quiere decir que están llevando a Bella a Inglaterra.

—Vuestro barco también está en el puerto, mi señor —le recordó Rachid— . ¿Queréis perseguirla?

—¿Cómo voy a marcharme cuando Carlisle está tan enfermo? —Edward sintió un arrebato de impotencia—. ¿Quién se ocupará del príncipe Seth si me marcho unas semanas?

—Yo. Edward

se sorprendió al oír la delicada voz. El joven había entrado en la sala confundido entre el revuelo. Iba vestido de blanco y llevaba un libro de oraciones en la mano. Era estudioso y cortés, tan silencioso que rara vez se notaba su presencia.

—No quiero ocupar vuestro lugar, mi señor —siguió el joven—, pero estaré encantado de gobernar el palacio y la región hasta que volváis.

—Príncipe Abdulla… —Edward frunció el ceño al mirar al joven al que casi nunca había visto con los ojos apartados de un libro—. Tenéis dieciséis años, sois más joven todavía que Jasper . No tenéis experiencia con la guerra ni para dominar a unos hombres que intentarán arrebataros el poder en cuanto me haya ido.

—Solo sería vulnerable, pero cuento con la lealtad de vuestros hombres, a quienes creo que puedo dirigir.

—Yo garantizo la lealtad de los hombres —confirmó Rachid—. Nunca conoceréis la verdadera felicidad si no vais tras ella, mi señor.

—Eso es verdad —reconoció Edward—. Ella me dijo que su hermano es lord Sefton-Jones y que le gusta vivir en Londres. Allí tengo que encontrarla.

—¿Volverás? ¿Me das tu palabra? —Carlisle lo miró desde la cama donde esperaba la muerte—. Sé lo mucho que significa para ti, hijo mío, pero no podré morir tranquilo si no me prometes que volverás aunque ella no vuelva.

Edward captó la súplica en sus ojos y no pudo negarse.

—Os lo prometí cuando le salvasteis la vida. No incumplo la palabra dada, mi señor.

—Nunca debí amenazarte de esa manera. Me habría merecido que hubieses declarado inválida la promesa.

—Abdulla es honrado y hará todo lo que pueda mientras esté fuera, pero tenéis mi palabra.

—Entonces, que Alá te guíe y te proteja —Carlisle extendió una mano avejentada—. Tienes mi bendición porque sé que no descansarás hasta que hayas oído su respuesta de sus labios. Edward inclinó la cabeza, se dio la vuelta y se marchó. Sabía que tenía pocas esperanzas de alcanzar el barco antes de que llegara a su destino. Sólo podía esperar que Bella estuviera bien y la encontraría cuando llegara a su Inglaterra.