Edward se marchó del palacio poco después de haber hablado con Carlisle y cabalgó a toda velocidad hacia la capital, donde lo esperaba su barco. Habían avisado al capitán para que estuviera preparado para zarpar en cuanto llegara Edward y sólo podía rezar para que los vientos fueran favorables. Si Bella llegaba a Inglaterra, estaba muy claro lo que podía pasarle. Sabía que su familia podía pensar que había deshonrado su nombre. Podían obligarla a casarse contra su voluntad o, según la ley islámica, un hermano podía matar a una hermana que los había deshonrado. Seguro que el hermano de Bella no adoptaba esas medidas. Sus pensamientos estaban ofuscados por la furia. ¿Habían secuestrado a Bella, como creía Esme, o se había ido ella voluntariamente? Se había entregado a él con mucha delicadeza la noche anterior y le había declarado su amor, pero ¿habrían sido excesivas las tentaciones de volver a Inglaterra? Si le pasara algo, nunca dejaría de reprochárselo. Debería haber dado la orden de que nunca abandonara el palacio sin una escolta suficiente. Él había estado ocupado por tener que apaciguar a ministros que querían ganar posiciones una vez que Carlisle había cedido el poder, había estado preocupado por su amigo y contento porque Harriet parecía dispuesta a quedarse en el palacio. Carlisle había vuelto a arrancarle una promesa, pero él ya se consideraba comprometido. No sabía qué sería de él si Bella se negaba a volver, si podía encontrarla. La vida le había parecido maravillosa durante unas horas, pero en ese momento, el futuro se avecinaba oscuro y solitario, repleto de responsabilidades de Estado. Como califa, podía ayudar mucho al pueblo de la región de Carlisle , pero sin Bella a su lado sería arduo y triste.

—Bella, querida hermana —la saludó lady Sefton-Jones con los brazos extendidos cuando entró con su hermano en la casa de Londres—. Qué buen aspecto tienes. Me alegro de verte. Hice que Richard fuese a buscarte en persona y, al parecer, ha tenido suerte.

—Me alegro de verte, Lucy Bella le dio un beso—. Te agradezco tu preocupación, pero habría preferido que Richard me hubiese preguntado qué quería en vez de secuestrarme. Le he rogado que me permita volver con mi marido, pero se niega.

—¿Con tu marido? —preguntó lady Sefton-Jones con tono de preocupación—. ¿Te obligaron a casarte con uno de esos infieles? Pobre Bella … No te apenes, te encontraremos un marido comprensivo y cariñoso y pronto olvidarás todo lo que te ha pasado, como ha hecho la pobre Rosalie

—Parezco apenada porque amo a Edward. ¿Por qué nadie me hace caso? Rosalie estaba enamorada del capitán Richardson y por eso ocupé su lugar cuando iban a casarla con el príncipe. No me obligaron a casarme con él, pero lo que hice se consideró una ofensa y tuve la suerte de eludir un castigo muy severo. Edward me salvó la vida a costa de un sacrificio y lo amo. Iba a ser mi marido y lo llevo en el corazón. Sé que tienes buenas intenciones, Lucy, pero no quiero encontrar un marido. No encontré a nadie con quien quisiera casarme antes de marcharme. Prefiero ser una solterona que casarme con alguien a quien no amo… y la sociedad no me importa.

—Te enseñaron a aceptar tu destino —replicó Lucy con una expresión triste—. Nos dijeron que podía pasar algo así, pero nadie tiene por qué enterarse de lo que pasó, Bella . Te llevaremos a la corte, te presentaremos a nuestros amigos y volverás a ser feliz.

—Prefiero ir a la casa del campo. En cuanto pueda organizarlo, encontraré un barco y volveré a Estambul con mi marido.

—Espera un poco —le pidió Lucy—. Ven a ver a mis hijos, Catherine y William, y ya me dirás si no ibas a añorar los placeres de una vida familiar.

—Os quiero a ti, a mi hermano y a mis sobrinos, pero mi vida está con Edward y no voy a cambiar de parecer.

Captó la obstinación en el rostro de su cuñada y se dio cuenta de que nada la convencería de que no estaba haciendo lo más conveniente para ella. Ni ella ni su marido entendían que estaban partiéndole el corazón. Sólo podía pensar en Edward. ¿Estaría él pensando en ella y preguntándose si seguía viva? Seguramente, pensaría que las tribus de las montañas la habían secuestrado y se imaginaría lo peor.

—Preferiría no acompañaros a la corte —dijo Bella una tarde, una semana después de su llegada—. Iré porque os habéis empeñado, pero si hago lo que me pedís, ¿me permitiréis ir a la casa del campo?

—La semana pasada estuve en la corte y Su Majestad me preguntó por ti durante media hora. Le escribí porque Richard me pidió que la informara de que habías vuelto a Inglaterra y esta noche te ha invitado a la corte. No puedes rehusar, Bella, porque sería una ofensa a Su Majestad. Hay una recepción y tenemos que asistir porque mucha gente se habrá enterado ya de que has vuelto y querrá saludarte.

—No estoy segura de que todo el mundo vaya a aceptarme, Lucy.

—No seas boba, querida. Todo el mundo sabe que te vendieron y esclavizaron a la fuerza. Creo que admirarán tu valor. Por eso deberías presentarte en la corte lo antes posible. Si la reina te acepta, todo el mundo querrá agasajarte y cortejarte.

Bella sonrió por el entusiasmo de su cuñada.

—¿Qué pasará si ella decide no aceptarme por temor a que mi deshonra le afecte?

—Estás hablando de la reina Isabel —contestó Lucy entre risas—. Hará exactamente lo que quiera.

—Lady Bella… —la saludó la reina con los ojos entrecerrados, mientras Bella hacia una reverencia—. Tenéis buen aspecto, espero que vuestra… aventura no os haya causado ningún daño.

—Ninguno, señora —Bella levantó la cabeza con orgullo—. He aprendido mucho sobre la cultura y las costumbres del imperio otomano.

—¿De verdad? Lo decís como si lo aceptarais —la mirada de la reina se hizo más intensa—. Tengo entendido que os esclavizaron a la fuerza.

—Efectivamente. No obstante, llegué a admirar al hombre con el que iba a casarme, el califa de los territorios del norte. Es de religión islámica, majestad, pero es un lord inglés por nacimiento y no tiene esclavos. Me habría concedido la libertad, pero yo elegí quedarme y casarme con él. Pienso volver en cuanto pueda.

—¿De verdad? —preguntó la reina con aire pensativo—. Me gustaría que otro día me contarais más cosas sobre vuestra… aventura. Os llamaré para que podamos hablar en privado, lady Bella.

—Vuestra Majestad es muy considerada.

La reina inclinó la cabeza y Bella se retiró para reunirse con su hermano y su cuñada. Lucy la miró con los ojos azules rebosantes de emoción.

—¿Qué te ha dicho, querida?

—Se ha interesado por mis aventuras y piensa llamarme otro día para hablar en privado.

—¿Qué te dije? —le preguntó Lucy con una sonrisa muy cariñosa—. Le dije a Richard que todo saldría muy bien y así ha sido. Nadie te dará la espalda. Creo que esta noche serás la mujer más solicitada de la corte. Todo el mundo estará deseando saber cómo es un harén. Tienes que saber que es la fantasía secreta de muchas mujeres.

—No creo que la realidad fuese a gustarles tanto como sus fantasías — Bella se rió levemente—. Una cosa es ser libre y otra ser una esclava, aunque te mimen.

—Entonces, ¿por qué quieres volver?

—No era una esclava. Edward me habría devuelto a casa sin pedir ningún rescate, pero yo elegí quedarme. Habría sido su esposa, su única esposa.

Bella se dio cuenta de que todo el mundo estaba mirándola. Algunos cortesanos le inclinaron la cabeza y no pasó mucho tiempo antes de que dos caballeros se acercaran para entablar una conversación.

—Lady Bella, creo… —le saludó un caballero con una levita granate y un lazo de encaje—. Quizá os acordéis de mí. Nos conocimos cuando vuestro padre os presentó en la corte hace unos años. No habéis cambiado nada, es más, estáis más hermosa de lo que os recordaba.

—Gracias, sir Philip. Os recuerdo. Creo recordar que estabais casado con la señorita Jane Featherstone.

—Pobre Jane… —el caballero suspiró—. Murió el año pasado al dar a luz. Mi hijo vive y necesita una madre tanto como yo necesito una esposa.

—Lo lamento.

Bella deseó que se la tragara la tierra. El caballero no le interesó la primera vez y no le gustaba nada su mirada de curiosidad en ese momento. Casi podía oír cómo se preguntaba por los trucos que le habrían enseñado en el harén.

—Debéis haber sufrido mucho —siguió ella—. La muerte es siempre muy dolorosa. Bella sintió alivio al ver que unas mujeres se dirigían hacia ella, aunque algunos hombres se habían unido al grupo que los rodeaba. Su cuñada había acertado. Desde que la reina la aceptó y quiso hablar con ella en privado, no sólo se había convertido en motivo de curiosidad, sino que era el centro de atención.

—¿De verdad escapasteis del harén del califa? —le preguntó una mujer sin disimular la curiosidad—. Tenéis que ser muy valiente. Tengo entendido que hay unos látigos espantosos que pueden azotar sin dejar marcas y que a los hombres les hacen cosas horribles. Bueno, al fin y al cabo, no son hombres, ¿verdad?

—Desdichadamente, son hombres como todos, aunque los mutilen atrozmente. Yo nunca padecí un castigo como los que habéis mencionado, aunque los eunucos estaban vigilándonos siempre —contestó Bellla disimulando una sonrisa al ver el brillo en los ojos de la mujer—. Los habría podido padecer si hubiera intentado escapar, pero no tenía motivos porque era feliz allí y no quería marcharme.

—Sigo pensando que sois increíblemente valiente. Además, haber venido aquí sabiendo lo que podía decir la gente… —la mujer no siguió y se ruborizó— . No es que quiera criticar, claro.

—Tendríais derecho a hacerlo —replicó Bella con comprensión—. Sé lo que podéis pensar, pero en mi caso no fue así. No me trataron mal ni me obligaron a acostarme con el califa. —Oh… La mujer dejó escapar una risa nerviosa y se apartó como si estuviera un poco decepcionada. Bella supuso que había esperado enterarse de algún secreto apasionante que pudiera contar a las demás. No fue la única en preguntarle cosas parecidas y algunos caballeros se las preguntaron más osadas todavía. Bella lo sobrellevó con paciencia y respondió con bastante sensatez. Era una curiosidad natural porque ninguna mujer había vivido una aventura parecida y sólo habían oído vaguedades sobre costumbres crueles y bárbaras.

Algunos hombres le preguntaron por el interior del palacio, por las ropas que llevaban los hombres y por lo que hacia ella todo el día. Bella se aburrió de las preguntas y miró alrededor No le había interesado la vida de la corte cuando su padre la llevó porque le disgustaron los celos y las rivalidades de los cortesanos. ¿Cuándo podría preguntar a su hermano y a su cuñada sí podía marcharse? Lucy la había obligado a asistir, pero habría preferido quedarse haciendo planes para volver a Estambul. De repente, se dio cuenta de que un hombre la miraba fijamente y casi se desmaya. Lo reconoció inmediatamente aunque iba vestido como un caballero inglés.

—Edward … —susurró con un nudo en la garganta antes de dejar escapar una exclamación—. ¡Edwatd ! Empezó a dirigirse hacia él, pero se había dado la vuelta y estaba saliendo de la habitación. Bella aceleró el paso y corrió un poco aunque sabía que todo el mundo estaba mirándola. Lo vio justo delante de ella cuando salió del salón y entró en un pasillo estrecho.

—Edward, espérame, por favor.

Él se detuvo y se dio la vuelta lentamente con una mirada que le dio escalofríos.

—¿Qué pasa? —le preguntó ella—. ¿Por qué estás enfadado conmigo?

Él la miró fijamente y en silencio durante un momento.

—No estoy enfadado, Bella. Me voy porque ya he visto todo lo que tenía que ver.

—¿Qué quieres decir? —Estabas disfrutando mucho siendo el centro de atención. Temía que tu familia te hubiese castigado, que te hubiese confinado en el campo o te hubiese obligado a casarte. Incluso temí que te hubieran matado, pero ya veo que mis temores era una necedad. Eres feliz y me alegro. Habría sido mejor que no me hubieses visto.

—No, Edward , no —replicó ella acercándose con una mano extendida—. Por favor, no te enfades. He venido aquí para complacer a la esposa de mi hermano. Dijo que no podía rechazar la invitación de le reina y cree que aprenderé a ser feliz aquí, pero no es verdad. Supliqué a mi hermano que cambiara el rumbo del barco para volver contigo, pero no quiso. Había planeado irme a la casa del campo en cuanto pudiera y buscar un barco que me devolviera contigo. Sabes que te amo. Tienes que saber que quiero ser tu esposa. ¡Tienes que saberlo!

—Bella… -Edward la miró un rato en silencio—. Parecías muy a gusto entre toda esa gente. Este es el sitio que te corresponde en la sociedad. Nunca debí haberte llevado al palacio. Me gustaría poder quedarme en Inglaterra, convertirme en lord Hadley y casarme contigo, pero es imposible. Mi padre ha muerto y sus posesiones me pertenecen, pero no puedo tomarlas, Bella. He dicho a mis abogados que mi sobrino heredará el titulo. Podría tardar años en poder dejar el palacio y traerte de vuelta.

—No quiero quedarme aquí sin ti —Bella se acercó más y lo miró a los ojos—. Efectivamente, hay cosas de la casa de campo de mi padre que me encantan y sé que en el palacio no seré tan libre como aquí, pero sin ti me sentiría sola y sin esperanzas. Tengo cosas que hacer en el palacio, hay personas que me necesitan y seré tu esposa. La vida no me interesa sin ti.

—Bella, mi amor —Edward la abrazó mirándola a los ojos—. ¿Sabes que te amo? Quiero que seas mi esposa, pero tienes que estar segura de que quieres volver porque conoces los peligros. Puede haber más rebeliones y tendrás que ir siempre con escolta. Tendrían que haberte vigilado mejor. Cuando me dijeron que te habían secuestrado, pensé que quizá no volviera a verte y me culpé a mí mismo. Deseé haber estado contigo. Habría muerto antes de permitir que te secuestraran.

—Tranquilo… -Bella lo besó en los labios—. Ya estás aquí y me marcharé…

—¡Bella! No toquéis a mi hermana. ¿Cómo os atrevéis…?

Bella dio un respingo al oír a su hermano.

—Richard, te equivocas. Él es… Ella vaciló y Edward sonrió.

—Soy el hijo de lord Robert Hadley —se presentó Edward —. Me marché de Inglaterra hace más de diez años. No nos habremos conocido porque sois más joven que yo. Ahora me llaman señor , Edward califa de los territorios del norte y Bella es mi prometida.

—¡Maldito canalla! —exclamó Richard llevándose la mano a la empuñadura del sable—. He oído lo que hicisteis y pagaréis por haber denigrado a mi hermana y a mi prima. Uno de los dos habrá muerto antes de que la noche acabe.

—¡No, Richard, por favor! —exclamó Nella—. No lo hagas. Amo a Edward y quiero casarme con él. Si uno de los dos muriera, no podría soportarlo. Nos os batáis en un duelo —miró a Edward con angustia—. Por favor, haz que lo entienda. No podría vencerte.

—Tranquila, mi amor —Edward le acarició la mano—. Lord Sefton-Jones, os pido perdón por lo que hice. Hice una promesa al califa y un hombre de honor tiene que cumplirla. Si no hubiera comprado a vuestra hermana y a vuestra prima, las habría comprado otro hombre que se habría aprovechado de ellas y luego las habría dado a sus hombres para que se divirtieran. Vuestra prima iba a casarse con un príncipe, un honor muy elevado en mi país de adopción. Os pido que me concedáis la mano de vuestra hermana. Ella ya ha elegido. Si os negáis, ella se marchará conmigo y no volveréis a verla. Si aceptáis nuestra boda, Bella podrá visitaros de vez en cuando y vos podréis visitarnos. Yo os garantizaría la seguridad para cruzar nuestro país.

—Richard, por favor, es lo que quiero —Bella tenía los ojos llenos de lágrimas—. No me condenes a una vida solitaria.

—¿Os casaréis en una iglesia?

—Sí, si eso es lo que queréis —contestó Edward apretando la mano de Bella para que no se opusiera—. Tengo que volver a Estambul, pero Bella podrá venir a Inglaterra cuando quiera.

—¿Dais vuestra palabra de caballero inglés?

—Doy mi palabra de caballero inglés y de califa de los territorios del norte. Amo a Bella como a ninguna otra mujer. Haré cualquier cosa para protegerla y para que sea feliz.

—Soy feliz cuando estoy contigo —Bella miró a su hermano a los ojos—. Richard, por favor…

—Muy bien. Tienes edad para saber lo que haces, Bella. Nunca he intentado impedir que hagas lo que quieres y creo que tienes buen juicio. Organizaré la boda en nuestra casa de campo y, entre tanto, espero que te comportes con mesura y dignidad, Bella.

—Gracias, Richard —Bella lo abrazó impulsivamente—. Muchas gracias. Eres muy bueno conmigo.

—Espero que me visites —dijo Richard antes de mirar con severidad a Edward —. Quiero que mi hermana pueda vivir con holgura si quiere vivir en Inglaterra.

—Naturalmente —Edward sonrió a Bella —. Ya lo tenía pensado. Creo que quedaréis satisfecho, lord Sefton-Jones. Bella tendrá tierras y posesiones en Inglaterra que podría legar a sus hijos si quiere.

—Entonces, no tengo nada que objetar —aceptó Richard—. Buscad un sitio discreto para despediros por el momento. Lucy y yo nos iremos pronto a casa y tienes que estar preparada para acompañarnos.