Jovencita, que es lo que dice que pasó?- preguntaba el reportero casi golepando con su micrófono a Rina, que apenas podía moverse mientras los miembros de la prensa de la ciudad la rodeaban, justo a las afueras de su lujoso hogar.
-Esa clase de sujetos no deberían seguir en las calles! Yo, la sobrina del alcalde, he sido agredida, fui violada! Y la policía como si nada! Esto debe cesar de una buena vez!- gritó la joven a los micrófonos y cámaras que la rodeaban.
-Nos han reportado que hay mas jovencitas que han sido acosadas. que puedes decirnos al respecto?- insistió otro periodista.
-Que me encuentro muy decepcionada del sistema de justicia de esta ciudad! Esto es el colmo!-rugió la joven haciendo un ademán de soberbia. - Si ese tipo me esta oyendo, dígale que yo misma lo cazaré en persona!- espetó- Soy aprendiz de policía e iré tras de el cueste lo que cueste! Si los detectives de Seika no quieren hacer caso de mis demandas, usaré mi estatus como sobrina del alcalde para resolver el caso yo misma!-
Los reporteros continuaron haciendo preguntas a Rina, quien pareciera complacida con la atención que estaba recibiendo de los medios de la ciudad. Meimi suspiró al otro lado de las cámaras, a través de la pantalla del televisor. La mentira descarada de Rina le había causado mucha molestia. La noticia terminó y cedió su lugar a una actualización con el robo de la flor de Lancaster. El curador del museo, el señor Hajime Hamasaki, declaraba a las cámaras que un sujeto muy extraño, vestido con sombrero y gabardina lo había estado siguiendo. Del mismo modo, los vigilantes del museo reportaban que en las primeros horas de la noche desde hace días habían visto una sombra rondar por los jardines del museo, sin encontrar a nadie en la inspección posterior. El padre de Daiki se excusaba ante las càmaras, asegurando que la vigilancia se endurecería a partir de aquella noche tanto en casa del señor Hamasaki como en el museo. Meimi se mordió los labios. A pesar de aquella situación tensa, tenìa que actuar de una buena vez...
Horas más tarde, Saint Tail se elevaba como un suspiro lento sobre los tejados de Seika. Era luna llena y las luces de la ciudad titilaban alegremente bajo los globos de helio de la ladrona. Estaba tan claro y despejado que la suave brisa nocturna le hizo sentir un pequeño escalofrío mientras avanzaba hacia el museo. Solo había dos patrullas estacionadas a las afueras del museo, para alivio de la chica. Al llegar hasta el techo el viejo recinto de estilo neoclásico, no noto nada extraño. Ya habían empezado las obras de reparación de los tragaluces destrozados por el misterioso criminal, solo había una vieja tela cubriendo los espacios vacíos que faltaba por resanar con cristales nuevos. Entro por la puerta de servicio del techo, forzando la cerradura. Tras asegurarse de que no había nadie más en el descansillo, descendió por las escaleras de emergencia. Sigilosa como de costumbre, eludió a los vigilantes del museo y a las cámaras de seguridad. Justo cuando bajaba unas lujosas escaleras de caoba fina que conducían a la sala donde estaba hasta hace días la flor de Lancaster, escuchó el sonido inconfundible de unos pasos en la alfombra detrás de ella. Apeándose bajo un jarrón fino en un pedestal de mármol, escuchó murmullos en la distancia. Los pasos se iban acercando. Meimi , sin demorar más bajó la escalera deslizándose por el barandal hasta descender a la sala. Y justo allí, noto como el aire detrás de ella se sacudía intempestivamente. Se dió la vuelta. Afortunadamente las cámaras de vigilancia seguían fuera de servicio en esa sección del museo. No estaba sola. Aquella persona venía siguiéndola. Se le heló la sangre de inmediato : había olvidado cerrar la puerta de servicio en la azotea. Quizás uno de los guardias había escapado a su escrutinio y justo iba a tomarla por sorpresa en cualquier momento...
Quieta como una estatua, miró a su alrededor lentamente. No había señal alguna de los guardias del museo. Y ocurrió algo inaudito. Una sacudida la sacó de su concentración. No tuvo tiempo de gritar ni de defenderse, ya que el sujeto tenía una fuerza descomunal, más allá del límite humano. Solo vió como el suelo de la sala se alejaba y atravesaba la tela de los ventanales aun sin reparar. Aterrizaron en el techo, cuando el sujeto la soltó. La chica cayó pesadamente al piso aterrizando sobre su trasero. Meimi estaba paralizada de terror y comepletamente azorada cuando vio al individuo frente a ella hacer una cortés reverencia. Lo reconoció: era el mismo sujeto del callejón.
-Discúlpeme señorita, pero temía que los guardias nos vieran...- habló formalmente el hombre...-Usted es una joven muy linda...que hacía exactamente en el museo esta noche...?- inquirió el hombre sonriendo grotescamente. Tenía los dientes amarillos, que brillaron bajo la luna.
Meimi recuperó el valor de pronto. Levantándose, se encaró con el extraño.
-Eso es lo que yo quiero saber de tí!- rugió...Devuelve la flor, se que tu la robaste...devuélvela o te las verás conmigo!- exigió. ¿Para que la quieres? Y también, dime...que es lo que buscas con las chicas de la ciudad? ¿Por qué las acosas?
-Esa flor, ya no me interesa. No es la verdadera...- Te gustan los conejos, pequeña?- sisieó el sujeto. Turbada, la joven dio un paso atrás. Ese cambio abrupto de tema la puso alerta.- El mío se llama Vincent. Te lo puedo mostrar si quieres...- gruñó el hombre atusándose sus largos y exagerados bigotes de lápiz.
-Deja de jugar y dame una respuesta directa. ¿Donde esta y que hiciste con ella?- inisitió la pelirroja.
-Te la daré pero debes acompañarme...- respondió el hombre. De nuevo, Meimi se vio subyugada por la enorme fuerza y velocidad del sujeto, que tomándola entre sus brazos dio un salto descomunal, que hizo que el corazón de Meimi casi se le saliera por la boca. En unos pocos segundos, entre las sacudidas y cabriolas del sujeto sobre los techos y tejados, generando en la pelirroja vértigo y náuseas propias de una montaña rusa, habían llegado a un elegante chalet a orillas de la ciudad. De nuevo el individuo dejó caer a Meimi como un saco de papas, esta vez en el césped. Al levantar la mirada entre estrellas y chispas de dolor, la chica se quedo impresionada. Un gran jardín rodeaba la vivienda, lleno de flores hermosísimas de todas las variedades que parecían haber florecido recientemente. Parecía cuidado con sumo esmero y dedicación. El horror y el éxtasis estético se mezclaron cuando el sujeto le ordenó a Meimi seguirlo a la parte más lejana del jardín. Llevaba aun algunos trucos en su sombrero por si el tipo querría sobrepasarse con ella o hacerle daño...Caminó lenta y cautelosamente, con un nudo en la garganta y el corazón rebotando en su pecho.
-Puedes llamarme Jack...- murmuró el hombre mientras Meimi hacía crujir las hojas secas al llegar donde el ladrón la esperaba, una fuente de piedra donde descansaba la Flor de Lancaster. Los pelos de la nuca de la pelirroja se erizaron mientras el hombre sonreía ampliamente.
