Madejitas

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Miró al techo, mientras caminaba por el pasillo, silenciosa, como era su costumbre, y sosteniendo en sus manos un cesto con ropa limpia que debía ordenar. Sus ojos sonreían mientras en su mente tarareaba una cancioncilla que se le había quedado pegada. Fue entonces cuando escuchó un débil quejido provenir de la habitación de Hinata-sama. Preocupada caminó hacia la puerta de la habitación de la muchacha, sin soltar su cesta al no sentir peligro alguno, y tocó suavemente la puerta, anunciándose. La voz apurada de Hinata contestó desde el otro lado.

—¿Se encuentra bien?

—¡S-Sí!

—¿Puedo pasar?

Hubo un corto silencio, que se vio interrumpido por movimientos erráticos del otro lado de la puerta. Natsu juntó las cejas y se permitió el atrevimiento de deslizar la puerta, suavemente, sin soltar la cesta de ropa limpia; sus ojos blancos se toparon con una escena ligeramente cómica, pero su rostro no reflejó sus ánimos. Hinata le miraba con ojos de corderito asustado, mientras intentaba esconder unas agujas y una maraña de hilo azul.

—Discúlpeme, Hinata-sama —se apresuró a excusarse. —La creí en un apuro.

El tinte rosado que adquirieron las mejillas no pasó desapercibido por la nodriza, que hizo una ligera reverencia y salió de la habitación. Estaba a punto de cerrar la puerta, cuando la voz de Hinata, igual de apurada que antes, le pidió que esperara; se detuvo y se giró hacia la muchacha, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.

—¿Si, Hinata-sama?

—¿E-Está muy ocupada?

—En este momento me dirigía a guardar la ropa limpia.

—Oh, ya veo… —murmuró, bajando la mirada y sonriendo, amable, como siempre.

Aquel gesto la obligó a reconsiderar sus palabras. —¿Hay algo en lo que la pueda ayudar?

El cabello corto se agitó en una negativa, acariciándole los hombros. —He olvidado como se usan las agujas… quería saber… ¿p-podría enseñarme?

Observó en silencio a la muchacha, sin soltar su cesta y sintiéndose un poco alagada. El sonrojo en las mejillas de Hinata fue aún más notorio y pronto comenzó con las excusas y disculpas. Sonrió, gentil, se hizo una nueva reverencia.

—En cuanto me desocupe, volveré a ayudarla.

La siguiente media hora la dedico a doblar la ropa de Hanabi y guardarle donde era debido, mientras recordaba, con una sonrisa, los ojos enormes de Hinata y la maraña que se le enredaba en uno de los dedos. Pensó que sería una lástima usar el hilo para practicar, ya que terminaría demasiado maltratado para poder usarse y se convertiría en un desperdicio demasiado pronto, así que antes de dirigirse a la sala de juegos, donde la esperaría Hinata, pasó a su habitación y buscó entre sus reservas algún hilo de baja calidad que pudiese servirles.

Al echar un buen vistazo en su armario, se encontró con la cesta de madejitas, que hacía años había sido abandonada por Hanabi.

—Lo primero, será enseñarla a montar los puntos —le indicó, luego de hacer una reverencia al entrar en el salón. —Esto le servirá para practicar, Hinata-sama.

Los ojos de la muchacha brillaron, de esa manera en que pocas veces lo hacían; Natsu le regresó la sonrisa, aunque no con la misma intensidad. Dejó la cesta en el suelo y le quitó de las manos la maraña que intentaba deshacer, para depositar las agujas sobre sus palmas extendidas. Se acomodó detrás de la muchacha y le pasó los brazos por encima de los hombros, para que pudiera ver con claridad la manera en que se montaban los puntos en las agujas.

—Ahora inténtelo usted.

Soltó el hilo de las agujas y se las depositó en las manos a Hinata, le entregó otra madeja y se sentó frente a ella. Sonrió ligeramente e hizo una pequeña reverencia, para ocultar la inesperada emoción que sintió cuando los ojos de la muchacha la miraron, llenos de una extraña alegría, al lograr montar el hilo con facilidad.

Nunca habría imaginado que esas madejitas le regalarían sonrisas tan cálidas por segunda vez.


Re-publicado: Viernes, 19 de abril de 2019