Madejitas
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Hinata y Hanabi tenían días comportándose extrañas. No era muy común que su camino se cruzara durante el día con el de Hinata, y aunque Hanabi era un cuento aparte, últimamente se las había encontrado demasiadas veces por los pasillos… y quizá, si solo hubiese sido Hanabi, habría sido capaz de ignorarlo al estar familiarizada con esa carita redonda, pero no había podido pasar por alto las mejillas arreboladas de Hinata, que siempre desviaba la mirada y emanaba algo similar a la culpabilidad.
Pero de nada servía preguntar, porque Hanabi era demasiado lista y no le permitía a Hinata hablar demasiado. Siempre se alejaban, entre susurros que recriminaban y disculpas o risitas culpables.
Pero ese día sería diferente.
—¿Qué están haciendo aquí?
No habría sido necesario el Byakugan, de haberlo usado, para ver el escalofrío recorrerles el cuerpo. Comúnmente utilizaría honoríficos, sin importar el lugar y la circunstancia, pero cuando se volvía severa se olvidaba por completo de etiquetas y se permitía prescindir de ellos. Parándose derechitas, le miraron por encima del hombro sin dejar de darle la espalda, ni alejarse de la pileta del lavadero.
—Nada —contestó Hanabi.
Con las manos en la cintura, enarcó ligeramente una ceja, en un acto que seguía engañando a su señorita.
—Hinata-sama, Hanabi-sama.
Hinata se mantenía en silencio y con cara de espanto, Hanabi, por primera vez en muchos años, mostraba en sus ojos un brillo de travesura frustrada.
—No es nada —insistió Hanabi.
—Aléjense de la pileta entonces, ustedes no tienen nada qué hacer aquí.
Las hermanas se miraron, antes de volverse hacia la pileta y alejarse de ella ligeramente, manteniendo las manos sobre ella, las cuales tenían teñidas de colores diferentes y goteaban pigmento. Se acercó a la pileta, temiendo encontrar alguna monstruosidad ahí dentro, quizá un kimono arruinado por tinta derramada, pero solo encontró cuadros de lana sumergidos en el agua helada y pigmentada, y otros cuantos, en tonos pasteles, que aparentemente esperaban ser teñidos. Suspiró aliviada al no tener que solaparles una travesura o verse obligada a delatarlas.
Estaban tiñendo tela. Tela.
Se mostraban maduras a diario y tan fuertes en sus combates, que se olvidaba por completo que la mayor era una adolescente de diecisiete y la menor una niña de doce años.
—Pudieron pedirme que les ayudara con ello —soltó al fin, tomando un paño y secándoles las manos. —Anden a lavarse, yo termino esto.
—N-No… yo lo termino.
—Ya casi es hora de almorzar —recordó Hanabi. —Se me antoja dorayaki.
Natsu apretó los labios ante la astucia de su protegida. —¿Gusta que les prepare uno?
Hanabi le miró con rostro inocente y asintió. Sin más remedio salió del cuarto de lavado, dejando a las muchachas envueltas en una riña silenciosa, de susurros que recriminaban y risitas culpables.
~oOo~
Los primeros copos de nieve habían caído durante la madrugada, dándole una agradable sorpresa a Natsu, que al mirar por la ventana no pudo evitar suspirar y sonreír ante la inmaculada blancura que cubría los suelos y los árboles. Durante todo el día, ella y Ko, habían estado asegurándose que la casa se encontrara cálida, además, tuvo que encargarse de mantener abrigada y calentita a su adorada Hanabi-sama, quien jamás demostraría lo friolenta que podía llegar a ser. Al caminar por el pasillo, con la bandeja cargada con una tetera y una sola taza, se encontró con Hanabi, quien parecía más bien apresurada y sostenía en su mano un bolsillo.
—¿Saldrá, Hanabi-sama?
La muchacha asintió una sola vez, sin detener sus pasos, pero yendo más despacio.
—¿No tomará el té?
—¡Cuando vuelva!
—¡Abríguese, hace frío!
—¡No tengo frío!
Y sin más la muchacha volvió a correr. Natsu le recordó que no debería ir tan rápido dentro de la casa pero no creyó ser escuchada. Relajó los hombros y observó la bandeja en silencio… no le había preguntado cuánto tardaría en volver. Comenzaba a volver a la cocina cuando el sonido de unos pasos acelerados le indicó que alguien más corría por el pasillo; Hinata la esquivó con facilidad, llamando a Hanabi, apurada, y pidiéndole que esperara por ella.
—¿Hinata-sama…?
—¡No tardo!
—¡Abríguese!
Hinata respondió algo, antes de perderse al girar por el pasillo.
¿Qué se traían esas niñas entre manos?
~oOo~
Luego de un largo día de trabajo, Natsu preparó la última bandeja de té del día y la dejó sobre la mesa en la sala de té, donde ya esperaban Hinata y Hanabi, que aun parecían tener energías a pesar del entrenamiento al que se habían sometido aquella tarde. Se sentó silenciosa en la mecedora a tejer, mientras las muchachas hablaban tranquilamente y comían los dulces que ella había logrado sacar de la cocina. Pronto las muchachas se envolvieron en actividades individuales y un plácido silencio envolvió la atmósfera, el calor generado por la caldera les acariciaba suavemente la piel, mientras la bufanda que tejía Natsu crecía y crecía sobre su regazo.
Un parpadeó bastó para que se quedara dormida debido al cansancio, cuando abrió los ojos, Hanabi y Hinata ya no estaban y la habitación apenas era iluminada por la lámpara que había sobre ella.
Ligeramente desorientada y avergonzada, se levantó de la mecedora y sintió algo deslizarse de sus piernas y caer a sus pies. Bajó la mirada, encontrándose con una pequeña caja envuelta en papel de regalo y una manta que nunca había visto antes. Sintiendo que no debería estar ahí, recogió los objetos rápidamente y los inspeccionó para devolvérselos a la muchacha que los hubiese olvidado, pero le sorprendió encontrarse con una pequeña nota adherida a la cajita. La leyó y su pecho se sintió más cálido que el resto de su cuerpo al descubrir que iba dirigida a ella, observó la cobija en completo silencio y la palpó con sus manos, reconociendo los cuadros de lana que las muchachas habían teñido semanas atrás, cuando les había pillado en el cuarto de lavado.
Salió de la habitación, tan silenciosa y sigilosa como un gato; caminó por los pasillos apresurada y guardando las apariencias, aferrándose a los obsequios que le habían hecho sus adoradas señoritas y sin poder borrar por completo la sonrisa que volvía una y otra vez a sus labios. Cruzó el último pasillo antes de llegar a su habitación, bajo las atentas miradas de Hinata y Hanabi, que se mantenían detrás de sus respectivas puertas, esperando ver la reacción que aquel detalle había generado.
Cada cuadro había sido tejido con las madejitas que años atrás Natsu le había obsequiado a Hinata para practicar y que antes de eso le habían servido a Hanabi como diversión.
Sin que Natsu lo supiera aún, esas madejitas provocaban sonrisas cálidas, una vez más.
c:
Aquí termina este pequeño tributo para Natsu, espero les haya gustado el corto recorrido por días ordinarios en la vida de un personaje del fondo. No imagino a Hinata y Hanabi muy traviesas, pero me gusta pensar que Natsu tuvo que lidiar en algún momento con alguna ocurrencia infantil y por eso a veces tanto misterio la altera. Gracias por acompañarme c:
Publicación original: Domingo, 31 de diciembre de 2017
Re-publicado: Viernes, 03 de mayo de 2019
