La flecha se desprende y se incrusta en la madera. Un sonido seco. La observa inmóvil en la diana un instante y vuelve a cargar. Apunta.
Dos.
Esta se clava también, muy cerca de la primera. Su puntería ha mejorado. La chica lobo mira el resultado mientras acaricia las plumas en el extremo del tercer proyectil y otros ojos admiran su destreza refugiados en las sombras. Carga de nuevo y piensa. Piensa en Arry, piensa en Comadreja, en perdiz, en ratón, en ardilla. Piensa en todas sus versiones y dispara.
Tres.
Tres flechas, tres certeras. Y sus nombres, todos ellos, se esfuman con el descascarillar de la madera. Quien habita las entrañas de la oscuridad no es silencioso como una sombra y por eso ella no oye. Porque Syrio Forel la enseñó a escuchar y por eso se vuelve.
Ahí está. Y su pecho se sacude como siempre que lo ve porque el pasado vuelve con él. De repente Arry vuelve, y Comadreja y Perdiz y ratón y también ardilla, hasta que es solamente Arya. Arya de la casa Stark, hija de Catelyn y Eddard, blasón vivo de su pueblo, una loba. Una lady.
Los ojos azules la escrutan silenciosos como siempre lo hicieron en aquel pasado tan lejano, tan guardado bajo llave que de pronto vuelve demasiado fuerte. Él lleva algo en la mano, semi oculto tras la gruesa capa y cabecea en su dirección.
-¿Es para mi?
Su voz repta cavernosa hasta sus oídos y los ojos grises le analizan. ¿Qué logra ver? Él no lo sabe, ya no la conoce. No como antes al menos y el hielo que encuentra en su iris duplica aquel que cubre su antiguo hogar.
Gendry asiente y ella abandona el arco sobre un saco. Se dirige a él y este le tiende el arma, aquella que le ordenó fabricar para ella. Tal como ha hecho, porque siempre cumple las órdenes de su señora. Siempre lo hizo… La lanza bicéfala acaba entre sus dedos y la mueve con destreza, una que antes no portaba.
La ve ir y venir, haciendo silbar al aire las puntas de vidriagón.
-Servirá.- la oye murmurar.
"Claro que servirá" habría dicho el viejo Gendry pero se calla. Porque no sabe si es a la vieja Arya a quien le habla. Tal vez la chiquilla desarrapada que detestaba su clase haya aprendido a quererla, a diferenciarse a paso agigantado de los plebeyos como él. Casi…
Porque el es un bastardo pero por sus venas corre la sangre de un rey.
Y el hijo del rey caído observa su ir y venir, el vaivén continuo de su creación y el brillo que arranca la luz de las antorchas de los ojos grises le hacen dar un paso en falso. Hacia delante, dubitativo y ella no lo nota. ¿Será ella?, se pregunta. ¿Seguirá siendo la misma chica? ¿La misma con la que se lanzaba a los peligros, de la que se reía cuando finalmente se asemejaba a una chica, con la que rodó por aquella destartalada herrería?
Aquella que le pidió que fuese con ella, la que le dijo que sería su familia.
-La última vez que te vi…- los ojos grises se le clavan como dagas y un tambor se aloja en su pecho.- Me pediste que viniera a Invernalia. Di un buen rodeo pero...- culmina con los nervios trastocando las últimas sílabas.
Ella le pasa de largo, jugando a girar la lanza.
-¿Qué quería de ti la mujer roja?- pregunta.
La sangre llameante del rey Robert se apaga en sus venas y vuelve a sentirse plebeyo. Avanza sin mirarla, sintiendo los pasos a su espalda.
-Quería mi sangre… Para un ensalmo.
-¿Por qué la tuya?- el interrogatorio continúa.
Y se vuelve, la suave frialdad de sus preguntas acuciando una respuesta seca.
-Soy el bastardo de Robert Baratheon.
El giro de la lanza se detiene en seco y los ojos grises van a su encuentro. Le asalta una vaga llama de reconocimiento al hallar algo humano en ellos por primera vez. La lejana sombra de un recuerdo, de sus ojos tiñéndose por la sorpresa y la curiosidad, y el hijo del rey decide que sí, que así se mostraban sus ojos antaño.
Vivos.
Le gratifica saber que la ha sorprendido, que aquella en quien se ha convertido conserva algo de su antigua amiga. Algo de Arry, de Comadreja, de ratón, de perdiz, de ardilla… De Arya.
-No lo supe hasta que me lo dijo.- continúa con un leve halo de seguridad.- Me ató, me desnudó y me llenó de sanguijuelas.
Las miradas hace largo rato que se encuentran engarzadas y la chica lobo deja de ser Nadie. Le pasa cada vez mas a menudo desde que volvió al Norte y mas aun desde que él pisó su hogar. La chica deja de ser Nadie para volver a ser Arya.
Y Arya siente lástima de Toro.
Siempre fue bueno, siempre fue noble. También acostumbraba a ser terco y a tomar decisiones mas que cuestionables pero no se merecía nada de todo aquello. Solo quería formar parte de algo, pertenecer a algún lugar y solo consiguió traición.
Yo nunca te habría traicionado.
El siguiente pensamiento la hace regresar de su abstracción y vuelve a pasarle de largo, bamboleando la lanza. El frío regresando al gris de sus ojos.
-¿Fue la primera vez?
-Ah, sí…- lo siente dubitar, extrañado.- Nunca me habían puesto sangui…
-Tu primera vez con una mujer.- aclara con voz limpia y aguarda.
Un segundo de silencio y su voz le llega con eco y desconcierto
-¿Qué?- deposita la lanza a un lado del arco y serena el gesto. No sabe si se está haciendo el idiota o si lo es. En ambos casos, debe refrenar la rabia.- Yo no… Nunca estuve con ella.
Se gira y se lo encuentra de frente. Sus ojos escrutan por un momento su cabeza, el pelo mucho mas corto de lo que acostumbraba antes y regresa a sus ojos. Unos ojos azules en los que encuentra la ofensa o la disculpa, no lo tiene claro
-¿Y con otras chicas?- arremete con calma. Comienza a quitarse los guantes y el cuero cruje.- Antes en Desembarco. O después.- sus ojos desmesuradamente abiertos la miran con urgencia, para después entrecerrarse mientras su dueño se debate por hablar. Ella se burla.- ¿No te acuerdas?
-Sí.- finalmente cede, aunque le cuesta.- He estado.
Los ojos grises se entrecierran con astucia. Como una loba que analiza su presa.
-¿Una?- pregunta y el se detiene con la boca ligeramente abierta.- ¿Dos? ¿Veinte?
-¡No llevo la cuenta!- no grita pero la rabia aflora. Ella lo sabe.
El ceño se le ha fruncido de esa forma tan característica y vuelve a recordar al chico serio del yelmo de toro. Se permite sonreír, sardónica.
-Si la llevas.
El chico resopla, exasperado. Aunque finalmente los ojos inquisidores le fuerzan a hablar.
-Tres.- a Gendry la hubiese gustado añadir un "¿Contenta?", pero no se ve capaz.
No es muy dado a los sentimentalismos ni tampoco un as en lo que a formalismos se refiere, pero le da la sensación de que hablarle a Arya sobre sus conquistas es una falta de respeto hacia ella y no sabe por qué.
No le debe nada, nunca juró un voto de fidelidad aunque expuesto a sus ojos se siente deshonesto. La caída de ojos le resulta extraña, como si guardase un doble filo y cuando vuelve a alzarlos siente sus muros caer, piedra a piedra. Se le acerca con paso lento.
-Seguramente muramos pronto.- parece a punto de esbozar una sonrisa.- Debería saber como es antes de que pase.
El corazón se salta un latido. Esa voz, ¿Desde cuando emplea ella una voz tan sugerente? El temblor le obliga a apretar los puños bajos las mangas y sus enormes ojos grises le devuelven la mirada cargados de una seguridad sobrecogedora. Y se pregunta, ¿Por qué no? Son adultos, no los críos harapientos y desvalidos que una vez fueron.
Casi se ha convencido cuando una segunda incursión a sus pozos de profundo gris le susurran una verdad a gritos. El brillo titila en ellos y con atención, puede comprobar que el brillo zigzaguea con algo mas que aquella perpetua frialdad.
Hay miedo en ellos.
Tras toda la firmeza encuentra inseguridades, encuentra dudas y encuentra algo que no podría definirse ni en mil libros escritos por mil maestres distintos. Y la certeza se esfuma al primer avistamiento de Arya la niña. La conversación con los miembros de la hermandad en aquella taberna regresa como una canción olvidada.
Las advertencias de Lim. "¡Es una chica y mas pequeña que tú!" "Si quieres pelearte con alguien, peléate conmigo" "Esto no será como en las canciones del bobo de Tom. No le robarás besos a una princesa". Lim y el resto también habían sabido ver lo que él no. Que Arya y él eran mas cercanos de lo recomendado, que todos esos juegos de niños pronto iban a pasar de las líneas debidas, que cuando Arya se desprendía del barro en el pelo y se plantaba un vestido a él se le removía algo dentro.
Y no les quedó otro remedio que frenarlo. Le advirtieron. Y la amenaza velada de aquellos adultos fue lo que le hizo volverse consciente de la verdad.
Arya era una niña aunque les superase a todos en coraje. Una niña cinco años menor. Una niña al fin y al cabo. Y volvía a verla. Y se siente un desgraciado. Porque cuando ve todo eso en sus ojos, cuando la siente hacerse pequeña a cada segundo transcurrido, se siente avergonzado. Porque cuanto mas ve brillar la inseguridad en su pupila, mas depravado se siente. Sabe lo que debe hacer.
-Arya, yo…
Va a frenarla, pero ella no le deja. Porque ha hecho a un lado todo lo malo para acercarse y juntar sus bocas. "El miedo hiere mas que las espadas", había dicho Syrio Forel y por eso Arya había aprendido a no pensar demasiado, a actuar cuando se requería. Esas eran sus reglas y había jugado conforme a ellas tanto tiempo que parecía antinatural no hacerlo ahora.
Y ella siente su cesión, él su honor que se evapora. Y ancla las manos a su cadera mientras la siente arrimarse de puntillas.
Sus labios se separan con lentitud, en un final tranquilo, lánguido y se miran. Ella lanza una sonrisa que acucia la suya propia y se vuelven a besar. Esta vez le da una patada al honor, lanzándolo lejos mientras la acerca mas a él. Siente movimiento y cuando se detiene a mirar, ve sus pequeños dedos desabrochándole el cinturón. Se permite un pensamiento antes de hacer lo mismo.
Ambos caen casi al mismo tiempo y el la mira otro instante. Sí, reconoce a Arya en esos ojos. Y se permite otra broma privada cuando le empuja hacia las sacas. Sí, reconoce a Arya en esa falta de tacto. Se recuesta sin apartar la vista y la muchacha saca con premura la camisa de sus pantalones y la levanta.
El suelo se tambalea.
Unas cicatrices largas y profundas le surcan el costado, las ve nacer a un lado de su ombligo y perderse en la circunvalación de su cintura. Siente el escalofrío y la pregunta que se lleva haciendo tantísimo tiempo regresa. ¿Qué le ha pasado?
Lleva mucho tiempo preguntándose que había sido de la pequeña Stark. Pasó muchas noches y días en la fragua cuestionándole al aire corrompido por el fuego si la niña había sobrevivido. Y de ser así, qué diablos había pasado con ella. Se preguntó muchas veces si la suerte la habría acompañado.
En aquel instante comprende que no. El mundo se había cebado con Arya Stark y lamenta mas que nunca no haberla acompañado. Él la habría protegido, incluso de si misma.
La loba malinterpreta esa mirada.
-No soy la mujer roja.- dice con sequedad y tras elevar una ceja sugerente, agrega.- Quítate los putos pantalones.
Y él obedece, mudo, mientras la ve desnudarse a la luz de las antorchas. Porque siempre obedecerá una orden de su señora. Y su señora se coloca sobre el, piel a piel, como nunca antes se han tocado. Y se inclina y él la mira. La mira y ve lo que nunca supo ver, tal vez lo que nunca quiso. Y vuelven a ser los dos chicos que ruedan entre polvo en la vieja herrería solo que esta vez, comprenden lo que pasa, lo que hacen.
Y se vuelven conscientes de lo que provoca que sus cuerpos se engarcen.
Él le dedica una mirada de reverencia y ella lo besa, mezclando saliva, labio a labio. Ella se alza, él la coloca. Y el suelo vuelve a sacudirse. Los poros expulsan vaho y todo pierde importancia y forma. Con la primera embestida, suave, el frío ya no parece asolar Invernalia. Con la segunda, el rey de la noche deja de resultarles tan amenazador, tan inminente. Con la tercera, mas cruda, la guerra que se les viene cae relegada a un olvido pasajero.
Y así una tras otra. Y cambian de postura y combaten el uno con el otro, porque toro y lobo nuca ceden. Y se besan, se acarician y se arañan.
Y los gemidos bañan la piedra desnuda, los dientes dejan marcas y cada tramo de piel se les eriza. Y después de tanto tiempo, el lobo y el toro vuelven para encontrarse. Se reconocen, se bañan en lo conocido y nadan mas allá, hasta límites que nunca cruzaron.
Arry y el Toro, la loba y el ciervo, Stark y Baratheon, Arya y Gendry.
Y poco mas allá, en otro pasadizo pedregoso, en las entrañas de Invernalia, las tumbas talladas sonríen cuando el viento les transporta los gemidos. Y la voz de Robert Baratheon vuelve a colarse en las criptas de Invernalia para recitar lo que tantos años antes había afirmado, refiriéndose a las personas erróneas.
"Yo tengo un hijo y tú una hija, Ned. Unamos nuestras casas."
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Bueno, aquí os dejo este pequeño relato Gendrya. Em honor al regreso de Juego de Tronos con su última temporada. Este par de capítulos me ha recordado lo muchísimo que shipeaba a esta pareja y gracias a los dioses mis plegarias han sido escuchadas. Ya puede venir el rey de la noche a exterminarnos a todos que moriré feliz.
En fin espero que os haya gustado este pequeño homenaje a dos de los mas salvajes del universo canción de hielo y fuego. P.D: No descarto que haya mas mini fragmentos, todo se verá.
Valar Morghulis.
