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PD. Todos sabemos que tristemente los personajes no son míos, verdad?
2. Lo que tuvimos a cambio
Cinco años después
La tercera vez que Jaime despertó en el hospital se esforzó por permanecer consciente hasta ver a Tyrion, tenía algo urgente que debía encargarle y no podía esperar un momento más.
Con una mezcla de miedo y esperanza dirigió la vista hacía su mano derecha y sintió una aguda punzada en el pecho al comprobar que en su lugar no había más que vendas cubriendo el muñón por encima de su muñeca. Desvió el rostro y como las veces anteriores pensó que quizás todo eso no era más que un mal sueño, pero rápidamente llegaron a su memoria imágenes del accidente. Cerró los ojos y se vio a sí mismo con claridad en el fondo de aquel maldito barranco, atrapado entre la puerta del automóvil con la mano cercenada a escasos centímetros de su rostro. No supo cuánto tiempo había pasado ahí, pero empezaba a amanecer cuando escuchó un par de sirenas y por primera vez desde que perdió el control del automóvil, pensó que quizás podría salir con vida de eso, aunque no estuvo seguro de si esa posibilidad debía animarlo o no. Su último pensamiento antes de perder el conocimiento fue para Honor, el pobre animal estaría solo, ansioso, hambriento y quizás sería el único ser vivo cuya vida se vería drásticamente afectada si no sobrevivía.
Y por eso en esos momentos debía estar despierto hasta ver a su hermano, tenía que pedirle que se hiciera cargo de Honor. Sonrío al recordar como su padre apretaba los labios al escuchar el nombre del animal, consciente de que él y Tyrion lo habían elegido justamente para fastidiarlo: el honor de los Lannister que tanto le importaba a Tywin, quedó convertido en un labrador color caramelo que se lamía el culo frente al patriarca de los Lannister como su supiera que eso le resultaba en extremo repulsivo.
Tywin Lannister al enterarse de que su hijo mayor sobreviviría, pero quedaría mutilado de por vida no había vuelto a aparecerse por el hospital.
Jaime estuvo a punto de llamar a una enfermera y pedir una dosis extra de analgésicos, pero después de pensarlo mejor llegó a la conclusión de que el dolor era bueno para él en esos momentos; el dolor lo mantenía despierto y con la mente clara. El dolor era un amigo brutalmente honesto que le gritaba sus errores a la cara sin piedad ni eufemismos absurdos.
Pasados apenas unos minutos la puerta se abrió y la pequeña figura de su hermano cruzó la puerta despacio y son sigilo, como lo haría cualquiera que entrará a la habitación de un moribundo. Pareció sorprendido de encontrarlo despierto y, quizás por su propia comodidad Jaime decidió ahorrarle el esfuerzo de encontrar algo que decirle.
—¿Puedes encargarte de Honor, por favor? —le pidió con una voz tan clara y serena que se sorprendió a sí mismo.
No tenía idea de cuánto tiempo llevaba en el hospital. Estaba seguro de haber visto a Tyrion varias veces pero siempre estaba sedado y con la mente tan ausente que no podía recordar nada más.
—Está todo arreglado, no te preocupes por eso ahora —le dijo con un gesto que supuso, debía ser una sonrisa tranquilizadora.
—¿Algún pronunciamiento de Tywin? —preguntó con la vista fija en el techo.
Era parte del lenguaje clave de los hermanos Lannister, cada vez que alguno se metía en cualquier lío el momento que más temían era la furia contenida que su padre liberaba en una declaración fría y desapasionada sobre las consecuencias que tendrían sus actos: El pronunciamiento de Tywin.
—Estuvo aquí el primer día. No dijo mucho ni antes ni después de enterarse de… Bueno, supongo que por lo menos está vez tendrá la decencia de esperar a que te recuperes antes de hacer su pronunciamiento —dijo, y era claro que también para él aquella extraordinaria muestra de tacto de su padre resultaba sorprendente—. El neurólogo dice que todo está bien… te sorprenderá saber que tras abrirte la cabeza los médicos descubrieron que he estado equivocado toda mi vida: sí tienes cerebro, hermano —añadió tratando de aligerar el ambiente.
Jaime, por costumbre, levantó la mano derecha para dirigirla a su cabeza; a medio camino el dolor y el muñón vendado le recordaron lo que había sucedido. Movió la mano izquierda entonces para palpar el lado derecho de su cabeza cubierto con algunas gasas y con cabellos trasquilados a su alrededor.
Jaime suspiró y maldijo su mala suerte. Varias veces había escuchado que después de accidentes graves o heridas en la cabeza solía producirse algún tipo de amnesia, cosa que hubiera sido una bendición en su caso. La vida se ensañaba con él y le permitía recordar a detalle todo lo ocurrido.
—¿Cersei? —preguntó siguiendo el hilo de sus propios pensamientos.
—Llamó una vez —declaró Tyrion lacónico.
Por supuesto, estando tan cerca el regreso de Robert ella no estaría dispuesta a verse demasiado involucrada con él, especialmente después de lo ocurrido.
Apenas unos meses después de nacido Joffrey el matrimonio perfecto empezó a desmoronarse. Cersei descubrió a su marido involucrado con una de sus asistentes primero, después con una de sus socias y después de eso dejó de importarle con quién más la engañara. Por supuesto no quería ni escuchar hablar del divorcio porque la cantidad que ella recibiría en ese caso no llenaba sus ambiciosas expectativas, así que después de un par de berrinches decidió pagarle con la misma moneda; buscó a Jaime y él, tras una breve reticencia inicial, aceptó jugar el papel de amante clandestino. Mantuvieron una relación estable y continua por un par de años. El último año que Robert había pasado solo en Europa se permitieron cierto descaro y rentaron un departamento en el que estaban juntos días enteros.
La fantasía terminó cuando Cersei le anunció con un gesto hosco que estaba esperando un hijo. El instante durante el que Jaime se permitió creer que ese hecho bastaría para convencerla de divorciarse de Robert y finalmente aceptar casarse con él fue tan efímero que un latido de su corazón bastó para borrarlo.
Ella desapareció por varios días y cuando volvió a buscarlo fue sólo para avisarle que acababa de practicarse un aborto. Los gritos que aquella discusión generó solamente fueron silenciados cuando en un arranque de furia ella le confesó que probablemente ese hijo ni siquiera era suyo.
—¿Acaso fuiste tan idiota para creer que eras el único con el que me acostaba?
Su gesto de burla había sido más de lo que Jaime estaba preparado para resistir. Salió dando un portazo, subió al auto y a toda velocidad se dirigió a la carretera donde fue incapaz de frenar a tiempo en la tercera curva que pasó.
—Creo que lo peor ya quedó atrás —le dijo Tyrion tras un largo rato de silencio.
Jaime bufó vagamente sin saber si su hermano se refería a su relación con Cersei o al accidente. En ninguno de los dos casos podía imaginarse un caso donde el futuro resultara más agradable que el pasado.
Pasó otras dos largas semanas en el hospital sin más compañía que las enfermeras, Tyrion y la interminable sucesión de médicos que iban cada día a revisarlo: neurólogos, ortopedistas, psicólogos, protesistas y otros más, cada uno de ellos asegurándole con una sonrisa estudiada que sería capaz de llevar una vida casi normal. Sabía lo que ese casi pesaría en el perene orgullo de su padre, quien ya difícilmente podía soportar la condición de su hermano y ahora tendría que lidiar con el hecho de que su primogénito era… discapacitado.
Se negó rotundamente a la idea de contratar una enfermera y decidió enfrentarse solo a cada una de las sencillas tareas del día a día que ahora le parecían todo un reto, como vestirse, comer o escribir una simple nota. Quería llegar a casa para por lo menos estar a salvo de las miradas de conmiseración que le crispaban los nervios.
Honor lo recibió con tal alegría que estúpidamente Jaime sintió que un par de lágrimas amenazaban con salir de sus ojos. El animal, por costumbre, dirigió su hocico a su mano derecha reclamando su habitual dosis de cariños, cuando Jaime levantó el muñón hasta su pecho, Honor se dirigió de inmediato a su mano izquierda y lo miró diciéndole claramente con los ojos que no le importaba en absoluto con que mano lo acariciara mientras lo hiciera y estuviera de vuelta a su lado. No había ni rastro de piedad en su mirada: simplemente un amor incondicional y la alegría incontenible por su regreso. Eso era más de lo que había obtenido de cualquiera de las personas que conocía, Incluido Tyrion.
Lo que en su momento había considerado una decisión estúpida se había convertido en su principal tabla de salvación. Tener a Honor en su vida era sin duda una de las mejores cosas que le habían sucedido y por primera vez en varios años se preguntó si quizás….
Siguió rumiando la idea por varios días hasta que finalmente una tarde lluviosa torpemente tomó su teléfono y marcó el número de su hermano.
—Creo que después de todo sí necesito que me ayudes con algo —declaró sin mayor preámbulo.
Brienne se reusó a abrir los ojos. Sentía el sol sobre la frente, pero neciamente se cubrió con la manta esforzándose en dormir un poco más. Ése era el único día de la semana en el que podía permitirse holgazanear unos minutos por la mañana. El silencio de la casa era tan agradable que una parte de ella se negaba a dormir para disfrutarlo un poco más. Sabía que en un par de minutos todo acabaría.
No se equivocó. Al poco rato su puerta se abrió, escuchó unos suaves pasos y luego un movimiento brusco en la cama. Aun así decidió permanecer oculta bajó la sábana hasta que una mano inquieta la descubrió. Un par de ojos claros la observaban fijamente mientras ella se desperezaba despacio y con resignación. Sintió un beso en la frente y luego un par de caricias en la mejilla. Despertar sintiéndose tan querida era algo a lo que no sabía si algún día podía acostumbrarse.
La puerta volvió a abrirse y casi de inmediato alguien saltó violentamente en la cama.
—Tengo hambre —exclamó la voz mirándola con la nariz arrugada y los labios apretados —. ¿Comemos wafes? —le preguntó con esa sonrisa encantadora y coqueta que siempre lograba convencerla de todo.
—Cielo, estoy muy cansada para hacer waffles —le dijo al niño mientras tomaba en brazos a la pequeña quien continuaba observándola en silencio.
—¿Wafes? —Insistió el niño, ahora con una ceja levantada y un puchero que la hizo sonreír.
—Tú y tu hermana vayan a vestirse y después iremos a ese lugar donde sirven los waffles con helado, ¿te parece?
El chico pegó un salto y se bajó de la cama dando palmadas de felicidad antes de salir corriendo rumbo a su habitación.
La niña siguió a su lado en silencio y apenas hizo un leve mohín cuando su madre le retiró el dedo pulgar de la boca y le recogió un mechón de cabello detrás del oído.
—Tu también, Ely, ve a vestirte y regresas para que te peine, ¿de acuerdo? —le pidió rozándole la nariz con la suya.
La niña asintió y con la calma y serenidad de una princesa bajó de la cama para seguir las instrucciones que acababa de recibir.
Brienne suspiró antes de estirarse y entrar a darse un rápido baño con una sonrisa dibujada en sus labios todo el tiempo. El dolor por la pérdida de Selwyn todavía estaba demasiado fresco para empezar a sanar, pero su padre le había pedido que no perdiera tiempo llorándolo y disfrutara de sus hijos. Los médicos le habían dado dos años de vida, pero el viejo necio los sorprendió a todos resistiendo más de cuatro. La vida le concedió el deseo de ver nacer a sus nietos e incluso fue capaz de disfrutar de ellos un buen tiempo. El hombre exhaló su último aliento con la tranquilidad de saber que su temor más grande no llegó a realizarse: Brienne no se quedaría sola.
Tras trabajar un par de años en un hospital veterinario ella había decidido instalar su propio consultorio. Pequeño y modesto, instalado en la planta baja de su misma casa pero capaz de proporcionarle los ingresos necesarios para ella y los pequeños.
Sus hijos. En ocasiones aún le parecía extraño saber que era madre; que podía querer a esos pequeños seres humanos sin reservas ni temores, que podía dejarse querer por ellos sin desconfianza. Sus hijos eran todo lo que la vida le debía y ella ya había dejado atrás cualquier resentimiento que pudiera haber albergado. Era feliz, era querida y eso era todo lo que le importaba.
Apenas estaba terminando de vestirse cuando Elenei regresó sacudiendo sus rizos sueltos y enredados. Brienne sonrió y la sentó en el taburete antes de empezar a cepillar su cabello dorado. Tenía los ojos azules como ella, lo que le valió que su abuelo la llamara Pequeña Burbuja desde la primera vez que abrió los ojos en el hospital. Un par de pecas ya adornaban su naricita recta. Era tranquila y reservada: una perfecta damita.
Su hermano Tom era ligeramente más alto y su cabello lacio era más claro que el de su hermana. El niño era travieso, inquieto y parlanchín, todo lo contrario de Ely, podía ser obstinado como una mula, pero lograba conquistar a todos con una sonrisa o simplemente con una mirada de sus brillantes ojos verdes.
Con un niño en cada mano Brienne salió a recorrer las calles en ese perfecto día de la perfecta vida que jamás imaginó tener.
