Nuevo capítulo. Mil gracias por sus comentarios. Recuerden: entre más reviews más pronto actualizo! =)


3. LO QUE BUSCAMOS

Durante los primeros días después de despertar y estar plenamente consciente Jaime se mantuvo funcionando en una especie de piloto automático. Estaba sin realmente estar. Comía, dormía y hablaba por simple inercia. No salía de su departamento, no encendía las luces hasta bien entrada la noche o a veces simplemente no lo hacía del todo, y aparentemente ni siquiera notaba lo extraño de su conducta porque fingía estar bien. Apenas se atisbaba un rastro de vida en sus ojos cuando acariciaba la cabeza del perro sobre sus rodillas o se dejaba lamer por el animal con una sonrisa casi infantil.

Por eso, cuando le llamó pidiendo su ayuda, Tyrion imaginó que se trataba de un progreso y sin dudarlo un segundo lo apoyó en esa locura, quizás porque en el fondo se sentía responsable por haberlo convencido en primer lugar.

De cualquier forma, por unos días funcionó. Jaime volvió a estar vivo, se levantó del sillón, se afeitó, habló y mostró interés en algo.

El primer síntoma de que estaba obsesionándose llegó cuando, apenas tuvo en sus manos el reporte del investigador, lo estudió con tal ahínco que en un par de días prácticamente lo tenía memorizado. La idea original era tener un nombre, firmar algunos papeles con el abogado y dejarlo todo por la paz.

Cuando mostró algo más de interés Tyrion no pensó que fuera nada anormal, le pareció lógico e incluso se sintió feliz cuando lo vio prepararse para salir del departamento por primera vez desde su regreso del hospital. Honor movía la cola con tal felicidad que por un momento llegó a temer que su rabo se desatornillara y cayera al suelo. El animal odiaba salir con el cuidador que Jaime le había contratado y echaba de menos los largos paseos diarios a los que su amo lo tenía acostumbrado antes del accidente, de modo que cuando torpemente lo vio tomar la correa con su mano izquierda estuvo a punto de tirarlo cuando saltó sobre el entusiasmado.

Se convirtió en una nueva rutina: cada tarde Jaime y Honor salían a las cuatro de la tarde en punto y regresaban al anochecer resultando imposible decidir cuál de ellos parecía más feliz.

Para la segunda semana Tyrion ya no creía que aquello fuera una buena idea: Jaime Lannister estaba a punto de convertirse en la exnovia psicópata que todo mundo teme tener.

El primer día Jaime y Honor eligieron la que sería su banca a partir de ese momento. Estaba frente a la fuente, cobijada por la sombra de un viejo roble y cerca de la curva que llevaba a los columpios. El lugar era tranquilo y fresco, Honor daba un par de vueltas alrededor de la banca antes de echarse a los pies de su amo con una mirada tan serena y calmada que Jaime empezaba a relajarse casi de inmediato.

El segundo día pasó frente a ellos una mujer descomunalmente alta acompañada de dos niños, un perro extraño que estaba a medio camino entre un salchicha y un Jack Russell, y un pequeño Beagle peludo con una oreja negra. Acompañada de su pequeña comitiva tomaba asiento en una banca en el otro extremo de la fuente, muy cerca del tobogán al que su hijo parecía ser aficionado. El chico corría de un lado a otro seguido por el Beagle mientras su hermana se limitaba a dar delicados paseos acompañada por el otro animal. La madre, a diferencia de las demás, no ocupaba el tiempo con su teléfono celular o leyendo revistas, en lugar de ello se dedicaba a contemplar a sus hijos con una sonrisa satisfecha y plena.

La mujer no tenía atractivo alguno salvo sus brillantes y grandes ojos azules. Llevaba el cabello corto y su nariz ancha estaba llena de pecas. Caminaba de forma tosca y sin gracia, pero tenía un cierto sentido desenfadado al hacerlo que la hacía lucir confiada y natural. La niña tenía sus ojos, pero sus facciones eran mucho más finas y agradables, el chico en cambio tenía los ojos verdes, el rostro ancho y unos dientes perfectos.

Aunque Jaime y Honor asistían al parque todos los días a la misma hora, solamente tres o cuatro días a la semana se topaban con ellos, para desencanto de Honor que había desarrollado cierta fascinación por el Beagle, que Jaime sospechaba era una hembra.

Para la segunda semana la mujer apareció sola llevando a los dos perros en una mano y la otra, en la que solía llevar la mano de uno de los niños, ociosamente guardada en el bolsillo trasero de los jeans, como si no supiera exactamente qué hacer con ella. Apenas estaban a unos metros de pasar frente a ellos cuando Honor empezó a mover la cola con entusiasmo, se puso en pie alerta y con la vista fija en los oscuros ojos del animal que esperaba.

Cinco metros antes de llegar a la banca Honor ladró y antes de que Jaime pudiera mover su lenta mano izquierda para sujetar la correa, el animal salió corriendo hacia el Beagle, que de alguna forma también ya se las había ingeniado para hacer trastabillar a su dueña y corría con Honor hacia la fuente donde empezaron a olerse a modo de presentación formal.

La mujer corrió hacia los prófugos seguida dócilmente por el otro animal que no se había separado de su lado. Jaime la imitó y se acercó a la fuente mientras llamaba insistentemente a Honor quien parecía haberse quedado sordo.

Cuando estuvieron cerca de ellos los rebeldes animales ya estaban dentro de la fuente, persiguiéndose y correteando como poseídos. La mujer atrapó la correa del Beagle en cuanto lo tuvo cerca, pero Jaime tuvo que esperar a que Honor diera la siguiente vuelta alrededor de la fuente para tratar de atraparlo. Desafortunadamente cuando tuvo a su alcance la correa, instintivamente estiró la mano derecha para alcanzarla, cuando se dio cuenta de su error ya era demasiado tarde: Honor se había alejado y él había perdido el equilibrio y se encontraba hasta los codos sumergido en la fuente soltando una maldición al golpearse el muñón.

Torpemente se sacudió el agua, tratando en lo posible de no imitar los movimientos de los animales que, ya fuera de la fuente, también trataban de secarse. La mujer se acercó a su lado con las correas de los tres perros firmemente sujetas en sus manos. Le ofreció la de Honor mordiéndose los labios para no reírse de él.

Otra vez la costumbre lo traicionó y levantó la mano derecha, notó su error cuando tuvo la mano de ella frente a la suya y se preparó para recibir la típica mirada de conmiseración a la que no lograba acostumbrarse. Sin embargo la mujer lo decepcionó, sin cambiar la expresión de su rostro le acomodó la correa hasta el codo de modo que él pudo asegurar finalmente el control de Honor.

La mujer se acercó a Honor y se dejó oler por él antes de acariciar su lomo con movimientos largos y pausados. El animal de inmediato cedió al cariño y entrecerró los ojos embelesado.

—Te has portado muy mal —se acercó a su placa y leyó el nombre en ella haciendo un gesto de sorpresa—, Honor. Tú y Risa se han portado muy mal.

Jaime terminó de sacudirse el agua de la mano y con toda la elegancia se irguió frente a ella, quien seguía inclinada cerca de los tres perros.

—Honor es muy obediente —le aseguró Jaime ligeramente ofendido—. Creo que Risa es una mala influencia.

Fue el turno de ella para ponerse de pie mal encarada. Miró a Jaime de arriba a bajo y sus labios se apretaron ligeramente, mientras sus mejillas adquirían una coloración sonrosada que hacía lucir más azules aún sus ojos.

—Sucede que Risa es una perra perfectamente entrenada que no suele comportarse de esa forma. Si hay una mala influencia aquí, definitivamente no es ella.

Ambos dirigieron la mirada a los animales que concentraban toda su atención en olerse el trasero uno al otro. Se miraron fijamente, como si estuvieran en el viejo oeste y estuvieran determinando el momento oportuno para sacar la pistola y hacer el primer tiro. Su duelo de miradas se vio repentinamente interrumpido por un par de alegres ladridos de sus perros que esperaban en posición de juego y aparentemente ignorantes de cualquier desavenencia entre sus humanos.

Como si estuvieran coordinados los dos se rieron al mismo tiempo.

—Podemos decir simplemente que son terribles juntos —sugirió la mujer en tono conciliador—. Me llamo Brienne —le tendió la mano derecha y casi de inmediato sacudió la cabeza y cambió a la izquierda.

—Jaime. Lannister —añadió después de dudar un momento; apretó su mano y le dedicó una de sus sonrisas más encantadoras aunque la mujer, Brienne, pareció ser inmune a ella—. Te he visto varias veces, ¿con un par de niños?

Brienne cambió el gesto amable por uno suspicaz y desconfiado.

—Tú no vives por este rumbo —aseguró con el seño fruncido.

—No —Jaime se agachó para acariciar la cabeza de su perro y darse tiempo para encontrar algo que decir— pero a Honor le gusta este parque y yo necesitaba un cambio. Este parece un buen lugar para empezar de nuevo, estoy buscando un lugar por esta zona —el animal le dirigió una mirada de reproche, y justo en ese instante Jaime se dio cuenta de que no estaba mintiendo.

—Este es un barrio muy tranquilo —dijo ella ya con tono amistoso.

Jaime se acercó para acariciar al otro perro, que hasta ese momento se mantenía quieto cual estatua a un lado de Brienne. Mientras rascaba una de sus orejas notó una mancha de pintura rosa cerca del hocico del animal.

—Mis hijos pensaron que era buena idea un cambio de look para Al. Lo que les valió quedarse castigados —le explicó, haciendo un puchero que de alguna forma lograba que su nariz luciera más tosca.

—Ciertamente el rosa no es su color —dijo Jaime contemplando al animal y riendo de buena gana.

Dieron un par de vueltas alrededor del parque charlando de trivialidades hasta que Brienne se despidió ofreciéndose a avisarle si se enteraba de alguna vivienda disponible y ofreciéndole un buen descuento para las siguientes vacunas de Honor, ya que ella era veterinaria.

—No pareces veterinaria —le soltó Jaime observándola con gesto analítico—. Pareces una especie de… moza dura. Ya sabes, policía o ¡agente secreto! —le dijo, muy orgulloso de su desbordada imaginación.

Ella se rió de buena gana.

—¿Moza? —repitió incrédula—. ¿Qué clase de palabra es esa? Creo que no se usa desde la edad media.

Jaime hizo un gesto; en efecto Tyrion y él recientemente habían pasado todo un fin de semana viendo una de esas series medievales con muchas escenas sangrientas e intrincadas tramas políticas.

—Tu tampoco pareces…

—Abogado —le dijo haciendo un gesto de desagrado por la aburrida profesión que su padre había elegido para él.

—Pues no lo pareces. Eres una especie de… Modelo, o suplente del Príncipe Encantador para fiestas.

—Tomaré eso como un cumplido, moza.

Un par de días más tarde Brienne apareció, como siempre, acompañada por los dos niños y sus perros. Jaime se acercó a ella para saludarla y presentarse formalmente con los niños. Tom era parlanchín e inquieto, apenas pasados cinco minutos brincaba y saltaba a su alrededor haciéndole todo tipo de preguntas para llamar su atención. En un momento quiso mostrarle como podía lograr que Risa lo obedecía cuando le ordenaba sentarse y para hacerse notar lo tomó del muñón con brusquedad.

—Ya no te duele —le dijo el niño con decisión—. Mamá dice que sólo duele al principio.

Jaime miró a Brienne solicitando una explicación, la mujer giró los ojos y se sonrojó ligeramente.

—Puede ser distinto con las personas, Tom —declaró Brienne con calma.

—¡Ohhh! —Exclamó el niño y volvió a mirar el muñón casi cicatrizado en la mano de Jaime como si estuviera evaluando la posibilidad de que aún sintiera dolor—. Mamá dice que solo las personas se malen… no, se lamen…mmmh… —arrugó la nariz de forma similar a su madre y se dirigió a ésta en busca de ayuda.

—Los animales no dedican tanto tiempo como las personas a lamerse las heridas —dijo la mujer, acariciando la cabeza de Al que estaba apoyada sobre sus rodillas—. Ellos simplemente olvidan, recuperan sus fuerzas y siguen adelante.

Jaime asintió y notó como los brillantes ojos de Brienne se ensombrecieron ligeramente. Era obvio que ella también había pasado bastante tiempo lamiendo sus heridas, incluso si en esos momentos parecía feliz. Él por su parte estaba seguro de que no había terminado de hacerlo todavía; seguía siendo incapaz de reponerse ni de sus heridas físicas ni de las emocionales.

Ely, sentada a un lado de su madre lo estudiaba con atención sin acercársele demasiado. De cuando en cuando se metía el pulgar a la boca y solamente lo sacaba cuando la mirada severa de Brienne se fijaba en ella. Tenía los ojos del mismo azul intenso que su madre, pero su cabello era dorado y sus labios tan perfectos que parecían haber sido dibujados con un delicado pincel.

Tuvieron que pasar varios días para que la niña sintiera la confianza necesaria para acercarse a él. No le dirigía más que palabras sueltas, pero para sorpresa de su madre accedió a caminar tomada de su mano, observándolo de reojo de cuando en cuando.

—¿Estás completamente seguro de lo que estás haciendo? —preguntó Tyrion por millonésima vez.

Jaime seguía torpemente metiendo libros y discos en un caja sin dejar de parlotear sobre lo que había sucedido con Brienne y los niños durante esa semana.

—Seguro, tu viste la casa, es enorme. Es perfecta. A Honor le encanta y está muy cerca del parque. La moza vive apenas a un par de calles.

La moza esto, la moza aquello. Los niños esto, los niños aquello. Llevaba casi tres meses escuchando cada uno de los detalles de lo que sucedía en esa familia. Miró el refrigerador y clavó la vista en el par de dibujos adheridos a él con imanes. Uno, según afirmaba Jaime, era un enorme dinosaurio negro, aunque a Tyrion le parecía más un gran danés orinado sobre un árbol; el otro era un arcoíris cuadrado con un montón de moscas de colores que pretendían ser mariposas. Regalos de los hijos de Brienne.

—Dame un cigarro, ¿quieres? —pidió Tyrion después de suspirar derrotado.

—No tengo. Dejé de fumar —declaró examinando un libro y tratando de decidir si conservarlo o no—. A Brienne no le gusta que fume cerca de los niños.

Tyrion volvió a suspirar. Jaime había empezado a fumar al salir del hospital, y él como buen hermano y para mostrar su apoyo lo acompañó en ese pequeño vicio. Pero ahora Brienne no estaba de acuerdo con ello y Jaime cedía.

Pensó en hablar y hacerle entender a su hermano lo peligroso de su situación y lo alocado de las decisiones que estaba tomando, pero por otra parte debía aceptar que llevaba años sin verlo tan… vivo. Casi parecía alegre. Tal vez en un par de meses, cuando Jaime se sintiera más seguro consigo mismo podría quitarle la muleta que representaba para él su relación con Brienne y esos niños. Quizás…

Desgraciadamente Tyrion no podía sacar de su cabeza la idea de que era un simple espectador frente al cual estaban a punto de colisionar dos trenes; incapaz de hacer algo pata impedir el choque y condenado a observar la catástrofe desde un lugar de lujo.