Resumen
Harco, slash (boy/boy), Draco Hufflepuff.
Es la primera noche en Hogwarts de Harry, y no entiende las lágrimas del niño rubio que acaba de ser seleccionado a Hufflepuff.
Disclaimer
La siguiente historia compartida tiene como único fin estimular y proveer de diversión a los lectores de fanfiction, toda información dentro de la misma es de propiedad intelectual de J.K Rowling y asociados.
De ser usado de manera lucrativa las personas responsables deben asumir su responsabilidad ante las autoridades pertinentes.
*HPTV* *HPTV* *HPTV* *HPTV* *HPTV*
Harry Potter y el tejón valiente I: La piedra filosofal
8. Capítulo 8: Cuidado ahí, pequeña estrella.
Los exámenes terminaron prácticamente sin ningún contratiempo, aunque Harry parecía cada vez más irritado. Ron parecía feliz de no tener que repasar nada más y Hermione revisaba si sus respuestas habían sido correctas.
Cuando Draco apareció del otro lado del pasillo, junto a Hannah, Crabble, Goyle, Parkinson, Zabini y Nott, la irritación de Harry creció.
—¡Harry! ¿Pasa algo? —preguntó el pequeño rubio mientras acortaba la distancia entre ambos y tomaba el rostro del más bajito entre sus manos.
Harry arrugó la nariz.
—¡Me gustaría saber qué significa esto! —estalló enfadado—. Mi cicatriz sigue doliéndome. Me ha sucedido antes, pero nunca tanto tiempo seguido como ahora.
—Vamos a ver a la señora Pomfrey —dictaminó Draco.
—No estoy enfermo —dijo Harry—. Creo que es un aviso... significa que se acerca el peligro...
Ron no podía agitarse, hacía demasiado calor.
—Harry, relájate, Hermione tiene razón, "eso" está seguro mientras Dumbledore esté aquí. Y Neville jugará al quidditch en el equipo de Inglaterra antes de que Hagrid traicione a Dumbledore.
Parkinson rió de manera burlona pese al coscorrón de Hannah, al parecer ambas se habían vuelto Buenas amigas junto a Hermione, pese a la sangre muggle de esta última.
Harry asintió, pero no pudo evitar la furtiva sensación de que se había olvidado de hacer algo, algo importante.
Cuando trató de explicarlo, Hermione dijo—: Eso son los exámenes. Yo me desperté anoche y estuve a punto de mirar mis apuntes de Transformación, cuando me acordé de que ya habíamos hecho ese examen.
Pero Harry estaba seguro de que aquella sensación inquietante nada tenía que ver con los exámenes. Vio una lechuza que volaba hacia el colegio, por el brillante cielo azul, con una nota en el pico. Hagrid era el único que le había enviado cartas. Hagrid nunca traicionaría a Dumbledore. Hagrid nunca le diría a nadie cómo pasar ante Fluffy ... nunca... Pero...
Harry, súbitamente, se apartó de Draco y comenzó a caminar.
—¿Adónde vas? —preguntó Draco claramente preocupado.
—Acabo de pensar en algo —dijo Harry. Se había puesto pálido—. Tenemos que ir a ver a Hagrid ahora.
—¿Por qué? —suspiró Draco, ante las miradas preocupadas de sus amigos.
—¿No os parece un poco raro —dijo Harry, casi susurrando— que lo que más deseara Hagrid fuera un dragón, y que de pronto aparezca un desconocido que casualmente tiene un huevo en el bolsillo? ¿Cuánta gente anda por ahí con huevos de dragón, que están prohibidos por las leyes de los magos? Qué suerte tuvo al encontrar a Hagrid, ¿verdad? ¿Por qué no se me ocurrió antes?
—¿En qué estás pensando? —preguntó Ron, pero Harry echó a correr por los pasillos que iban hacia el exterior, sin contestarle.
Solo Ron, Hermione y Draco le siguieron. Los Slytherin y Hannah prefirieron ir a comer, los asuntos del loco Potter no eran de la incumbencia de ellos, pese a la preocupación de Hannah por Draco.
Hagrid estaba sentado en un sillón, fuera de la casa, con los pantalones y las mangas de la camisa arremangados, y desgranaba guisantes en un gran recipiente.
—Hola —dijo sonriente—. ¿Habéis terminado los exámenes? ¿Tenéis tiempo para beber algo?
—Sí, por favor —dijo Ron, pero Harry lo interrumpió.
—No, tenemos prisa, Hagrid, pero tengo que preguntarte algo ¿Te acuerdas de la noche en que ganaste a Norberto? ¿Cómo era el desconocido con el que jugaste a las cartas?
—No lo sé —dijo Hagrid sin darle importancia—. No se quitó la capa.
Vio que los cuatro chicos lo miraban asombrados y levantó las cejas.
—No es tan inusual, hay mucha gente rara en el Cabeza de Puerco, el bar de la aldea. Podría ser un traficante de dragones, ¿no? No llegué a verle la cara porque no se quitó la capucha.
Harry se dejó caer cerca del recipiente de los guisantes, Draco se acomodó a su lado, dejando suaves caricias sobre una de sus manos.
—¿De qué hablaste con él, Hagrid? ¿Mencionaste Hogwarts?
—Puede ser —dijo Hagrid, con rostro ceñudo, tratando de recordar—. Sí... Me preguntó qué hacía y le dije que era guardabosques aquí... Me preguntó de qué tipo de animales me ocupaba... se lo expliqué... y le conté que siempre había querido tener un dragón... y luego... no puedo recordarlo bien, porque me invitó a muchas copas. Déjame ver... ah sí, me dijo que tenía el huevo de dragón y que podía jugarlo a las cartas si yo quería... pero que tenía que estar seguro de que iba a poder con él, no quería dejarlo en cualquier lado... Así que le dije que, después de Fluffy , un dragón era algo fácil.
—¿Y él... pareció interesado en Fluffy ? —preguntó Harry, tratando de conservar la calma.
—Bueno... sí... es normal. ¿Cuántos perros con tres cabezas has visto? Entonces le dije que Fluffy era buenísimo si uno sabía calmarlo: tocando música se dormía en seguida...
De pronto Hagrid pareció horrorizado.
—¡No debí decir eso! —estalló—. ¡Olvidad que lo dije! Eh... ¿adónde vais?
Harry, Draco, Ron y Hermione no se hablaron hasta llegar al vestíbulo de entrada, que parecía frío y sombrío, después de haber estado en el parque.
—Tenemos que ir a ver a Dumbledore —dijo Harry—. Hagrid le dijo al desconocido cómo pasar ante Fluffy, y sólo podía ser Quirrell o Voldemort, debajo de la capa... No fue difícil, después de emborrachar a Hagrid. Sólo espero que Dumbledore nos crea. Firenze nos respaldará, si Bane no lo detiene. ¿Dónde está el despacho de Dumbledore?
Miraron alrededor, como si esperaran que alguna señal se lo indicara. Nunca les habían dicho dónde vivía Dumbledore, ni conocían a nadie a quien hubieran enviado a verlo.
—Tendremos que... —empezó a decir Harry pero súbitamente una voz cruzó el vestíbulo.
—¿Qué estáis haciendo los cuatro aquí dentro?
Era el profesor Lupin, que llevaba muchos libros.
—Queremos ver al profesor Dumbledore —dijo Draco, sonriendo con su mejor expresión angelical, según les pareció a Harry y a Ron, quienes lo miraban embobados.
—¿Ver al profesor Dumbledore? —repitió el profesor, con curiosidad—. ¿Por qué?
Harry tragó: «¿Y ahora qué?».
—Es algo secreto —dijo, pero de inmediato deseó no haberlo hecho, porque la curiosidad del profesor aumentó.
—El profesor Dumbledore se fue hace diez minutos —dijo con una sonrisa cálida—. Recibió una lechuza urgente del ministro de Magia y salió volando para Londres de inmediato.
—¿Se fue? —preguntó Harry con aire desesperado—. ¿Ahora?
—El profesor Dumbledore es un gran mago, Harry, y tiene muchos compromisos...
—Pero esto es importante.
—¿Están metidos en algo malo, chicos? ¿Les puedo ayudar en algo?
—Mire —dijo Harry dejando de lado toda precaución—, profesor, se trata de la Piedra Filosofal...
Fue evidente que el profesor Lupin no esperaba aquello. Los libros que llevaba se deslizaron al suelo y no se molestó en recogerlos. Aunque fue McGonagall quien habló en vez de él.
—¿Cómo es que sabes...? —farfulló.
Harry tragó saliva, se sentía cada vez más pequeño frente a ambos profesores. Aunque la mano de Draco apretando la propia le hacía sentir valiente.
—Profesora, creo... sé... que alguien va a tratar de robar la Piedra. Tengo que hablar con el profesor Dumbledore.
La profesora lo miró entre impresionada y suspicaz. Lupin parecía descolocado.
—El profesor Dumbledore regresará mañana —dijo finalmente—. No sé cómo habéis descubierto lo de la Piedra, pero quedaos tranquilos. Nadie puede robarla, está demasiado bien protegida.
—Pero profesora...
—Harry sé de lo que estoy hablando —dijo en tono cortante. Se inclinó y recogió los libros del profesor Lupin, quien recién parecía salir de su estupor—. Os sugiero que salgáis y disfrutéis del sol.
Pero no lo hicieron.
—Será esta noche —dijo Harry una vez que se aseguraron de que la profesora McGonagall ni el profesor Lupin podían oírlos—. Quirrell pasará por la trampilla esta noche. Ya ha descubierto todo lo que necesitaba saber y ahora ha conseguido quitar de en medio a Dumbledore. Él envió esa nota, seguro que el ministro de Magia tendrá una verdadera sorpresa cuando aparezca Dumbledore.
—Pero ¿qué podemos...?
Hermione tosió. Harry y Ron se volvieron. Draco sonrió. Snape estaba allí.
—Buenas tardes —dijo Draco amablemente. Los demás lo miraron sin decir nada.
—No deberíais estar dentro en un día así —dijo con una rara sonrisa torcida.
—Nosotros... —comenzó Harry, sin idea de lo que diría.
—Debéis ser más cuidadosos —dijo Snape—. Si os ven andando por aquí, pueden pensar que vais a hacer alguna cosa mala. Y Gryffindor no puede perder más puntos, ¿no es cierto? Hufflepuff tampoco. —Snape miró intensamente a Draco, quien le dedicó su mejor sonrisa de niño bueno.
Harry se ruborizó. Se dieron media vuelta para irse, pero Snape los llamó.
—Ten cuidado, Potter, otra noche de vagabundeos y yo personalmente me encargaré de que te expulsen. Que pases un buen día.
Se alejó en dirección a la sala de profesores.
Una vez fuera, en la escalera de piedra, Harry se volvió hacia sus amigos.
—Bueno, esto es lo que tenemos que hacer —susurró con prisa—. Uno de nosotros tiene que vigilar a Quirrell, esperar fuera de la sala de profesores y seguirlo si sale. Hermione, mejor que eso lo hagas tú.
—¿Por qué yo?
—Es obvio —intervino Ron—. Puedes fingir que estás esperando al profesor Flitwick, ya sabes cómo —la imitó con voz aguda—: «Oh, profesor Flitwick, estoy tan preocupada, creo que tengo mal la pregunta catorce b...».
—Oh, cállate —dijo Hermione, pero estuvo de acuerdo en ir a vigilar a Quirrell.
—Y nosotros iremos a vigilar el pasillo del tercer piso —dijo Harry a Ron y Draco—. Vamos.
Pero aquella parte del plan no funcionó. Tan pronto como llegaron a la puerta que separaba a Fluffy del resto del colegio, la profesora McGonagall apareció otra vez, salvo que ya había perdido la paciencia.
—Supongo que creeréis que sois los mejores para vencer todos los encantamientos —dijo con rabia—. ¡Ya son suficientes tonterías! Si me entero de que habéis vuelto por aquí, os quitaré otros cincuenta puntos para Gryffindor y también cincuenta de Hufflepuff, señor Malfoy.
Harry y Ron regresaron a la sala común. Justo cuando Harry acababa de decir: «Al menos Hermione está detrás de Quirrell», el retrato de la Dama Gorda se abrió y apareció la muchacha.
—¡Lo siento, Harry! —se quejó—. Snape apareció y me preguntó qué estaba haciendo, así que le dije que esperaba al profesor Flitwick. Snape fue a buscarlo, yo tuve que irme y no sé adónde habrá ido Quirrell.
—Bueno, no queda otro remedio, ¿verdad?
Los otros dos lo miraron asombrados. Estaba pálido y los ojos le brillaban.
—Iré esta noche y trataré de llegar antes y conseguir la Piedra.
—¡Estás loco! —dijo Ron.
—¡No puedes! —dijo Hermione—. ¿Después de todo lo que han dicho Snape y McGonagall? ¡Te van a expulsar!
—¿Y qué? —gritó Harry—. ¿No comprendéis? ¡Si Quirrell consigue la Piedra, es la vuelta de Voldemort! ¿No habéis oído cómo eran las cosas cuando él trataba de apoderarse de todo? ¡Ya no habrá ningún colegio para que nos expulsen! ¡Lo destruirá o lo convertirá en un colegio para las Artes Oscuras! ¿No os dais cuenta de que perder puntos ya no importa? ¿Creéis que él dejará que vosotros y vuestras familias estéis tranquilos, si Gryffindor gana la copa de la casa? Si me atrapan antes de que consiga la Piedra, bueno, tendré que volver con los Dursley y esperar a que Voldemort me encuentre allí. Será sólo morir un poquito más tarde de lo que debería haber muerto, porque nunca me pasaré al lado tenebroso. Voy a entrar por esa trampilla, esta noche, y nada de lo que digáis me detendrá. Voldemort mató a mis padres, ¿lo recordáis?
Los miró con furia.
—Tienes razón, Harry —dijo Hermione, casi sin voz.
—Voy a llevar la capa invisible —dijo Harry—. Es una suerte haberla recuperado.
—Pero ¿nos cubrirá a los tres? —preguntó Ron.
—¿A... nosotros tres?
—Oh, vamos, ¿no pensarás que te vamos a dejar ir solo?
—Por supuesto que no —dijo Hermione con voz enérgica—. ¿Cómo crees que vas a conseguir la Piedra sin nosotros? Será mejor que vaya a buscar en mis libros, tiene que haber algo que nos sirva...
—Pero si nos atrapan, también os expulsarán a vosotros.
—No, si yo puedo evitarlo —dijo Hermione con severidad—. Flitwick me dijo en secreto que en su examen tengo ciento doce sobre cien. No me van a expulsar después de eso.
Tras la cena, los tres se sentaron en la sala común, lejos de todos. Nadie los molestó: después de todo, ninguno de los de Gryffindor hablaba con Harry, pero ésa fue la primera noche que no le importó. Hermione revisaba sus apuntes, confiando en encontrar algunos de los encantamientos que deberían conjurar.
Harry y Ron no hablaban mucho. Ambos pensaban en lo que harían.
Draco no se sentó con ellos esa noche, apretando los puños.
Poco a poco, la sala se fue vaciando y todos se fueron a acostar.
—Será mejor que vayas a buscar la capa —murmuró Ron, mientras Lee Jordan finalmente se iba, bostezando y desperezándose. Harry corrió por las escaleras hasta su dormitorio oscuro.
Sacó la capa y entonces su mirada se fijó en la flauta que Hagrid le había regalado para Navidad. La guardó para utilizarla con Fluffy : no tenía muchas ganas de cantar...
Regresó a la sala común.
—Es mejor que nos pongamos la capa aquí y nos aseguremos de que nos cubra a los tres... si Filch descubre a uno de nuestros pies andando solo por ahí...
—¿Qué vais a hacer? —dijo una voz desde un rincón. Neville apareció detrás de un sillón, aferrado al sapo Trevor, que parecía haber intentado otro viaje a la libertad.
—Nada, Neville, nada —dijo Harry, escondiendo la capa detrás de la espalda.
Neville observó sus caras de culpabilidad.
—Vais a salir de nuevo —dijo.
—No, no, no —aseguró Hermione—. No, no haremos nada. ¿Por qué no te vas a la cama, Neville?
Harry miró al reloj de pie que había al lado de la puerta. No podían perder más tiempo, Snape ya debía de estar haciendo dormir a Fluffy .
—No podéis iros —insistió Neville—. Os volverán a atrapar. Gryffindor tendrá más problemas.
—Tú no lo entiendes —dijo Harry—. Esto es importante.
Pero era evidente que Neville haría algo desesperado.
—No dejaré que lo hagáis —dijo, corriendo a ponerse frente al agujero del retrato—. ¡Voy... voy a pelear con vosotros!
—¡Neville! —estalló Ron—. ¡Apártate de ese agujero y no seas idiota!
—¡No me llames idiota! —dijo Neville—. ¡No me parece bien que sigáis faltando a las reglas! ¡Y tú fuiste el que me dijo que hiciera frente a la gente!
—Sí, pero no a nosotros —dijo irritado Ron—. Neville, no sabes lo que estás haciendo.
Dio un paso hacia Neville y el chico dejó caer al sapo Trevor, que desapareció de la vista.
—¡Ven entonces, intenta pegarme! —dijo Neville, levantando los puños—. ¡Estoy listo!
Harry se volvió hacia Hermione.
—Haz algo —dijo desesperado. Hermione dio un paso adelante. —Neville —dijo—, de verdad, siento mucho, mucho, esto. Levantó la varita.
—¡Petrificus totalus! —gritó, señalando a Neville.
Los brazos de Neville se pegaron a su cuerpo. Sus piernas se juntaron. Todo el cuerpo se le puso rígido, se balanceó y luego cayó bocabajo, rígido como un tronco.
Hermione corrió a darle la vuelta. Neville tenía la mandíbula rígida y no podía hablar. Sólo sus ojos se movían, mirándolos horrorizado.
—¿Qué le has hecho? —susurró Harry.
—Es la Inmovilización Total —dijo Hermione angustiada—. Oh, Neville, lo siento tanto...
—Lo comprenderás después, Neville —dijo Ron, mientras se alejaban para cubrirse con la capa invisible.
Pero dejar a Neville inmóvil en el suelo no parecía un buen augurio. En aquel estado de nervios, cada sombra de una estatua les parecía que era Filch, y cada silbido lejano del viento les parecía Peeves que los perseguía.
Al pie de la primera escalera, divisaron a Draco, vestía completamente de negro, le reconocieron por el largo cabello rubio que se asomaba por la capa. Casi se ahogan del susto, pero cuando Draco levantó el rostro y sonrió, algo se removió en Harry. Sabía que él vendría.
—Draco... —Harry abrió la capa rápidamente y Draco se acomodó entre sus brazos, agradeciendo ser lo suficiente menudo, unos centímetros más y Los cuatro no caían bajo la capa.
No se encontraron con nadie más, hasta que llegaron a la escalera que iba al tercer piso. Peeves estaba flotando a mitad de camino, aflojando la alfombra para que la gente tropezara.
—¿Quién anda por ahí? —dijo súbitamente, mientras subían hacia él. Entornó sus malignos ojos negros—. Sé que estáis aquí, aunque no pueda veros. ¿Aparecidos, fantasmas o estudiantillos detestables?
Se elevó en el aire y flotó, mirándolos de soslayo.
—Llamaré a Filch, debo hacerlo, si algo anda por ahí y es invisible.
Draco tuvo súbitamente una idea.
—Peeves —dijo en un suave susurro—, el Barón Sanguinario tiene sus propias razones para ser invisible.
Peeves casi se cayó del aire de la impresión. Se sostuvo a tiempo y quedó a unos centímetros de la escalera.
—Lo siento mucho, sanguinaria señoría —dijo en tono meloso—. Fue por mi culpa, ha sido una equivocación... no lo vi... por supuesto que no, usted es invisible, perdone al viejo Peeves por su broma, señor.
—Tengo asuntos aquí, Peeves —gruñó Draco—. Manténte lejos de este lugar esta noche.
—Lo haré, señoría, desde luego que lo haré —dijo Peeves, elevándose otra vez en el aire—. Espero que los asuntos del señor barón salgan a pedir de boca, yo no lo molestaré.
Y desapareció.
—¡Genial, Draco! —susurró Harry, Hermione asintió con aprobación.
Unos pocos segundos más tarde estaban allí, en el pasillo del tercer piso. La puerta ya estaba entreabierta.
—Bueno, ya lo veis —dijo Harry con calma—. Quirrell ya ha pasado ante Fluffy.
Ver la puerta abierta les hizo tomar plena conciencia de aquello a lo que tenían que enfrentarse. Por debajo de la capa, Harry se volvió hacia los otros tres.
—Si queréis regresar, no os lo reprocharé —dijo—. Podéis llevaros la capa, no la voy a necesitar.
—No seas estúpido —dijo Ron.
—Vamos contigo —dijo Hermione.
—Siempre te apoyaré. —dijo Draco, sus ojos brillando y sus mejillas sonrojadas, Harry casi lo besa ahí mismo.
Se volteó y empujó la puerta.
Cuando la puerta crujió, oyeron unos gruñidos. Los tres hocicos del perro olfateaban en dirección a ellos, aunque no podía verlos.
—¿Qué tiene en los pies? —susurró Hermione.
—Parece un arpa —dijo Ron—. Quirrell debe de haberla dejado ahí.
—Debe despertarse en el momento en que se deja de tocar —dijo Harry—. Bueno, empecemos...
Se llevó a los labios la flauta de Hagrid y sopló. No era exactamente una melodía, pero desde la primera nota los ojos de la bestia comenzaron a cerrarse. Harry casi ni respiraba. Poco a poco, los gruñidos se fueron apagando, se balanceó, cayó de rodillas y luego se derrumbó en el suelo, profundamente dormido.
—Sigue tocando —advirtió Draco a Harry, mientras salía de la capa y se arrastraba hasta la trampilla. Podía sentir la respiración caliente y olorosa del perro, mientras se aproximaba a las gigantescas cabezas.
—Creo que podemos abrir la trampilla —dijo Draco, espiando por encima del lomo del perro—. ¿Quieres ir delante, Weasley?
—¡No, no quiero!
—Muy bien. —Draco soltó una risa melodiosa y anduvo con cuidado sobre las patas del perro. Se inclinó y tiró de la argolla de la trampilla.
—¿Qué puedes ver? —preguntó Hermione con ansiedad.
—Nada... sólo oscuridad... no hay forma de bajar, hay que dejarse caer.
Harry, que seguía tocando la flauta, hizo un gesto para llamar la atención de Draco y se señaló a sí mismo.
—¿Quieres ir primero? ¿Estás seguro? —dijo Draco con preocupación—. No sé cómo es de profundo ese lugar. Dale la flauta a Weasley, para que pueda seguir haciéndolo dormir.
Harry le entregó la flauta a Ron y, en esos segundos de silencio, el perro gruñó y se estiró, pero en cuanto Ron comenzó a tocar volvió a su sueño profundo.
Harry se acercó y miró hacia abajo. No se veía el fondo.
Se descolgó por la abertura y quedó suspendido de los dedos. Miró a Draco, y dedicándole una tímida sonrisa dijo:
—Si algo me sucede, no sigáis. Id directamente a la lechucería y enviad a Hedwig a Dumbledore. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió Draco, sintiendo las lágrimas acumularse en sus ojos.
—Nos veremos en un minuto, espero...
Y Harry se dejó caer. Frío, aire húmedo mientras caía, caía, caía y..
¡PAF!
Aterrizó en algo mullido, con un ruido suave y extraño. Se incorporó y miró alrededor, con ojos desacostumbrados a la penumbra. Parecía que estaba sentado sobre una especie de planta.
—¡Todo bien! —gritó al cuadradito de luz del tamaño de un sello, que era la abertura de la trampilla—. ¡Fue un aterrizaje suave, puedes saltar!
Draco lo siguió de inmediato. Aterrizó al lado de Harry
—Esto parece alguna clase de planta... Supongo que está aquí para detener la caída, aunque...
Harry le interrumpió—: ¡Ron, es tu turno!
La música lejana continuaba. Ron cayó al otro lado de Harry.
—Debemos de estar a kilómetros debajo del colegio —dijo Draco.
—Me alegro de que esta planta esté aquí —dijo Ron.
—¿Te alegras? —gritó Draco—. ¡Miraos!
La música se detuvo y se escuchó un ladrido, pero Hermione ya había saltado.
Hermione saltó y chocó contra una pared húmeda. Tuvo que luchar porque, en el momento en que cayó, la planta comenzó a extenderse como una serpiente para sujetarle los tobillos. Harry, Ron y Draco, mientras tanto, ya tenían las piernas totalmente cubiertas, sin que se hubieran dado cuenta.
Hermione pudo liberarse antes de que la planta la atrapara. En aquel momento miraba horrorizada, mientras los chicos luchaban para quitarse la planta de encima, pero mientras más luchaban, la planta los envolvía con más rapidez.
—¡Dejad de moveros! —ordenó Draco.
—Sé lo que es esto. ¡Es Lazo del Diablo! —gritó Hermione, obteniendo un asentimiento de Draco, que lentamente iba deslizándose hacia bajo, hasta ser liberado, cayendo junto a Hermione.
—Oh, me alegro mucho de saber cómo se llama, es de gran ayuda — gruñó Ron, tratando de evitar que la planta trepara por su cuello.
—¡Calla, estoy tratando de recordar cómo matarla! —dijo Hermione.
—¡Bueno, date prisa, no puedo respirar! —jadeó Harry, mientras la planta le oprimía el pecho.
—Lazo del Diablo, Lazo del Diablo... ¿Qué dijo el profesor Sprout?...
—Le gusta la humedad y el frío. —respondió Draco, frotándose uno de sus brazos con impaciencia, odiaba ver a Harry de esa forma, necesitaba hacer algo.
—¡Entonces enciende un fuego! —dijo Harry.
—Sí... por supuesto... ¡pero no tengo madera! —gimió Hermione, retorciéndose las manos.
Draco la observó como si le hubiese aparecido una segunda cabeza.
—¡Oh, de acuerdo! —dijo Draco, al no notar movimiento de parte de la chica. Agitó su varita, murmuró algo y envió a la planta unas llamas azules. En segundos, los dos muchachos sintieron que se aflojaban las ligaduras, mientras la planta se retiraba a causa de la luz y el calor.
Retorciéndose y alejándose, se desprendió de sus cuerpos y pudieron moverse.
—Me alegro de que hayas aprendido bien Herbología, Draco —dijo Harry, mientras se acercaba a la pared, secándose el sudor de la cara, y luego moviéndose para aferrar al rubio en un abrazo, ambos se habían sentido tan asustados de perderse.
—Sí —dijo Ron—, y yo me alegro de que ni Harry ni Draco pierdan la cabeza en las crisis. Porque eso de «no tengo madera»... francamente...
Hermione le dedicó una mirada llena de odio, y Draco soltó una risita.
—Por aquí —dijo Harry, señalando un pasadizo de piedra que era el único camino.
Lo único que podían oír, además de sus pasos, era el goteo del agua en las paredes. El pasadizo bajaba oblicuamente y Harry se acordó de Gringotts. Con un desagradable sobresalto, recordó a los dragones que decían que custodiaban las cámaras, en el banco de los magos. Si encontraban un dragón, un dragón más grande... Con Norberto ya habían tenido suficiente...
—¿Oyes algo? —susurró Ron.
Harry escuchó. Un leve tintineo y un crujido, que parecían proceder de delante.
—¿Crees que será un fantasma?
—No lo sé... a mí me parecen alas.
Llegaron hasta el final del pasillo y vieron ante ellos una habitación brillantemente iluminada, con el techo curvándose sobre ellos. Estaba llena de pajaritos brillantes que volaban por toda la habitación. En el lado opuesto, había una pesada puerta de madera.
—¿Crees que nos atacarán si cruzamos la habitación? —preguntó Ron.
Draco negó y se aproximó a las escobas que estaban junto a un pesado y viejo armario. Le tendió una a Harry.
—Ve por ella, héroe. —se burló con una sonrisa nerviosa.
Harry bufó pero la tomó, no sin rozar la mano de Draco con suavidad, ocasionando un rubor en el rostro del rubio.
Cuando Harry capturó la llave que le describieron según la cerradura, lograron pasar al otro lado, donde un enorme tablero de ajedrez les esperaba. Ron parecía en el paraíso, ajedrez gigante y el bonito rubio juntos. Solo faltaba un enorme festín y la boda.
Aunque no contó con que Harry llevase aferrado a su mano al pequeño, ni que éste se le acurrucase frente a sus atónitos ojos y una mirada llena de lastima de parte de Hermione.
El ajedrez requirió que cada uno tomase una pieza, Ron era un caballo, mientras Harry era el rey y Draco la reina, Hermione había tomado el rol de una torre.
El juego requirió sacrificio, y Ron se sacrificó para que Draco y Harry avanzaran, se ganó un beso en la frente de parte del angelical rubio y un apretón de hombros de Harry, Hermione se quedó junto a él para socorrerlo.
Aunque su mente estaba en una burbuja mucho más allá de eso, Draco Malfoy le había besado. Era el día más feliz de Ron Weasley.
Con una última mirada de desesperación hacia Ron y Hermione, Harry y Draco corrieron hacia la salida y subieron por el siguiente pasadizo. —¿Y si él está...?
—Él estará bien —dijo Draco, tratando de convencerse a sí mismo
—¿Qué crees que nos queda? —preguntó Harry.
—Tuvimos a Sprout en el Lazo del Diablo, Flitwick debe de haber hechizado las llaves, y McGonagall transformó a las piezas de ajedrez. Eso nos deja el hechizo de Quirrell y el de mi... del profesor Snape.
Habían llegado a otra puerta. —¿Todo bien? —susurró Harry.
—Adelante.
Harry empujó y abrió.
Un tufo desagradable los invadió, haciendo que se taparan la nariz con la túnica. Con ojos que lagrimeaban debido al olor, vieron, aplastado en el suelo frente a ellos, un trol más grande que el que habían derribado, inconsciente y con un bulto sangrante en la cabeza.
—Me alegro de que no tengamos que pelear con éste —susurró Harry, mientras pasaban con cuidado sobre una de las enormes piernas—. Vamos, no puedo respirar.
Abrió la próxima puerta, los dos casi sin atreverse a ver lo que seguía... Pero no había nada terrorífico allí, Sólo una mesa con siete botellas de diferente tamaño puestas en fila.
—Snape —dijo Harry—. ¿Qué tenemos que hacer?
Pasaron el umbral y de inmediato un fuego se encendió detrás de ellos. No era un fuego común, era púrpura. Al mismo tiempo, llamas negras se encendieron delante. Estaban atrapados.
—Mira esto... —Draco cogió un rollo de papel, que estaba cerca de las botellas. Harry miró por encima de su hombro para leerlo:
El peligro yace ante ti, mientras la seguridad está detrás, dos queremos ayudarte, cualquiera que encuentres, una entre nosotras siete te dejará adelantarte,
otra llevará al que lo beba para atrás,
dos contienen sólo vino de ortiga, tres son mortales, esperando escondidos en la fila.
Elige, a menos que quieras quedarte para siempre, para ayudarte en tu elección, te damos cuatro claves:
Primera, por más astucia que tenga el veneno para ocultarse siempre encontrarás alguno al lado izquierdo del vino de ortiga;
Segunda, son diferentes las que están en los extremos, pero si quieres moverte hacia delante, ninguna es tu amiga;
Tercera, como claramente ves, todas tenemos tamaños diferentes: Ni el enano ni el gigante guardan la muerte en su interior;
Cuarta, la segunda a la izquierda y la segunda a la derecha son gemelas una vez que las pruebes, aunque a primera vista sean diferentes.
Draco dejó escapar un gran suspiro y Harry, sorprendido, vio que sonreía, lo último que había esperado que hiciera.
—Muy bueno —dijo Draco—. Esto es un acertijo. Muchos de los más grandes magos no han tenido una gota de lógica y se quedarían aquí para siempre.
—Pero nosotros también, ¿no?
—Por supuesto que no —dijo Draco, ofendido—. Lo único que necesitamos está en este papel. Siete botellas: tres con veneno, dos con vino, una nos llevará a salvo a través del fuego negro y la otra hacia atrás, por el fuego púrpura.
—Pero ¿cómo sabremos cuál beber?
—Dame un momento.
Draco leyó el papel una vez más. Luego paseó su vista de un lado al otro de la fila de botellas, murmurando y señalándolas.
Al fin, se golpeó las manos.
—Lo tengo —dijo—. La más pequeña nos llevará por el fuego negro, hacia la Piedra.
Harry miró a la diminuta botella.
—Aquí hay sólo para uno de nosotros—dijo—. No hay más que un trago.
Se miraron.
—¿Cuál nos hará volver por entre las llamas púrpura?
Draco señaló una botella redonda del extremo derecho de la fila.
—Tú bebe de ésa —dijo Harry—. No: vuelve, busca a Ron y a Hermione y coge las escobas del cuarto de las llaves voladoras. Con ellas podréis salir por la trampilla sin que os vea Fluffy. Id directamente a la lechucería y enviad a Hedwig a Dumbledore, lo necesitamos. Puede ser que yo detenga un poco a Quirrell, pero la verdad es que no puedo igualarlo.
—Pero Harry... ¿y si Voldemort está con él? —Draco tembló al pronunciar su nombre, pero ya no le tendría miedo nunca más.
—Bueno, ya tuve suerte una vez, ¿no? —dijo Harry, señalando su cicatriz—. Puede ser que la tenga de nuevo.
Los labios de Draco temblaron, y de pronto se lanzó sobre Harry y lo abrazó, pegando sus labios sobre los de él.
—Draco...
—Harry.. Eres un gran mago, ya lo sabes.
—No soy tan bueno como tú —contestó muy incómodo, mientras él lo soltaba.
—¡Yo! —exclamó Draco—. ¡Libros! ¡Inteligencia! Hay cosas mucho más importantes, amistad y valentía y... ¡Oh, Harry, ten cuidado!
—Bebe primero —dijo Harry—. Estás seguro de cuál es cuál, ¿no?
—Totalmente —dijo Draco. Se tomó de un trago el contenido de la botellita redondeada y se estremeció.
—No es veneno, ¿verdad? —dijo Harry con voz anhelante.
—No... pero parece hielo.
—Rápido, vete, antes de que se termine el efecto.
—Buena suerte... ten cuidado... —sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ve...
Draco giró en redondo y pasó directamente a través del fuego púrpura.
Harry respiró profundamente y cogió la más pequeña de las botellas. Se enfrentó a las llamas negras.
—Allá voy —dijo, y se bebió el contenido de un trago.
Era realmente como si tragara hielo. Dejó la botella y fue hacia delante. Se dio ánimo al ver que las llamas negras lamían su cuerpo pero no lo quemaban. Durante un momento no pudo ver más que fuego oscuro. Luego se encontró al otro lado, en la última habitación.
Ya había alguien allí. Pero no era Snape, ni Quirrell. Y tampoco era Voldemort.
*HPTV* *HPTV* *HPTV* *HPTV* *HPTV*
Notas de autor:
* ¡Al fin después de tanto un nuevo capítulo! No sé si aparezcan errores en este, el anterior tiene bastantes que no he podido corregir. No tengo excusas, pero recientemente rendí la psu (prueba de selección universitaria) que en Chile es realmente importante. Además de ello, falleció mi papá, el único hombre que he amado en esta vida, mi abuelo. Tenía este capítulo en borrador, y consideré que era injusto para mí misma dejar de hacer algo que amo tanto y que me desvía de la pena.
* Espero sea placentero para ustedes. Entre hoy y mañana estará publicado el capítulo final de este primer arco. No será tan largo (espero).
* No os haré más spoilers, pero se viene bastante bueno el segundo arco de esta linda historia.
