No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Maisey Yates. Yo solo me divierto un poco.
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AY, POR favor, no te rebeles ahora
Isabella Swan se llevó una mano al estómago, intentando contener las náuseas que amenazaban con hacerla vomitar si no comía una galleta salada rápidamente.
Las náuseas matinales eran un asco y aún peor cuando duraban todo el día. Y peor todavía cuando una estaba a punto de decirle a un hombre que iba a convertirse en padre.
Isabella pisó el freno y respiró profundamente, casi aliviada al descubrir que algo interrumpía su camino. La verja de hierro que separaba la mansión del resto del mundo tenía un aspecto impenetrable. Ella no sabía mucho sobre aquel hombre, el padre de su hijo. En realidad, sólo sabía su nombre, pero era evidente que, al menos económicamente, no estaba a su altura.
Contuvo el aliento al ver a un sujeto con gafas de sol y aspecto de guardia de seguridad frente a la verja. ¿Edward Cullen era de la mafia o algo así? ¿Quién tenía guardias de seguridad en medio de ninguna parte, en el estado de Washington?
El guardia, porque tenía que serlo, salió por una puertecita lateral y se acercó al coche con expresión seria.
–¿Se ha perdido, señorita? –le preguntó. Se mostraba amable, pero Isabella notó que tenía una mano bajo la chaqueta.
–No, vengo a ver al señor Cullen y ésta es la dirección que me han dado.
–Lo siento, el señor Cullen no recibe visitas.
–Pero... yo soy Isabella Swan y me está esperando. Al menos, creo que me está esperando.
El guardia sacó un móvil del bolsillo y habló con alguien en un idioma extranjero... italiano, le pareció, antes de volverse hacia ella de nuevo.
–Entre, por favor. Y aparque frente a la casa.
Las puertas de hierro forjado se abrieron y Isabella volvió a arrancar, su estómago protestando seriamente.
Ella no conocía a Edward Cullen y no sabía si podría hacerle daño. Tal vez no lo había pensado bien al ir allí.
No, eso no era verdad. Lo había pensado muy bien, desde todos los ángulos, hasta estar segura de que debía ir a ver al padre de su hijo. Aunque le gustaría enterrar la cabeza en la arena y fingir que todo aquello no estaba pasando, esta vez no podía jugar al avestruz por mucho que quisiera hacerlo.
Aunque estaba parcialmente escondida entre los árboles, la casa era enorme y la intensidad del verde que la rodeaba era casi irreal gracias a las lluvias de ese año. Nada nuevo para una persona nacida en el noroeste, pero ver una mansión tan impresionante en medio de la naturaleza era una experiencia extraña para ella.
Por supuesto, todo en las últimas dos semanas había sido una experiencia extraña. Primero, el positivo de la prueba de embarazo y luego las revelaciones que siguieron a eso...
Isabella aparcó su anciano coche frente a la casa y se dirigió al porche, esperando no vomitar. No sería precisamente la mejor manera de dar una buena impresión. El guardia de seguridad apareció como de la nada, sujetándola firmemente del brazo mientras la llevaba a la puerta.
–Agradezco su ayuda, pero puedo ir sola.
Sonriendo, su escolta le soltó el brazo, aunque parecía dispuesto a agarrarla de nuevo al menor movimiento extraño.
–¿Señorita Swan?
La voz, ronca y varonil con cierto acento extranjero, hizo que su estómago diese un vuelco, pero esta vez no por culpa de las náuseas. Aquélla era una sensación que no reconocía y no era del todo desagradable.
Pero ver al hombre que había hablado incrementó la extraña sensación. Isabella lo observó mientras bajaba por la escalera, sus movimientos rápidos y masculinos. Era el hombre más guapo que había visto nunca... aunque tampoco tenía mucho tiempo para admirar a los hombres. Aquél, sin embargo, exigía admiración. Era tan masculino, tan apuesto que seguramente hombres y mujeres volverían la cabeza a su paso. Y no sólo por sus atractivas facciones y físico perfecto, sino por cierto aire de autoridad. El poder que emanaba de él resultaba cautivador.
Isabella lo observó, mientras intentaba recordar qué tenía que decirle: muy alto, algo moreno, de mandíbula cuadrada y ojos oscuros, impenetrables, rodeados por largas pestañas.
Le resultaba familiar, aunque no podía imaginar por qué. Por su bufete no solían pasar hombres tan apuestos.
–Sí, soy yo.
–¿Es usted de la clínica?
–Sí... no. No exactamente. No sé qué le habrá contado Alice...
Alice era una de sus mejores amigas y cuando se enteró del error que habían cometido en el laboratorio se puso en contacto con ella de inmediato.
–No mucho, sólo que era una cuestión urgente. Y espero que lo sea.
No por primera vez, Isabella estuvo a punto de darse la vuelta. Pero ésa era la salida de los cobardes y ella no creía en dejar cables sueltos. Y, al contrario que otras personas, siempre cumplía con su deber.
–¿Podemos hablar de esto en privado? –le preguntó, mirando alrededor.
Claro que la idea de estar a solas con un hombre al que no conocía de nada tampoco era demasiado apetecible. Había tomado clases de autodefensa y llevaba un espray de pimienta en el bolso, pero no le apetecía mucho tener que usarlo. Especialmente, sabiendo que nada de eso sería efectivo contra Edward Cullen.
–No tengo mucho tiempo, señorita Swan.
¿No tenía mucho tiempo? Como si ella tuviera todo el día, pensó Isabella, enfadada. Tenía muchísimo trabajo y todos los casos que llevaba eran de vital importancia para sus representados, que no tenían a nadie que los ayudase.
–Le aseguro que mi tiempo también es valioso, señor Cullen, pero tengo que hablar con usted.
–Entonces, hable.
–Muy bien. Estoy embarazada.
Nada más decir la frase, Isabella deseó poder retirarla.
–¿Y yo debo felicitarla? –le preguntó él.
–Es usted el padre.
Los ojos de Ed Cullen se oscurecieron.
–Eso es totalmente imposible. Puede que usted no lleve la lista de sus amantes, señorita Swan, pero yo no soy promiscuo y nunca olvido a las mías.
Isabella notó que le ardían las mejillas.
–Hay otras maneras de concebir un hijo, como usted sabe muy bien. También yo soy cliente de la clínica en la que trabaja Alice.
La expresión del hombre cambió por completo.
–Vamos a mi despacho.
Isabella lo siguió por un pasillo que terminaba en una pesada puerta de roble. El despacho era un sitio enorme, con techos muy altos y vigas vistas. Desde una de las paredes, enteramente de cristal, podía ver el jardín y el valle más abajo. Era precioso, pero la vista no resultaba demasiado consoladora en aquel momento.
–Hubo un error en la clínica –empezó a decir, mirando las montañas a lo lejos–. No pensaban contármelo, pero una de mis amigas trabaja en el laboratorio y pensó que tenía derecho a saberlo. Me inseminaron con su muestra por error.
–¿Cómo es posible? –preguntó él.
–No me dieron una explicación. Sólo que su muestra se mezcló con la del donante que yo había elegido porque sus apellidos son similares. El que yo buscaba era un tal señor Mullen.
–¿Un tal señor Mullen? ¿No es su marido o su novio?
–No tengo ni marido ni novio. Y todo debería haber sido anónimo, pero... –Isabella respiró profundamente– no fue así.
–Y ahora que ha descubierto que el «donante» es un hombre rico ha venido a pedirme dinero.
Isabella lo miró, perpleja.
–No, no es eso. Siento mucho haberlo molestado, de verdad. Imagino que no esperaría que la receptora de su muestra apareciera en su casa, pero tenía que saber si se había hecho pruebas genéticas antes de ir a la clínica.
–Yo no soy donante de esperma, señorita.
–Pero tiene que serlo. Alice me dio su nombre... dijo que era su muestra la que me habían dado a mí por error.
Él se apoyó en el escritorio, como para controlar su impaciencia.
–Había una muestra de mi esperma en la clínica, pero no era para una donación anónima, sino para mi esposa. Teníamos problemas para concebir hijos.
–Ah, ya... –Isabella no sabía qué hacer.
Bueno, sí, en realidad querría salir corriendo. Había leído historias terribles en los periódicos sobre ese tipo de errores, pero, aunque aquel hombre fuese el padre biológico, el niño seguía siendo suyo. Ella seguía siendo la madre y ningún juez le quitaría su hijo a una madre competente. Y la mujer de Edward Cullen no querría un hijo que no fuera suyo.
–Yo soy portadora de fibrosis quística y los donantes son siempre testados para detectar desórdenes genéticos antes de ser aceptados. Pero sus resultados no estaban en el archivo –intentó explicar Isabella–. Alice sabía que yo estaba preocupada e intentó conseguir información sobre usted, pero no estaba en los archivos de la clínica ni en el laboratorio.
–Porque yo no soy donante de esperma.
–Pero el laboratorio tenía una muestra suya –insistió ella, angustiada.
Ver a su hermana sucumbir a la enfermedad cuando eran pequeñas había sido lo más terrible de su vida, el final de todo, de la familia, de la felicidad. Tenía que saber para poder prepararse para lo peor. No abortaría, pasara lo que pasara no haría eso. El recuerdo de su hermana, de su maravillosa y corta vida, era demasiado querido como para hacer eso. Pero necesitaba saber.
–No soy donante y, por lo tanto, no me han hecho ninguna prueba –insistió él. Isabella se dejó caer sobre una silla porque sus piernas no podían soportarla.
–Pues tiene que hacérsela. Por favor, necesito que se la haga.
Edward examinó a la mujer que tenía delante, con el corazón acelerado. No había vuelto a pensar en la clínica de fertilidad en los últimos dos años, desde la muerte de Tanya. Poco después del accidente recibió un mensaje de una empleada de Zoi-Labs para preguntar si podían descartar sus muestras de esperma, pero no había contestado porque en ese momento sencillamente no era capaz de lidiar con ello. No había imaginado que habría consecuencias...
Y ahora iba a ser padre. Era el momento más asombroso y más aterrador de su vida.
Entonces miró el estómago plano de Isabella Swan. Era imposible adivinar que estaba embarazada. De su hijo. Resultaba tan fácil imaginar a un niño o una niña de pelo oscuro en sus brazos... y esa imagen hizo que sintiera una punzada en el pecho. Creía haber olvidado el deseo de ser padre, creía haber enterrado ese deseo junto con su mujer. Pero en un momento todos esos sueños se habían vuelto posibles y en ese mismo instante había descubierto que su hijo podría tener serias complicaciones de salud. En un segundo había perdido el control de su vida. Todo lo que le había parecido esencial cinco minutos antes era insignificante ahora y lo que más le importaba estaba en el útero de aquella extraña.
Pero se haría la prueba, pensó, para descubrir lo antes posible si había alguna posibilidad de que el niño tuviese la enfermedad. Pensar en eso, tener algo a lo que agarrarse, hizo que la situación le pareciese más real, permitiéndole recuperar el control. Aunque también hacía más fácil creer que había un niño de verdad.
–Me haré la prueba de inmediato.
–Muy bien.
Aunque no había pensado volver a Turan de inmediato, aquello era muy importante. Pero tendría que ver a su médico personal en el palacio, no se arriesgaría a que la prensa supiera nada del asunto. No, ya habían causado suficiente daño.
–¿Y qué piensa hacer si la prueba diera positivo?
Ella se miró las manos. Eran unas manos delicadas, femeninas, sin joyas ni laca de uñas. Resultaba muy fácil imaginar esas suaves manos sobre su cuerpo, lo pálidas que serían en contraste con su piel morena... Edward carraspeó, intentando ordenar sus pensamientos. Isabella Swan era una mujer muy guapa, eso no podía negarlo. Pero también mucho menos sofisticada que las mujeres a las que él estaba acostumbrado. Apenas llevaba maquillaje y tenía una piel delicada, como de porcelana. Sus ojos eran casi del color del cobre y en sus carnosos labios no había una gota de carmín. Su pelo liso, de un tono rubio claro, caía por debajo de sus hombros y parecía suave al tacto, sin laca. Un hombre podría meter los dedos entre los suaves mechones para extenderlo sobre la almohada... De nuevo, tuvo que contenerse. Llevaba demasiado tiempo sin una mujer si una completa extraña lo excitaba de ese modo. ¿Y cuándo una mujer lo había atraído de manera tan inmediata? Nunca, que él recordase. El sentimiento de culpa, normalmente ignorado después de vivir con él durante tanto tiempo, lo golpeó entonces con más fuerza y más insistencia de lo normal.
–Voy a tener a mi hijo pase lo que pase –dijo ella–. Pero necesito estar preparada.
Algo en su tono al decir «mi hijo», como si él no tuviera nada que ver, provocó un sentimiento posesivo tan intenso que borró el deseo que había sentido antes.
–El niño no es suyo, es de los dos.
–Pero su mujer y usted...
Ed se dio cuenta entonces de que no sabía quién era. No le parecía posible, pero lo miraba como si fuera un extraño, alguien a quien no había visto en su vida.
–Mi mujer murió hace dos años.
Los exóticos ojos de color cobre se abrieron de par en par.
–Lo siento, no lo sabía. Alice no me lo dijo... no me dijo nada más que su nombre.
–Normalmente, con eso es suficiente.
–Pero... ¿no creerá que voy a darle a mi hijo?
–Nuestro hijo –repitió él–. Es tan mío como suyo. Suponiendo que sea usted la madre y no otra mujer la que donó el material genético.
–Es hijo mío, fui inseminada artificialmente –Isabella suspiró–. Era mi tercer intento, las dos primeras veces no salió bien.
–¿Y está segura de que fue mi esperma el que funcionó?
–Todas las muestras eran suyas. Cometieron el error hace meses, pero sólo se dieron cuenta la última vez.
Edward sintió que su corazón se aceleraba mientras miraba sus labios. En ese momento, su único pensamiento era que le parecía una pena no haber concebido el niño por el método tradicional. Aquella mujer era increíblemente guapa, con una mezcla de fuerza y vulnerabilidad que lo atraía de una forma desconocida. Y tuvo que hacer un esfuerzo para olvidar esa oleada de deseo que lo desconcentraba.
–Si puede tener hijos de la manera normal, ¿por qué ha decidido tenerlo con una probeta?
Ella hizo una mueca.
–Qué comentario tan desagradable.
Tenía razón, pensó Edward. Pero, sin saber por qué, se veía empujado a atacar a aquella mujer que, en unos segundos, había puesto su mundo patas arriba. Allí estaba, ofreciéndole algo que él había tenido que descartar mucho tiempo atrás. Pero lo que le ofrecía era una versión retorcida y extraña del sueño que su mujer y él habían compartido.
–¿Es usted lesbiana?
Isabella se puso colorada.
–No, no lo soy.
–¿Entonces por qué no ha esperado hasta casarse para tener un hijo?
–Porque no quiero casarme.
Ed se fijó por primera vez en su atuendo. La belleza de su rostro había hecho que no se fijara en el traje de chaqueta oscuro. Evidentemente, era una mujer profesional que seguramente tendría una niñera para cuidar de su hijo mientras ella trabajaba. ¿Por qué quería tener un hijo entonces? Como accesorio, sin duda, un símbolo de todo lo que podía conseguir sin la ayuda de un hombre.
–No crea ni por un momento que va a criar al niño sin mí. Haremos una prueba de paternidad y, si es mi hijo, podría encontrarse con un marido, lo quiera o no.
Él no quería volver a casarse. Ni siquiera había sentido la inclinación de mantener relaciones desde que Tanya murió, pero eso no alteraba la situación. Si aquel niño era hijo suyo de verdad, viviría en Turan con él, no en Estados Unidos.
No estaba dispuesto a aceptar que mirasen a su hijo como un bastardo, como un hijo ilegítimo incapaz de reclamar su herencia. Y sólo había una forma de remediar eso.
La expresión de total sorpresa en el rostro de Isabella Swan podría haber sido cómica si hubiera algo remotamente divertido en la situación.
–¿Acaba de pedirme matrimonio?
–No exactamente.
–Pero yo no le conozco y usted no me conoce a mí.
–Vamos a tener un hijo –le recordó él.
–Pero eso no tiene nada que ver con el matrimonio.
–Es de sentido común casarse cuando se va a tener un hijo.
–Yo tengo intención de ser madre soltera. No estaba esperando que un príncipe azul me ofreciese matrimonio. Esto no es un plan B mientras espero al hombre de mi vida, el niño es mi único plan.
–Y estoy seguro de que las asociaciones feministas aplauden su decisión, señorita Swan, pero ya no es usted la única persona involucrada en este embarazo. Yo también lo estoy. De hecho, usted misma ha decidido involucrarme.
–Sólo porque necesito saber si es usted portador de fibrosis quística.
–¿No podría haberle hecho pruebas al niño?
–Quiero saberlo antes de que nazca –respondió Isabella–. Es algo que requiere una gran preparación emocional... se podrían hacer pruebas dentro del útero, pero no suelen hacerse a menos que los dos padres sean portadores de la enfermedad. Además, esas pruebas siempre conllevan un riesgo para el feto y no estaba dispuesta a hacerlo sin hablar con usted.
–O tal vez su postura feminista es simplemente eso, una postura.
Ella lo miró, perpleja por la grosería.
–¿Cómo?
–Dice que tiene una amiga en la clínica y yo soy un hombre muy rico. Tal vez no haya recibido mi esperma por accidente. ¿Cómo es posible que haya estado allí dos años y, de repente, lo hayan confundido con el de un donante?
¿Habría quedado embarazada a propósito para conseguir dinero?, se preguntó. La gente hacía cosas peores por menos de lo que él podía ofrecer.
–No sé cómo ocurrió el error, yo no soy responsable de eso. Sólo sé que ocurrió –replicó ella–. Y no sea tan engreído como para pensar que yo haría algo así por dinero. De hecho, ni siquiera sé quién es usted.
Ed soltó una carcajada, divertido por tan sincera réplica.
–Me parece extraño que una mujer educada y bien informada no sepa quién soy. A menos que no sea usted ninguna de esas cosas.
Isabella lo fulminó con la mirada.
–¿Ahora mide mi intelecto dependiendo de que sepa quién es usted? Tiene un ego del tamaño de una catedral, señor mío.
–A riesgo de confirmar su opinión sobre mi ego, señorita Swan, debo decirle que mi título oficial es el de príncipe. Soy Edward Cullen, el heredero del trono de Turan. Y si el hijo que espera es mío, él o ella será mi heredero, el futuro gobernante de mi país.
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¡Que intenso! ¿Qué opinan de este primer capítulo? ¡Déjenme leer sus comentarios!
¡Nos leemos pronto!
