No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Maisey Yates. Yo solo me divierto un poco.
.
.
.
DE REPENTE, quedó horriblemente claro por qué su rostro le resultaba familiar. Lo había visto antes, en las noticias, en las revistas. Su mujer y él habían sido favoritos de la prensa durante mucho tiempo. Eran una pareja aristocrática, guapísimos los dos y, por lo que decían, muy felices. Pero dos años antes habían salido en las noticias por una tragedia: la muerte de su esposa.
Isabella se alegraba de estar sentada o habría caído al suelo.
–¿Se encuentra bien? –le preguntó él, inclinándose para poner una mano en su frente. Su piel era cálida y la hizo sentir una especie de cosquilleo.
–Sí... no, la verdad es que no.
–Baje la cabeza.
Edward Cullen empujó suavemente su cabeza para colocarla entre sus rodillas. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que un hombre la tocó. Había estrechado la mano de muchos, por supuesto, pero no recordaba la última vez que alguien la había tocado con la intención de consolarla. Y era muy agradable.
Pero el roce estaba provocando otras sensaciones desconocidas para ella. Era asombroso que las manos de un hombre pudieran ser tan suaves y, a la vez, tan firmes y masculinas. Entonces miró la otra mano, sobre su pierna. Era tan distinta a la suya: grande, ligeramente morena, de dedos largos y uñas cuadradas.
Podía sentir el calor de esa mano atravesando la tela del pantalón y se quedó sorprendida por lo estimulante que le parecía. Y algo más que eso; algo que hacía que sintiera un cosquilleo en el pecho. Siempre había pensado que ella era la clase de persona que no respondía a las caricias, que no era muy sexual, y nunca le había preocupado. De hecho, había sido más bien un alivio. Nunca había querido tener una relación, nunca había querido abrirle su corazón a un hombre porque no quería depender de nadie.
Su reacción era debida a las hormonas del embarazo. Tenía que ser así, no había otra explicación para que una parte de ella que había ignorado durante tanto tiempo de repente despertase a la vida.
–Estoy bien –le dijo, con voz estrangulada. Pero cuando puso una mano sobre la suya para apartarla, sintió un escalofrío que la hizo levantarse de inmediato–. Gracias, pero ya estoy bien.
–¿Seguro que está lo bastante sana como para soportar un embarazo?
–Estoy perfectamente. Pero no todos los días se entera una de que va a tener un hijo con un príncipe.
Edward pensó que era imposible que hubiera fingido esa palidez, por muy buena actriz que fuera. Después de ver esa expresión de total sorpresa en su rostro no podía creer que hubiese orquestado nada. Parecía un cervatillo acosado.
–Y no todos los días un hombre recibe la noticia de que va a ser padre.
–Entonces, quiere el niño.
–Pues claro que lo quiero. ¿Cómo no iba a querer a mi propio hijo?
–Si lo que quiere es un heredero, ¿no podría encontrar a otra mujer que...?
–¿Eso es lo que cree? –la interrumpió él–. ¿Cree que sería tan sencillo para mí olvidar que he traído un hijo al mundo? ¿Que podría abandonar a mi propia sangre porque haya sido un embarazo no planeado? ¿Usted podría hacerlo?
–No, claro que no.
–¿Entonces por qué espera que lo haga yo? Si es tan sencillo, tenga a ese niño y démelo a mí. Y luego tenga otro hijo con la contribución de otro hombre.
–No tengo la menor intención de hacer eso.
–Entonces no espere que lo haga yo.
–Eso... –Isabella se dejó caer sobre la silla de nuevo, enterrando la cara entre las manos–. Esto es imposible.
–Las cosas cambian, la gente muere. Lo único que se puede hacer es seguir adelante y aprovechar lo que te ofrezca la vida.
Ella lo miró, con lágrimas de frustración en los ojos.
–Yo no quiero compartir a mi hijo con un extraño. No quiero compartir a mi hijo con nadie. Si eso me convierte en una egoísta, lo siento.
–Y yo siento no poder dejarla ir con mi hijo.
–No he dicho que vaya a marcharme –replicó Isabella–. Entiendo que esto también es difícil para usted, pero no entraba en sus planes tener un hijo.
–Estuve años planeando tener un hijo, pero no pude tenerlo. Primero debido a un problema de infertilidad y luego... perdí a mi mujer. Y ahora que tengo la oportunidad de ser padre, no permitiré que nada se ponga en mi camino.
No podía perderla de vista, eso estaba claro. Aunque no estaba seguro de lo que haría después. Casarse le parecía la opción más lógica, la única manera de evitar que su hijo o hija sufriera el estigma de la ilegitimidad. Y, sin embargo, la idea del matrimonio lo angustiaba.
–Tengo que volver a Turan para ver a mi médico personal. No pienso hacerme las pruebas en Estados Unidos.
–¿Por qué? –preguntó ella–. Hicieron el tratamiento de fertilidad aquí.
Sí, así había sido. Tanya había crecido en la Costa Oeste de Estados Unidos y siempre habían mantenido aquella residencia de vacaciones a las afueras de Seattle. Era el sitio al que iban cuando necesitaban descansar de la estresada vida pública en Turan y por eso habían elegido la clínica allí, para hacer realidad su sueño de formar una familia.
Además, era un sitio muy agradable donde los dos se sentían a gusto y podían relajarse.
–Mi confianza en la competencia del sistema médico norteamericano ha disminuido mucho en los últimos cuarenta minutos... por evidentes razones. Mi médico en Turan será rápido y discreto.
–¿Y cuándo cree que podrán hacerle las pruebas?
–En cuanto llegue a Turan. La salud de mi hijo también es importante para mí.
De repente, ella lo miró con una expresión tan triste que Edward sintió el deseo de abrazarla. Y ese repentino y fiero deseo de consolarla lo sorprendió. ¿Era porque estaba embarazada de su hijo? Tenía que ser eso, no había otra explicación. La vida de su hijo lo había atado a ella y eso lo atraía como hombre, como protector, a un nivel primario.
La propia Isabella lo atraía a un nivel más básico. ¿Sería el instinto masculino de reclamar lo que parecía ser suyo?, se preguntó. El deseo de apretarla contra su pecho y besarla hasta que sus labios estuvieran hinchados, unir sus cuerpos de la forma más íntima posible, era tan fuerte que amenazaba con hacer que perdiese el control.
–Estoy pensando tomar medidas legales contra la clínica –dijo ella–. Soy abogada y estoy segura de que ganaría el caso.
–Yo también estoy seguro, pero la prensa lo pasaría en grande.
El circo mediático sería horrible. Montones de titulares escandalosos para un mundo que adoraba los escándalos... los problemas de fertilidad de su mujer, los problemas en su matrimonio todo bajo los focos de nuevo.
No, eso era lo último que quería, por Tanya y por él mismo. Algunas cosas era mejor dejarlas enterradas, los últimos meses de su matrimonio entre ellas.
–La verdad es que no le había reconocido. No suelo leer revistas ni ver la televisión, pero sé que los periodistas lo persiguen...
–¿Y tampoco había reconocido mi nombre?
Isabella se encogió de hombros.
–Tengo muy poco espacio en la cabeza para temas triviales. Leo esas cosas y se me olvidan enseguida.
A su pesar, Edward tuvo que sonreír. Le gustaba que fuera capaz de hablar con tal sinceridad. Ni siquiera Tanya hacía eso. No, Tanya sencillamente se apartó de él. Tal vez si se hubiera mostrado furiosa en lugar de guardárselo todo dentro... Pero ya era demasiado tarde y Edward decidió olvidarse de Tanya para concentrarse en el problema que tenía entre manos.
–Me gustaría que fuese a Turan conmigo.
–No puedo, estoy muy ocupada. Mis clientes son muy importantes para mí y no puedo decepcionarlos.
–¿No hay nadie más en el bufete que pueda ocuparse de ellos? Después de todo, está embarazada.
–Mis responsabilidades no van a tomarse unas vacaciones porque me las tome yo.
–¿Tan importante es su carrera que no puede tomarse unos días libres para comprobar el resultado de las pruebas en persona? Yo diría que es algo muy importante para el niño.
Ella irguió los hombros y levantó la barbilla en un gesto orgulloso.
–Eso es un chantaje emocional.
–Y si no funciona, usaré otro tipo de chantaje –replicó Edward–. No me importa reconocerlo.
Isabella frunció los labios, molesta. Pero Edward querría verla relajada... de hecho, le gustaría disfrutar de esos labios jugosos y de la tentación que representaban. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se sintió tentado por una mujer que estaba disfrutando como nunca.
Sin pensar, rozó sus labios con el pulgar y ella los abrió, sorprendida. Aunque no tanto como él al sentir un cosquilleo desde el pulgar a la entrepierna.
Deseaba a aquella mujer con una intensidad que lo sorprendía. Y no estaba seguro de que el embarazo tuviera algo que ver con eso. La deseaba como un hombre deseaba a una mujer, así de sencillo.
De repente, sintió un vacío en el dedo anular, aunque era extraño ser consciente de algo así. Se había quitado la alianza durante el funeral de Tanya para no llevar ningún recordatorio de su matrimonio...
–Tenemos que encontrar una solución, por el niño. Y eso significa un compromiso, no un chantaje.
–Ya, pero tengo la impresión de que es el plebeyo quien tendrá que ceder.
Edward sonrió.
–No me juzgue mal, cara. Soy un hombre muy razonable.
–Tendré que entrevistar a los confinados en las mazmorras del castillo de Turan para saber si eso es verdad –replicó Isabella, irónica.
–No pueden hablar, así que las entrevistas serían muy cortas.
Cuando la vio sonreír, Edward se sintió absurdamente orgulloso.
–Muy bien, de acuerdo. Llamaré a la oficina para ver si puedo tomarme unos días libres –cedió ella por fin, apartándose el pelo de los hombros.
–Estupendo, Isabella –dijo él, tuteándola por primera vez.
–¿Cuándo nos vamos... Edward?
Isabella lamentó su decisión casi inmediatamente, pero por muchas vueltas que le diera, por muchas salidas que buscase, no encontraba ninguna.
.
.
.
En el aeropuerto, mientras esperaba que llegase el príncipe de Turan, intentó calmar sus nervios y sus náuseas comiendo una galletita salada y paseando de un lado a otro por la sala de primera clase. Había varios sofás, pero estaba demasiado nerviosa como para sentarse. ¿Por qué se había complicado todo de esa manera? Durante los últimos tres años no había hecho más que planear su embarazo, ahorrando de manera compulsiva... ni siquiera había cambiado de coche aunque debería haberlo hecho y vivía en un apartamento modesto con la esperanza de poder comprar algún día una casa para su hijo. Había dejado su estresante trabajo en un prestigioso bufete con objeto de estar descansada para el embarazo e incluso tenía una cuenta corriente aparte para la universidad del niño.
Y una sola llamada de teléfono había aniquilado todo eso.
Cuando Alice lanzó la bomba sobre el error en la muestra de esperma, todo se había roto en mil pedazos.
No había querido saber nada del padre más que estaba sano y, sobre todo, no había querido involucrarlo en absoluto. De modo que aquello era lo peor que podría haber pasado. Edward no se había portado mal el día anterior, pero Isabella intuía en él a un hombre implacable. Incluso cuando estaba siendo amable, cada vez que hablaba daba una orden. Era alguien que no pedía permiso para nada. Se mostraba agradable por el momento, tal vez porque creía tener más cartas en la mano debido a su posición y su dinero. Pero ella no era tonta.
Por el momento, estaba dispuesta a llegar a un acuerdo. Al fin y al cabo, Edward tenía derechos, le gustase o no la idea de una custodia compartida. Él era tan víctima de las circunstancias como lo era ella. Y, en cualquier caso, por mucho que ella quisiera que desapareciese de su vida o no haberle contado que estaba embarazada, ya no podía echarse atrás.
Isabella miró por el ventanal, desde el que se veía la entrada de la terminal, y a continuación apareció Edward seguido de su personal de seguridad y de varios fotógrafos. A pesar del séquito que llevaba, todos los ojos estaban clavados en él. Era tan alto y tan fuerte como sus guardias de seguridad, su torso ancho y musculoso, los pectorales marcados bajo la inmaculada camisa blanca. Desapareció de su vista durante unos segundos para reaparecer después en la sala VIP, sin los fotógrafos y sin los guardias de seguridad.
E Isabella no pudo evitar mirarlo de arriba abajo. El elegante pantalón destacaba unas piernas como columnas y, sin darse cuenta, se fijó en el bulto bajo la cremallera... Pero enseguida apartó la mirada, avergonzada. No recordaba haber mirado así a un hombre en toda su vida. Intentaba decirse a sí misma que eran los nervios, pero no podía convencerse del todo.
Edward se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolsillo de la chaqueta. Y, de nuevo, los ojos de Isabella siguieron el movimiento, como transfigurada por el suave vello oscuro que asomaba por el cuello de la camisa.
–Me alegro de que hayas venido –dijo él, a modo de saludo.
No parecía afectado en absoluto por los fotógrafos que lo perseguían. Era un hombre increíblemente seguro de sí mismo, pensó Isabella.
–Dije que estaría aquí y yo siempre cumplo mi palabra.
–Me alegra saber eso. ¿Te encuentras bien? –Edward tomó su brazo, el gesto totalmente amistoso... o tal vez posesivo, pero no sensual.
Era mucho más alto que ella, mucho más fuerte, y había algo en su fuerza que le resultaba muy atractivo. Sería tan fácil apoyarse en él y dejar que le quitase aquel peso de los hombros... Pero en el momento que hiciera eso estaba segura de que la abandonaría.
Isabella intentó ignorar el cosquilleo que sentía en el estómago y que no tenía nada que ver con las náuseas matinales.
–En realidad, me siento fatal, pero gracias por preguntar.
–No tenemos que pasar por los trámites habituales, mi avión está esperándonos en la pista.
–Muy bien.
–Uno de mis agentes de seguridad te escoltará, pero me reuniré contigo en un momento. Es mejor que no nos hagan fotos juntos.
Ella asintió con la cabeza. Imaginar una fotografía suya, pálida y asustada, en todas las revistas le daba pánico.
Uno de sus guardaespaldas se acercó entonces y Edward le hizo un gesto para que lo siguiera. Isabella, con la cabeza inclinada, salió a la pista y se dirigió al avión privado, cuyo interior parecía más un lujoso apartamento que un modo de transporte. Pero había estado en la casa de Edward y había visto el estilo de vida al que estaba acostumbrado. Al fin y al cabo, era el príncipe de un país que se había convertido en un destino de vacaciones que rivalizaba con Mónaco.
El guardaespaldas salió sin decir nada y, diez minutos después, Edward se reunió con ella.
–Había un fotógrafo en la pista, pero como no hemos subido juntos espero que te haya tomado por un miembro de mi equipo.
–Eso espero yo también. ¿Vamos a viajar solos?
–Con el piloto y la tripulación.
–Pero es un avión muy grande para dos personas solas. Me parece una exageración.
–¿Disculpa?
–Podríamos haber ido en un avión comercial, esto es malgastar combustible.
Edward sonrió, mostrando unos dientes perfectos. La sonrisa transformaba su rostro, suavizando los ángulos y haciendo que pareciese más cercano.
–Cuando el presidente de Estados Unidos deje de volar en el Air Force 1, tal vez también yo utilice otro medio de transporte. Hasta entonces, creo que es aceptable que el líder de un país viaje en avión privado.
–Bueno, imagino que será difícil pasar por la aduana con esos lingotes de oro en el bolsillo –bromeó Isabella.
–No me digas que eres una esnob –dijo él, burlón.
–¿Por qué soy una esnob?
–Una esnob a la inversa.
–No, en absoluto –dijo ella, apartándose.
Había algo en Edward que le encogía el estómago y la ponía nerviosa. No era miedo, pero resultaba aterrador.
Ella nunca había querido tener una relación sentimental. Nunca había querido depender de nadie, abrirle su corazón a una persona que pudiese abandonarla. Había pasado por eso demasiadas veces en su vida... primero, al perder a su hermana. Sabía que no podía culpar a Renesmee por haber muerto, pero el dolor había sido tan profundo, tan abrumador, que su pérdida fue como una traición para ella. Y luego su padre, que las había abandonado...
En cuanto a su madre, no la había dejado físicamente, pero la persona que era antes de la muerte de Renesmee y del abandono de su marido había desaparecido por completo.
De modo que había aprendido a ser autosuficiente. Y nunca había querido depender de otra persona ni necesitarla. Pero sí quería ser madre y, por esas cosas de la vida, ahora tenía que contar con Edward. Había estado segura de que nada podría ir mal, pero su idílica visión del futuro con su hijo empezaba a escapársele de las manos.
Su hijo tenía un padre, no un donante anónimo de material genético. Y el padre de su hijo era un príncipe cuya arrogancia no tenía rival y cuyo atractivo la afectaba de una forma que no quería analizar.
–Pareces tener una opinión, sobre todo –dijo él, indicándole que se sentara en uno de los sofás.
–Soy abogada, necesito tener una opinión y un punto de vista para defender a mis representados. Es parte de mi trabajo.
Edward sonrió. No era como las mujeres a las que él estaba acostumbrado. Algunos hombres podrían verse amenazados por una mujer tan inteligente como Isabella, pero él disfrutaba del reto. Y ayudaba mucho saber que tenía ventaja sobre ella. Ahora que estaban en el avión con destino a Turan, el balance de poder estaba completamente a su favor.
No era su plan obligar a Isabella a hacer nada, al contrario, pensaba hacerle una oferta que no pudiese rechazar. Estaba seguro de que defendería a su hijo con su vida si tenía que hacerlo, pero él haría lo mismo. Y no iba a dejar que desapareciera del mapa.
Era algo extraño para Edward que una mujer se resistiera a la idea de casarse con él... no porque fuese engreído, sino pragmático. Para empezar, algún día sería el rey de su país y, además de la corona, recibiría una herencia de cientos de millones que se unirían a su fortuna personal. Su cadena de hoteles de lujo y casinos era muy popular entre los ricos y famosos, de modo que para muchas mujeres casarse con él sería como encontrar el Santo Grial, la puerta de entrada a un mundo de riquezas con las que la mayoría de la gente sólo podía soñar. Y, sin embargo, la señorita Swan actuaba como si estar embarazada de su hijo fuera el equivalente a una sentencia a cadena perpetua.
–¿Y tu trabajo es muy importante para ti? –le preguntó.
–Sí, claro. Soy abogado y me dedico a llevar casos de interés público, trabajo con niños. Mi bufete hace trabajo pro bono con fondos del gobierno. El sueldo no es demasiado bueno, pero trabajé durante un tiempo en un bufete importante y descubrí que llevar los divorcios de los ricos no era lo que quería hacer. Por supuesto, había otros casos, pero yo era una de las más jóvenes del bufete.
Eso no pegaba nada con la imagen que Edward se había hecho de ella. La veía como una abogada agresiva, dispuesta a llegar a lo más alto. Su rápido intelecto combinado con su belleza podían ser un arma letal en los Juzgados.
–Es lo que he estado haciendo durante el último año. Quería hacer algo por la sociedad y sabía que, si iba a tener un hijo, no podría trabajar catorce horas diarias.
–¿Entonces por qué estudiaste Derecho?
Isabella se encogió de hombros.
–Era una carrera que me gustaba y se me da bien. Además, lo que hago ahora me gusta muchísimo. Yo hablo por los niños, para que no tengan que sentarse frente a un juez. No voy a dejar que los que han abusado de ellos vuelvan a convertirlos en víctimas obligándolos a repetir lo que sufrieron. Soy abogado, pero a veces no hay nadie a quien odie más que a otros abogados.
La pasión que sentía por su trabajo, su vocación, era evidente. La mujer que esperaba un hijo suyo había hecho de defender a los niños su carrera. ¿Podría haber elegido a alguien mejor? En lugar de una persona fría, ahora veía a una mujer dispuesta a defender a los más débiles y eso cimentó lo que había estado pensando.
El matrimonio no estaba en su agenda. Ya había estado casado y había amado a su mujer, pero ni siquiera el amor y el respeto los habían hecho felices al final. Él no había sabido resolver los problemas de Tanya y su mujer había pasado los últimos meses de su vida sola. Y eso era algo que tendría que llevar sobre su conciencia toda la vida.
Pero Isabella estaba esperando un hijo suyo y su sentido del deber exigía que hiciera lo que debía hacer. El niño no había sido concebido de la forma habitual, pero se sentía tan responsable como si así hubiera sido. Y la atracción que sentía por ella era un extra. No había pensado portarse como un monje durante el resto de su vida, pero tampoco le había apetecido buscar otras relaciones. Había estado casado durante siete años y habían pasado más de nueve desde que estuvo con una mujer que no fuera su esposa. No tenía amigas y, a los treinta y seis años, se sentía demasiado viejo como para volver al mundo de las citas.
En ese sentido, casarse con Isabella sería beneficioso para todos. La atracción que sentía por ella lo sorprendía, pero podía atribuirla al tiempo que llevaba solo. Los hombres sólo podían negar sus necesidades sexuales durante cierto tiempo y no le sorprendía demasiado que su libido hubiera despertado del letargo con tal ansia. La hermosa seductora que tenía delante, con su piel de porcelana y su esbelta figura, era totalmente diferente a su mujer. Tanya había sido muy alta y delgada, de curvas suaves. Sin embargo, podría apoyar la barbilla sobre la cabeza de Isabella y sus curvas... sus curvas serían excitantes para cualquier hombre. El deseo era tan fuerte que tuvo que cruzar las piernas para disimular su reacción. No quería que lo pillara como un adolescente incapaz de controlarse.
–¿Entonces te gustan los niños?
–Sí, mucho –respondió ella–. Siempre he querido ser madre.
–¿Pero no esposa?
Isabella se encogió de hombros.
–Las relaciones son complicadas.
–También lo es la paternidad.
–Sí, pero es diferente. Un niño viene al mundo queriéndote y depende de ti que lo siga haciendo el resto de su vida. Con las relaciones sentimentales, con el matrimonio, uno depende de otra persona.
–¿Y eso te parece mal?
–No, sencillamente no me interesa. Requiere una confianza en el ser humano que yo no tengo.
Edward no podía negar la verdad de sus palabras. Tanya había dependido de él y él le había fallado.
–¿Entonces has decidido ser madre soltera en lugar de tener una relación?
Isabella arrugó el ceño, frunciendo los labios en un gesto muy seductor.
–Mi objetivo no era ser madre soltera, sino ser madre. Sencillamente, estaba intentando conseguir lo que quería.
–Y esto complica las cosas para ti.
–Desde luego.
–¿Tan malo es que el niño tenga un padre y una madre?
Isabella giró la cabeza para mirar por la ventanilla.
–No lo sé, Edward. No creo que pueda lidiar con tantas cosas a la vez. ¿Podemos esperar el resultado de la prueba y hablar de ello más tarde?
Él asintió con la cabeza.
–Si eso es lo que quieres... pero tenemos que discutir el asunto.
–Lo sé.
–No es lo que tú habías planeado, lo entiendo. Tampoco yo había planeado nada de esto.
Isabella sabía que no se refería al embarazo, sino a la muerte de su esposa. Y podía imaginar el vacío que había dejado en su vida. Pero no quería sentir compasión por él. Aquella atracción la asustaba y añadir cualquier otra emoción era buscarse problemas. El amor romántico nunca le había atraído y tampoco las relaciones íntimas. Ella había visto los resultados del final de ese amor romántico en su casa, había visto cómo sus padres se destruían el uno al otro. Su padre se había marchado para no volver más y su madre sencillamente se había apartado de todo, dejando que Isabella se defendiera por sí misma.
Cuando su padre las abandonó perdieron su casa y personas a las que su madre consideraba amigas les habían dado la espalda. Isabella no quería encontrarse nunca en esa posición, no quería poner su vida en manos de otra persona. Esa experiencia le había enseñado que debía cuidar de sí misma, buscar su propia seguridad, su propia felicidad. Y por eso había intentado controlar su vida con mano de hierro; desde sus estudios a su carrera o al momento en el que quedaría embarazada. Pero todo eso parecía risible cuando se dirigía a un país extraño con un príncipe guapísimo que, además, era el padre de su hijo.
.
.
.
¡Capítulo nuevo! Estoy emocionada de ver el gran recibimiento de esta nueva adaptación, me alegra muchísimo que les esté gustando…
¡Ya saben! Déjenme sus comentarios, no les quita más de dos minutos de tiempo y me harán muy feliz.
¡Nos leemos pronto!
