No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Maisey Yates. Yo solo me divierto un poco.

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CUANDO vio Turan desde el cielo, Isabella se quedó sin aliento. La isla, con sus playas de arena blanca, era una joya en medio del Mediterráneo. Y, situado sobre un acantilado, había un enorme edificio de piedra que parecía dorado a la luz de la tarde.

–Es precioso.

Precioso y salvaje, pensó. Como su dueño. A pesar de la sofisticación de Edward, en él había algo crudo y casi primitivo que la atraía a un nivel primario. Algo que no había sentido nunca hasta que lo vio bajando la escalera de su casa.

El vuelo había sido tenso, al menos para ella. No porque no le gustasen los hombres o no hubiera sentido deseo sexual alguna vez, claro que sí. Sencillamente, no lo había llevado a la práctica. La idea la hacía sentir como si estuviera al borde de un ataque de ansiedad. La intimidad sexual, abrirse a alguien de esa manera, exponerse y posiblemente perder el control, la aterraba. Y, sin embargo, algo en Edward despertaba una curiosidad que le hacía olvidar el sentido común.

–Gracias –dijo él–. Yo creo que Turan es uno de los sitios más bonitos de la Tierra.

El avión empezó a descender, sobrevolando un valle donde pastaba libremente el ganado.

–¿Hay industria ganadera en Turan?

–No es la más importante del país, pero el ganado es muy apreciado en los mercados europeos porque se alimenta de manera natural... ganadería orgánica lo llaman ahora. Por supuesto, siendo una isla, el pescado es la industria primordial para la mayoría de la población.

Ella asintió con la cabeza.

–¿Cuáles son tus obligaciones como príncipe?

–Soy algo así como un ministro de exteriores. En los últimos cinco años, he conseguido aumentar el turismo casi un cincuenta por ciento. Con los nuevos casinos de lujo y las reformas de algunos de los pueblecitos históricos, Turan se ha convertido en un destino de vacaciones muy popular para los ricos.

Isabella arqueó una ceja.

–De modo que eres más un hombre de negocios que un príncipe.

–Se pueden ser las dos cosas. Tal vez en otra vida hubiera sido empresario, pero en ésta me limito a cumplir con mis obligaciones. Tengo negocios privados, pero el deber hacia mi país es lo que más me importa. Me educaron para pensar que el deber era lo primero, antes que yo mismo.

El deber era lo primero. ¿Significaba eso que ella tenía el deber de darle un padre a su hijo? Isabella habría dado cualquier cosa por haber tenido un padre que la quisiera, que la protegiese. ¿Tenía derecho a robarle eso a su hijo? Especialmente, un padre que podría darle todo lo que ella hubiese querido.

El avión aterrizó y, mientras bajaron por la escalerilla, Edward la tomó del brazo, pero manteniéndose a cierta distancia y a Isabella le pareció bien. Seguía turbada por el extraño efecto que ejercía en su equilibrio. Era como si su autocontrol se hubiera ido de vacaciones y su cuerpo estuviera buscando cosas que nunca antes le habían parecido importantes.

Sí, mejor eso que tocarla como lo había hecho en su casa. Aún recordaba el escalofrío que sintió cuando pasó el pulgar por sus labios y no quería volver a sentir algo así.

En la pista los esperaban cinco personas dispuestas a ocuparse del equipaje. Isabella había llevado sólo una maleta porque pensaba volver a Seattle en un par de días, pero, al lado del lujoso equipaje de Edward, las diferencias entre ellos quedaban bien claras.

Una limusina negra los esperaba a pie de pista y, de repente, Isabella se sintió un poco abrumada por tanto lujo. Aunque, en realidad, ella estaba acostumbrada al dinero. Durante su infancia, antes de las tragedias que destrozaron a su familia, habían vivido lujosamente en una casa rodeada de un precioso jardín. Incluso ahora, su sueldo era más alto que el de la mayoría de la gente, aunque ella era ahorrativa y prefería no hacer gastos superfluos.

Pero aquello... aquello no se parecía a nada que ella hubiera visto.

Poco después, la limusina atravesaba la verja de hierro forjado que separaba a los habitantes del palacio del resto de la población. Enormes estatuas de soldados blandiendo espadas parecían vigilar las puertas, como reforzando la exclusividad del sitio.

–¿No hay foso? –bromeó Isabella.

–No, los cocodrilos nunca podían distinguir a los intrusos de los residentes, de modo que eran muy mal sistema de seguridad. Ahora sólo tenemos una alarma, como todo el mundo.

Su inesperada broma la hizo sonreír.

–Entonces, tampoco quemáis a los invasores con aceite hirviendo.

–El aceite sólo se utiliza en la cocina y siempre de oliva –siguió bromeando Edward. Y cuando sonrió, Isabella vio un hoyito en su mejilla.

¿Por qué no seguía siendo serio y distante? Era más fácil verlo como la oposición cuando se mostraba antipático.

Unos segundos después, se detenían frente a una puerta claveteada guardada por dos soldados de uniforme que se parecían mucho a las estatuas.

–Después de hacerme la prueba cenaremos con mis padres, así podré presentártelos.

–¿Tienes que presentármelos?

–Aparte de ser una invitada, también eres la madre de mi hijo. Y mis padres serán los abuelos de ese niño.

Abuelos. Incluso podía darle al niño un abuelo y una abuela mientras que ella no sabía dónde estaba su padre. Y su madre era una mujer amargada que bebía para olvidar mientras lanzaba diatribas contra la vida y los hombres en general. Isabella nunca obligaría a su hijo a soportar eso. De hecho, ella lo soportaba sólo cuando no le quedaba más remedio.

–Esto es demasiado complicado –murmuró, enterrando la cara entre las manos.

Saber que iba a tener un hijo había sido un cambio tremendo en su vida, pero añadir todo aquello le parecía imposible.

–Mis padres tienen derecho a disfrutar de su nieto, como yo tengo derecho a disfrutar de mi hijo. Igual que tú, Isabella. Y no pienso dejar que le niegues esa posibilidad a mi familia.

Ella levantó la mirada y la rabia le dio fuerzas para contestar:

–Por real decreto, ¿no? ¿Es ahora cuando sale a relucir la mazmorra?

–¿Se puede saber qué te pasa con las mazmorras? ¿Es un fetiche o algo parecido? En Turan nunca ha habido mazmorras.

–Me preocupa acabar en las noticias: Joven norteamericana cautiva de príncipe medieval.

Isabella no apartó las manos de su cara para disimular que se había puesto colorada. Como si ella fuera a dejar que un hombre la atase para hacerle lo que quisiera... Curiosamente, imaginar a Edward como ese hombre la hizo sentir un cosquilleo extraño en el estómago. Totalmente sorprendida por la dirección de sus pensamientos, abrió la puerta del coche sin esperar a que lo hiciera alguno de los guardias.

Edward llegó a su lado en dos zancadas.

–¿Qué te pasa?

Isabella siguió adelante, intentando no dejarse afectar por su presencia y sus comentarios. Pero cuando tiró de su mano, su corazón empezó a latir con tal fuerza que estaba segura de que podría oírlo. Estando tan cerca podía notar el calor de su cuerpo, respirar el aroma de su colonia masculina que era cien por cien hombre. Cien por cien Edward. ¿Desde cuándo notaba ella cómo olía un hombre? A menos que fuera en el gimnasio, y con connotaciones negativas, nunca le había pasado. Entonces, ¿por qué el olor de Edward hacía que su pulso se acelerase?

–No sabía que una mujer de mundo como tú pudiera avergonzarse por algo tan simple, pero te has ruborizado, cara.

–Deja de usar esos términos cariñosos. No me gustan.

–¿Ah, no? –Edward inclinó la cabeza y a ella se le encogió el estómago. Por un momento casi le había parecido que iba a besarla–. La mayoría de las mujeres los encuentran sexys.

–Yo no soy como la mayoría de las mujeres.

–No, ya lo sé.

Isabella no sabía si lo había dicho como un cumplido o no, pero ella decidió tomárselo así. Aunque sus palabras no deberían tener el poder de halagarla o hacerle daño. No deberían afectarla en absoluto. Lo único que había entre ellos era el niño y de no ser por el error de la clínica nunca se hubieran conocido. Se movían en esferas completamente diferentes y Edward no la habría mirado siquiera de no ser por el embarazo. Y era importante recordar eso.

–¿Cuándo verás al médico? –le preguntó, esperando distraerlo.

–Vendrá en cuanto la llame. Es una mujer, por cierto.

–¿Y cuándo la llamarás?

–Ahora mismo, si te parece.

Isabella asintió con la cabeza, intentando disimular su nerviosismo.

–Sí, por favor.

Media hora después, Isabella seguía a Edward y a la guapísima doctora a su despacho. Cuando le dijo que tenía un médico personal había pensado que sería un hombre, no una mujer rubia de treinta años, alta y esbelta como una modelo. No debería sorprenderle, claro. Edward era un hombre muy atractivo, rico y poderoso. Probablemente tenía que quitárselas de encima a escobazos. Pero eso no era cosa suya. Edward podía salir con quien quisiera, incluyendo a la guapa doctora, porque ella no tenía intención de mantener una relación íntima. No iba a sacrificar su independencia por un par de horas de placer con un hombre.

Para otras mujeres estaba bien tener romances o aventuras, pero su aversión a las relaciones había impedido que descubriera el placer sexual de manera práctica. Claro que tenía veintiocho años y no era una ingenua. Sabía lo que era el sexo y no podía imaginar que tal actividad la interesase. Entonces, ¿por qué se le encogió el estómago mientras la guapa doctora tocaba el brazo de Edward? La rubia levantó la manga de la camisa para pasar un algodón por su piel y los movimientos le parecieron más lentos, más sensuales de lo que debería.

–Sólo necesitamos un poco de sangre –murmuró.

Isabella tuvo que apartar la mirada. Le daba cierta angustia ver sangre y, estando embarazada, aún más. Se sentía frágil y lo último que quería era hacer algo tan ridículo como desmayarse.

–Bueno, ya está –anunció la doctora, volviendo a bajar la manga de la camisa–. En cinco días tendremos el resultado de la prueba. Si necesita algo antes de eso, llámeme. Ya sabe que siempre estoy disponible –añadió, apretando el brazo de Edward.

E Isabella no pudo dejar de preguntarse para qué estaría disponible la buena doctora.

Cinco días. En cinco días sabrían si había alguna posibilidad de que su hijo pudiera estar afectado de esa terrible enfermedad. Su hijo, de los dos. Le parecía tan irreal que aquel extraño fuera el padre de su hijo. Al menos, si el niño hubiera sido producto de un revolcón se conocerían de algo, pero no sabían nada el uno del otro. Ni siquiera compartían la atracción física que compartían la mayoría de las personas que esperaban un hijo.

«Mentirosa». Muy bien, sí, se sentía atraída por él. Se había sentido atraída por otros hombres, pero no así; aquello era diferente y debía reconocerlo. Además, era un alivio saber que el niño le importaba lo suficiente como para hacerse la prueba de inmediato. Y que, si algo le ocurriese a ella, Edward cuidaría de su hijo. Por el momento, al menos, no le parecía un adversario.

–¿Hay algún hotel que puedas recomendarme?

–¿Por qué necesitas un hotel? –le preguntó él.

–No me apetece dormir en la calle. Nunca me ha gustado ir de acampada.

–Siempre tienes una réplica –Edward miró su boca con un brillo de interés en los ojos oscuros y, sin darse cuenta, Isabella se pasó la punta de la lengua por los labios. Se sentía atraído por ella, estaba segura. Y pensar eso hizo que se sintiera mareada...

Pero, tan repentinamente como había aparecido, el brillo de interés desapareció. Tal vez lo había imaginado, pensó. No había otra explicación. Ella no era fea en absoluto y lo sabía, aunque tampoco era una mujer despampanante. La esposa de Edward, en cambio, habría hecho que una supermodelo pareciese una chica normal; sus facciones eran exquisitas, su pelo largo y liso siempre estiloso y elegante, su esbelta figura perfecta para los vestidos de diseño.

Recordaba perfectamente el rostro de su esposa porque era una celebridad antes de casarse con Edward. Una soprano que había cantado en los mejores teatros del mundo, era una mujer llena de talento, preciosa y culta. Y ella podía ser guapa, pero no tenía el atractivo universal que poseía Tanya Cullen, de modo que sería absurdo pensar que Edward pudiera estar interesado en ella. Ella era una chica normal y él un ejemplo de perfección masculina... Y ahora estaba dramatizando.

Nerviosa, volvió a pasarse la lengua por los labios.

–Te alojarás en palacio –dijo él.

–No hace falta, puedo alojarme en un hotel.

–No lo dudo, pero estás embarazada de mi hijo y no quiero que estés sola en un hotel.

–¿No hay buenos hoteles en Turan?

–Hay muy buenos hoteles en mi país, pero eso no significa que vaya a permitir...

–¿Que vayas a permitir? –lo interrumpió ella–. Tú no tienes autoridad para obligarme a hacer nada.

–Estás embarazada de mi hijo, yo diría que eso me da cierta autoridad...

–¿Qué autoridad?

Edward dejó escapar un suspiro.

–Isabella, vas a tener un hijo mío y creo que eso me da derecho a saber dónde estás...

Ella se quedó boquiabierta.

–No tienes ninguna autoridad sobre mí. Eso es lo más primitivo que he escuchado en toda mi vida.

–Sólo quiero saber que estás bien... el niño y tú. ¿Qué hay de primitivo en eso?

–¿Aparte de que tú no tienes derecho a controlar absolutamente nada de lo que yo haga?

–No quiero controlarte, quiero protegerte. Estás embarazada de mi hijo, de modo que eres... mi mujer –replicó, exasperado.

–¿Tu mujer? –repitió Isabella, ignorando el escalofrío de sensualidad que esa palabra la hacía sentir. Ridículo–. Yo no soy la mujer de nadie. Y aunque lo fuera... aunque hubiéramos concebido a este niño de la manera tradicional, no sería tu mujer. Soy más que capaz de controlar mi vida por mí misma, llevo muchos años haciéndolo.

–Sí, ya lo sé. ¿Cómo te va, por cierto?

–Imagino que igual que a ti.

Edward suspiró.

–¿Por qué quieres pelearte conmigo, Isabella? Si la prensa descubre quién eres, no te dejarán en paz. ¿Y qué pasaría si te persiguieran los paparazzi? No tienes idea de lo insoportables que pueden ser –en sus ojos podía ver un brillo de emoción que la sorprendió. Pero, así de repente, el brillo desapareció de nuevo.

–¿Y crees que eso podría pasar?

–Ya viste a los fotógrafos en el aeropuerto. Aquí, en Turan, puede ser mucho peor.

Isabella no había tenido eso en consideración, no había pensado que ella podría interesarle a la prensa.

–Sí, bueno... tal vez tengas razón –tuvo que admitir.

–Muy bien, te acompañaré a tu habitación.

Poniendo una mano en su espalda, Edward la llevó por un largo pasillo. El roce parecía crear un incendio desde donde la tocaba hasta la raíz del pelo e Isabella tuvo que apartarse un poco para poder respirar, intentando concentrarse en algo que no fuera el roce de su mano, un roce que no significaba nada para él y no debería significar nada para ella.

El ala del palacio en la que estaban tenía una estética moderna y luminosa, similar a su casa de Seattle. Las paredes estaban pintadas de blanco, en contraste con los muebles de madera oscura. Quien lo hubiese decorado tenía un gusto exquisito... tal vez la decoradora habría sido su mujer, pensó entonces, con un nudo en el estómago.

Edward la tomó por la cintura mientras subían por la escalera y el gesto le pareció extrañamente íntimo. Pero estaba esperando un hijo suyo; no podía negarlo ni podía negar la conexión que había entre ellos. Y tampoco podía negar que el calor de su mano la afectaba. Si era sincera consigo misma, desearía que subiera la mano un poco más, que acariciase su piel desnuda, sus pechos... Isabella carraspeó, intentando romper el hechizo en el que parecía envuelta. El rostro de Edward estaba a unos centímetros del suyo y se quedó sorprendida por la perfección de sus facciones. Ni siquiera de cerca podía encontrar un defecto y, sin darse cuenta, se encontró acercándose un poco más, como por un instinto que no podía controlar.

Cuando sus labios se encontraron, Isabella abrió los suyos. No era un beso exigente o particularmente apasionado, sino más bien una seducción lenta. Nunca la habían besado así, con esa sensualidad.

Había besado a otros hombres, en la universidad, cuando aún se molestaba en fingir que era como las demás chicas, pero nunca un beso la había hecho sentir tan vacía, tan deseosa de más, como si necesitara algo que sólo aquel hombre podía darle. Los otros besos habían sido agradables, pero nunca había sentido el deseo de empujar las caderas contra el hombre para encontrar satisfacción.

El roce de su lengua parecía llegar hasta el centro de su ser y unos músculos que no había notado antes se contrajeron, como anticipando algo mucho más íntimo. Cuando se apartó, Isabella tragó saliva, tan alterada que no sabía qué decir.

–Edward... –susurró, frotándose los labios y notándolos hinchados.

Él sonrió.

–Me gusta que me llames así.

El hechizo del beso empezaba a desaparecer y, de repente, Isabella se sintió avergonzada. Pero Edward puso una mano en su estómago.

–Éste que llevas dentro es mi hijo, nuestro hijo –al decirlo, su acento se volvió más pronunciado, su voz más ronca–. Y la atracción que hay entre nosotros es muy conveniente.

–¿Conveniente? –repitió ella.

–Por supuesto. ¿Cómo no va a ser conveniente que desee a mi futura esposa?

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¡Uff, uff, uff! Ya vamos viendo que nuestros personajes se van conociendo más a fondo. Tal parece que hay algunos choques entre ellos, estoy segura de que tendrán varios problemas en el futuro porque Isabella no le gusta que la manden y a Edward le encanta mandar jajajajjajaja

¿Ustedes qué opinan? ¿Cuál creen que sea el destino de estos dos personajes? Ya están en territorio de Edward, por lo tanto, ya está más confiado…

¡Cuéntenme lo que piensan en un comentario!

¡Nos leemos pronto!