Kristoff estaba en casa.
Lo sabía por la forma en que el tapete se encontraba al caminar por el pórtico, por las migajas sobre el mesón y el ligero olor a loción que invadía sus sentidos en una forma nauseabunda.
No tenía cara para verle, no porque hubiese cometido falta alguna a su relación, sino porque todo su raciocinio le suplicaba no acabar con la frágil tranquilidad que ahora la rodeaba. El sonido del grifo abierto le permitió tener 5 minutos para despabilarse, desabrochando su vestido para encaminarse desnuda hacia su vestidor y encerrarse allí en la espera de que Kristoff no notase su presencia.
La noche anterior era todo lo que había podido desear y más. Anna sonrió, recordando todo lo vivido mientras se aferraba al neceser junto a ella. Una simple copa de vino, un buen baño caliente y luego...
— Luego nada — ladeó su cabeza al recordar la forma en que su cuerpo se había acomodado junto al de Elsa, descansando la cabeza en su pecho para así por primera vez en meses dormir en paz.
Tomó dos pequeñas pastillas para apaciguar la migraña que empezaba a formarse, suspirando en fastidio al escuchar la voz de su esposo resonar en la habitación principal. Apenas eran las 8 de la mañana, por lo cual tenía pocos minutos para encargarse cuanto antes de preparar el desayuno, evitando empezar a reñir por la ausencia de alimentos en su plato.
Cubrió su cuerpo en una simple sudadera, peinando su cabello en dos características trenzas gemelas para así tener mejor comodidad.
Sin duda iba a ser un largo día.
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— Me tenías preocupado — se limitó a decir sirviéndose una taza de café.
— Había salido...
— ¿Te molestaba mucho escribir?
— ¿Para qué, Kristoff? Nunca contestas mis llamadas o te molestas en devolver mis mensajes — presionó el mango de su cuchillo, enterrándolo en el tarro de mermelada junto a ella —. Solo hice lo que creí más obvio.
— No es mi intención ignorarte, solo que mi trabajo...
— ¿Tu trabajo? — lo interrumpió en forma desafiante, abriéndose paso hacia la estancia — Tu turno inicia a las 6 de la mañana para acabar a las 8 de la noche, y aun así hay noches en los que no te dignas a parar en casa. Cuando nos casamos creí que te interesarías más es nuestra relación... veo que estuve equivocada.
Anna cerró sus ojos cansada, recordando todas las veces que Elsa le había comentado que tarde o temprano su matrimonio se iría a pique; estaba cansada de tratar y aun así no iba a darle la satisfacción de firmar los papeles de divorcio en su despacho. Tenía que luchar...
Al menos hasta que Kristoff tomase él mismo la iniciativa de dejarla.
— Anna, mi amor, nunca quise que te sintieras así — pronto se vio rodeada en sus brazos, su rostro descansando en su pecho. ¿Cuándo dejó de sentirse segura con él? ¿Estable? — Podemos salir de esto, todas las parejas tienen algún momento de inestabilidad. Quizás si regresamos con el terapeuta de aquella vez...
— ¿Aquel que se encargó de repetirme una y mil veces que como mujer y esposa debo darte un hijo?
Kristoff aflojó su agarre, sintiendo el peso de sus palabras en su cuerpo. Anna odiaba cada vez que él - o un agente externo - tocaba el tema de la maternidad, presionando su quijada hasta rechinar sus dientes y así forzarse a distraer sus pensamientos. Era uno de los tantos tópicos que él tenía prohibido tocar, buscando siempre la comodidad para Anna sin importar lo que él pudiese llegar a pensar.
— Podrías... podrías buscar alguno tú — peinó su cabello hacia atrás, presionando su cráneo inconscientemente —. Si no te sientes cómoda podríamos tratar con uno diferente.
Anna optó por no responder, presionando el puente de su nariz para evitar desmoronarse allí mismo. Tratar, ese era el asunto. Ya no quería seguir haciéndolo, quería huir, olvidarse del mundo que apagó la vitalidad que alguna vez tuvo para empezar a actuar por instinto en vez de dar uso a los sentimientos y razón.
Presionó sus puños contra su cuerpo, obligándose a dar vista al hombre en el cual ella había encontrado amor. Kristoff la observaba impaciente, la ausencia de alguna respuesta lo carcomía por dentro y hacía más delicada la situación.
— ¿Te parece? — volvió a hablar extendiendo su mano para tocarla — ¿Anna?
— Es temprano para esto — se separó de su tacto, encaminándose hacia su habitación —. Voy a ver a Elsa, necesito despejar mi mente…
Necesito despejarla de ti.
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Eran poco más de las 9 de la mañana y Elsa ya estaba abarrotada de documentos que debía leer y analizar, escribiendo en palabras concisas las razones por las cuales cada uno de sus clientes había decidido ir a su despacho aquella mañana.
Dos demandas por abuso, una que otra por paternidad. Cinco de ellas anunciaban la palabra "divorcio" en letras grandes. Dejó su bolígrafo a un lado, frotando sus dedos contra el papel. No le gustaba pensar en ello, en la consecuencia que conllevaba la realización de que el matrimonio que tanto habías esperado se estaba yendo por el caño.
Anna solía decir que no tenía corazón, observando día tras día como distintos hombres y mujeres se profesaban insultos frente a ella, argumentando las razones de su separación. Elsa escuchaba atentamente, ordenando en su memoria el protocolo que como abogada siempre debía asegurarse de llevar.
Terapia. Siempre era el primer paso de todo el proceso, debía recordarles sin mucho éxito el por qué habían decidido casarse en primer lugar solo para reafirmar sus ideas de divorcio luego de las tres primeras semanas. Elsa a veces se cansaba del ir y venir de sus clientes, y cuando creía que ya no iba a soportar más finalmente le notificaban la fecha de la primera reunión, estudiando los bienes de cada uno para hacer una correcta repartición en cada una de las partes. Discutían hasta con quién iba a quedarse el perro, recordándole a Elsa lo muy poco que quería asentar un matrimonio en el futuro.
El sonido de su teléfono la sacó de sus pensamientos, descolgando el auricular con cara de poco amigos.
— ¿Srta. Arendelle? Tiene visita, ¿le hago pasar?
— ¿Es importante? — hubo un silencio de casi medio segundo, lo suficiente como para que Elsa se impacientara.
No le gustaba ser alejada de su trabajo, distraerse con la palabra más trivial. Había un instante y tiempo para todo y apenas atravesaba la puerta de su oficina Elsa sabía que debía aislarse de todo asunto social, limitando sus acciones a concentrarse en los documentos esparcidos sobre su escritorio.
— Me temo que sí.
— Está bien, hágale pasar.
Su cuerpo pareció descompensarse al ver a Anna entrar en la habitación, apoyándose en el escritorio para respirar con tranquilidad. Su cabello enrojecido estaba recogido en un moño que daba indicios de haber sido hecho en el auto, empeorando su estado personal hasta hacerla lucir miserable.
— Estoy harta — sus palabras resonaron en el aire, llenando a Elsa de un inusual sentimiento de orgullo —. Harta de todo esto, de él.
Se aferró al escritorio evitando desplomarse, empalideciendo sus nudillos hasta tratar de calmar el dolor. Elsa la abrazó por la espalda, acariciando su cuerpo y cubriendo de besos su mejilla. No soportaba ver a Anna tan impotente, tan rota; debía protegerla, velar para que estuviese bien... hasta ahora no había podido cumplir ninguno de sus objetivos.
— Anna, ¿qué ocurre? — sabía la respuesta pero necesitaba escucharla de sus labios.
— Kristoff... Yo... — giró su cuerpo para hacerle frente, presionando su rostro en su pecho — no sé qué es peor, si tenerlo lejos para que me atormente su ausencia o... o...
— ¿O tenerlo contigo para que así argumente frente al más mínimo detalle? Anna...
— No, no empieces de nuevo ¿sí? — se zafó bruscamente — Sé lo mucho que Kristoff te desagrada pero al menos dale una oportunidad.
— Tú misma dices que es una carga para ti. ¡Solo escúchate y deja de ser tan inmadura! Él te hace infeliz, ¿por qué no acabas con esto?
— Apuesto a que eso te haría muy feliz — giró su paso para encaminarse hacia la puerta, arrepintiéndose de haber venido hasta aquí. De Elsa necesitaba su apoyo, no sus regaños.
— ¿Lo amas?
Anna sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, congelando su mano en el aire al instante en que iba a sujetar la manija. No hubo respuesta, al menos no una inmediata, permitiéndole ahogarse en sus dudas e inseguridades acerca de su relación.
— ¿Me amas a mí?
— Sí — una pronunciación firme, segura. Sin titubear ante la sílaba ni sentirse acorralada —. Te amo y mucho, Elsa — dijo, no para sentirse segura ni creerlo, sino para volver a sentir la calidez en su pecho ante esa verdad.
— Entonces déjalo — se acercó para abrazarla nuevamente, deslizando sus manos por su cuerpo hasta reposar en su cintura. Un toque que muchos llamarían inapropiado pero que para ellas era algo normal. Les gustaba la sensación de la otra en su propia piel, el saber que estaba allí a su lado, Anna se sentía segura en su toque, protegida de todo mal a su alrededor —. Porque me amas no te gusta verme sufrir, y yo sufro al verte a ti atrapada a un matrimonio que no lleva a ningún lado — su aliento pegaba en sus labios, ojos azul oscuro danzando en fulgor.
— Elsa...
— Te daré el número de mi terapeuta — tomó su muñeca para atraerla hacia su escritorio —, deberías ir. Deberían ir — ladeó su cabeza, peinando mechones platinados de su frente —. Llámame luego, quiero saber cuál es tu elección.
Elsa sonrió al ver como Anna tomaba la pequeña tarjeta color crema en sus manos. Quizás no tenía idea pero estaba entrando en la primera fase para romper su matrimonio.
Lo siento por el enorme retraso, he tenido (tengo) muchos problemas y a pesar de que tenía el cap escrito no tenía ánimos de entrar a publicarlo. He pensado cambiar el rating a M porque quiero algo de acción entre las chicas…
Espero les guste y dejen un comentario.
