II. La búsqueda.
No lo entendía, ¿por qué se había acercado? ¿Por qué dejar que lo vieran por primera vez después de tantos años viviendo en la oscuridad? Resopló con frustración mientras se rascaba un poco la barbilla. Sin embargo, seguía buscando entre las sombras esos cabellos de fuego y esa piel de porcelana que la hacían parecer una muñeca. Observaba a todos los visitantes del bosque pero sin éxito. Tal vez se había asustado de verdad y no quería volver. Hizo un mohín un tanto dramático y volvió a hundirse en la negrura aunque no por mucho tiempo pues su curiosidad siempre era más grande.
Por su parte, ella, con su mala fortuna, había tenido mucho trabajo por lo que le resultó complicado ir al bosque a buscar nuevamente el claro. La curiosidad la estaba matando, así que investigó por su cuenta algunas leyendas e historias que se contaban en Rodorio. La mitología griega era muy vasta e interesante, sin embargo, el folclore de esa pequeña ciudad era una cosa totalmente diferente, mística, llena de fantasía y tal vez esa era la verdadera razón por la que se sintió atraída a ese lugar cuando tuvo que abandonar Atenas.
Hizo uso de toda la tecnología y herramientas modernas a su alcance para hacer esa búsqueda exhaustiva. No lograba dar crédito a la gran cantidad de historias que se encontraba y era obvio que algunas de ellas eran totalmente inventadas, ¿o no? Luego de lo que había presenciado días atrás ya comenzaba a dudar incluso de su cordura.
-Concéntrate –se reprendió –Lo que viste fue tan real como lo eres tú –y después de esas últimas palabras, miró la foto del precioso claro impresa y pegada justo en la pared que quedaba frente al escritorio en su habitación. Esa era su prueba, ese era su contacto con la realidad. Jugueteó con el bolígrafo que después llevó a sus labios; cuando necesitaba pensar, siempre se daba golpecitos en los labios con un dedo o con lo que tuviera en las manos.
Sentada como estaba, echó todo su peso en el respaldo de la silla y dejó que su cabeza colgara un poco hacia atrás. Estiró las piernas y, entrelazó los dedos de las manos que descansaban en sus muslos. Cerró los ojos.
Recordaba bien el camino de vuelta al claro y también recordaba a la perfección lo que esa voz le hizo sentir, tanto, que su piel volvió a erizarse como sucedió aquella noche. Se mordió el labio. Ahora sólo debía recordar cómo era esa persona, sin embargo, sólo venía a su mente un par de orbes del color del oro y cálidos como el sol que la miraban fijamente. Y el aroma, ese delicioso aroma que desprendía su piel, una combinación a pasto recién cortado, cuero y un poco de sudor. No le resultaba en nada desagradable y, de hecho, hizo que su estómago diera un vuelco de sólo recordarlo. Su cuerpo se llenó de un calor indescriptible que había comenzado como un pequeño hormigueo en sus pies pero que ahora la invadía, como si volviera a estar entre los brazos de aquella criatura… No, de aquel hombre.
Entonces tuvo una idea. Había visto en la biblioteca un libro muy antiguo sobre leyendas y mitos de Rodorio. Se levantó de su silla como un resorte, se puso una chaqueta, agarró su mochila y corrió hacia la puerta, se calzó en el recibidor a toda prisa y salió de casa. Corrió lo más rápido que le fue posible, abriéndose paso entre la gente. ¿Por qué estaba tan emocionada? Bueno, eso carecía de importancia en ese instante. Llegó jadeante a la biblioteca, abrió la puerta y fue directo a la sección de "Mitos y Leyendas". Escaneó la estantería casi con desesperación ayudándose con el dedo índice mientras sus ojos leían los títulos en los lomos de los libros.
-¡Te encontré! –con emoción, sacó un gran libro con cubierta de cuero negro y delicadas grecas doradas. Fue a una de las mesas cercanas y se sentó mientras abría el libro.
El índice parecía ser interminable, ¿cuántas clases de criaturas existían en el mundo? Se reprendió. Era obvio que, al ser un mundo tan grande, habrían muchas más especies de las que decían "los expertos". Dragones, gnomos, elfos, gigantes, y bajo cada una de las categorías, se listaban las distintas ramificaciones de cada raza. Se sintió agobiada pero no dejaría que eso la detuviera, ¡no señor!
El dedo índice se detuvo en la sección de "Demonios". Buscó la página y fue directamente a revisar el contenido. Empezó a leer acerca de las características, sin embargo, ninguna coincidía con lo que ella había visto. Volvió a leer, sólo debía tener paciencia. Estaba segura que encontraría algo. Y al final su paciencia (y obstinación) dieron resultado: "Demonios del bosque", esa era la última categoría en la sección de Demonios y estaba también al final del libro.
"Los demonios del bosque tienen características físicas diversas (…) Suelen ser muy pacíficos, pero si se les molesta llegan a ser la clase de demonios más peligrosa que existe (…) Sus ojos son de color grisáceo, excepto el alfa quien posee ojos dorados (…) El último espécimen vivo del que se tenía conocimiento vivía en la isla Kanon, en Grecia (…) Sin embargo, se cree que se extinguieron hace un par de milenios."
Cerró el libro. Se sentía mareada, muy enferma. Era mucho que asimilar en poco tiempo, no obstante, si lo que acababa de leer era cierto (y muy en el fondo ella sabía que era así), su vida había cambiado para siempre y se encontraba frente a, tal vez, un milagro. Dejó el libro en su lugar cuando se sintió más serena y abandonó la biblioteca.
Cuando estaba a unos cuantos metros de volver a su casa, se detuvo en seco y volvió la vista al bosque. No. Debía ir a casa y descansar, tenía trabajo al día siguiente. Sin embargo, cuando se dio cuenta, sus pies ya la guiaban hacia el bosque y no opuso resistencia.
Estaba ya por irse a descansar cuando escuchó unos pasos en los linderos del bosque. Se puso alerta, sólo existía una criatura con la suficiente caradura para presentarse a tan altas horas de la noche en sus dominios. Gruñó y enseñó los colmillos aunque sabía que no podían verlo. Esperó entre las sombras, cubierto por la negrura del bosque que había sido su aliado durante tanto tiempo. Se agazapó cual felino a punto de cazar a su presa cuando la vio: la chica de cabellos de fuego había vuelto.
No le quitó los ojos de encima ni un solo segundo y se sorprendió al notar que recordaba muy bien el camino al claro. Era probable que no fuese una humana y que, por el contrario, compartiera la misma sangre que su peor enemigo. Debía andarse con cuidado.
-¿Hola? –preguntó la mujer con un nerviosismo impropio de ella. Por un momento se sintió estúpida cuando, por única respuesta, escuchó el aleteo de varias aves y otros ruidos extraños provenientes del bosque.
-¿Por qué volviste? –la respuesta llegó varios minutos después.
Reconoció la voz de inmediato y miró a todos lados buscando de dónde provenía ese sonido que acababa de hacer que su corazón latiera como un loco. Y lo encontró.
Saliendo de entre las sombras vio por fin la figura que noches antes la había sacado de ahí. Y no retrocedió. Esa vez se quedó muy quieta en su lugar, aunque obviamente nerviosa pues se encontraba frente a una criatura… No, un hombre místico.
Su piel era morena, de un color tan uniforme que se le antojó idéntico a la canela. Sus orbes dorados la miraban fijamente aunque ya no con la calidez de antes. Dos hileras de dientes aserrados y colmillos increíblemente blancos se mostraban amenazantes. Su cola, larga y negra se movía con aparente calma de un lado a otro. Su cabellera un poco alborotada, de un azul oscuro brillante, caía larga hasta detrás de sus muslos. Tenía cuernos que asemejaban a los de un carnero pero hacia arriba y además unas alas que mantenía medio abiertas, como si estuviera esperando cualquier momento para extenderlas, agitarlas y crear una corriente tan fuerte que la mandaría volando lejos de ahí. Tenía las uñas largas y no llevaba puesto más que un par de pantalones un poco rotos y gastados, juzgó que debía tenerlos desde hacía bastante tiempo. Era un hombre musculoso, fuerte. Y la miraba de una forma que la hizo estremecer del miedo.
-Y-Yo…
-¡No hables! –la interrumpió -¿Quién eres y qué haces en mis dominios?
-M-me llamo Marin –respondió con algo de temor. Ella siempre había sido una mujer muy valiente, pero jamás había tenido que estar cara a cara con un ser como él –Y-yo –carraspeó, esperando que así se fuera todo rastro de temor –Yo vine a verte. Te dije que volvería.
Con un movimiento increíblemente veloz que ella apenas pudo seguir, se acercó y la miró directamente a los ojos. Sus narices chocaban pero él estaba enfadado. Una de sus largas uñas se posó en el mentón ajeno. Parecía que la examinaba a consciencia, o esa fue la impresión que le dio. Se sintió desnuda.
-¡Suéltame! –Dijo en un momento de valentía y manoteó su mano mientras daba unos pasos atrás -¡Vine a verte!
-¿A verme? –Tanto la acción como las palabras lo tomaron desprevenido -¿Por qué?
-Porque quería comprobar que no me estaba volviendo loca –respondió con sinceridad mientras se acercaba –Y ya veo que estoy perfectamente cuerda.
La sonrisa que le regaló fue casi angelical, tanto que ahora él retrocedió. Los ojos azules que lo miraban, los labios sonrosados y perfectos que se curvaban en aquél gesto tan divino, la piel, el cuerpo frágil, ¿era de verdad una simple mortal? ¿Una humana?
-¿Cómo te llamas? –preguntó la pelirroja ya sintiéndose más en confianza. Vio que las orejas puntiagudas del varón se sacudieron –Mi nombre es Marin Himura –la mujer le tendió la mano al moreno.
-Yo… Mi nombre es Defteros, Defteros Stormrage.
Sus manos se estrecharon en un cálido y firme apretón de manos.
