III. El clan

El apretón de manos se le antojó eterno. La mirada dorada del mayor se suavizó por el contacto pero de inmediato soltó la mano ajena que se sentía pequeña y frágil entre la suya. El silencio reinaba en el bosque, como si todas las criaturas, e incluso los mismos árboles, quisieran ser testigos de ese acontecimiento. Era un momento inaudito, eso quedaba más que claro. La fría luz de la Luna iluminaba con soberbia el claro, a la humana y al demonio, una escena que no se había visto en milenios.

-¿Por qué regresaste? –preguntó el varón con gesto serio aunque su voz era calmada y un tanto curiosa.

-Quería volver a ver éste lugar. Volver a verte… –respondió con sinceridad.

Él no lo entendía. Nadie nunca quería verlo, al contrario, las pocas personas que llegaron a encontrarse con él, jamás volvieron a poner un pie en el bosque, sin embargo, y contra todo pronóstico, ella estaba ahí. Cuando abrió la boca, dispuesto a seguir saciando su curiosidad, escuchó ruidos provenientes del otro lado del bosque. Movió sus puntiagudas orejas como buscando el origen exacto de aquellos sonidos.

-Tienes que marcharte –dijo el mayor con voz autoritaria.

-Pero… -la pelirroja no quería irse, quería hablar con él, tal vez saber un poco más sobre él, sobre su raza –Yo no…

-¡Ahora! –ordenó sin alzar mucho la voz, interrumpiéndola.

Marin dio un paso atrás, sorprendida por la forma en la que le hablaba. Se aferró a su mochila, el corazón le latía a mil por hora pues, durante una fracción de segundo, el demonio realmente le causó temor. Era el alfa, ya no le quedaba duda de eso pero, ¿de quién? ¿Realmente habrían más como él en ese bosque? Necesitaba hacer más preguntas, quería encontrarse con él una vez más. Así que antes de marcharse tuvo que hablar.

-Volveré pronto –avisó con decisión.

Los orbes dorados del demonio se clavaron en los azules de la pelirroja. Se sentía cada vez más confuso, pero ese no era el momento para pensar en eso. Ella debía irse cuanto antes. Acortó la distancia entre ellos dispuesto a tomarla por los hombros y sacarla él mismo de ahí.

No hubo necesidad de que repitiera la orden, la pelirroja le regaló una última mirada colmada de decisión y una pizca de obstinación para después echar a correr por donde había llegado, perdiéndose enseguida en la negrura. La siguió con la mirada hasta que los sonidos se convirtieron en pasos que estaban ya muy cerca. Volvió la mirada al frente sólo para encontrarse con otros tres demonios.

El primero en aparecer fue un demonio casi idéntico a Defteros. Sus cabellos, igualmente largos hasta la mitad de sus muslos, eran de un color negro profundo, como el de la misma noche sin estrellas. No era tan musculoso con el alfa, sin embargo, era igualmente impresionante de ver. Él también tenía cuernos, aunque los suyos sí parecían los de un carnero. Apenas unos centímetros más bajito y con unos ojos de un plateado casi blanco que asemejaba a la Luna llena. La punta de su cola se movía despacio de un lado a otro. Vestía de forma un tanto elegante, si es que podía llamársele así; era el único que llevaba puestos unos pantalones más o menos limpios además de una camisa abotonada hasta el pecho, obviamente estaba rota en la espalda para que sus alas ligeramente plegadas tuvieran libertad. En pocas palabras, podría decirse que ambos hombres eran como el día y la noche.

El segundo varón era, tal vez, un par de años menor que los otros dos. Igualmente alto que el pelinegro, sin camisa y con los pantalones más ceñidos al cuerpo. Tenía la cola alrededor de su cintura de manera que casi parecía que llevaba un cinturón de cuero. Era igualmente musculoso que Aspros aunque sus formas estaban más definidas. Su cabello, ligeramente más alborotado que el de los otros dos, y que cubría un poco más su cornamenta, era de un tono añil que le llegaba apenas a la espalda baja y sus ojos del azul del hielo miraban con atención a Defteros.

Por último, el que parecía ser el más joven de todos iba comiendo lo que parecía un pescado crudo. Sus alas estaban abiertas en su totalidad y meneaba la cola de un lado a otro, casi emocionado. No tenía nada que envidiarle al físico del de cabellos añil pero se le notaba un poco más desaliñado. Su cabello, amarrado en una cola de caballo alta, era de un precioso azul turquesa que hacía un contraste muy peculiar con su cornamenta algo más pequeña que la de los otros tres y sus ojos, que parecían alegres y lo observaban todo a su alrededor como un niño pequeño que estaba descubriendo el mundo, tenían un tono azul grisáceo precioso.

Estando los cuatro juntos, era evidente que Defteros era el alfa, no sólo por su complexión más robusta e imponente, sino por su mera presencia, su liderazgo natural. Sin embargo, parecía que les unía algo más que compartir la misma raza.

-Aspros –saludó el de ojos dorados al demonio que venía a la cabeza del pequeño grupo.

-Hermanito –respondió el aludido con una leve sonrisa y un ligero movimiento de cabeza, como si estuviera haciendo una reverencia -¿Qué haces aquí tan temprano?

-Creí que ella –hizo énfasis en esa última palabra –estaba de regreso y creí conveniente venir a echar un vistazo. Por suerte fue todo una falsa alarma.

El demonio de cabellos añil llegó con calma al lado de Aspros y observó al moreno con curiosidad más no dijo nada. En cambio, el que parecía menor de los tres abrió la boca. Se había terminado ya el pescado y arrojó al bosque las espinas.

-Es demasiado vanidosa para venir sin avisar –se cruzó de brazos y bufó –Pero fue bueno que estuvieras cerca. Nunca está de más algo de precaución.

Aspros conocía bien a su hermano, no estaba diciendo la verdad, al menos no en su totalidad. Ensanchó su sonrisa y ésta se volvió irónica. Sus aserrados dientes, de un blanco impecable, centellearon con la luz de la Luna. Defteros se mantuvo en silencio, examinando las expresiones de los otros tres hombres.

-¿Qué sucede, Saga? –El moreno se dirigió al de mirada como el hielo -¿Te aburrimos?

-Un poco –respondió haciendo un mohín, sacudió un poco las orejas –Hace años que ella no se presenta. Creo que las precauciones están de más. Estamos más preparados que la última vez y lo sabe –se dirigió al alfa con mucho respeto. Sin embargo, cuando vio que el menor de los cuatro se disponía a abrir la boca se apresuró a interrumpirlo –Ni se te ocurra, Kanon. Sigue comiendo.

Aquello hizo arder la sangre del aludido que de inmediato batió las alas en señal de protesta, pero Aspros dio un paso para colocarse entre ellos. Sonrió de forma burlona.

-Sea lo que sea, qué bueno que estabas aquí, hermanito –dijo lo último con un poco de ironía –Es un alivio saber que nuestro alfa siempre está cerca.

El labio superior de Defteros se retrajo y enseñó sus aserrados dientes a modo de respuesta. Cómo odiaba cuando Aspros le hablaba de ese modo. Agitó la cola pero no dijo nada, ya llegaría el día en el que podría estar tranquilo y en paz con ellos, al fin y al cabo, eran la única familia que le quedaba o más bien, la única familia que tenía. Respiró hondo y acomodó sus alas como si fueran una capa. Saga suspiró con fastidio ante la escena, dio media vuelta, se quitó los pantalones y caminó desnudo, tomándose su tiempo, hasta el lago.

-¡Diablos, no! –Se quejó Kanon -¡Eres un impúdico! ¡Ten algo de respeto! –pero el aludido ni siquiera se inmutó.

El moreno supo entonces que era hora de ir a vigilar como hacia cada noche. Dio media vuelta y dejó que se pelearan. Así al menos sacarían su frustración. Desapareció entre los árboles del bosque mientras la mirada atenta de Aspros lo seguía. Trepó a uno de los árboles y se sentó con gracia en la rama más fuerte, desde ahí no solo podía vigilar el bosque, también alcanzaba a ver la ciudad iluminada por las luces artificiales. Recordó el suave tacto de la mano de aquella chica de cabellos de fuego y esbozó una sonrisa imperceptible que borró de inmediato.

-Marin –repitió en su mente mientras revivía, en la intimidad de su cabeza, ese momento. No podía confiar ciegamente en ella, lo sabía de sobra, pero también estaba consciente de que realmente no representaba ninguna amenaza grave, excepto tal vez, desvelar su secreto y la ubicación del claro. Suspiró. De cualquier modo, tendría que andarse con cuidado y ser un poco más precavido para no poner en peligro a los otros; para no ponerla en peligro.

El demonio de cabellos azabache también se retiró; le fastidiaba escuchar a Kanon quejarse por todo. Prefirió ir a su lado del bosque a meditar lo que había ocurrido. El claro apestaba a humano y era por esa razón que no podía encarar a Defteros, ella adoptaba a veces esa forma, lo cual hacía más complicada la labor de localizarla. No obstante, algo había notado en el alfa que lo tenía intrigado. Estaba muy seguro de que su hermano no haría nada para herir a su propia familia pero su actitud tan sospechosa de los últimos días le daba mucho que pensar. Tendría que esperar pacientemente, sabía que era cuestión de tiempo que la verdad saliera a la luz. Sonrió con satisfacción y volvió a sus labores.