IV. El comienzo

Los días transcurrían con su monotonía habitual. El calor arreciaba por las tardes y les daba tregua durante la noche. Qué extraña le parecía ahora la vida cuando estaba segura de que existían criaturas místicas en ese lugar, que no todo eran cuentos, que no eran simples historias que las abuelas contaban a los nietos para evitar que hicieran travesuras. Exhaló con pesadez, hacía ya un par de semanas que no volvía al bosque y aquello la frustraba un poco.

-Tal vez sea todo obra de ese demonio –dijo para sí –Tal vez él esté evitando que yo vaya a verlo. –Sonrió ante su propio pensamiento, ¿qué tanto poder podría tener para hacer que todo conspirara en su contra y así no pudiera adentrarse de nueva cuenta en el bosque? Era imposible. Seguramente era una triste causalidad que de pronto tuviera tanto trabajo que fuera incapaz de tener, por lo menos, unas cuantas horas para ella. Negó y miró por la ventana.

El bullicio la hizo volver a tierra y hacer a un lado sus cavilaciones. De cierta forma, el tener tanto que hacer le ayudaba a centrarse, a mantenerse a raya y no pensar en cosas que sólo le traían más dudas y ganas de ir a buscarlo. Sin embargo, estaba más que segura que pronto tendría una oportunidad de verlo y conversar aunque fuese durante unos minutos. Exhaló con pesar antes de volcarse de lleno a su tarea.

Defteros pasaba mucho tiempo vigilando el bosque y la ciudad. Dormía, sí, pero bastante poco aunque en realidad no se le notaba, ya que su raza tenía ese "don" de necesitar apenas unas horas de sueño para estar como nuevos. Era parte de lo que era, y obviamente, si dormía como lo hacían los humanos, no podría realizar bien la labor que le fue encomendada. Unos ruidos en el árbol le hicieron salir de sus pensamientos. Conocía bien ese sonido, así que no perdió la calma.

-¿Está todo bien, Saga? –preguntó sin apartar sus dorados ojos de las profundidades del bosque.

-Todo correcto –respondió mientras trepaba al árbol y se sentaba en una rama cercana –Sólo vine a hacerte una consulta.

-Pues dime, soy todo oídos.

-Es respecto a lo que sucedió hace un par de semanas –La cola del moreno, que se agitaba con una calma hipnótica, de pronto se tensó. El gesto no pasó desapercibido ante los ojos del menor pero decidió obviarlo -¿De verdad crees que ella está cerca? ¿Crees que podría volver?

-Honestamente no lo sé –respondió tratando de relajarse –Estos días me he sentido igual que cuando vino la primera vez.

-Ayer… El aroma a humano en el claro… -miró de reojo al alfa -¿Y si ella estuvo ahí pero llegamos demasiado tarde?

Saga pocas veces se mostraba preocupado y era todavía más extraño que las expresara en voz alta, no obstante, Defteros sabía a la perfección sus razones para actuar así.

-Como bien dijo Kanon, ella es demasiado vanidosa para no hacerse anunciar. Le gusta que todos le presten atención y que vean su poderío, –intentó calmarlo aunque, de alguna forma, era posible que estuviera poniéndose la soga al cuello –cuando quiera atacar, lo sabremos.

-Por cierto –Saga, que no había saciado su curiosidad del todo, intentó cambiar el tema -¿Y Aspros?

-Ah, dijo que tenía que ir a hacer algo y que tardará por lo menos una semana en regresar, ¿por qué preguntas?

-Simple curiosidad –de nuevo el tono de voz tranquilo y aburrido inundaba la voz ronca del demonio de cabello añil –En fin, iré a dar un paseo. No me esperes –anunció y bajó del árbol con mucha gracia para después desaparecer entre los árboles.

Defteros respiró hondo. Volvió a sumergirse en sus pensamientos sólo para encontrarse con que la mujer de cabellos de fuego lo recibía incluso ahí, con una delicada sonrisa. Volvió a agitar la cola con gusto.

Por primera vez en semanas, al fin podría salir temprano, así que lo primero que hizo fue ir a su casa a ducharse y preparar su mochila para ir de nuevo al claro. Si no aprovechaba ese momento, quien sabe cuánto tiempo más pasaría antes de poder hacerlo y no quería perderse la oportunidad. Metió agua y comida a la mochila, se calzó sus tenis para caminar y sujetó con fuerza su fiel lámpara de mano. Salió de su apartamento, dirigiéndose a paso veloz hacia el bosque. Sí, quedaba bastante retirado de dónde vivía pero le hacía bien el ejercicio, además, valía la pena.

Apenas se adentró en el bosque, de nuevo tuvo esa impresión de que la observaban. Guardó la calma y caminó como si fuese la dueña del lugar, no titubeó, siguió el camino que había memorizado. A pesar de su aparente tranquilidad, estaba nerviosa, pero tantos años viviendo en soledad, le habían dado la "habilidad" de no mostrar lo que realmente sentía, como si tuviera una máscara puesta todo el tiempo; sólo pocos afortunados conocían los leves matices en su voz que indicaban las diversas emociones que debería mostrar su rostro. Al llegar al claro, sonrió suavemente. Estaba ahí.

Por supuesto que Defteros había escuchado su ahora inconfundible andar. La había observado cuanto le fue posible para asegurarse que recordaba el camino y, de no ser así, socorrerla para que llegara con bien. Mostraba demasiadas atenciones con ella, lo sabía, pero le resultaba imposible mantenerse al margen, igualmente debía ser precavido. Sus ojos dorados se clavaron en ella hasta que, al saber que seguía el camino correcto, se movió entre las sombras para llegar al claro antes que la mujer.

-Hola –saludó Marin acercándose al demonio –Lamento haber tardado tanto tiempo en venir.

-Creí que no vendrías –respondió, su voz grave, llena de seguridad, inundó de inmediato el precioso espacio.

-No rompo mis promesas –dijo con seguridad –Además, quería verte.

La confesión lo tomó por sorpresa, ¿verlo a él? Imposible. Debía existir alguna especie de equivocación. No era ni normal ni buen augurio que una humana quisiera verlo. Enseñó las dos hileras de puntiagudos dientes, blancos como perlas. Sus colmillos superiores, ligeramente más largos que el resto de su dentadura, centellearon por la suave luz de la Luna.

-Te gusta tentar al destino –su voz se volvió un tanto amenazante aunque no demasiado, de alguna forma deseaba marcar su territorio, hacerle ver que él mandaba en ese lugar.

-Tal vez, pero igualmente quería volver a verte –el repentino gesto la había asustado, sin embargo, no perdió la compostura, de hecho, se irguió un poco para hacerle saber que no le tenía miedo.

-¿Para qué querías verme?

-Quiero saber qué eres, porqué querías que me fuera…

-Yo… -¿cómo iba a comenzar el relato? ¿Qué era bueno contarle y qué no? Relajó los labios un poco y estos cubrieron parcialmente su dentadura –Soy un demonio del bosque –comenzó con algo de desconfianza, sin embargo, al ver en la mirada de la mujer la curiosidad, prosiguió –He vivido aquí durante muchísimos años y es mi deber, y el de mis hermanos, protegerlo y también a los humanos que habitan el pueblo –finalizó hinchando ligeramente el pecho, orgulloso por la tarea que cargaba sobre sus hombros.

-Eso es maravilloso –la sinceridad que destilaba su voz alcanzó las puntiagudas orejas del demonio, éstas se sacudieron un poco –Quiero saber más. Cuéntame más –pidió como una niña pequeña emocionada por saber más sobre un cuento.

Por un momento, las palabras de su clan resonaron en sus oídos, debía ser precavido, no obstante, no podía dejar de hablar con ella; no quería. Por dónde comenzar.

-¿Tienen algún enemigo natural? –Preguntó la pelirroja al ver que su acompañante no parecía saber qué decir –Leí un libro pero no venía mucha información sobre ustedes, mucho menos hablaban de posibles amenazas.

-¿Leíste un libro? ¿Sobre nosotros? –alzó las cejas con total sorpresa. No se lo esperaba. Vio a Marin asentir suavemente con la cabeza. Él sabía que algunos humanos habían recopilado datos acerca de ellos durante siglos pero no que éstos llegarían a manos de ella, no que sobrevivirían el inclemente paso de los años. Decidió contestar su pregunta –No tenemos ningún enemigo natural, al menos no en ésta época, pero sí existe una criatura que amenaza con destruirnos.

Marin escuchó con atención las palabras del hombre. Hablaba de una forma tan serena, tan sabia y de inmediato quiso saber más.

-Yo deseo protegerlos –aventuró a decir la joven –Quiero protegerlos –se corrigió. Y en su mirada se podía ver la determinación de sus palabras –Dime qué hacer y me encargaré de inmediato –Tal vez era por su liderazgo innato, o por saber qué era el alfa, pero anhelaba con todo su ser poder serles útil de alguna forma.

-Lo único que te pediría es que seas discreta –dijo Defteros después de pensarlo durante algunos minutos –No reveles la ubicación de éste claro, no hables sobre mí con nadie, ¿podrías hacer eso? –los ojos ámbar del hombre se suavizaron y su voz parecía tener una pizca de súplica, una muy sutil. Sin decirlo, le estaba confiando una tarea que podía resultar estúpida pero que embargaba un peso y una responsabilidad enormes.

-Lo prometo –dijo ella alzando el meñique de la mano derecha.

-¿Qué haces? –preguntó con curiosidad.

-Es una costumbre que tengo. Tienes que entrelazar tu meñique con el mío, así sellaremos la promesa –explicó con tranquilidad mientras guiaba la mano derecha del demonio a la suya. Él obedeció y entrelazó su dedo con el de ella, como le había dicho –No te defraudaré. –finalizó con una suave sonrisa que la hizo ver como una muñeca de porcelana.

-Sé que no lo harás, Marin –esbozó una sutil sonrisa y sus colmillos apenas se asomaron.

No sabía bien la razón de tal afirmación, sin embargo, era sincero. Estaba empezando a confiar en ella. Sus sentidos estaban puestos en su totalidad en ese momento, en ese lugar, enfocados en esa humana de cabellos de fuego. Sí. No era una amenaza. No podía serlo. Estaba más que convencido de ello.

En los linderos del bosque, una figura se movía con cautela. Había escuchado absolutamente toda la conversación y le había llenado de una satisfacción que no había sido capaz de sentir durante meses. Sus sospechas eran correctas, su instinto no había fallado.

-Qué bien se siente tener razón - Sonrió con alegría, con emoción e ilusión. Los ojos le brillaron y se relamió los labios –Qué comience la función.