V. Ella

Marin trabajaba medio tiempo en una cafería en el centro de Rodorio. Antaño, en aquel lugar existió una florería muy bonita especializada en rosas, por lo que, para darle un cierto homenaje, el local adoptó el nombre "La Rosa Salvaje" y, en el menú, existían varias bebidas (y algunos postres) a base de rosas. La pelirroja había comenzado siendo mesera pero ahora se preparaba para ser barista, ya que cuando intentó meterse a la cocina, casi incendió el local. Le gustaba preparar bebidas aunque prefería atender a los clientes y se notaba que hacía bien su trabajo ya que recibía buenas propinas y ya varios comensales se habían hecho frecuentes por el buen trato y atención que les brindaba.

Ese día, la joven pelirroja estaba de tan buen humor que se notaba. No sonreía, no había nada físicamente diferente, sin embargo, emanaba de ella un aura especial que hacía que todos se dieran cuenta de su estado de ánimo; alguno incluso podría jurar que se movía con más gracia y elegancia. Y no era para menos, Marin había pasado casi toda la noche conversando con Defteros, saciando su curiosidad, aprendiendo de él y deseando cada vez más poder cuidar de ellos, así tal vez les devolvería un poco de lo que el alfa y su clan, hacían por la ciudad. De cierta manera era como si conociera a Defteros de toda la vida, sensación que le alegraba mucho. Tal vez debería preguntárselo en su próximo encuentro.

-¿Y a ti qué mosca te picó? –Preguntó uno de sus compañeros -¿Ya por fin…? –dejó la pregunta en el aire a propósito e hizo uso de su expresión para indicar a lo que se refería. Alzó ambas cejas en repetidas ocasiones y se acarició sensualmente el cuerpo.

-Eres imbécil –respondió Marin con cara de pocos amigos –Es en lo único que piensas, Aioria.

-Sabes que no. Pero yo te conozco bien y sé que algo sucedió para que estés tan feliz –el joven se encogió de hombros.

Y vaya que se conocían. Ellos dos fueron pareja durante más de tres años, iban a casarse, estaba todo listo y algo sucedió; la boda se canceló y ellos dos no volvieron a dirigirse la palabra, hasta hace un año. Los motivos de la ruptura eran uno de los secretos mejores guardados de todo Rodorio, tal vez incluso de toda Atenas, de toda Grecia. Sin embargo, ahora estaban ahí, en el mismo lugar, en el mismo espacio, conversando.

Marin bufó y rodó los ojos como única respuesta a las palabras del muchacho. Sí, se conocían pero ella no se atrevería a afirmar lo mismo que él. En lo absoluto. De hecho, estaba lejos de conocerla tan bien como suponía, pero esa ya sería plática para otro momento.

La puerta principal de la cafetería se abrió e hizo sonar una campanilla que anunciaba que un comensal llegaba o se iba. Marin giró para ir a hacer su trabajo, después de todo era por eso que recibía un sueldo y no por estar conversando con una antigua pareja.

La persona que entró fue a sentarse justo en una de las mesas que se encontraban cerca del inmenso ventanal con vista al bosque. La pelirroja se acercó de inmediato pues era parte de las mesas que a ella le tocaba cubrir. Iba a tenderle el menú cuando la joven alzó la mano en un claro gesto para que se detuviera. Ordenó un café sin siquiera mirarla y, una vez hecho esto, sacó un libro de su mochila y empezó a leer. Era la primera vez que algo así le sucedía, así que le llevó un poco reaccionar.

-¡Eres un desvergonzado! –gritó Kanon al ver que, de nuevo, su hermano se iba paseando por el claro en pelotas -¡Estoy comiendo!

-¿Qué tiene de malo mi cuerpo desnudo? –preguntó como si fuera la cosa más normal del mundo y no entendiera porqué le causaba tanto conflicto.

-¡Eres un adulto! ¡Piensa en nosotros! –Respondió con frustración mientras agitaba su pescado crudo -¡Ni Defteros ni yo queremos verte en bolas!

-Podrías irte a comer a otro lado –dijo mientras hacía un mohín y entraba a la laguna. Tenía demasiadas cosas en qué pensar y el agua le relajaba, le ayudaba a aclarar las ideas. Era obvio que no iba a mojar sus únicos pantalones, bueno, los únicos medianamente decentes que le quedaban.

-¡Defteros, dile algo! –se dirigió al mayor como un niño pequeño cuando necesita ayuda de su padre para hacer entrar en razón a su hermano.

-Bueno –comenzó el aludido –si bien no me disgusta que tu hermano ande desnudo por la vida, creo que sería bueno que por lo menos esperaras a que terminara de comer.

-¿Ves? ¡El maestro me…! ¿Qué? –Preguntó borrando la sonrisa triunfal que se había formado en sus finos labios -¡No puede decirlo en serio!

-Kanon, haz el favor de dejar de gritar –pidió Defteros mientras se sobaba un poco las sienes. A veces le parecía que tenía niños a su cargo y no demonios hechos y derechos.

-Pero es que… -hizo un puchero y se giró con indignación, después procedió a darle un buen mordisco a su pescado. Abrió las alas, clara señal de que estaba frustrado y enfadado.

Saga miró a los dos demonios de reojo, sus ojos del color del hielo parecían dos dagas filosas que no dudarían en hacer pedazos a quien osara interrumpir su momento. De alguna forma, él una vez desnudo y en el agua, dejaba de prestar atención a lo que pasaba a su alrededor y se concentraba en lo que requería su entera atención. Dejó de mirarlos cuando el silencio reinó de nueva cuenta y cerró los ojos.

Por su parte, Defteros suspiró y se sentó de espaldas al lago, los ocelos de oro clavados en la espesura del bosque. Estaba cayendo la tarde y las figuras de los humanos que estaban dentro del territorio iban yéndose poco a poco de vuelta a la ciudad. Los días eran aburridos, sin embargo, la dulce voz de Marin lo hacía sonreír de vez en vez, y en ese instante, de espaldas a los jóvenes demonios, permitió que el gesto floreciera en sus labios y no se quedara en sólo una pequeña mueca como casi siempre sucedía. Era una chica curiosa y eso era refrescante, hablar de cosas que no fueran estrategias, que no fuera una posible amenaza, no escuchar reclamos ni quejas, eso le gustaba. Ella le traía una paz que no sabía que necesitaba y se lo agradecía infinitamente. Probablemente debía decírselo alguna vez. Estiró las alas, los brazos y meneó la cola con pereza.

-¿Aún no se va? –Aioria se acercó a Marin y movió ligeramente la cabeza, indicando a la joven sentada en la mesa junto al ventanal. Afuera se notaba que ya había oscurecido.

-Pues es obvio que no –respondió la pelirroja de mala gana y suspiró –Solamente pidió un café que no ha tocado desde que se lo llevé.

La mujer llamaba mucho su atención. Parecía una niña pequeña, inquieta, ruidosa. Sonreía con ironía mientras leía y podía ver unos pequeños colmillos asomándose cuando lo hacía. Sus penetrantes ojos escarlata no habían abandonado ni una sola vez las páginas amarillentas que leía. Su cabello, del cual se veía solamente el flequillo despeinado, era de un negro azabache brillante y estaba cubierto en su totalidad por la capucha de su sudadera, un par de tallas más grande de lo que debería, igualmente negra. No recordaba haberla visto antes, a lo mejor había llegado a la ciudad hacía poco tiempo a estudiar. De vez en cuando alzaba la mirada para observarla, pero la cliente no parecía notarlo, o no le interesaba en lo más mínimo.

-Bueno, pues yo ya me voy –las palabras del joven de ojos esmeraldas la sacaron de su ensimismamiento.

-Ah, sí. Qué te vaya bien –la voz desanimada de la mujer lo hizo fruncir el ceño pero ella no lo vio. Seguía demasiado atenta, el libro parecía viejo y bastante desgastado, parecido al que leyó en la biblioteca después de conocer a Defteros.

Al final la joven se levantó, guardó su libro y pagó; ni siquiera se molestó en llamar a Marin, sólo dejó lo suficiente para cubrir el café intacto y darle propina. Cuando se acercó a limpiar, pudo ver claramente como la mujer la miraba por la ventana y le sonreía de una forma que pretendía ser amigable pero fallaba terriblemente. La mirada penetrante le heló la sangre por un momento. ¿Qué rayos estaba pasando? Marin salió dispuesta a hacerle preguntas, no obstante, cuando salió, ya no estaba por ningún lado. Exhaló con cansancio y se masajeó el puente de la nariz con dos dedos.

-Entonces es ella, ¿no? –La joven caminaba con despreocupación y parecía hablar con ella misma -Meh, no tiene nada de especial –dijo encogiéndose de hombros para restarle importancia –Es una simple humana sin chiste. Me encargaré de ella tan pronto como me sea posible.

Caminaba por uno de los pocos callejones desiertos que existían en la ciudad, el alambrado público no llegaba ahí. Se detuvo un segundo a quitarse la sudadera para extender un par de alas de un negro tan profundo como la boca de un lobo. Una cola de lagarto quedó al descubierto también, iba arrastrándola como si fuese algo inerte que sin querer se le había pegado al cuerpo. Estiró los brazos hacia arriba y fue entonces cuando la cola se meneó, como si parecía despertar después de un prolongado letargo. Echó a correr al bosque a toda velocidad.

Apenas llegó, sus escarlatas brillaron como dos abominables luciérnagas danzando en la oscuridad. No entró, se quedó fuera, justo en el límite.

-Mis amores~ -canturreó la mujer –Mamá ha venido a visitarlos. Salgan a saludarla~ –Enseñó sus blancos y afilados colmillos cuando sonrió maliciosamente y agitó la cola, cortando el aire y haciéndolo silbar de furia para terminar golpeando el suelo –Hoy mamá se siente juguetona –Sentenció.

Y echó a correr hacia la negrura que parecía recibirla con brazos abiertos.


El personaje que aparece hoy (sin nombre aún) es un OC que tengo. Es el único que me pertenece dentro de toda historia.