VII. Aftermath
El dicho popular era que después de la tormenta viene la calma, pero en éste caso, la tormenta acababa de empezar y ya había cobrado sus primeras víctimas. La noche se fue veloz y dio paso a un amanecer triste. El Sol, cubierto por las nubes grises cargadas de lluvia apenas lograba dar calor a las criaturas del bosque y de Rodorio.
Aspros y Defteros se habían encargado de curar a sus compañeros heridos. El hombre de ojos argentas se acercó a Kanon. Ellos, como demonios del bosque tenían vastos conocimientos en cuanto a plantas medicinales y otros remedios caseros y poco convencionales para sanar las heridas sin importar la gravedad de las mismas. Además, esa raza, al tener un deber tan importante como lo era el proteger a los humanos y al bosque, contaban con físico que les permitía curar sus heridas mucho más rápido que un humano.
El segundo al mando hizo una mezcla de varias plantas y frutos que servirían para crear una especie de ungüento que después aplicó con cuidado en las heridas del demonio más joven del clan. Luego, usando algunas hojas de palma hechas jirones para que fungieran como vendaje cubrió el torso de Kanon que obviamente se quejó por el dolor que le provocaba. Enseñó los colmillos y agitó la cola para no gritar, pero una vez que tuvo las heridas bien atendidas se sintió mucho mejor; ahora era solamente cuestión de tiempo para que sanara.
Sin embargo, quien les preocupaba y mucho era Saga. Si bien la rápida y certera intervención de Defteros había evitado una tragedia, tenía los cuernos en bastante mal estado. El dolor que le provocaba las fracturas del hueso era insoportable y le dolía la cabeza, por lo que el procedimiento de curación que profirió el alfa era mucho más delicado y cuidadoso. Ahora podía contarse como una baja y solamente les quedaba esperar una pronta recuperación. Una vez que Defteros hubo terminado de atenderlo, Saga se levantó y se marchó del claro, tambaleante, con el orgullo herido.
Kanon, que siempre estaba alegre sin importar cuan mala fuera la situación ahora se encontraba cabizbajo en la orilla del lago. Estaba afectado por lo que su descuido había provocado. Si tan sólo hubiese estado más atento, si hubiese sido más rápido.
-No fue culpa tuya –Defteros se acercó y se sentó junto al demonio de cabellos turquesa –Era imposible saber que haría lo que hizo –intentó animarlo. Era su deber como el líder levantar la moral de su clan.
-Mi hermano… Saga pudo… -agachó sus puntiagudas orejas. Le resultaba difícil animarse luego del lamentable suceso. No podía mover mucho las alas y tampoco podía abrazar las piernas contra su pecho, así que solamente se quedó cabizbajo.
-Vendré en un rato –dijo Aspros a lo lejos –No me esperen –no esperó a que los otros dos le respondieran y desapareció entre los árboles.
Kanon entonces aprovechó para moverse de su sitio y esconderse, necesitaba estar solo para procesar sus sentimientos y permitirse vivirlos, ya después volvería a fortalecerse para evitar que algo como lo que había ocurrido volviera a pasar. Defteros se quedó solo. Había tenido mucho miedo, no de ella, sino de perder a su familia. El quedarse sin uno de ellos le provocaba una sensación horrible en el pecho.
Marin había decidido ir esa tarde al bosque y así lo hizo, sin embargo, Defteros no estaba de muy buen humor. La escuchó llegar, adentrarse en su territorio, la siguió con la mirada pero se debatía entre bajar a verla o dejarla sola. Al final exhaló un suspiro apesadumbrado y bajó de su sitio para encontrarla. Intentó poner su mejor cara para no preocuparla de más.
-No pude venir anoche –comenzó la pelirroja –Tuve un cliente que tardó muchísimo tiempo y cuando por fin se fue, ya era demasiado tarde.
-No tienes que disculparte –dijo y se encogió de hombros. Había puesto sus alas como capa para que no le estorbasen –En realidad no tendrías que venir tan seguido, es peligroso.
-¿Peligroso? Si solamente estamos nosotros dos y…
-No, no entiendes –interrumpió el mayor –Tú eres solamente una humana. Éste lugar no es para ti.
-Oye, ¿qué sucede? –La actitud que estaba tomando le resultó bastante extraña –Sólo vengo a verte. Somos amigos.
-No creo que puedas llamar amigo a una criatura como yo.
Alzó una de sus rojizas cejas. Parecía estar hablando totalmente en serio y no lo podía creer. Pero no le iba a rogar, si no la quería cerca se iría. Se encogió de hombros, agarró su mochila y le lanzó una última mirada antes de echar a andar por donde había llegado.
-¿Tú…? –Comenzó el moreno -¿Tú de verdad crees que somos amigos?
-Lo creo, sí –respondió de inmediato aunque sin voltear –Si no te considerara como tal, no habría hecho una promesa.
El moreno suspiró de nuevo y se dejó caer en el suelo. Se sentó con los brazos cruzados, las piernas en posición del loto. Parecía estar bastante cansado, exhausto y también un poco harto de todo. Marin se acercó y se sentó a su lado, le ofreció un emparedado. Siendo honesta, no sabía si comía alimentos humanos o prefería cazar animales y comerlos crudos, de igual forma creyó que era un buen gesto el ofrecerle algo. Se sorprendió cuando él aceptó el emparedado y se lo terminó en solamente dos bocados mientras ella se comía una manzana.
Estaban los dos así, en silencio. Ninguno se miraba, no se atrevían a profanar la falta de sonido con palabras tal vez sin sentido. Marin abrazó sus piernas y apoyó la barbilla en sus rodillas. El silencio no era incómodo, tal vez por eso no se atrevían a hablar pues pocas veces, con pocas personas se podía estar así sin sentir una necesidad casi insana de hablar aunque sólo fuera para decir tonterías. El tiempo transcurrió lento, o al menos esa era la impresión que les daba.
La mujer de cabellos azabache estaba en su casa, había vendado su brazo como había podido. Ella contaba también con esos conocimientos en medicina alternativa que le permitían curar sus heridas sin tener que ir a un hospital. El lugar donde vivía era bastante pequeño y casi no tenía muebles, era como si solamente lo usara cuando se acordaba y no para dormir. Escuchó que llamaban a su puerta y gruñó; odiaba tanto las visitas inesperadas. Bufó. Se levantó con pesar y abrió la puerta de mala gana.
-¿Qué quieres? –cuando vio de quien se trataba apretó tanto el pomo de la puerta que lo abolló un poco -¡Qué mierda quieres aquí!
-Sólo vine a visitar –dijo abriéndose paso, empujándola un poco con el hombro pues sabía que de otra forma tendría que quedarse afuera.
-¿Viniste a reírte de mí? –ni siquiera se estaba esforzando en fingir su molestia.
-Para nada –inspeccionó el lugar con la mirada, haciendo también pequeñas muecas por el olor tan penetrante y fuerte del ungüento que descansaba en la mesa del comedor -¿Necesitas ayuda?
-Lo que necesito es que te largues de aquí –escupió de mala gana –La gente mentirosa no tiene cabida en éste lugar.
-¿Por qué crees que te mentí? –Preguntó sin perder los estribos, estaba tan calmado que a ella le estaba dado cada vez más coraje –Ice, yo te di todos los datos que debías saber, que no supieras cómo usarlos es problema tuyo, no mío.
Que le hablara de esa forma hizo su interior arder. Su cuerpo estaba comenzando a cambiar gracias a la furia bélica que corría por sus venas en ese preciso instante.
-Tranquilízate –dijo con tanta calma que ella soltó un gruñido tan grave que retumbó por todo el lugar –Ice, necesitas serenarte –se acercó al sofá, lo limpió un poco como si temiera ensuciarse las posaderas con la mugre inexistente.
De mala gana, la mujer se sentó en su silla y volvió a su tarea de curar su brazo roto. Era difícil hacerlo con una sola mano.
-Si te vas a quedar, por lo menos ayuda –dijo de mala gana.
-¿Quién te dijo que iba a quedarme? –rió con ironía –No tengo tiempo para hacer de tu enfermera.
-¿Entonces a qué mierda viniste? –rugió ya con fastidio.
Ice era sumamente explosiva y una pequeñez como esa lograba sacarla de sus casillas hasta el punto de volverla una máquina de guerra. Pero eso no parecía preocuparle en lo más mínimo, de hecho, parecía ser entretenido y lo disfrutaba bastante. Tamborileó los dedos en su rodilla y esperó para ver si ella intentaba arrancarle la cabeza o se tranquilizaba. Al final ocurrió lo segundo.
-Tengo noticias –comenzó cuando ella volvió a sentarse de mala gana para seguir con su ardua labor.
-¿Qué noticias? –lo único que Ice deseaba era que se largara y la dejara en paz.
-Hay bajas. Dos.
La noticia la hizo sonreír y captó su atención. Amaba las buenas noticias. Necesitaba su venganza lo más pronto posible.
-Dame más detalles –pidió con los ojos brillantes como un par de rubíes –Dime todo lo que sepas –exigió –Y más te vale que ésta vez no sean mentiras o tendré que arrancarte la cabeza.
La amenaza le arrancó otra sonrisa. Vaya que era una chiquilla de mecha corta y bastante insolente, tal vez por eso le agradaba.
-Ellos no volverán. Tu ataque los dejó con la moral bastante baja y dudo que quieran volver al campo de batalla. Ahora sólo queda el alfa, pero será pan comido si te das prisa. Sus ganas de defender a su clan lo hacen vulnerable. Tendrás que aprovecharlo.
La sonrisa de satisfacción que surcó los labios de la de cabellos azabaches no tenía precio. Sintió la emoción reemplazar su furia y su actitud infantil y ruidosa volvió. Amaba cuando las cosas se daban de esa forma. El visitante se levantó del sofá y abrió la puerta. Ice se acercó a despedirlo.
-Un placer hacer negocios contigo, Aspros –dijo la mujer con una sonrisa mientras el otro la miraba, daba media vuelta y se marchaba.
