VIII. Confianza
Miró por la ventana de su departamento. El cielo seguía estando gris pero no había llovido. Después de ese día de silencio, Marin había vuelto a visitarlo a pesar de las advertencias de que ya no era un lugar seguro. Era bastante testaruda a veces, sin duda alguna uno de sus más grandes defectos. Los siguientes días él seguía reacio a hablar, así que pasaban gran parte de la tarde y de la noche juntos, comiendo en silencio los bocadillos que ella compraba de camino al bosque. Generalmente ella leía acostada en una manta sobre el pasto y él se sentaba a su lado, el ceño fruncido, las alas como capa, los brazos cruzados y la cola moviéndose apenas.
No era incómodo, eso quedaba claro, parecía de hecho algo que llevaban años haciendo y no unos cuántos días. No cruzaban palabra pero tampoco lo veían necesario. El ambiente seguía siendo tenso y aunque ella no entendía las razones de Defteros para estar de esa manera y moría por hacer preguntas, trataba de respetar que él no parecía estar dispuesto a hablar. Ya suficiente hacía con ignorar sus constantes advertencias y peticiones de no visitarlo más.
Por su parte, él sólo se limitaba a disfrutar la compañía. Sin el resto de su clan, comenzaba a sentirse solo, pero ella le regalaba su compañía y eso modificaba su estado de ánimo aunque no lograra expresarlo como le hubiera gustado, cosa que le atribuía a tantos años en soledad y de convivir solamente con varones de su especie.
Ese día, cuando ella llegó, él finalmente sintió que debía hablar. No sabía qué diría y no explicaría a detalle lo que había sucedido pero veía necesario romper ya ese silencio que comenzaba a sentirse sofocante. La esperó en el claro en la misma posición de siempre.
Marin apareció igual que en días anteriores, en silencio, ofreciendo una manzana al demonio de ojos dorados. Dejó su mochila en el suelo, sacó su manta y la extendió en el pasto húmedo, se sentó en ella con el libro en el regazo mientras buscaba un bocadillo para ella. Cuando la pelirroja se dispuso a retomar su lectura, Defteros carraspeó, llamando su atención.
-¿Qué sucede? –preguntó. Se asustó al escuchar su propia voz, ya que llevaban tantos días en silencio que casi olvidaba que podía hablar.
-¿Por qué sigues viniendo a pesar de que te he advertido acerca del peligro? –Deteros no abandonó su ceño fruncido y, de hecho, lo profundizó.
-Eres mi amigo –respondió –Creí que lo había dejado claro cuando te prometí no revelar su secreto.
-Tal vez sólo te gusta el peligro.
-Sí, hay un poco de eso –comentó con seriedad aunque después sonrió al ver que le gesto del varón se profundizaba tanto que casi juntaba las cejas –Sólo me gusta venir aquí, me siento cómoda pasando el tiempo contigo aunque no nos dirijamos la palabra.
-No lo entiendo…
-¿Qué es lo que no entiendes? –la pelirroja dejó entonces el libro a un lado y centró toda su atención en él.
-Por qué quieres venir, por qué dices que somos amigos. Soy sólo una criatura de la noche, un monstruo. Las personas huyen de mí por mi aspecto… No soy más que una sombra…
Lo escuchó con atención, le resultaba extrañamente familiar la forma en la que se expresaba de sí mismo, ¿cuántas veces no había hecho ella lo mismo? Referirse a su persona como un monstruo, como alguien indeseable en las vidas de otros. Y no era que tuviera razón, en lo absoluto, pero la soledad la hacía pensar esas cosas. Sin embargo, ahora escuchaba a una criatura fantástica, increíblemente fuerte y con un enorme peso cargando en los hombros hablar de esa forma tan pobre de él.
-No lo eres –intervino antes de seguir escuchando como se despreciaba –Eres un ser fantástico, no hemos conversado mucho pero tienes mejores sentimientos que muchos humanos que conozco –la sinceridad que destilaba su voz era casi palpable –Es divertido pasar el tiempo a tu lado.
-Gracias –respondió. Sí, tal vez fue bastante seco pero no sabía qué más decirle.
Esperó un momento, los ojos azules fijos en la mirada dorada y cálida de Defteros. Fue ahí, en ese instante cuando, por primera vez desde que habían comenzado a hablar, ella sintió que ese hombre frente a ella tal vez era más que sólo su amigo. Se perdió en esos ojos y deseó con muchas fuerzas poder abrazarlo aunque fuese un momento. Sin embargo, y como era de esperarse, no hizo absolutamente nada. A final de cuentas venían de mundos diferentes y algo más que una simple amistad, algo entre ellos era totalmente imposible, ¿cierto? Tragó con nerviosismo y al final apartó la mirada.
-¿Te importa si vuelvo a mi lectura? –Marin necesitaba un poco de distracción. Mantener sus pensamientos y acciones a raya era su prioridad en ese momento.
-Creo que prefiero que conversemos –dijo el alfa y giró el cuerpo para estar totalmente de frente a ella –Yo también quisiera saber muchas cosas.
La mujer entonces guardó silencio y esperó a que él comenzara a hacer sus preguntas. Éstas eran variadas, sus actividades diarias, si tenía alguna pareja. Marin trató de responder de la mejor forma posible, le habló un poco de su trabajo, también le hizo saber que la vida laboral consumía todo su tiempo y, lo poco que le quedaba libre, lo usaba para visitarlo o terminar algún pendiente. También le habló de su vida amorosa de forma superficial y bastante ambigua. Ella hacía mucho eso, le costaba ser clara en temas que envolvían sus sentimientos.
-Seguramente tú debes tener una novia por ahí –soltó de pronto aunque eso le provocó un vacío en el estómago.
-No. Para desgracia de mi raza, las mujeres demonio son escasas y suelen ser muy independientes –su voz, cargada de pesar, llegó a los oídos de su acompañante –En Grecia ya no queda ninguna.
-Debe ser difícil para ti, ¿no es así? Estar sin pareja… -la discreción definitivamente era una palabra que no conocía, al menos cuando esos temas envolvían a personas que no eran ella.
-Es un tema que no quisiera tocar –respondió Defteros con exhalando de nuevo –Mejor háblame de tu familia.
Entonces Marin confesó que no tenía una buena relación con sus padres ni con su hermano menor aunque no los odiaba, solamente tenían visiones de la vida muy diferentes y ella prefería mantenerse alejada. Eso era algo que al demonio le resultaba totalmente extraño pues él no podía pensar en estar lejos de su clan, sólo quería protegerlos, que fueran felices. Pero trató de entender los motivos por los que alguien tomaría la decisión de alejarse de aquellos que más debían quererla y apoyarla. Estaba siendo muy extraño tener una plática así pero no le incomodaba, al contrario, deseaba seguir conversando con ella de temas que no tuvieran que ver con amenazas, con una posible desaparición de su raza.
-Mi clan es especial e importante para mí –dijo Defteros –Son la única familia que tengo. No sé qué haría sin ellos. Lo que pasó… - pero de inmediato guardó silencio. No podía hablar de eso, no quería.
La pelirroja quiso preguntar más. Ese gusanito de la curiosidad aumentaba en su interior a pasos agigantados. Comenzó a mover los dedos con insistencia y también se mordió el labio. Necesitaba respuestas a todas sus interrogantes.
-¿Qué fue lo que pasó? –soltó al fin, ya incapaz de detenerse. Ésta vez no se le iba a escapar -¿Tiene que ver con el peligro del que me adviertes? ¿Defteros?
Las preguntas fueron como una llovizna que de pronto se volvía un chubasco y lo ahogaba. El sentimiento le estaba resultando bastante incómodo. Era una mujer curiosa, tal vez demasiado para su propio bien. Cuando al fin abrió la boca para detener la cascada de preguntas, llegó su salvación.
-Eso es algo que no te incumbe, humana –respondió una grave voz detrás de ella que la obligó a voltear.
-Aspros… -el alfa pronunció el nombre del recién llegado a modo de saludo.
-¿Disculpa?
-Qué eso no te incumbe y deberías marcharte de aquí. Es peligroso –volvió a decir Aspros -¿No se lo dijiste, hermanito?
-Se lo dije pero no hizo caso, así que aquí estamos –lanzó un suspiro tan lleno de pesar que hasta agachó las orejas –Deberías marcharte, Marin –dijo Defteros con tristeza. La verdad era que no deseaba que ella se fuera pero no estaba seguro de poder lidiar con ambos.
-No me iré –respondió con decisión –Yo estaba conversando contigo, quiero saber qué es lo que sucede, quiero ayudar.
-Me temo que no puedes –intervino Aspros sin perder el temple, sus ojos color de Luna posándose en el rostro de porcelana de la fémina.
-Eso debería decidirlo el alfa, no tú –atajó mirando entonces a Defteros que ya se había puesto de pie y movía la cola de un lado a otro.
-Ha sido una larga noche –comentó después de un largo silencio –Creo que deberías marcharte ya, Marin –posó sus ojos ámbar en el otro demonio –Y tú tienes que darme algunas explicaciones, Aspros.
-Pero…
-No insistas –pidió el moreno rascándose la base de los cuernos en un gesto de derrota. No podía elegir entre seguir una conversación que le había hecho sentirse feliz por primera vez en años y sus deberes como el líder de su clan.
-Ya lo escuchaste –Aspros sonrió con cierta ironía, cosa que hizo que la sangre de la pelirroja comenzara a hervir.
-No me iré. No hasta saber lo que sucede –replicó Marin, clavando sus orbes azules en ambos demonios -¡Quiero ayudar!
-Pero no puedes, Marin –dijo Defteros al fin –Sé que lo deseas con todas tus fuerzas pero no puedes. Eres sólo una humana; morirás –Sus palabras eran crudas pero sólo quería protegerla –Ésta guerra no te corresponde, no es tu pelea.
Marin se sintió devastada. Necesitaba ayudarles, eran sus amigos, bueno, Defteros lo era. Se mordió el labio y miró al moreno con tristeza. Aquellos bellos zafiros cargados de emociones lo obligaron a apartar la mirada. Sabía que quería ayudar, estaba más que consciente de que sus intenciones eran puras, confiaba en ella pero no podía dejar que arriesgara su vida y menos sabiendo que tenía una familia que debía estar preocupada o algún amor que lloraría su pérdida. Se acercó un par de pasos a la pelirroja y sostuvo su mano izquierda entre las suyas; era increíblemente suave y delicada.
-Haces suficiente con protegernos, Marin. El que guardes nuestro secreto es más importante de lo que crees. Si las circunstancias fueran otras, te permitiría ayudar, pero no así.
-Defteros…
-Lo digo en serio –continuó y le regaló una pequeña sonrisa –Estaremos bien. Sabes en dónde encontrarnos, pero ahora es imperativo que te marches.
Marin asintió con tristeza y duda. El cálido toque de ese demonio le dio cierta seguridad así que, con mucho pesar, retiró su mano de entre las suyas y comenzó a guardar todo. Ya que estuvo lista miró a Defteros de reojo y articuló un "te veré mañana" que él recibió asintiendo levemente con la cabeza.
Una vez que ella se retiró, Defteros se acercó a su segundo al mando a paso firme. Ya comenzaba a sospechar de sus ausencias.
-¿En dónde has estado éstas últimas noches? –Comenzó sin rodeos –Mira lo que pasó con Saga y Kanon gracias a tu ausencia.
-Te lo dije, estaba patrullando. Seguí una pista que juraba era de fiar pero no fue así –respondió con su habitual calma –Kanon es un poco descuidado y Saga debió estar distraído, si hubieran estado en buena forma, no habría pasado nada. No puedes culparme a mí por sus fallas.
Entonces Defteros retrajo los labios y enseñó las dos atemorizantes hileras de aserrados dientes, sus colmillos brillando por la luz de la Luna. Casi pegó la nariz a la de su hermano.
-No juegues conmigo –advirtió con un gruñido profundo –Aunque seas mi familia, no toleraré que pongas en riesgo al resto del clan.
Dicho esto, Defteros dio media vuelta y fue a su puesto de vigilancia. Los días se hacían más difíciles y comenzaban a hacer mella en él y su familia. Lanzó un suspiro. Sólo deseaba que todo volviera a ser como antes.
