XI. Hermanos
Defteros y Aspros Stormrage eran los últimos descendientes de una larga línea de líderes, guerreros y estrategas que habían dedicado sus vidas a proteger, no solamente a Rodorio, sino a otros pueblos y ciudades alrededor del mundo. Los ojos dorados eran la señal más clara de que un demonio había nacido con todos los requerimientos físicos y mentales para liderar a su clan, pero también venían con la enorme responsabilidad de llenar esos zapatos y cumplir con su deber al pie de la letra.
Él era el hermano mayor, había nacido cinco minutos antes que Defteros, todos los ojos estaban puestos en él, la esperanza en ese pequeñito de cabellos negros como la boca de un lobo, pero cuando abrió los ojos, la decepción fue real pues sus orbes eran plateados como la luz de Luna. Cuando Defteros llegó al mundo y abrió los ojos, dorados como la luz del astro rey, cayeron en la cuenta de que todo era un hecho sin precedentes pues no solamente habían nacido gemelos, sino que era el menor quien estaría destinado a la grandeza de ser el líder de los demonios del bosque, los protectores de la humanidad.
Aspros se encontraba en una cueva formada en los alrededores de lo que otrora fue el majestuoso Santuario griego. Ahí estaba, con la espalda apoyada en una de las paredes, las alas plegadas, los ojos cerrados, ¿cómo había sido capaz de siquiera dejar que la situación se saliera de control de ese modo? Levantarse contra su propio hermano, el pequeño al que protegió de los malos tratos de algunos demonios más jóvenes por sus ojos, por ser el gemelo menor, por haberle arrebatado un destino prometedor Aspros.
De niño Defteros era bastante bajito para su edad, delgado, sus alas parecían demasiado grandes para su cuerpo. No le gustaba meterse en problemas y era, justamente eso, lo que lo hacía un blanco fácil. Los demonios adultos no se metían en lo que consideraban un "juego de niños", así que era Aspros quien debía sacar la cara por su hermano.
-Si pudiera, cambiaría mis ojos contigo –había comentado Defteros después de que algunos pequeños demonios lo hicieran tropezar y luego lo apedrearan –Serías un mejor líder que yo…
-No digas esas cosas, Defty –comentó Aspros mientras intentaba curar una herida profunda que tenía arriba de la ceja izquierda –Es tu destino guiarnos.
-Pero soy tan débil –sollozó el menos de los Stormrage.
-Crecerás, hermano. Te volverás muy fuerte, más que todos los demonios adultos que hay aquí –el de ojos color de Luna atendía las heridas de su hermano menor con mucho cuidado.
-Pero…
-Yo confío en ti –el pequeño Aspros le sonrió a su hermano con calidez –Estaré a tu lado cuando debas tomar el cargo.
Aspros negó la cabeza enérgicamente como intentando borrar los recuerdos que lo habían asaltado. Apretó la mandíbula y sus dientes rechinaron levemente. Él había prometido a su hermano estar a su lado, le había reiterado muchísimas veces durante su crecimiento que confiaba en él, ¿por qué ahora estaba sucediendo esto? Quería echar a llorar pero parecía que sus lágrimas se habían secado ya, tal vez por falta de uso.
Gruñó, el eco extendiéndose por toda la cueva. Echó a volar lejos de ahí.
Su vida había cambiado tanto que ya casi no la reconocía. De liderar a más de treinta demonios a solamente tres. De ser un pequeño y delgado demonio al corpulento hombre de metro noventa que se las veía negras para mantener el orden. Suspiró y masajeó sus sienes con delicadeza para intentar así relajarse aunque fuera un poco. La primera vez que supo que tal vez Aspros deseaba la posición del alfa fue en la adolescencia. Recordaba que acababan de cumplir quince años y el antiguo líder había muerto en un desafortunado accidente. Defteros no estaba listo, no se sentía listo en lo más mínimo, pero debía asumir la responsabilidad que le fue impuesta apenas nació.
Durante la ceremonia, el moreno, que había crecido un poco más y era más corpulento pero no había terminado de desarrollarse, estaba nervioso, muy nervioso. Agitaba la cola de un lado a otro, abría y cerraba las alas, se rascaba la base de los cuernos y había empezado a mordisquearse también las uñas. Bebía toda el agua que le era posible pero ni así lograba deshacerse de ese amargo sabor que tenía en la boca y tampoco parecía calmar su sed. Sentía los labios resecos y su piel, casi siempre de un color tostado perfecto, había perdido su color; el pobre parecía que estaba a punto de enfermarse.
-Ya cálmate –dijo Aspros con voz cansada.
-Es fácil para ti decirlo. Tú no estás a punto de tomar un cargo para el que no estás listo –replicó el moreno con angustia.
-Estás listo –aseguró el de cabellos azabaches mientras seguía los movimientos de la cola de su hermano –Naciste listo.
-El maestro no debió morir. Yo todavía tengo mucho que aprender… Yo…
-Cállate ya, ¿quieres? –Interrumpió el mayor con fastidio –Sí, el maestro murió y fue desafortunado, pero estás tan listo como se puede.
-Yo no pedí esto…
-Entonces retírate. Di que no lo quieres y márchate al exilio.
-Aspros… -las palabras tan duras de su gemelo los sorprendieron tanto que se quedó petrificado.
-No has hecho más que quejarte desde que supimos la noticia. Naciste con unos ojos que te marcaron como alguien destinado a la grandeza. Lo tienes todo –Y por primera vez, la voz del mayor de los Stormrage destilaba envidia, coraje –Pero te niegas a aceptarlo… Tú eres fuerte, sabrás guiarnos. –El silencio de Defteros le permitió entonces seguir hablando, ya con algo más de tranquilidad –Yo estaré a tu lado. Te lo he dicho hasta el cansancio.
-Tengo miedo –confesó entonces el menor agachando un poco la punta de sus alargadas orejas –No olvido cómo me trataban cuando era niño… Por mi color de piel, por estos malditos ojos… -Apretó los puños y tensó la mandíbula, enseñando sus prominentes colmillos.
-Está bien tener miedo –Aspros se acercó, su hermano ya comenzaba a sacarle unos cuántos centímetros de altura. Apoyó una mano en su hombro.
-Quiero que estés a mi lado –pidió de pronto, la luz de la fogata hacía que sus ojos dorados parecieran un par de soles en sus cuencas –Te necesito a mi lado –repitió con seguridad.
-¿Cómo dices? –el de ojos argentas observó a su hermano, parecía hablar totalmente en serio –Eso no… Eso no lo decides tú. Tendrá que definirse en un combate y lo sabes.
-No –repuso sin perder la seguridad en su voz –Si voy a ser el alfa, no hay nadie mejor que tú para liderar a mi lado.
-¿Estás seguro de lo que dices?
-Jamás he estado más seguro de algo en mi vida –y dicho esto, se dirigió a la ceremonia a paso firme, erguido, mostrando porqué había sido elegido para liderarlos.
Defteros sintió un nudo en la garganta y una presión intensa en el pecho, en el corazón. Su hermano le había salvado la vida, lo había apoyado siempre; era Aspros quien le brindaba la fortaleza de seguir adelante. Lo habían perdido todo excepto al otro, pero ahora, en ese instante, parecía que ese lazo que creyó indestructible comenzaba a fragmentarse. Cerró los ojos y los apretó con fuerza, ¿sería capaz de matar a su propio hermano si se diera el caso? ¿Tendría la valentía de levantar el puño contra aquel que lo cuidó y lo mantuvo con vida? Su respuesta era no. Prefería marcharse, dejarle el camino libre antes que destruirlo o peor aún, obligarlo a marcharse y no verlo nunca más en su vida.
Saga y Kanon habían sido considerados y le habían otorgado mucho espacio para que pudiera estar solo y pensar. Ambos sabían que no era algo fácil, que ahora debía vigilar a Aspros y así poder actuar a tiempo en caso de una rebelión. Y Marin no se había parado por ahí desde el incidente.
Los días transcurrían lentos, dolorosos, monótonos... Grises. El dolor era casi palpable en el bosque. Ese lugar había visto a los gemelos nacer, crecer juntos, jugar, pelear como hermanos que eran, alcanzar juntos la gloria y liderar con valentía a su clan. Ese lugar los vio llorar y lamentarse cada pérdida de sus otros hermanos, perder batallas que mermaban sus filas a pasos agigantados, frustrarse y estar a punto de darse por vencidos. Y ese lugar los vio levantarse, adoptar entre sus filas a los Sunfury y resistir como campeones hasta que la amenaza desapareció. Sin embargo, la historia actual era diferente, oscura.
Defteros bajó del árbol donde se encontraba. Agradeció mentalmente a Kanon por sus discretos cuidados, pues sin el alimento que dejaba sin falta en una rama cercana, habría estado demasiado débil para moverse. Ahora era tiempo de tomar acciones. Si Aspros regresaba al claro, era imperativo mantenerlo bajo vigilancia constante, algo que reduciría sus defensas al mínimo y quedarían vulnerables si existía otro ataque. Pero si Aspros no volvía, entonces se convertiría en la amenaza principal y tendrían que cazarlo y matarlo. Defteros sabía que su gemelo era peligroso y dejarlo con vida no era opción.
El demonio de ojos dorados levantó la mirada al cielo oscuro y pidió, por primera vez en muchísimos años, que su hermano volviera a casa con ellos, que regresara a su lado. La luz de la luna bañó su cuerpo entero. Sabía que no tenía derecho alguno a pedir favores a las divinidades, pero quería intentarlo, aunque fuese una única vez, aunque sus plegarias fueran ignoradas, deseaba pensar que, tal vez en algún lugar del universo, alguien se apiadaría de él y de su único hermano.
