XII. Venganza

Marin estaba sentada en la silla frente a su escritorio, papeles, libros y bolígrafos desperdigados por la superficie de madera. Bebía té verde en pequeños sorbos con los ojos cerrados. Llevaba varios días así, leyendo, tomando notas y después rayando cada palabra escrita. Se frustraba, lo mandaba todo al carajo, pero al poco rato ya estaba de nuevo repitiendo el proceso.

Suspiró pesadamente al darse cuenta de lo que hacía. Sería mucho más fácil simplemente ir al claro y hablar de frente con Defteros y los otros "chicos". Sin embargo, cada vez que se armaba de valor para adentrarse en el bosque, no lograba moverse de su lugar o terminaba yendo a cualquier otro lugar. Él no estaba enfadado con ella y además de todo, recordaba con claridad la calidez de sus dedos, el latir de su corazón, la reconfortante sensación de estar entre sus brazos… Y también recordaba su expresión de angustia cuando creyó que estaba herida de gravedad. Se miró los brazos amoratados, los dedos de Kanon perfectamente delineados en su nívea piel.

Masajeó con suavidad el puente de su nariz para tratar de relajarse. Había cometido un error bastante fuerte, pero debía hacer caso a las palabras de Defteros. Pasaría tarde o temprano, solamente ella tuvo la mala suerte de ser el detonante. Nada más. No obstante, a pesar de creer en sus palabras, seguía culpándose. Ya cansada de tanta autoflagelación, se terminó el té de un sorbo y salió de casa sin rumbo fijo.

Nuevamente el día era gris y ahora hacía frío, el día perfecto para ella. Le gustaba salir a caminar cuando la temperatura estaba bastante baja porque así se concentraba en mantenerse calentita y dejaba de pensar.

Ice al final había decidido que hacer caso y atacar el claro tan pronto sería demasiado predecible, así que enfocó su atención en la joven pelirroja. La había estado vigilando muy de cerca y ya no le quedaba duda que tenía una relación poco convencional con los demonios del bosque. Y si no era así, bueno, al menos atacando a una humana haría salir a esas molestas criaturas de su escondite para poder pelear y dar por terminado todo ese asunto de una vez por todas.

-Veamos a dónde va la señorita –dijo la mujer de ojos escarlatas mientras observaba a Marin caminar a solas por las calles poco transitadas de Rodorio –Tal vez sea buena y me lleve a ellos.

Pero la pelirroja caminaba sin acercarse en lo más mínimo a aquella zona boscosa. La mujer de cabellos negros pensó entonces que podía ser alguna especie de trampa. No eso era imposible, esa humana no se atrevería a servir de carnada para atraerla, ¿o sí? Por supuesto que no, esos demonios eran demasiado blandos para pensar en usar simples humanos. Cuando Marin continuó caminando sin rumbo, Ice decidió seguir sus pasos.

Sin darse cuenta, terminó a las afueras de Rodorio, cerca de un gran campo desierto que guiaba al viejo Santuario. Exhaló y pudo ver su vaho. Levantó el rostro al cielo, el frío rozando su piel y pintándola de un rosa muy tenue, ¿por qué no era capaz de acercarse al claro? Deseaba ver a Defteros, hablar con él, su compañía la hacía sentir mejor.

-Yo sólo quiero verlo… -dijo en voz baja, deseando que el viento llevara sus palabras a oídos del líder del clan de demonios.

-¿Estás perdida? –preguntó una voz casi infantil que obligó a Marin a voltear, asustada -¿Puedo ayudarte?

-¿Eh? Ah… No, gracias. Estoy bien.

-¿Segura? –los ojos rojos de la otra chica brillaron con cierta ilusión.

-Segura. Y no quiero ser grosera pero me gustaría estar sola –Marin le regaló una mirada de pocos amigos para después echar a andar hacia el Santuario.

-Lo lamento pero no puedo hacer eso –comentó la mujer que también comenzó a caminar –Pareces ser una chica interesante.

-Mira, lo digo en serio –replicó la pelirroja –Déjame tranquila. No estoy de humor.

Entonces, con un rápido movimiento, Ice se plantó frente a Marin que únicamente sintió una brisa a sus espaldas y luego vio a la mujer frente a ella. Fue en ese instante cuando reconoció su rostro, era la joven del café, la que había ordenado una bebida que nunca tocó y luego le sonrió de esa forma tan retorcida que le había erizado los vellos de la nuca.

-Tú no estás de humor pero yo lo estoy y además estoy algo aburrida –comentó la de orbes escarlata e hizo un mohín –Así que tendrás que ayudarme.

-No –dijo Marin de forma tajante –Déjame tranquila.

Intentó echar a andar de nuevo pero la mujer se lo impidió y esbozó una sonrisa que al principio parecía dulce pero fue cambiando hasta volverse terrorífica. Sus ojos rojos brillaron y enseñó los afilados colmillos. Marin dio varios pasos atrás. El corazón comenzó a latirle con violencia y el calor le subió al rostro por el miedo que sentía.

Con un rugido impresionante, Ice comenzó a cambiar frente a la sorprendida mirada de la pelirroja que parecía, de nuevo, haber echado raíces. Quiso gritar el nombre de Defteros como le había aconsejado en broma la última vez pero nada salió de su boca excepto vaho. Aquella extraña mujer ahora tenía una larga cola negra y un par de cuernos ligeramente curvados hacia atrás pero las filosas puntas apuntaban al cielo. Sus manos parecían tener escamas negras, brillantes y sus uñas ahora eran filosas garras parecidas a las de Defteros. Las alas eran mucho más pequeñas que las de los demonios del bosque, pero seguramente eran igual de fuertes. Dio otro paso atrás.

La carcajada que salió de la boca de Ice fue aterradora. Estaba disfrutando tanto la expresión de miedo en la faz de esa chica pelirroja. Con un movimiento rápido enrolló la cola firmemente en el tobillo izquierdo de Marin para evitar que corriera y comenzó a apretar. No le importaba hacerle daño, de hecho, eso deseaba.

-No puedo dejarte ir –siseó Ice –Espero que no te importe jugar un rato conmigo.

-Por favor no… -la voz de Marin salió temblorosa y sin fuerza –Te lo ruego.

-¿Cómo dices? –Las orejas alargadas de la criatura se movieron como si quisieran escuchar mejor -¿Qué te quedarás? ¡Perfecto! –dijo con fingida felicidad. Sus ojos escarlata brillaron.

Apretó con fuerza el tobillo de Marin con la cola, los gritos de dolor parecían ser música para sus oídos pues mientras más se quejaba, más gritaba. Le importaba poco que no pudiera defenderse, sólo quería destruir, hacer daño. Golpear a esos molestos seres del bosque en dónde más les dolía. Deseaba verlos sufrir, llorar, que lo perdieran todo, necesitaba regodearse en su dolor.

Crack.

El tobillo se quebró y el grito de dolor que escapó de la garganta de la pelirroja fue tal, que llenó el abandonado campo; algunos pájaros emprendieron el vuelo por el susto que les provocó. Marin cayó al suelo, estaba aterrada y la mujer sólo tenía sed de más. La sujetó por los hombros y la levantó sin esfuerzo alguno, tenía más fuerza de la que aparentaba. Apretó, esperando de nuevo aquellos gritos que eran música para sus oídos. No tuvo que esperar demasiado. En cuanto su deseo fue satisfecho, la dejó caer de nuevo y se sentó encima de ella, apretando sus caderas con los muslos. Sin embargo, cuando quiso mantener fijos los brazos de Marin, ella comenzó a moverse y la golpeó en el rostro. Grave error.

-Te voy a matar –sentenció Ice y enrolló la cola en el cuello de Marin.

De inmediato sus manos fueron a aquella cola que parecía una serpiente que apretaba cada vez más, cortándole el aire. Rasguñaba, pellizcaba, buscaba de alguna forma zafarse de ahí. Sentía que el oxígeno comenzaba a escasear y eso solamente aumentó su desesperación. Alzó los brazos y le dio un puñetazo con toda su fuerza a la criatura en la nariz.

-¡Hija de puta! –gritó y tuvo que apartarse. El golpe había sido certero, rompiéndole la nariz que comenzó a chorrear sangre y le arrancó varias lágrimas -¡Es tu fin!

Marin giró y comenzó a arrastrarse intentando alejarse lo más posible. Estaba aterrada y adolorida mas no lloraba, sólo pedía a las divinidades que la salvaran, llamaba a Defteros en su mente, sus labios articulando su nombre pero la voz no le salía. No quería morir.

Las manos de Ice se aferraron a las piernas de Marin y tiraron con fuerza para atraerla de nuevo a ella. Cuando la tuvo cerca, la obligó a girar, quería que la mirara bien, que grabaran la cara de la otra para siempre en sus memorias. Levantó el puño y golpeó, sólo para encontrarse con los antebrazos de Marin, que se había cubierto cómo pudo para recibir el menor daño. Ice enrolló entonces la cola en la cintura de la pelirroja y apretó. De nuevo aquellos gritos de dolor tan hermosos. No dejó de golpear y Marin bajó la guardia recibiendo uno, dos tres, cuatro golpes en el rostro que abrieron de inmediato su piel, salpicando a su adversaria.

-Nadie me toca y vive para contarlo –sentenció. Sus ojos brillando con maldad.

Se preparó para asestar el golpe que terminaría con todo de una vez por todas y saciaría su sed de sangre, al menos por un momento, pero se detuvo. Sonrió con malicia y, sujetando la barbilla de Marin con los dedos índice y pulgar, la obligó a mirarla. Las gotas de sangre de Ice se mezclaron con las de la pelirroja. No dijo nada, solamente le regaló una sonrisa casi diabólica, la abofeteó una última vez. Se puso de pie con calma, la miró con desprecio y entonces batió las alas, volando lejos de ahí.

Marin entonces echó a llorar por primera vez en años.