XIII. Ira
Defteros escuchó el grito. Los demonios tenían un oído espléndido y lograban escuchar cosas con claridad aunque éstas se desarrollaran a varios kilómetros de distancia. Sus orejas se movieron, al igual que las de Saga y Kanon, pero fue el de mirada dorada quien lo reconoció. Bajó a toda velocidad de su árbol preferido sólo para encontrarse a los otros dos mirando hacia un punto fijo.
-Tengo que ir –anunció Defteros –Tengo que…
-Iré yo –interrumpió Kanon –Soy más veloz, llegaré en poco tiempo.
-Creo que lo mejor será que yo lo haga –el de cabellos añil temblaba ligeramente mientras enrollaba la cola en su cintura para que no notaran lo nervioso que estaba –Si es lo que creo que es, es mi deber.
-No. Nada de eso –dijo el mayor enseñando los dientes, su cola se agitaba de un lado a otro pues estaba ansioso –Yo iré y ustedes se quedarán a montar guardia.
-Pero es peligroso. Eres más llamativo, si alguien te ve… -Kanon dejó la oración inconclusa.
-¡Es una orden! –Rugió -¡Ustedes se quedan y yo voy! Prefiero hacerme cargo, ustedes aún no están al cien pero juntos podrán resistir en caso necesario.
Los hermanos Sunfury se miraron; no iban a desobedecer una orden directa del alfa y mucho menos cuando estaba así de alterado.
-Esperaremos aquí. Si Aspros viene…
-Bien –interrumpió el moreno y echó a volar antes de que Saga terminara de hablar.
La tensión en su cuerpo lo hizo temblar, batió sus alas y surcó el cielo gris a toda velocidad. Si alguien lo veía sería un problema, pero era su deber ayudar a quien estuviera en peligro. No importaba de quien se tratara, un grito así sólo podía significar una cosa y debía socorrer a esa persona. Un par de aleteos más y planeó, buscando algún indicio del lugar donde había provenido aquel sonido tan desgarrador. Volaba en círculos y, ayudado por su vista inhumana, al final divisó una figura en un gran campo abierto. Se lanzó en picada para llegar más rápido, extendió las alas y aterrizó con gracia a varios metros de dónde se encontraba aquella figura. Debía mantener la calma y no apresurarse.
Apenas aterrizó se acercó lo más rápido que pudo sin correr. La cautela era imperativa pues podía ser una trampa, o al menos eso creyó hasta que pudo divisar aquella inconfundible y salvaje melena roja. Pudo ver, cada vez con más claridad, aquellos cabellos de fuego llenos de tierra, salpicados de sangre que le cubrían el rostro magullado.
Se acercó. El corazón comenzaba a latirle cada vez más deprisa cuando la distancia entre él y Marin se acortaba. No entendía la razón, pero tenía tanto miedo. Por primera vez en mucho tiempo tuvo miedo de verdad. Se detuvo junto al cuerpo de la pelirroja, se acuclilló despacio, su mano derecha temblaba mientras más se acercaba para tocarla. Apartó con delicadeza los cabellos de la mujer.
Ella respiraba entrecortada, le dolían las costillas, el tobillo, los antebrazos, ¿qué había hecho para merecer ese trato? ¿Tanta saña? No podía moverse y, para su mala fortuna, no llevaba tampoco el móvil con ella. Se reprendió mentalmente pues ahora no podría pedir ayuda y quién sabe cuánto tiempo pasaría antes de que la encontraran. La noche ya comenzaba a caer y la temperatura estaba descendiendo. Tragó saliva con mucha dificultad.
De pronto, escuchó unos pasos, parecía que alguien se acercaba; se encogió en su lugar. Aquella mujer tan extraña seguramente se había arrepentido de dejarla con vida y ahora venía a terminar el trabajo. Apretó los ojos cuánto pudo intentando prepararse para una nueva ola de tortura. Dijo sus oraciones, se disculpó con todos aquellos a quienes alguna vez hizo daño y también les dijo a otros que los amaba. Se estaba despidiendo de la mejor manera que se le ocurrió en sus condiciones. En otro momento se habría obligado a pelear, pero sabía que no tenía forma de defenderse en ese estado, así que sólo esperaría.
-Cielo… -la palabra escapó de su boca involuntariamente –Lo lamento… -se disculpó y se atrevió a acariciar sus mejillas. No sabía si lo escucharía o no, pero eso era lo de menos.
Marin se quejó. Se encontraba ahí, tan frágil, sintiéndose diminuta, las lágrimas brotando de sus ojos eran tan amargas.
Defteros observó el cuerpo de la mujer. Esas heridas, cada uno de los cortes, de los golpes gritaban solamente un nombre; tanta crueldad solamente era obra de una persona. La ira comenzó a correr por sus venas, sólo pensaba en arrancarle la cabeza a la responsable de eso, deseaba acabar ya con la persona que se había dedicado a causar tanto caos en su vida. La haría sentir el infierno en la tierra.
-Marin… -el demonio de piel canela volvió a hablar. Su voz grave, siempre firme, fuerte, incluso dura por momentos, iba ahora llena de preocupación y una pizca de temor, aunque el tono era más bien cariñoso dentro de lo que cabía –Debo llevarte al hospital…
Pero la mujer no respondió, de hecho, volvió a quejarse. No podía hablar o tal vez no quería.
-Cielo… -Defteros acarició nuevamente aquella preciosa mejilla salpicada de pecas, el contraste entre sus pieles recordaba al yin y al yang.
-No… -habló al fin aunque apenas se le escuchó –No…
-Sé que tienes miedo –el varón era incapaz de apartar los ojos de ella, apretaba el puño libre para intentar contener el coraje que tenía –Nadie me verá, te lo aseguro. Sólo necesito llevarte a que te atiendan esas heridas… Por favor…
El tono suplicante en la voz del demonio fue suficiente para hacerla ceder. Con un muy ligero asentimiento con la cabeza, le indicó que podía llevarla.
Defteros prosiguió a tomarla en brazos con todo el cuidado que le fue posible. Marin reprimió un quejido, era imposible cargarla sin hacerle daño pero lo entendía. Una vez segura entre los brazos del moreno, apoyó el rostro en su fuerte pecho desnudo. Las lágrimas humedecieron inevitablemente su piel.
-"No me sueltes" –suplicaba Marin en su mente –"No me dejes sola. No me abandones."
Defteros decidió no volar. Enganchó sus alas y las puso como capa para disimular un poco en caso de que alguien los viera. El peso de su cuerpo entre sus brazos le provocó un horrible vacío en el estómago. Podía sentirla respirar, no sólo por el leve movimiento de su cuerpo, sino por la forma en la que su aliento chocaba contra su pecho desnudo. La abrazaba cerca, de forma muy protectora, y de haber sido posible, también la hubiera arropado con sus alas.
La pelirroja se sintió segura, protegida al fin. Pero seguía recordando que por una imprudencia, todo había desembocado en ese momento. Se encogió y tembló entre aquellos fuertes brazos que la llevaban como si no pesara nada.
El camino al hospital se le antojó eterno, pero al final llegaron y Defteros la dejó en una camilla cerca de una ambulancia. Marin no quería que la dejara e intentó tomar su mano sin éxito.
-Iré a visitarte apenas te lleven a una habitación, lo prometo –dijo en voz muy baja. Acarició una última vez sus mejillas –¡Por favor un médico! – gritó con desesperación y fue a esconderse entre las sombras. Exhaló con alivio cuando vio que su llamado había servido y llevaban a Marin al interior del lugar para evaluar y curar sus heridas.
Cayó la noche y Defteros se quedó cerca del hospital, escondido en una callejuela poco iluminada. Decidió no volver al bosque y mantenerse en los alrededores por si a Ice se le ocurría volver. Esa mujer era sumamente volátil y bien podría regresar, no sólo a tratar de matar a Marin, sino a herir a más gente con tal de llamar su atención y dejar el bosque desprotegido. Movía la cola de un lado a otro, ansioso, nervioso y también asustado.
Unas cuantas horas después escuchó a alguien pronunciar el nombre de Marin y su habitación. Se movió con sigilo increíble, casi parecía un ninja. Se coló en el cuarto y cerró la puerta con mucho cuidado. Se acercó a la cama en dónde estaba ella y se sentó a su lado. Parecía dormir así que no dijo nada, sólo la observaba, su rostro de porcelana seguía siendo hermoso a pesar de las heridas. Se atrevió a tomar su mano entre las suyas.
-¿Qué haces aquí…? –preguntó Marin con un hilo de voz –Si te ven…
-No te preocupes. Quería asegurarme de que estabas bien…
-Lo estoy, al menos dentro de lo que cabe –giró un poco el rostro para verlo pero hizo una mueca de dolor –Deberías ir al claro…
-Me quedaré un poco más –la miró a los ojos y le obsequió una pequeña sonrisa. Al notar que abría la boca, se apresuró –Sólo déjame hacer esto. Saga y Kanon están en el claro, si algo sucede sabrán cómo contactarme.
La pelirroja entonces guardó silencio y se quedó observando esos ocelos dorados que la miraban con preocupación y algo más. De no haber tenido los brazos adoloridos, habría acariciado su mejilla, aunque tal vez era mejor así.
-Marin, lo lamento –volvió a decir Defteros –Debí haberte protegido, debí haber estado cerca…
-No fue tu culpa –respondió –No puedes cuidarme siempre, pero agradezco que me hayas encontrado… Sin ti, tal vez seguiría allá afuera…
El silencio volvió a llenar la habitación. Las palabras de nuevo sobraban y él tampoco quería hacerla hablar pues necesitaba descansar; había sido un día muy duro para ella. Tal vez no estuviera consciente de la suerte que tuvo, de lo cerca que estuvo de morir. Se le hizo un nudo en la garganta de sólo pensar en esa posibilidad.
Cuando por fin se durmió, se acercó y pegó su frente a le de ella un segundo. Volvió a poner su mano con cuidado en el colchón, le echó un último vistazo y se marchó por la ventana, cerrándola tras él para evitar que entrara el aire frío. Saltó y extendió las alas, batiéndolas para emprender el vuelo y volver a casa.
Ice había jugado con fuego y se iba a quemar.
