XIV. Momentos.

Todos los días, sin falta, Defteros iba a visitarla al hospital apenas caía la noche. Las horas variaban, pero jamás faltaba a verla. La ayudaba a comer si es que había dejado algo o le ayudaba a beber agua, aunque más bien conversaban hasta que ella se quedaba dormida y entonces él se marchaba para dejarla descansar. Lamentablemente esa pequeña rutina duró poco pues la dieron de alta una semana después.

Sí, aún tenía el pie inmovilizado pero ya podía comer y hacer casi todo por sí misma y no necesitaba ayuda. Las heridas en su rostro estaban casi curadas y poco a poco recuperaba el ánimo, aunque por las noches tenía pesadillas. Podía ver esos ojos escarlatas brillantes, la sonrisa llena de maldad y sentía los golpes, así que dormía poco y pasaba gran parte de esas noches en vela leyendo o escribiendo.

-"Querido Defteros" –empezaba siempre pero terminaba borrándolo. Se sentía bastante tonta por querer escribirle algo a él, así que trataba de ignorar esa "necesidad" y se ponía a hacer otra cosa hasta que el sueño venía.

Y era en esa segunda parte de sus noches cuando soñaba con él. Lo escuchaba llamarla "cielo", sentía sus manos acariciando sus mejillas y la hacía sentir segura entre sus brazos, arropada por sus alas. Era cuando él aparecía que ella lograba dormir más y recuperaba un poco de esas horas de sueño perdidas. Sin falta despertaba abrazada a su almohada con fuerza, el rostro escondido como si fuera el pecho del moreno.

-¿Y cómo sigue Marin? –preguntó Kanon apenas vio a Defteros.

-La verdad no lo sé. No la he visto.

-¿Cómo qué no? –abrió los ojos con algo de exageración –Pero si no la dejabas a sol ni a sombra…

-Pero ahora ella está en casa y debe descansar.

-¡Con mayor razón deberías ir! –exclamó Kanon. Cuando hablaba movía mucho las manos, como si con eso le entendieran mejor -¡Está sola en casa!

-Y yo tengo deberes aquí –contestó Defteros que comenzaba a perder la paciencia –Además, es mejor así. No quisiera guiar a Ice a su casa… -su tono de inmediato se volvió apesadumbrado.

-¿Y quién te dice que no lo sabe ya? –Intervino Saga que estaba como siempre desnudo en el lago –Tal vez sería bueno que te inspeccionaras por si acaso.

-Quizás tengas razón… -Defteros se quedó pensativo largo rato. Debía evaluar las posibilidades, además de que no sabía en dónde vivía la pelirroja y no quería admitirlo.

A pesar de que estuvo tentado varias veces a seguirla para asegurarse de que llegara bien a casa y sin contratiempos, siempre decidía que debía confiar en ella y que era importante que tuviera su privacidad. Así que no tenía idea en dónde podría vivir y tampoco era perro para seguir su rastro. Sí, tenía el olfato bastante fino pero sólo a distancias relativamente cortas. Aunque tal vez podría usar su oído... Negó de inmediato al sorprenderse teniendo ese pensamiento.

-Anda, ve. Nosotros montaremos guardia –aseguró Kanon con una sonrisa.

-De acuerdo… Pero si algo sucede…

-Sí, te llamaremos –Saga terminó la frase con bastante fastidio –Vete.

Y no se lo tuvieron que repetir. El demonio se marchó casi corriendo, el corazón latiéndole a mil por hora y las mejillas enrojecidas por la emoción. Iba moviendo la cola de un lado a otro por el nerviosismo, ¿qué pensaría Marin si lo viera llegar a su casa sin invitación? No. No. No podía permitirse pensar en eso o terminaría volviendo a casa.

No supo cómo lo hizo pero al final dio con el departamento en donde vivía la pelirroja. Mientras caminaba entre las calles poco iluminadas, escuchó una canción de piano que llamó su atención. Movió sus orejas para intentar ubicar de dónde provenía ese sonido tan lindo, trepó a un edificio y se asomó por la ventana sólo para ver a la pelirroja leyendo en la cama. Respiró varias veces para intentar calmarse un poco. No había motivo alguno para sentirse así de nervioso. Tragó y tocó la ventana con los nudillos.

La pelirroja se asustó al escuchar que tocaban su ventana. Pensó en mil escenarios en los que moría a manos de aquella mujer de ojos rojos, se levantó temblando y vio a Defteros en su ventana. Se sintió aliviada y después quiso gritarle. Abrió con cuidado.

-¿Qué haces aquí? ¿Cómo me encontraste? ¿Ya habías venido antes? –Cuando Marin estaba nerviosa y emocionada comenzaba a preguntar sin cesar.

-Vine a verte… -respondió él mientras entraba al departamento –La melodía llamó mi atención.

-Ah, se llama Nuvole bianche. La pongo siempre que quiero leer, ayuda a concentrarme –sonrió apenas y dio unos pasos hacia atrás.

-Es muy bonita –Defteros cerró la ventana.

La casa era pequeña, de hecho, era solamente una gran habitación sin puertas ni divisiones, excepto por el baño y la cocina. Sin embargo, era bastante acogedora. Marin volvió a la cama y él la siguió con la mirada para después arrastrar la silla del escritorio y sentarse mirando a la cama.

-¿Cómo sigues? –preguntó el varón con algo de duda, la cola moviéndose de un lado a otro aunque él intentaba mantenerla bajo control -¿Todavía te duele?

-Estoy bien, gracias. Últimamente me duele el tobillo porque hacer frío –confesó –Pero espero que pronto pase.

-Si te duele ahora, podría poner mi mano encima. –Se ofreció el moreno –Mi temperatura corporal es más alta de lo normal y tal vez ayude.

-S-Sí. Podríamos intentarlo –respondió la pelirroja con una sonrisa nerviosa.

El moreno simplemente apoyó la mano sobre la férula. Ella no sintió nada al principio pero sus dedos tocaban también los dedos de sus pies y eso la ayudó a entrar en calor. Se sentía bien.

La melodía de piano seguía sonando de fondo. Marin solía poner esa canción en repetición para mantenerse concentrada aunque después de un par de veces dejaba ya de escucharla y sólo se quedaba sonando sin que le prestaran atención.

Él miraba su propia mano y también los dedos del pie de la mujer, eran muy bonitos, o al menos esa fue la impresión que le dio. Marin miraba también sus pies y empezaba a sentirse incómoda, pues sus pensamientos iban de nuevo a cómo le hablaba en sueños, a cómo la abrazaba y la cuidaba. Cerró los ojos un segundo y se mordió el labio. Deseaba hablar y pedirle de nuevo que la arropara con sus alas como había hecho antes pero se contuvo. No era correcto. Eran solamente amigos y a los amigos no se les pedían esas cosas, al menos ella no lo hacía ni lo haría.

Defteros miró entonces el rostro de la mujer. Era tan bonita a pesar de los pequeños cortes que aún existían en su piel pero que ya estaban terminando de sanar. Hizo el amago de retirar algunos mechones de cabello de su cara pero decidió no llevarlo a más. No quería ponerla en más riesgo del que ya estaba, además hacerlo podría traer confusiones y situaciones que podían mermar la bonita relación que comenzaba a formarse entre ambos. No obstante, sus ojos seguían admirando sus facciones tan delicadas.

La melodía, que seguía sonando sin parar, daba la impresión de envolverlos en una especie de burbuja muy íntima y especial, una en dónde eran solamente un varón y una mujer compartiendo el silencio que era cómodo, uno cargado de sentimientos puros. Para ellos era una amistad peculiar entre dos especies, eso era lo que sus cabezas decían, pero en realidad, algo más se gestaba a su alrededor. La calma que embargaba la habitación hizo que todo el nerviosismo inicial se disipara en un instante.

Defteros tenía la mano libre recargada en el colchón y la otra no la había movido de su posición ni un ápice. Marin movió también la mano y sus dedos se rozaron, creando de nuevo esa corriente eléctrica que habían sentido semanas antes. Pero se quedaron muy quietos a pesar de lo que estaba pasando. Esa necesidad de extender el contacto fue grande pero ninguno se atrevió. Así que sus manos siguieron rozándose, manteniendo una cercanía apenas notable.

¿Qué era eso que ambos estaban sintiendo? Pero tal vez la pregunta más importante era, ¿por qué? Marin tenía una visión muy particular acerca de la atracción hacia las personas. La había experimentado con Aioria en su momento, sin embargo, lo que ahora sentía era algo que jamás había sentido. Si Defteros se lo hubiera preguntado, ella no habría sido capaz de explicarlo correctamente pues parecía que las palabras no alcanzaban. Y quizá, si ella le hubiese preguntado a él, se habría encontrado con la misma respuesta.

Entonces Marin abrió los ojos sólo para encontrarse con esa preciosa mirada dorada. La veía con tanto cariño, también con algo de tristeza y le dio la impresión de que se estaba culpando por lo que había sucedido. Se le encogió el corazón, quiso acercar la mano que tenía rozando la suya, posarla en su mejilla y decirle que no tuvo culpa alguna y dejara de torturarse, pero no lo hizo. En cambio, sus ojos se quedaron fijos en los del otro.

Le resultaba imposible dejar de mirarla, esos ojos increíblemente azules, de nuevo brillantes parecían ver a través de él, parecía que miraban directo a su alma. Su cola estaba quieta, las alas bien enganchadas, manteniendo esa capa tan peculiar sobre sus hombros. Sus respiraciones estaban acompasadas y tal vez incluso sus latidos. Como si fuesen imanes, sintió que su cuerpo se acercaba al de ella, lento muy lento pero seguro.

No sabía lo que sucedía y por un momento parecía que ambos habían dejado de pensar y sólo estaban sintiendo y se dejaban llevar por eso; estaban viviendo el momento. Se sentían cada vez más cerca del otro, las respiraciones casi chocaban en la piel ajena. Pero el momento terminó cuando la canción se detuvo al fin. Marin estaba preparada para lo que fuese a ocurrir pero fue él quien se detuvo, carraspeó y volvió a poner distancia entre ambos.

-Tal vez deba irme… -dijo en voz baja, como no queriendo profanar el silencio –Es tarde y debes descansar…

-No… -respondió Marin sin pensarlo –No te marches… Todavía no…

-Pero…

-Espera hasta que me quede dormida –pidió y luego se mordió el labio inferior. Los ojos dorados del demonio se fijaron en el gesto y ella de inmediato paró -¿puedes…?

-Lo haré –concedió el moreno.

Ella volvió a cerrar los ojos, la mano de Defteros aun rozando su pie. No tardó mucho en quedarse dormida pero él decidió quedarse un poquito más, sólo para asegurarse de que su sueño era profundo. Antes de marcharse, se acercó, volvió a apoyar su frente ligeramente en la de ella.

-Te veré luego, cielo… -murmuró y se fue por donde había llegado.