XV. Realization

Ahora la pequeña rutina que había empezado en el hospital, se había trasladado al departamento de Marin. Igual que hacían el claro, la pelirroja lo esperaba con bocadillos y bebidas. Pasaban el tiempo conversando de todo un poco. Parecía que ahora todo era interesante y que era suficiente para hablar toda la noche, o por lo menos hasta que ella se durmiera.

Le parecía muy adorable y curioso cómo la voz de Marin se iba apagando, cómo arrastraba las palabras y al final dejaba de responder. Después de eso, él esperaba un poco antes de marcharse, especialmente porque, después de las primeras dos noches en el hospital, cuando ella sentía que él la dejaba, mascullaba un "no me dejes" o un "quédate a mi lado un poco más". Primero lo ignoraba pero después se dio cuenta de que ella tenía miedo. No se lo había dicho abiertamente y al día siguiente no recordaba sus peticiones, pero él sabía que estaba asustada.

Después de una de esas noches, apoyó la frente en la de ella y se marchó como siempre hacía. Volvió al claro volando y se llevó una gran y grata sorpresa al encontrarse con su hermano.

-Aspros… -saludó con algo de cautela pues las cosas habían terminado bastante mal para ambos.

-Hermanito –respondió el de cabellos negros con un pequeño movimiento de cabeza.

-¿Cómo estás…?

-Estoy bien. Regresé. Dejemos atrás todo lo que sucedió –Aspros estaba siendo directo como siempre, práctico.

Si ambos hubieran sido medianamente cariñosos como lo eran en su niñez, se habrían saludado con un fuerte abrazo. Pero no sucedió. Hacía bastantes años que ya no eran tan cálidos con el otro.

-¡Defteros y Marin sitting in a tree K-I-S-S-I-N-G…! –Canturreó Kanon apenas escuchó que el líder había llegado, tal vez esa noche sí quisiera contarle más detalles sobre sus visitas -¿Cómo te fue con…? –pero paró en seco al ver a Aspros ahí.

El hombre de ojos argentas observó a Kanon de forma inquisitiva, cómo esperando a que terminara su frase. Movió las orejas con curiosidad.

-Me fue bien –respondió Defteros con un suspiro.

-¿Fuiste a ver a la humana…? –preguntó el mayor de los Stormrage con algo de recelo.

-Sí. He ido a visitar a Marin desde hace varios días –confesó el alfa con tranquilidad. Si su hermano tenía algo que decir, que lo hiciera, no cambiaría en nada lo que hacía.

-¿Y cómo está? –preguntó para sorpresa de los dos demonios presentes.

-Ella… Ella está mejorando poco a poco.

-Bien… Tiene que mejorarse pronto e irse de aquí –la voz de Aspros sonaba muy seria.

-¿Qué? –El de cabellos turquesa miró a Aspros -¿Por qué tiene que irse?

-Porque es peligroso que se quede. Lo ha sido desde que nos encontró. Supe que estuvo a punto de morir… Estaba cerca cuando pasó pero Defteros llegó antes que yo.

La confesión que acababa de hacer Aspros los tomó de nuevo por sorpresa, ¿por qué no se había acercado a socorrerla? Defteros apretó los puños. No quería creer que su hermano sería capaz de dejar morir a una persona solamente porque creía que ponía en riesgo al clan, pero esa parecía ser la única verdad. Gruñó.

-Sé que no me crees pero es verdad.

-Pudiste acercarte. Pudiste ayudarla… -Defteros enseñó los aserrados dientes y extendió las alas.

-No. No podía… Pero sabrás la razón cuando llegue el momento –dijo antes de dar media vuelta y marcharse.

El alfa se quedó quieto y bufó con frustración. Pero al menos algo bueno había salido de toda esa situación: su hermano estaba de nuevo en casa.

La noche siguiente, Defteros y Marin volvieron a encontrarse. Él era muy precavido y hacía todo lo posible para no seguir siempre el mismo camino y así, por lo menos, trataba de evitar que Ice encontrara el lugar donde vivía la pelirroja. Habían creado una especie de clave para saber que era él. Tocó tres veces, se detuvo y tocó otras tres. La pelirroja lo recibió con una rica taza de té verde y unas galletas de mantequilla que a ella le fascinaban.

Marin se sentó en la cama y él en la silla del escritorio frente a ella. Su cola se movía cada vez menos pues empezaba a sentirse cada vez más en confianza. La taza de té parecía de juguete entre sus garras.

-Mañana van a quitarme ya la férula –dijo rompiendo el silencio.

-Esas son muy buenas noticias –comentó, su voz sonaba bastante animada –podrás volver a tu trabajo y dar largos paseos.

-Ya… -bajó la mirada. Sí debía estar muy contenta pero no era así.

-Oye, ¿qué sucede? –buscó los ojos azules de la pelirroja intentando encontrar en ellos la verdad.

-Yo… Bueno, parecerá una tontería pero… -se detuvo un momento, estaba repasando en su mente lo que iba a decir –Tú… Cuando yo esté bien nosotros… -no lograba terminar ninguna oración así que sólo se quedó callada.

-Marin… -el moreno dejó la taza en el escritorio y se acercó un poco –Yo seguiré viniendo –dijo con voz increíblemente suave –Tal vez no siempre, pero vendré cada vez que me sea posible.

-¿Me lo prometes? –preguntó con la ilusión haciendo brillar sus ojos de forma casi infantil.

-Te lo prometo. Veré si puedo llevarte conmigo al claro también.

Marin sonrió y lo abrazó. Se quedó petrificado al sentir los brazos de la mujer rodear su cuello, su cuerpo pegado al suyo y una de sus mejillas pegada a la propia. Fue un contacto totalmente espontáneo que lo tomó desprevenido. Cuando al fin se animó a rodear su cintura con los brazos, ella se apartó. Estaba sonrojada, como si apenas cayera en la cuenta de lo que había hecho, sin embargo, la distancia entre ellos era muy corta; si quieran volver a abrazarse, sólo tenían que estirar los brazos.

-Lo lamento… -dijo en un murmullo –No…

Pero Defteros negó suavemente con la cabeza. Ahí estaba de nuevo esa corriente eléctrica, esa atracción sin nombre. Él se atrevió a levantar una mano y acariciar una de sus mejillas con el pulgar. Marin aceptó la cálida caricia cerrando los ojos, y se sorprendieron al notar que, a pesar de haber roto el contacto visual, esa conexión seguía ahí entre ellos y era casi palpable.

La escena era curiosa, pues era inimaginable que un demonio como Defteros, uno de aspecto imponente, aterrador, que podría partirla a la mitad sin problema alguno, estuviera regalándole las caricias más delicadas y las miradas más tiernas. Que sus garras fueran capaces de un toque tan suave y que no dejara marcas en su piel. Marin lo disfrutaba. Ella no tenía miedo, confiaba ciegamente en él y se lo demostraba en ese momento, se lo había demostrado desde el primer día. No se atrevería a etiquetar ese momento de ninguna forma, pero sabía que algo sucedía entre ellos y empezaba a ser más que una simple amistad.

Ambos eran conscientes de que provenían de mundos diferentes, Defteros era mucho mayor de lo que aparentaba y Marin, si bien no era una adolescente, apenas había cumplido los veintitantos. Pero hacía tiempo que los dos comenzaban a verse con otros ojos, quisieran aceptarlo abiertamente o no.

Ella posó su mano sobre la de él y volvió a abrir los ojos, ¿qué pasaría si se atrevieran a dar ese paso? Definitivamente cambiarían muchas cosas para ambos, ella de inmediato se convertiría en un blanco y eso era algo que no se podían permitir. Defteros fue quien dio el paso y puso distancia una vez más. Era lo mejor, y aunque fuese una mentira, se convencería de que era así. Marin fue incapaz de ocultar su decepción pero no dijo nada. Volvió a sentarse y comió varias galletas.

El silencio entonces empezó a tornarse incómodo, cada uno mirando a puntos diferentes, evitando las miradas. Porque habían tenido otro momento, uno más claro, más atrevido, pero no lograban dar ese último salto por miedo a dañar al otro, ¿qué tan doloroso era eso? El moreno exhaló un suspiro apesadumbrado y se aventuró a romper el silencio.

-Creo que debo irme… Tienes que descansar.

-Pero aún no es tan tarde –replicó Marin viendo el reloj.

-No lo es pero he estado robándote muchas horas de sueño y debes reponerlas –por supuesto él no deseaba marcharse, pero si se quedaba más tiempo no estaba seguro de poder contenerse más.

-Entiendo… -Marin dejó el plato de galletas en el escritorio y se acostó –Cierra bien al salir –pidió para luego cerrar los ojos.

-Cielo… -la palabra escapó de sus labios –Sólo quiero lo mejor para ti, que estés bien y sana.

-Lo sé y te lo agradezco –respondió. Gracias al cielo el cabello le cubría las orejas que estaban en ese momento pintadas de rojo por la felicidad de escucharlo de nuevo llamarla así –Pero me agrada pasar tiempo contigo, conversar…

-Bien, me quedaré hasta que te duermas.

Y así pasó una vez más. La plática, aunque no tan interesante como las de días anteriores, fue lo suficientemente entretenida para mantenerlos hablando hasta que ella comenzó a cerrar los ojos, balbucear y eventualmente dormir. Él esperó en silencio, las mismas palabras de antes escapando de sus labios de forma involuntaria.

Apenas dejó de escucharlos, se puso de pie y se acercó a ella para despedirse, pero hizo algo distinto: prolongó el toque de sus frentes. Sus narices chocaron ligeramente, los ojos se mantuvieron cerrados mientras pasaba de nuevo el pulgar por una de sus mejillas. Y sus labios se rozaron un segundo pero a él le pareció una eternidad. Su piel se erizó y el corazón comenzó a latir desbocado. Fue sólo eso, un roce y él se sintió vivo, feliz, como si hubiera despertado luego de un eterno letargo.

Le costó una barbaridad despegar su frente de la ajena pero al final lo consiguió. Apagó las luces y se marchó por la ventana, como siempre hacía. No podía borrar la sonrisa de su rostro.

Ya no había vuelta atrás para él. Debía verla de nuevo y debía protegerla a como diera lugar. Acababa de encontrar a quien deseaba como compañera para toda la vida.