XVII. Razones
Aspros, Kanon y el propio Saga veían en la actitud de Defteros la misma que tiempo atrás tuvo el de cabellos añil. Sabían que el alfa sería un poco más precavido pero no dejaban de recordar que ya una vez alguien que parecía ser inocente los había engañado.
Él no había hablado con Marin acerca de ese suceso, de hecho, no había siquiera mencionado la identidad de la mujer que la había atacado. Ya empezaba a conocerla y sabía que si mencionaba ese tema, lo llenaría de preguntas de todo tipo hasta saciar su curiosidad totalmente. Si tuviera que escoger algo que no le gustaba de ella, tal vez sería eso, aunque en realidad, era algo que también le agradaba pues no se quedaba con dudas de absolutamente nada.
Marin había vuelto a sus deberes de siempre, sin embargo, todas las noches sin falta, Defteros iba a visitarla. Ella parecía no recordar aquella noche en la que sus labios apenas se rozaron y de alguna forma estaba bien, era lo mejor. Pero para que no se volviera incómodo, él actuaba de la misma manera de siempre.
-Hola, Defteros –saludó después de que tocara su ventana como habían acordado.
-Hola, Marin –respondió -¿Qué tal te fue hoy?
-Pesado –dijo exhalando un suspiro apesadumbrado mientras volvía a la cama, cojeando.
El hombre lo notó y frunció un poco el ceño. Se acercó a ella, sentándose en la silla del escritorio. No dijo nada, solamente puso una mano en el tobillo de la pelirroja que se quejó.
-No deberías sobre esforzarte tanto…
-Debo estar de pie mucho tiempo –comentó y exhaló un suspiro larguísimo.
Se mantuvieron de nuevo en silencio. Como si fuera su casa, Defteros se levantó y buscó algo de beber para después volver a sentarse frente a la pelirroja. Pensaba en lo mucho que le gustaría decirle lo que había pasado. Porque él la veía ya con otros ojos y era estúpido pues casi no la conocía, sin embargo, eso quedaba convertido a nada cuando su corazón la llamaba a cada instante, a cada momento del día. Porque cada vez que él dormía esas siestas, ella era la protagonista de todos sus sueños.
Era riesgoso pero era algo que para él valía la pena. Su clan seguía siendo prioridad pero ella también lo era. A pesar de que ya anteriormente habían sufrido una traición, él confiaba en ella, en sus palabras, en sus acciones y estaba increíblemente seguro de que ella jamás haría algo como lo que Ice les había hecho.
-¿Defteros? –La voz de Marin lo sacó de golpe de sus pensamientos y giró a verla.
-¿Qué sucede?
-Preguntaba si querías comer algo.
-Ah, no. Estoy bien. Sólo tenía sed –respondió mientras negaba suavemente con la cabeza.
-Estás muy callado, ¿qué sucede?
El corazón comenzó a latirle deprisa por la pregunta. Era su oportunidad de decirle lo que de verdad ansiaba, abrió la boca, se armó de valor.
-Marin… ¿Tienes pareja?
-No… -respondió esbozando una pequeña sonrisa muy triste –No. No tengo a nadie.
-Creí que tú y Aioria… -Defteros frunció el ceño. Claro que recordaba aquella plática que tuvieron en la que ella lo mencionó.
-Nada de eso. Hace años que no estamos juntos. Íbamos a casarnos pero... –guardó silencio y se encogió de hombros.
-¿Te hizo daño?
Marin dudó y lo miró, ¿sería buena idea hablar abiertamente de eso con un desconocido? Tuvo que pensarlo un largo rato pues revivir ese momento no era fácil, no obstante, pensó que tal vez él podría comprenderla.
-¿Ustedes se casan? –preguntó la pelirroja en un intento de tantear algo el terreno.
-Algo así –dijo –no tenemos una ceremonia como las que suelen hacer ustedes, es algo más íntimo en el que solamente participan las dos personas involucradas.
Entonces Marin comenzó el relato. Ella y Aioria habían estado saliendo desde que eran muy jóvenes, tendrían alrededor de quince años. Él era su más grande amor, y era probable que tuviera esa idea porque solamente había estado con él. Compartieron y vivieron muchas situaciones tanto agradables como malas, pero parecían ser una pareja bastante sólida para ser apenas unos adolescentes.
Cuando ambos alcanzaron la mayoría de edad, Aioria decidió proponerle matrimonio. Los padres y hermanos de ambos estaban ahí cuando sucedió y para Marin había sido el momento más feliz de su vida. Todo era miel sobre hojuelas para ambos, ella estaba ilusionada buscando su vestido de novia, las flores, el lugar.
Una tarde (y Marin se sonrojó al mencionar un dato tan íntimo), estaban en casa de Aioria. Nunca habían hecho nada más que besarse, abrazarse y dormir en la misma cama vestidos. No llegaban a nada más porque ella tenía bien claro que deseaba entregarse en cuerpo y alma a la persona con la que iba a compartir toda su vida. Era algo que ella le había dejado muy claro a su novio desde que se quedó en su casa por primera vez y él, aunque le costaba trabajo, lo respetaba. Ese día, mientras veían una película, él había comenzado a acariciar sus piernas, a besar su cuello y otras cosas que solía hacer para reclamar la atención de su novia. Ella cedió y comenzaron a besarse, pero él parecía querer más pues comenzó a acariciar lugares que antes no había siquiera tocado, situación que comenzó a incomodarla. Le pidió que se detuviera y él, a regañadientes, lo hizo. Después de ese día las cosas cambiaron un poco aunque ella no prestó demasiada atención, ¿qué más le daba esperar unas semanas más? La boda ya estaba a la vuelta de la esquina.
El día de la despedida de soltera de ambos, los amigos de Aioria se lo llevaron de fiesta mientras que ella se quedó con un par de amigas pasando el tiempo. Marin nunca fue de fiestas ni de alcohol, así que la reunión era bastante tranquila y solamente se dedicaron a conversar. En algún punto de la noche, la pelirroja recibió una llamada desde el teléfono de Aioria pero no lograba escuchar nada excepto gritos, risas y música ruidosa, cortó pero volvieron a llamarla un par de veces más. Ella se limitó a negar y dejó el teléfono lejos.
Al despertar, se encontró con varios mensajes anónimos que mostraban fotos de su prometido besándose y haciendo otras cosas con varias mujeres. Al principio lo negó, no podía ser, pero después simplemente supo que era verdad, que su novio la había engañado. Aquello le rompió el corazón, sin embargo, no dijo nada. Necesitaba saber que al menos estuvo a punto de casarse con una persona que sabía reconocer sus errores.
Esperó a que él se apareciera, que confesara lo que había hecho y, aunque era obvio que no iba a perdonar una infidelidad, por lo menos deseaba que él tuviera la hombría de responsabilizarse. No tuvo señales de Aioria en todo el día.
Al día siguiente se vistió con su ropa normal y fue al lugar en donde se celebraría la ceremonia. Marin era una persona cariñosa, que amaba muchísimo y apasionadamente, y que valoraba la sinceridad y la lealtad. Así que lo que estaba por hacer era una muestra de lo lastimada que estaba. Ella fue por su propio pie, no esperó a su familia como habían acordado días atrás.
Cuando llegó al lugar, Aioria la esperaba ya. Una sonrisa ilusionada se formó en sus labios, pero la cara inexpresiva de la pelirroja, acompañada de la ropa que vestía no era lo que esperaba ver de la mujer con la que iba a casarse. Caminó al altar a paso firme, se plantó frente a él y le devolvió el anillo de compromiso. No quería mediar palabra con él, sin embargo, la detuvo y la llevó a un lugar apartado para hablar con ella. Fue ahí cuando ella solamente le dijo que no podía casarse con un mentiroso. Obviamente él replicó, se defendió incluso cuando ella le mostró la prueba irrefutable de la infidelidad. Aquello era una puñalada tras otra para Marin que no podía creer cuánto mentía, cuánto culpaba a otros por su error. Para ella el daño estaba hecho y sabía que, sin importar lo que hiciera, no podría volver a estar con él. Marin se marchó de ese lugar sin mirar atrás.
Como era de esperarse, Aioria la buscó después con cualquier cantidad de regalos, pidió ayuda a la familia de Marin que hizo todo lo que pudo, sin embargo, eso sólo causó que ella terminara alejándose. En última instancia Aioria la abrazó y echó a llorar mientras se disculpaba pero Marin tenía bien clara su decisión. Y se marchó.
Defteros escuchó el relato con atención. Movía las orejas, meneaba la cola, apretaba los puños y también la mandíbula ante la confesión. Sabía que enfadarse en ese momento por algo que había ocurrido años atrás no servía de absolutamente nada, pero el que una persona hubiera sido capaz de una bajeza de ese calibre le resultaba repugnante, irritante y lamentable.
-Nosotros solamente nos enamoramos una vez –confesó el moreno.
-Qué triste… -Marin lo miró como si acabara de escuchar una tragedia.
-No es tan malo –agregó Defteros –algunos tienen la fortuna de volver a enamorarse, pero no siempre sucede y está bien –se atrevió entonces a mirarla a los ojos y tomar su mano –Para nosotros la lealtad y la fidelidad son la base de cualquier relación. Por eso es que una traición se paga caro.
Marin quiso preguntar a qué se refería con eso, pero no pudo. No le salieron las palabras. Su cerebro parecía hacer dejado de funcionar apenas sintió el cálido toque de la mano del demonio en la suya.
Ninguno se había percatado que, durante el relato, de nuevo habían comenzado a acercarse al otro como imanes. Los separaban apenas unos centímetros.
-Yo jamás te traicionaría –murmuró Defteros.
El moreno acarició la mejilla de Marin con su mano libre y se acercó. Si no lo hacía en ese momento, sabía que no lo haría después.
El tiempo se detuvo.
Sus labios se encontraron. Primero fue un roce, uno que envió una corriente eléctrica muy fuerte entre ambos. Casi sintió que sus corazones volvían a latir al unísono. Los labios de Marin eran muy suaves y cálidos. Había esperado tanto por ese momento.
El roce entonces se volvió un contacto más seguro aunque torpe. El corazón de ambos parecía que se saldrían de los respectivos pechos, pero lo que estaban sintiendo era indescriptible. Los colores de pronto se avivaron y el mundo volvía a girar.
