XVIII. Nosotros
Había esperado tanto por ese beso, lo había ansiado tanto. Los labios de Marin eran cálidos y se sorprendió la notar que eran bastante más suaves de lo que había imaginado. Era un contacto lleno de inocencia y reconocimiento pero no por eso era menos increíble que si hubiera sido pasional; después de todo, era el primero que compartían.
Ninguno deseaba terminar con ese primer momento, lo que experimentaban era mágico e iba más allá de cualquier diferencia física entre ambos; era como si hubieran abierto las puertas de un nuevo mundo. Defteros posó la otra mano en la mejilla libre de Marin para poder mantenerla cerca mientras ella descansaba ambas manos en los costados del moreno.
Su piel era imposiblemente cálida pero lo sintió estremecerse bajo sus palmas y un gruñido grave pero muy suave retumbó contra sus labios. Sin embargo, un momento después fue el demonio quien rompió el contacto aunque no del todo. Sus labios rozaban los de ella al igual que su nariz, ambas manos seguían acunando el rostro de la mujer de la manera más delicada que le era posible. Ninguno deseaba abrir los ojos; estaban aún tan cerca que sus respiraciones chocaban y se mezclaban.
De nuevo el silencio reinaba en la habitación, al menos para Marin pues Defteros escuchaba claramente el latido veloz de aquel corazón que deseaba cuidar por siempre. Una leve sonrisa nerviosa se dibujó en los labios del demonio. No se atrevían a moverse. La energía que inundaba la habitación era muy tranquila e invitaba a quedarse ahí, disfrutando de ese instante que quién sabe cuándo podría volver a repetirse.
Defteros pegó su frente con la de Marin. Era capaz de inhalar el delicioso aroma que desprendía esa melena roja que tantas veces deseó acariciar. El silencio seguía existiendo mas no era incómodo, parecía que decían más en ese instante, con solamente un roce, que en todas esas pláticas que habían compartido desde el primer día hasta ese instante.
Marin no sabía qué hacer, lo único que tenía en la cabeza era que ese demonio, esa criatura mística, ese hombre que tanto le gustaba la había besado, parecía quererla y ella parecía ir entendiendo poco a poco que eso era un sentimiento que no había experimentado antes. Ella jamás se había sentido de esa forma con Aioria, nunca se había sentido así con absolutamente nadie. Se mordió el interior del labio para tratar de calmarse un poco mientras se perdía en ese par de preciosos ojos color ámbar. Su cerebro no pensaba, no dimensionaba y no le interesaba, era su corazón el que ahora parecía controlar su cuerpo.
Defteros se atrevió a besarla de nuevo. Debía comprobar que la electricidad que sintió no había sido producto de una simple emoción al cumplir uno de sus sueños más íntimos.
El segundo beso fue todavía más eléctrico causando una revolución en el interior de ambos. Los labios se movieron con un poco más libertad pues al fin habían encontrado a su igual. El tiempo se había detenido nuevamente pues parecía querer ser testigo de esa escena tan particular y especial, tal vez incluso única en el mundo. El ósculo duró un poco más que el anterior aunque siguió siendo inocente.
―Hola ―saludó Defteros con una sonrisa que rozaba los labios sonrosados de la pelirroja.
―Hola ―respondió Marin de la misma forma, sus mejillas enrojecidas pero los ojos tan brillantes como dos luceros.
Rieron nerviosos, cómplices de un acto tan puro como extraordinario. Defteros jamás se imaginó que estaría en esa situación. Él no era feo, de hecho, después de tomar el mando de alfa y comenzar a madurar, muchas mujeres demonio se le acercaron e intentaron ser sus compañeras con el pretexto de hacer que el clan creciera. Realmente él era tan atractivo y tan exótico que todas querían estar con él. Sin embargo, a pesar de que muchas de esas hembras eran bastante atractivas, ninguna logró despertar en él aquello que lo haría escoger a alguna de ellas como su compañera de vida. Él se dedicaba a rechazarlas a todas de forma bastante amable para no herir susceptibilidades. Prefería centrarse en sus deberes, en crear tácticas de supervivencia, en buscar posibles aliados y posibles supervivientes de otros clanes. No obstante, ahora se encontraba ahí, con el corazón latiéndole a mil por hora, sintiéndose emocionado y feliz por estar frente a una mujer que no pensaba que podría corresponderle.
Si tan sólo Marin pudiera decirle también lo que sentía, lo que pensaba; si tan sólo pudiera compartirle que ese momento era casi como un sueño hecho realidad. Sus orbes azules como zafiros encontraron esos cálidos orbes ámbar. Se perdió en ellos. Veía su vida entera reflejándose en esa mirada tan pura. Sus dedos acariciaron con ternura la piel tostada del varón y pudo notar cómo se estremecía, cómo iba reaccionando de formas sutiles ante esos roces tan delicados.
Defteros extendió las majestuosas y maltrechas alas, eran tan largas que tocaban sin problemas de una pared a otra. Marin deseó tocarlas pero se contuvo. La piel cálida del demonio era imposible de abandonar. Sus dedos encontraron cicatrices pero no preguntó, sólo se dedicó a trazar aquellas diversas líneas.
Entonces las alas de murciélago se cerraron sobre ella envolviéndola en el abrazo más protector. Así era como él le brindaba aún más privacidad, era como un capullo que la cuidaría de todo lo malo.
―Eres lo más bonito que he visto en mi vida ―la voz de Defteros fue tan dulce que casi la conmovió hasta las lágrimas.
Él no esperaba una respuesta, sin embargo, cuando Marin le sonrió y prosiguió a acariciar su mejilla con la nariz, se dio por bien servido. Sonrió enseñando los aserrados dientes y sintió el corazón saltarse un latido.
La pelirroja rodeó el torso del demonio con ambos brazos y tiró un poco, gesto que él entendió bastante rápido. Ambos terminaron tumbados en la cama. Defteros no dejó de cubrirla con las alas y ella se pegó a él cuánto le fue posible sin apartar los brazos.
El moreno se atrevió a presionar los labios contra la cabeza de Marin y escondió ahí el rostro un momento, deleitándose de los aromas y de las sensaciones. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, su clan no era su prioridad; por primera vez Defteros Stormrage pensaba en él y solamente en él y en su felicidad. Enredó uno de sus dedos en un mechón de aquel cabello de fuego y luego lo desenredó. Siguió ese proceso varias veces. Su mano libre acarició con mucho cuidado la espalda de Marin cubierta por su blusa.
―¿Te quedarás? ―preguntó Marin con una timidez impropia en ella. En otro momento solamente lo habría dicho, pero ésta ocasión era diferente, muy especial.
―Me quedaré ―aseguró el alfa mientras la estrechaba un poco más entre sus brazos.
La pelirroja no tenía planes de que aquella noche inocente derivara en otra cosa. A pesar de quererlo, no estaba lista para nada más. Sin embargo, que él la abrazara mientras dormía tal vez la ayudaría a no tener pesadillas, a sentirse segura. Alzó un poco el rostro para encontrarse con que él la observaba de una forma muy diferente a la de siempre, con devoción, como si tuviera entre sus brazos un verdadero tesoro. Ella acortó un poco la distancia y frotó su nariz con la de él en un gesto casi infantil que le arrancó una sonrisa llena de felicidad.
Las horas transcurrían pero eso no era importante, no ese día. No existía absolutamente nada más en el mundo que no fuera el otro y estaba bien, por primera vez en sus vidas sentían que algo iba bien; algo tremendamente reconfortante para dos personas que casi lo habían perdido todo y se culpaban constantemente por ello.
Defteros pasó los dedos por la mejilla de Marin. Era preciosa. Lo supo desde que la vio aquel día en el claro y lo confirmaba en ese instante. Y Marin pensaba lo mismo. Era tan guapo. Tanto o más que cuando sus caminos se encontraron en aquel claro.
Compartieron otro beso; cada vez les resultaba más fácil encontrar los labios ajenos. Y con cada uno parecían ir reconociendo que tal vez se conocían de otra vida, que tal vez siempre estuvieron destinados a encontrarse. No obstante, era un pensamiento que guardarían celosamente, por lo menos hasta que se sintieran listos para confesar al otro lo que parecía ser la realidad.
―Deberías dormir ―sugirió Defteros, los labios aun rozando los ajenos.
Fue una petición que creyó normal, al menos hasta que la sintió tensarse.
―Te prometo que no me iré ―aseguró de inmediato.
―No es necesario ―dijo tratando de disimular pero sus ojos la delataban ―Podemos quedarnos despiertos toda la noche. No quiero dormir.
―Cielo…
―Estaré bien… ―insistió la pelirroja que comenzaba a sentirse aterrada ante el inminente momento en el que tendría que cerrar los ojos.
―Me quedaré contigo… Nada malo va a pasarte ―ella no necesitaba decirle que estaba asustada, él conocía sus pesadillas, la había visto removerse inquieta, murmurar su nombre, el nombre de quien le había hecho daño.
―Pero…
―Yo te cuidaré ―aseguró con una cálida sonrisa que intentaba calmarla de alguna forma.
―¿Me lo prometes?
―Te lo prometo ―finalizó y besó su nariz con cariño.
Defteros se dedicó a acariciar su cabello, a acariciar su espalda, incluso se atrevió a hacer uso de su cola para acariciar sus costados hasta que al final ella se durmió. Se veía tan tranquila, tan serena en ese instante. Besó nuevamente su cabeza.
―Duerme bien, cielo…
Comenzó a dormitar también, más que por cansancio, por la paz que los envolvía en ese instante. Qué extraño era pero qué placentero también. ¿Cuántas veces había deseado ser capaz de compartir un momento así con ella? ¿Cuántas veces había tenido que reprimirse por temor a un rechazo? ¿Cuántas veces había tenido que convencerse de que ella jamás lo aceptaría y no era más que un imposible?
La abrazó cerca mientras se juraba protegerla siempre sin importar lo que pudiera suceder después. Había encontrado a su compañera y eso era lo único que valía.
