XIX. Confesiones
Despertó sola en la cama. La suave luz matutina se coló avergonzada entre las cortinas blancas. Abrió los ojos, le costó trabajo ubicar en dónde se encontraba. Desde su altercado con la mujer de cabellos negros, siempre le pasaba; se le dificultaba distinguir entre su habitación y el cuarto de hospital en dónde había tenido que recuperarse luego de aquella paliza que casi le cuesta la vida. Tenía imágenes vagas de ella besando a Defteros, de él abrazándola mientras dormía y arropándola con sus alas. Se sentó. Cerró los ojos y apoyó el rostro en su palma, el cabello rojo revuelto le cubrió un poco más la cara.
―¿Dormiste bien? ―la inconfundible voz del demonio la trajo de vuelta a la realidad. Alzó la vista para encontrarlo mirándola con un dejo de preocupación en los ojos y una taza de algo humeante en la otra ―¿Marin…? ―se acercó a ella con cautela.
―No fue un sueño… ―murmuró la pelirroja con sorpresa.
―No lo fue, cielo ―la expresión en el rostro de Marin le arrancó una dulce sonrisa que contrastaba demasiado con sus facciones duras y a veces aterradoras.
La pelirroja sonrió al mirar al demonio y se sorprendió gratamente al ver cómo éste se acercaba y la besaba nuevamente en los labios como si fuera algo que habían hecho absolutamente todos los días de su vida. Ella sintió que el corazón se le saldría del pecho y una enorme oleada de la felicidad más pura que hubiera experimentado jamás, la envolvió. Estaba segura que Defteros lo había sentido también de alguna forma pues sintió sus labios curvándose en una sonrisa mientras compartían ese dulce beso.
―Buenos días ―saludó con los labios muy cerca de los de ella.
―Buenos días ―respondió al saludo en un murmullo.
―Te preparé un té. Creo que te vendrá bien ―dijo él mientras le acercaba la humeante taza y se sentaba en el borde de la cama, la cola descansando tranquilamente sobre las piernas de Marin cubiertas por la sábana.
Ella aceptó el té y bebió pequeños sorbos. No quería preguntarle a qué hora se marcharía o si volvería esa noche pues no deseaba recibir una respuesta negativa ni nada que pudiera acabar con ese momento tan lindo que compartían.
Defteros la observó. Era relativamente bueno ocultando lo que sentía y en ese momento, estaba ocultando lo que habían vivido por la noche. Nada malo había sucedido, excepto tal vez, que experimentó de primera mano una de las pesadillas que aparentemente la acosaban noche tras noche.
Mientras compartían el silencio de esa mañana, mientras ella disfrutaba la infusión, Defteros no pudo evitar recordar cómo se movía entre sus brazos, sus quejidos, los murmullos llenos de súplica y temor que escapaban de sus labios. A pesar de que la gran mayoría eran balbuceos que pretendían ser parte de algún tipo de conversación o incluso parecían revivir aquel brutal ataque cuando, algunas palabras salieron claras, muchos "no, te lo ruego", "no quiero morir", "Defteros, ayúdame…", "Defteros, protégeme", "por favor no…" acompañados de pucheros, de sus dedos cerrándose una y otra vez volviendo sus maños puños, de esos mismos dedos arañando los costados del moreno con fuerza… De lágrimas amargas resbalando por sus mejillas.
Eso era algo que Defteros no era capaz de tolerar. No se conocían tanto en esa vida, eso le quedaba más que claro, pero ver a esa hermosa mujer sufrir, aunque fuera en sueños, era algo con lo que él era incapaz de lidiar. Mientras ella estaba inquieta, dando vueltas, rasguñándolo, golpeándolo incluso, él aguantaba y la miraba. Dejaba que ella desquitara sus temores con él pero no la soltaba, no dejaba de cuidarla. Murmuró varias veces que la protegería, que ya no estaba sola, que solamente eran pesadillas, le hacía promesas de velar por ella. Se había incluso atrevido a acariciar con mucho cariño el ceño fruncido que se dibujó en el rostro de porcelana de la mujer, lo masajeó en círculos, despacio y con infinita ternura. No sabía qué hacer para tranquilizarla pero haría todo lo que se le ocurriera. Hasta que eventualmente la sintió relajarse entre sus brazos, su expresión volvía a serenarse y su respiración era tranquila y acompasada. Secó las lágrimas que mojaban sus sonrosadas mejillas y besó su coronilla, escondiendo un poco el rostro en aquellos salvajes cabellos de fuego.
¿Defteros?
La voz amortiguada de la pelirroja llegó a sus puntiagudas orejas, las cuales se sacudieron por inercia. Sin embargo, él seguía ensimismado.
¿Defteros…?
Repitió Marin con voz suave y ligeramente preocupada. Estiró la mano izquierda.
Sus finos dedos rozaron la cornamenta del demonio. La sensación fue extraña pero siguió acariciando, siguiendo la forma del cuerno elegido. Ambos cuernos se curvaban un poco hacia atrás y terminaban en afiladas puntas. Marin acarició despacio y fue acercando poco a poco su cuerpo al de él. Repitió el proceso con la otra mano.
Defteros…
La pelirroja cerró los ojos y besó la frente del demonio, de su pareja.
Aquel suave contacto lo trajo de vuelta a la realidad. No reaccionó de forma brusca, no obstante, su corazón palpitaba furioso dentro de su pecho.
En un acto reflejo rodeó la cintura de Marin con ambos brazos, acortando del todo la distancia entre ambos. Ella se dejó abrazar pero no apartó las manos de la cornamenta. Esa cercanía podría derivar rápidamente en algo mucho más íntimo físicamente hablando, pero esa no era la intención a pesar de la innegable atracción que existía entre ambos. Defteros se sentía dichoso por poder estrecharla de esa forma, porque en ese instante ella no sufría, no lloraba, no se ahogaba en el dolor que le había provocado una persona que un día consideró como su familia. Marin cerró los ojos y reemplazó los labios por su propia frente, apoyándola en la ajena. Aquel gesto conmovió a Defteros de una forma que nunca creyó posible. Se sentía aceptado, amado, capaz de hacerlo todo… merecedor de toda felicidad. Esa mujer lo quería, no le rehuía, no le tenía miedo; parecía que para Marin él era un humano y no el alfa de los demonios del bosque.
Si alguien los hubiera visto en ese instante, habría creído que eran amantes desde hacía mucho tiempo por la convivencia tan orgánica pues estaban muy cómodos en compañía del otro. Parecía que compartían una mañana más y no que era la primera vez que amanecían juntos; así de mágica y especial era la conexión que compartían, una que no había nacido sino había revivido después de tanto tiempo dormida.
La nariz de Marin rozó suavemente la de él mientras sujetaba sus cuernos firme pero delicadamente, como si tuviese miedo a romperlos. Una sonrisa apareció en los labios de ambos. Ella no tenía idea de qué había sucedido para que de pronto pareciera quedarse petrificado en su lugar, pero le alegraba enormemente verlo sonreír de nuevo y, sobre todo, estar entre sus brazos. Compartieron un beso más, uno más profundo, un poco más atrevido en el que incluso sus lenguas juguetearon aunque de forma bastante tímida. Ese contacto duró un poco más que los que habían compartido la noche anterior, pero no llegó a más.
―Casi es hora de que te marches, ¿no es así? ―preguntó Defteros en un murmullo.
―Podría saltarme el trabajo ―las palabras que escaparon de la boca de Marin iban cargadas de una sinceridad increíble ―Podría quedarme contigo.
―Cielo… ―aunque esa confesión le había tomado por sorpresa y era bastante tentadora, no podía permitirse apartarla de sus deberes.
―Deft…
La manera en la que ella había pronunciado el diminutivo de su nombre le arrancó una sonrisa bonachona que mostraba sus aserrados dientes de marfil. Se maravillaba por cada cosa que hacía y que decía para dirigirse a él.
―Prometo que vendré a verte ésta noche también.
―Tú también tienes deberes… Los chicos… Sé que tienes una responsabilidad con ellos y que… ―se obligó a callar pues sus pensamientos y sus palabras la empujaban peligrosamente al recuerdo de aquella mujer tan extraña.
Defteros notó el cambio pero no dijo nada, se limitó a abrazarla cerca, tanto como pudiera permitirse. Presionó los labios en aquella mejilla salpicada de pecas esperando lograr calmarla un poco.
―Ellos entenderán ―aseguró mientras volvía a buscar su mirada.
―Pero…
―No… Nada de peros ―se apresuró a decir ―Vendré a verte… Eres… ―pero las palabras se atascaron en su garganta y se reusaron a salir, ¿por qué no podía decirle que era su pareja? Lo eran, ¿verdad?
―Te estaré esperando ―respondió ella aunque no hizo amago alguno de abandonar su posición, de hecho, apretó un poco más el agarre en sus cuernos. De haber tenido más confianza probablemente se habría sentado en su regazo y le habría rodeado la cintura con las piernas para que no se marchara.
Se quedaron así un momento más, compartiendo miradas cómplices, sonrisas llenas de inocencia y alegría, suaves caricias, pero sobre todo mucho amor. Sí, no lo habían dicho abiertamente pero, ¿quién necesitaba decirlo cuando podía casi palparse?
Con un esfuerzo sobrehumano Defteros fue quien rompió el contacto aunque de una forma que denotaba sus pocas ganas de irse. La abrazó cerca y de inmediato la tumbó en la cama. Ella seguía con las manos bien sujetas a sus cuernos, así que, después de romper el abrazo, acarició los brazos de Marin despacio, pasó por sus antebrazos, sus muñecas y después cubrió esas delicadas manos con las suyas. Sus garras, capaces de destruir metal, de desgarrar la carne y destrozar troncos y rocas, tocaron con una delicadeza tal que erizaron esa nívea piel. Entrelazó los dedos con los de ella y, muy despacio, apartó las manos ajenas de sus cuernos. Cuando las tuvo cerca, las besó con cariño pero no las soltó.
―Nos veremos ésta noche.
―Te estaré esperando.
Defteros se despidió de ella con un par de besos en sus manos y un largo beso en la boca. Salió por la ventana sin mirar atrás pues sabía que, de hacerlo, volvería a ella y no habría poder en el universo capaz de separarlos.
Marin no lo miró pues compartía un sentimiento similar. Respiró hondo. Se verían esa noche de nuevo.
Él salió por la ventana. Ella escuchó el clic de la misma al cerrarse. Y así comenzó un nuevo día, así empezó su nueva vida.
El demonio llegó al bosque poco después. Ahí lo esperaba su pequeño clan. Los tres notaron que algo había cambiado en él, probablemente porque era lo mismo que habían presenciado con Saga. Sin embargo, fue Kanon quien, curioso como él solo, se atrevió a hablar al respecto.
―¿Por qué tienes esa cara? ¿Ya te desvirgaron? ―el de cabellos turquesa preguntó en tono jocoso.
―Idiota ―respondió Defteros mostrando los colmillos aunque un intenso rubor también adornó sus mejillas.
―¡Te sonrojaste! ¡Debe ser verdad! ―comentó el menor de los demonios con diversión.
―No juegues con fuego ―advirtió Saga desde el lago.
―¿Jugar con fuego? ¡Míralo! ¡Está abochornado y todo! ¡Nuestro alfa ya es un hombre!
El error de Kanon fue prestarle atención a su hermano pues no vio los dedos de Defteros cerrándose en sus cuernos, apretar y luego tirar, aunque sin hacer daño. El de cabellos turquesa se quejó y chilló mientras el alfa lo levantaba sin esfuerzo y lo arrojaba a las profundidades del bosque.
Aspros, que observó la escena en silencio, miró a su gemelo fijamente. El alfa sintió la mirada de su hermano y, cuando sus ojos se encontraron, el mayor le hizo un gesto para que lo siguiera.
Se adentraron en el bosque como solían hacer cuando necesitaban un momento para conversar a solas. Anduvieron en silencio, Aspros liderando el camino. Llegaron a un par de troncos caídos que servirían de asiento para ambos demonios. Uno frente al otro se observaron un momento antes de que el mayor hablara.
―¿Estás seguro de lo que haces? ―preguntó yendo directo al grano, su voz ligeramente hastiada.
―Lo estoy ―se sinceró Defteros. Pocas veces podía mostrarse así de honesto y vulnerable con su hermano ―De verdad lo estoy.
Aspros lo miró un momento más en silencio, sus ojos argentas estudiando las expresiones de su hermano menor. No mentía. Se le notaba en los ojos, lo transpiraba.
―Sabes que te apoyo. Siempre lo haré, pero…
―Gracias, hermano ―interrumpió el moreno ―Sé que te preocupas, pero estaré bien. Ya lo verás.
―¿Ustedes ya…? ―Aspros dejó la pregunta en el aire, incapaz de terminar de formularla para no hacer del momento algo aún más incómodo. Pudo notar como las orejas de su hermano se pintaron de rojo y se sacudieron por la vergüenza.
―No. No… ―respondió negando con la cabeza ―Todavía no… No creo que ella…
―Tranquilo ―el mayor carraspeó para intentar aligerar el ambiente ―Ya pasará cuando tenga que pasar.
Era extraño para ambos compartir una conversación de ese tipo. Usualmente sus pláticas se centraban en los hermanos Sunfury o en el futuro del clan, nunca algo tan personal e íntimo. Sin embargo, y aunque no lo demostrara, Aspros se sentía feliz por su hermano. Recordaba la forma en la que miraba a Saga y Ice o a las parejas que llegaban al claro y mostraban su afecto a veces de formas un tanto explícitas. Aspros sabía mejor que nadie lo mucho que Defteros ansiaba tener algo así. Y aunque su elección de compañera no era la que a él le hubiera gustado, debía respetarlo. Necesitaba respetarlo.
Defteros se sentía un poco extrañado ante la actitud de su hermano, el de cabellos negros solía mantenerse siempre al margen de todo lo que ocurría con las vidas personales de los miembros del clan. Pero eran hermanos de sangre, se conocían tal vez mejor de lo que creían o de lo que podrían llegar a admitir.
―Yo… voy a…
―Haz lo que tengas que hacer ―interrumpió Aspros con fingido fastidio ―Me haré cargo mientras estés fuera… Pero tendremos que hacer algo al respecto ―agregó con seriedad ―Dejar éste lugar desprotegido… Es lo único que nos queda.
―Lo sé ―concedió el moreno frunciendo el ceño.
No se atrevió a decir otra cosa y mucho menos a revelarle ese extraño pensamiento que había tenido la noche anterior, ese en el que de pronto todo dejó de importarle, todo excepto ella. Pasó la lengua por la punta de los afilados colmillos y se rascó la base de los cuernos. Entonces recordó la forma en la que ella lo había acariciado y esbozó una pequeña sonrisa.
El gesto no pasó desapercibido a los ojos de Aspros que lo miró, sus ojos del color de la luna se clavaron en su gemelo. Se tomó un momento antes de hablar.
―Defteros… ¿Es ella?
El moreno conocía perfectamente a que se refería con esa pregunta. Lo sabía porque era algo que los de su raza cuestionaban una sola vez en su vida. Una única vez. La respuesta solía ser increíblemente obvia, pero en ocasiones no llegaba por vergüenza o miedo. En ese caso en particular, Aspros sabía la respuesta pero debía estar seguro de que su gemelo la supiera también, entonces podría actuar.
Ambos demonios compartieron una mirada larga. En ese instante eran idénticos. Totalmente. El reflejo del otro, igual que cuando una persona se mira en un espejo. Defteros abrió la boca después de lo que pareció una eternidad.
―Es ella ―dijo con determinación, con seguridad… con amor.
Aspros sonrió y se levantó. Posó una mano en el hombro de su hermano y se marchó.
Marin se notaba más feliz, radiante, casi como si fuese una estrella, aunque pagó un pequeño precio por esa felicidad: torpeza. La siempre ágil y cuidadosa pelirroja se tropezaba, tiraba cosas, se quemaba, las cosas más simples y que llevaba mucho tiempo haciendo ahora le resultaban toda una faena. Todo mundo lo notó, pero su energía era tan agradable que nadie se quejó, nadie se atrevió a decir nada al respecto. De hecho, le ayudaban y perdonaban esos pequeños errores.
El día se le hizo larguísimo pero terminó, como siempre. Se despidió de todos lo más rápido que pudo y volvió a casa. Estaba feliz, emocionada, el corazón le latía a mil por hora. Quería verlo, deseaba conversar con él, abrazarlo, besarlo. El pensamiento de querer verlo todos los días de su vida la asaltó e hizo arder sus orejas por la emoción. Sí. Deseaba verlo todos los días de su vida.
Un par de ojos escarlata la siguieron en la oscuridad. La dueña de los mismos se relamió los labios. Parecía ser que todo lo que le habían dicho era verdad, que ella era la compañera del alfa y no había peor dolor para alguien como ellos que perder a sus parejas. Había hecho bien en dejarla con vida, ahora disfrutaría más su muerte. Miró al cielo. Una figura alada surcó la noche. Sonrió y se perdió en las sombras.
