Nota: Es posible que éste capítulo pueda herir susceptibilidades. Hay mención de sangre aunque nada demasiado explícito. Si eres sensible a esos temas recomiendo que no lo leas.
XX. Muerte
Defteros llegó volando al departamento de Marin, camuflándose con el cielo sin estrellas. Hicieron su pequeño ritual de siempre, pero no se esperaba un recibimiento como el que tuvo: la pelirroja fue incapaz de ocultar su emoción y, apenas lo vio, se le echó encima, rodeándole el cuello con ambos brazos.
―Te eché de menos ―dijo en su oído, su voz muy baja y sincera.
―Y yo a ti, cielo ―respondió el demonio mientras rodeaba su cintura con ambos brazos. Aún le resultaba difícil creer que podía decirle esas cosas abiertamente.
Compartieron un tierno beso que hizo que su corazón latiera deprisa y sus mejillas se pintaran de un suave color rojo.
―Creo que podría acostumbrarme a éstas bienvenidas ―dijo Defteros regalándole una sonrisa bonachona.
El sonrojo en las mejillas de Marin se volvió muy intenso. Tragó. Era la sonrisa más bonita que había visto en toda su vida. Esa manera en la que mostraba los aserrados dientes y sus colmillos sobresalían, la forma en la que su expresión seria y un poco atemorizante se relajaba le parecía preciosa. Sí, un demonio con una sonrisa preciosa, ¿quién lo diría? Defteros entonces besó la punta de la nariz de la pelirroja devolviéndola a la tierra.
Esa noche había Luna llena, así que Defteros quería llevarla a un lugar a ver las estrellas pues las nubes habían decidido marcharse y hacerlas visibles. Como ella aún no se ponía el pijama, él le pidió que se abrigara bien pues iban a salir. Ella, emocionada, obedeció. Una vez lista, salieron por la ventana, ella bien aferrada a su cuello y él sosteniéndola firmemente para que no se cayera. El moreno extendió las alas cuan largas eran y saltó. Marin cerró los ojos esperando el golpe que nunca llegó. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad estaba debajo de ellos: volaban. Marin no sabía hacia dónde mirar pues era una vista espectacular la que tenían desde ahí.
El viaje fue corto y silencioso. Aterrizaron unos pocos minutos después en campo abierto en un lugar mucho más cercano al viejo Santuario.
―Éste es uno de mis lugares preferidos ―dijo el moreno con ella aún en brazos ―Jamás he entrado pero creo que guarda mucho misterio.
―Alguna vez escuché que éste lugar solía ser resguardado por caballeros en la era mitológica.
―Yo creo que es posible ―comentó el moreno aún con Marin en brazos mientras caminaba hacia un montón de piedras altas.
Cuando llegó al lugar correcto, Defteros se sentó con Marin en su regazo. Refrescaba, así que la arropó un poco con sus alas. La pelirroja apoyó la espalda en el fuerte pecho del demonio y la cabeza un poco en su hombro. El cielo estaba despejado y la Luna era tan hermosa que dejaba sin palabras. Se respiraba paz y tranquilidad. El suave aroma a avena que desprendían los cabellos de fuego de Marin llegó a su nariz e inundó sus pulmones lo cual provocó que su piel se erizara y una pequeña sonrisa se dibujara en sus labios. Por su parte, Marin se sentía muy cómoda entre los brazos del moreno, su cuerpo era muy cálido y él tenía una forma muy particular de abrazarla, haciéndola sentir muy protegida.
Entonces él comenzó a relatarle una historia acerca de alguna de las constelaciones. Parecía una historia trágica, pero Marin no prestaba atención, realmente ella había cerrado los ojos y estaba disfrutando de la voz grave y melódica del moreno hablándole solamente a ella. Era un momento que ella no cambiaría por nada del mundo.
―Pero qué tenemos aquí ―la voz era inconfundible. Marin se tensó entre los brazos del moreno y se mordió el labio ―Si son un par de tortolitos.
La carcajada llena de ironía rompió la paz de aquel lugar. Defteros giró un poco la cabeza para ver a la dueña de la voz que se acercaba a paso lento y descuidado, pateando piedras y arrastrando los pies, levantando una pequeña nube de polvo. El demonio cerró las alas un poco más sobre Marin.
―¿Qué es lo que quieres?
―Creía que éste era un lugar libre y podía ir a dónde quisiera ―la sonrisa irónica que apareció en los labios de la mujer hizo que Marin se estremeciera.
―Ahora vuelvo ―murmuró Defteros en el oído de Marin y se puso de pie.
Ella quiso detenerlo pero prefirió no decir ni hacer nada en caso de que eso pudiera tomarse como alguna especie de ofensa. Siguió a su pareja con la mirada mientras él se acercaba a esa extraña mujer de ojos carmesí.
Cuando el alfa estuvo más cerca de la mujer de cabellos azabache, Marin vio otra sombra acercándose. Quiso gritar pero todo pareció pasar demasiado deprisa. De un momento a otro Defteros estaba ya en el suelo y a ella la abrazaba esa mujer con demasiada fuerza. Los ojos de la pelirroja se abrieron con horror al ver que quien había golpeado a Defteros no era otro que Aspros Stormrage, el gemelo de su pareja. Negó una y otra vez con la cabeza mientras murmuraba negaciones que la mujer respondió con una sonora carcajada llena de diversión mientras apretaba el abrazo y hacía que la pelirroja gritara de dolor.
El moreno estaba desubicado. El golpe había sido bastante fuerte y además lo había tomado por sorpresa.
―Hermanito, te dije que la llevaras lejos de aquí ―el mayor de los Stormrage se encogió de hombros y negó ―Ahora tendrás que atenerte a las consecuencias.
Defteros se levantó furioso. Aspros acababa de tocarlo y eso solamente significaba que tendrían que pelear hasta que uno de los dos muriera o fuera desterrado; no había más. Con pesar, el moreno enseñó los dientes y rugió igual que un león. Su cerebro ya había empezado a pensar en diferentes escenarios posibles en los que pudiera ser capaz de rescatar a Marin y terminar con la amenaza que representaba Ice en sus vidas. Se preparó para esa batalla que sería dolorosa y cruel… más no tenía idea de lo que estaba por suceder.
Ice abrazó con más fuerza a Marin y todos pudieron escuchar perfectamente cómo crujieron las costillas de la joven pelirroja, arrancándole un grito desgarrador. Parecía que esos gritos eran música para los oídos de la de cabellos negros pues sonreía y se relamía los labios como si estuviera a punto de degustar en platillo delicioso. Defteros giró y Aspros aprovechó para sujetarlo de las alas y tirar con fuerza. El moreno no sabía qué hacer. Por muy fuerte que fuera, saber que hacían daño a su mujer lo distraía y era incapaz de luchar adecuadamente. Aspros sabía bien en dónde debía golpear y qué debía hacer para lastimar a su hermano. Sus alas eran muy fuertes, pero también sensibles y, por la forma en la que tiraba de ellas, le estaba haciendo muchísimo daño. El moreno sintió un líquido caliente resbalar por su espalda desnuda, era muy probable que terminara arrancándole las alas.
Marin chillaba de dolor, pero logró apartar a Ice con un gancho al hígado que hizo que la mujer se encogiera un poco y la soltara. Entonces la pelirroja corrió lo más rápido que pudo. Defteros quiso correr tras ella pero Aspros volvió a tirar de las alas; ese dolor insoportable le inundó el cuerpo entero. Los ojos de Ice centellearon con ira y sed de venganza. Saltó y acortó el espacio entre ella y la pelirroja; unas cuántas zancadas y la alcanzó, tirándola al suelo.
―Mortal idiota ―escupió la mujer ―Vas a pagar cara tu osadía.
―¡No te tengo miedo! ―rugió la pelirroja y se alzó con fuerza, propinándole un cabezazo en toda la nariz a la contraria.
Las gotas de sangre salpicaron su frente, parecía haberle roto la nariz y además le había abierto el labio. No obstante, el golpe solamente la hizo arder más en rabia. Soltó el primer puñetazo. Marin se había cubierto a tiempo el rostro, pero el golpe iba con tanta fuerza que casi le rompió el brazo.
El moreno seguía batallando con Aspros que ahora lo sujetaba de la cola y había comenzado a tirar de ella. El dolor era insoportable. Las lágrimas se le habían escapado a pesar de que apretaba los dientes y los puños, se retorcía intentando zafarse pero eso solamente provocaba que se hiciera más y más daño. Aun así, no se atrevió mirar a su hermano, sentía que si lo miraba entonces todo se haría real, todo sería aún más real que ver a su mujer siendo masacrada.
Escuchó a Marin hacerle frente a Ice y se sintió increíblemente orgulloso. Tal vez su fuerza jamás se compararía con la de ella, pero era capaz de sacar fuerzas de flaqueza y no venirse abajo. A pesar de la situación, su Marin era una mujer admirable. Se sentía impotente por no poder ayudarla, de eso no cabía la menor duda, pero tenía la esperanza de que tal vez podrían repeler la amenaza. Estuvo a punto de gritarle palabras de apoyo pero todo eso que había inundado su ser se desvaneció de inmediato al escuchar otro grito desgarrador y un crack.
Vio el brazo de su pelirroja ceder ante los embates iracundos de Ice y entonces él rugió y forcejeó con su hermano que tiró un poco más del ala que aún sujetaba. Un escalofrío invadió su cuerpo y sintió su ala despegarse de pronto de su espalda. Jadeó y se sintió mareado. El líquido tibio resbaló todavía más por su espalda: su hermano acababa de desprenderle una de las alas.
Estaba impactado. Por su mente pasaron todas esas imágenes de la infancia que compartieron, de los secretos, de la plática llena de honestidad en la que Defteros le confesaba que amaba a Marin, que ella era su pareja, que era su compañera. Pero por alguna razón su hermano ahora le hacía daño a los dos. Perdió la noción de tiempo por un momento. Escuchaba los golpes secos que propinaba Ice a Marin, escuchaba las risas casi maquiavélicas, la respiración tranquila de Aspros, el llanto de la pelirroja y sus quejidos. Su mundo se estaba viniendo abajo en pedazos. Hacía solamente unos minutos disfrutaba de una linda noche con su pareja, la protegía y la cuidaba, pero ahora a ella la estaban lastimando frente a sus ojos y no podía hacer nada.
Un crack, otro y otro más.
Defteros Stormrage jamás sintió tanto miedo. La expresión de pánico que se apoderó de las siempre bellas facciones de Marin le estrujó el corazón de una forma tan brutal que estuvo a punto de chillar de dolor. Mientras forcejeaba y suplicaba a Aspros que lo soltara, su hermano mayor no hizo nada excepto obligarlo a mirar. Le parecía muy retorcido de su parte el forzarlo a ver cómo la vida de su compañera le era arrebatada justo frente a él.
Ice golpeaba a Marin con saña. La pateaba, la abofeteaba, le daba puñetazos en el rostro, en el estómago, en el pecho, la tiraba del cabello e incluso llegó a escupirle la cara mostrando así el asco y el desprecio que sentía por ella. La sangre y la tierra se mezclaban con las amargas lágrimas de la pelirroja que brotaban de esos preciosos ojos que un día brillaron como dos luceros pero que ahora comenzaban a hincharse por los golpes recibidos a diestra y siniestra, esos ojos ahora comenzaban a apagarse. Al principio la pelirroja había logrado defenderse. No era buena peleadora pero había tomado clases de defensa personal, sin embargo, la ira con la que Ice la estaba golpeando no tardó en destruir la poca resistencia que oponía.
Aquello había sido una emboscada, una traición en toda regla de su único hermano y la persona que un día consideró casi una hermana. Defteros no podía creerlo y ni siquiera tenía la fuerza para soltarse del abrazo de su hermano, ni de apartar la mirada de aquella escena que sabía lo perseguiría por toda la eternidad.
La sangre escurría por el rostro de la pelirroja, los gritos de dolor se habían vuelto solamente leves quejidos que aún llegaban a sus oídos, esos malditos oídos que lo escuchaban absolutamente todo, su corazón cada vez iba latiendo más y más despacio. Esa mujer estaba matando a Marin, su Marin, su compañera, su cielo, su vida, su todo. La destrozaba por alguna retorcida razón que tal vez jamás llegaría a entender. Sus largas orejas se movían ante cada hueso roto, ante cada súplica, ante cada mención de su nombre que seguía escapando de los labios de Marin.
―Te amo, Defteros ―dijo en un murmullo ―Siempre lo haré. En éste vida y en las siguientes.
Crack.
Aquellas habían sido las últimas palabras de Marin. Ice había escuchado esa promesa de amor y, sintiendo asco total, simplemente le había pisado la garganta, destrozándole la tráquea.
Todo pasó en cámara lenta. Defteros vio la escena a detalle y el aullido de dolor llenó Rodorio entero. Entonces Aspros lo soltó y lo dejó caer. El alfa se acercó gateando a su mujer. Él estaba en malas condiciones. Temblaba de pies a cabeza mientras Ice se reía con maldad y se acercaba a Aspros quien la recibía con un beso en los labios. Defteros acarició con cuidado las aún cálidas mejillas de Marin y la besó en los labios, quedándose con ese gusto metálico de la sangre en su boca. Las lágrimas mojaron ese rostro hermoso que, a pesar de la golpiza, guardaba la belleza que la acompañó en vida.
Despertó agitado, sudoroso y desubicado. Estiró las alas tirando varias cosas del escritorio y golpeó la cola en el suelo con tanta fuerza que cuarteó el mosaico. Se inclinó y vomitó. Le dolía la cabeza y sentía las mejillas húmedas por lo que parecían ser lágrimas que había derramado durante esa horrible pesadilla. Marin despertó sobresaltada en la cama, el corazón le latía a mil por hora pues juraba que la extraña mujer había entrado en su casa. Sin embargo, al ver a Defteros en ese estado se levantó de un salto y fue a ayudarlo.
―¿Estás bien? ―preguntó en un murmullo mientras se acercaba al enorme demonio con las alas extendidas. Aún era de noche pero la luz de la luna se colaba por la ventana iluminándolos un poco ―Deft…
No pudo terminar pues los fuertes brazos del demonio la rodearon por la cintura atrayéndola a su cuerpo. Temblaba, sudaba y sentía el desbocado latir de su corazón. Sus hombros se movían de arriba abajo, ¿lloraba? La pelirroja atinó a sujetar sus cuernos y acariciarlos con mucho cuidado y cariño pues no sabía de qué otro modo tranquilizarlo. No sabía qué decir por lo que dejaría que sus manos y su propio cuerpo se encargaran de eso.
Defteros se aferraba a ella como si su vida dependiera de ello. Estaba viva, su Marin vivía y todo había sido una terrible pesadilla; la primera que había tenido en toda su vida. Todos sus temores se habían presentado en un solo sueño y lo habían asaltado sin tregua. En ese instante su mente trabajaba a toda velocidad tratando de apartar las mentiras de la realidad. Sabía que su hermano jamás lo traicionaría pero, ¿por qué había aparecido en esa pesadilla? ¿Acaso era un temor que guardaba muy en el fondo de su mente? Tenía que hablar con él sin duda. Pero ahora lo único que le importaba era proteger y cuidar a la pelirroja que estaba entre sus brazos. Debía asegurarse de que no sufriera ningún daño.
Después de un momento en silencio, Defteros se levantó con ella y la llevó a la cama. No se atrevió a besarla pues tenía un gusto horrible en la boca así que se limitó a acariciar las mejillas de Marin para luego soltarla. Los ojos de los demonios eran increíbles y casi se podía decir que veían mejor durante la noche que durante el día, así que comenzó a recoger lo que había tirado con las alas y a limpiar el vómito. Cuando terminó, fue al fregadero a enjuagarse la boca para deshacerse de ese horrible gusto. Repitió el proceso varias veces y también bebió bastante agua hasta asegurarse de que ya no quedaba rastro alguno del vómito.
Se acercó a la cama, Marin había seguido todos sus movimientos con la mirada aunque con algo de dificultad pues ella no lograba ver bien en la oscuridad. Ella se movió hacia un lado para que él pudiera sentarse. Sintió su cola posarse encima de sus piernas, la punta moviéndose igual que la de un gato. Defteros se inclinó y la besó en la frente. Tembló. Marin acarició una de sus mejillas con ternura. Tenía curiosidad, necesitaba saber qué había sucedido, pero él se veía demasiado afectado por lo que fuera que soñó.
―Siempre estaré contigo ―murmuró Defteros.
Marin no dijo nada. Dejó que las palabras y su intensidad envolvieran la habitación y a ambos.
