XXI. Amenaza
Durante los días que siguieron a la noche en la que tuvo aquella pesadilla, Defteros no se atrevió a dejar a Marin ni a sol ni a sombra. Si antes la protegía, ahora lo hacía más. Sigiloso cual felino cazando a su presa, se escondía entre las sombras para vigilar que su pareja llegara con bien a su lugar de trabajo, se retiraba al claro, dormía un par de horas y luego volvía al atardecer para vigilar su regreso a casa.
No se había atrevido a decirle a Marin acerca de esa aterradora pesadilla y ella no había preguntado nada, sin embargo, sospechaba que algo había pasado pues no era muy normal que Defteros de pronto se hubiera vuelto tan protector con ella. Durante sus sesiones de besos, él parecía tener cuidado y casi disfrutar del contacto de forma intensa, cómo si deseara recordar a detalle cada beso, esa forma única en la que sus labios se unían y sus dedos acariciaban e iban conociendo la piel ajena un poco más cada día. A ella no le disgustaba en lo absoluto, al contrario, que la persona que más quería la procurara de esa manera era como una bocanada de aire fresco que no sabía que había necesitado hasta ese momento.
Saga y Kanon notaron el cambio en la actitud de Defteros, especialmente cuando le hicieron saber que Aspros había estado ausente y no sabían nada de él. El alfa había gruñido con fastidio y se había puesto tenso, minimizando su tiempo en el claro al mínimo pues ya ni siquiera llegaba a dormir. No entendían bien lo que pasaba pero temían que los Stormrage se hubieran disgustado y ahora algo malo estuviera sucediendo. No había nada peor para el clan que una división tan marcada entre el alfa y su segundo al mando. Aunque por supuesto todo eran suposiciones. Ninguno de los dos demonios había dicho nada al respecto a los otros dos.
Los días pasaban y Defteros se notaba más y más cansado, la pelirroja se había dado cuenta ya de que unas grandes ojeras habían aparecido bajo los preciosos ojos del color del sol de su pareja, además dormitaba mucho; ahora era él quien a veces comenzaba a balbucear a mitad de sus pláticas. Una vez incluso se quedó dormido mientras se besaban. Cuando Marin abrió los ojos y le sonrió mientras acariciaba su mejilla con ternura, notó que el moreno parecía demasiado tranquilo para ser algo normal después de compartir un beso. Obviamente ella no se molestó, de hecho se había preocupado bastante pues él no solía actuar de esa forma, así que se levantó de la cama dispuesta a cubrirlo con una manta pero de inmediato sintió los brazos del moreno alrededor de su cintura y los cuernos presionados suavemente contra su espalda.
―No te vayas ―dijo en voz baja y ronca ―Por favor…
El moreno se escuchaba un tanto desconcertado, tal vez estaba todavía dormido. Marin apoyó las manos en los antebrazos de su pareja y los acarició con mucho cuidado y amor.
―Solamente iba a cubrirnos con una sábana… ―respondió y se mordió la lengua para reprimir sus ganas de preguntar qué sucedía.
―¿Me lo prometes? ―las palabras que salieron de la boca de Defteros se iban arrastrando y estaban teñidas con súplica.
―Te lo prometo.
Sin embargo, los brazos de Defteros y sus cuernos no se movieron de lugar, de hecho, la pelirroja notó que temblaba ligeramente. Palmeó un par de veces sus antebrazos y él los separó un poco casi a regañadientes, no obstante, Marin no se movió, solamente giró entre ellos para mirarlo de frente. Tomó sus cuernos y alzó suavemente la cabeza de su pareja para poder verlo. Efectivamente, estaba con los ojos abiertos, pero sus estos tenían un brillo apagado y parecían no mirarla realmente. Tenía el ceño fruncido y una expresión de dolor surcaba su rostro, eso fue suficiente para hacer que el corazón de Marin se encogiera provocando que una horrible punzada le atravesara el pecho. Se mordió el labio inferior para retener las lágrimas y lo abrazó como si quisiera protegerlo de todo mal.
Defteros despertó en algún punto del abrazo, sorprendiéndose por la forma en la que la pelirroja lo envolvía con sus brazos, entonces él la estrechó y cerró los ojos, inhalando ese delicioso aroma que desprendía su piel y su cabello. Ella tenía el rostro oculto en el espacio entre el hombro y el cuello del moreno y las alas de éste la cubrían con delicadeza.
Marin se sentía impotente, quería decirlo todo pero nada abandonaba su boca, no lograba formular pregunta alguna. Tuvo que tragar varias veces para intentar deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. La noche transcurrió sin mayores contratiempos pero con un Defteros cansado, abrazando a su compañera muy cerca, atento a cualquier cosa que pudiera llegar a molestarlos.
―¿Está todo bien? ―preguntó Kanon con evidente preocupación ante el semblante agotado del alfa ―¿Necesitas…?
―Estoy bien ―respondió con un gruñido. Estaba exhausto y eso lo había vuelto ligeramente más irritable. Agachó un poco las orejas.
―¿Pasó algo con…?
―No ―interrumpió soltando un suspiro al darse cuenta que el menor de los Sunfury no dejaría el tema ―Todo con ella va bien, más que bien ―La sonrisa que se formó en sus labios y el sonrojo en sus mejillas hicieron que Kanon alzara las cejas aunque de inmediato volvió a juntarlas, gesto que no pasó desapercibido para el moreno ―Lo que me tiene así es… diferente.
―¿Tiene que ver con…?
―¿Aspros? No. No, en lo absoluto.
Con cada palabra, el de cabellos turquesa se iba sintiendo más y más confundido. Si no era por ninguno de esos dos, ¿entonces qué podría tenerlo tan preocupado al grado de tener tan mal aspecto ?
―¿Es ella? ―Kanon giró a ver al dueño de esa voz, Defteros únicamente fijó sus ojos dorados en el recién llegado.
El silencio del alfa fue toda la respuesta que necesitaron.
―¿Volvió a atacarla…? ―Los ojos de Kanon centellearon con furia. Por alguna razón sentía mucho cariño hacia la pelirroja.
―No… Por suerte no.
Saga observaba a Defteros fijamente. Ambos parecían mantener una conversación únicamente con la mirada. De pronto se sentía mucha tensión. Y no, los demonios no tenían el poder de comunicarse telepáticamente, estaban bastante lejos de hacer algo así, pero el de ojos azules como el hielo se imaginaba lo que estaba sucediendo: pesadillas. Kanon agitaba la cola ansiosamente pues quería saber lo que pasaba pero no se atrevía a preguntar. Igualmente la sola mención de Ice le había erizado los vellos de la nuca.
―¿Por qué no la traes aquí? ―Saga rompió el silencio al fin.
Ambos demonios se sorprendieron pues sabían lo que eso significaba y Defteros no estaba seguro de que estuvieran listos para dar ese paso. A pesar de estar totalmente consciente y no dudaba de sus sentimientos hacia ella, no habían conversado todavía sobre ese asunto. De hecho, él no sabía a ciencia cierta si ella estaría dispuesta a pasar su vida entera con él. Tragó saliva. De alguna forma ella estaría más segura con ellos pero, ¿y su comodidad? Claro, no sería permanente pero ella tenía su vida, Marin necesitaba un lugar para ella, su vida era muy diferente a la de un demonio del bosque. Hizo rechinar un poco sus dientes aserrados y movió la cola de un lado a otro, visiblemente nervioso y pensativo.
―Aspros no está ―dijo Defteros ―No puedo… Hacer eso si no está todo el clan presente.
―¿Entonces qué pretendes hacer? ―insistió el de cabellos añil ―La conoces… Sabes de lo que ella es capaz… Probablemente…
―Ya pensaré en algo ―interrumpió el moreno apenas se dio cuenta del camino que seguían las palabras del otro Sunfury.
Su corazón latía tan rápido que parecía que tenía taquicardia. Esos horribles recuerdos de aquella pesadilla volvieron como un huracán a atormentarlo. Esa sonrisa cínica, los ojos carmesí brillando de alegría, su hermano compartiendo un beso con ella mientras Marin yacía inerte en el suelo, entre sus brazos. Negó con la cabeza intentando apartar esas aterradoras imágenes de su mente, apretó los puños y agitó la cola con más fuerza mientras apretaba un poco las alas sobre sus hombros. Defteros no sabía que era capaz de sentir tanto terror y miedo a la vez. Estaba fuera de control y deseaba poder proteger y cuidar a esa humana de cabellos de fuego.
―Tienes que hablar con ella ―repitió Saga al ver que Defteros no parecía hacerle caso ―Tendrás que sacarla de ahí al menos durante unos días.
Los orbes de oro del demonio brillaron con impotencia.
―Sabes que Marin estará más protegida aquí ―continuó ante el silencio de su superior ―Si ella llegase a ser tan idiota para atacar, estaríamos juntos, podríamos repeler la amenaza, tal vez incluso… acabar con ella de una buena vez.
Saga pareció titubear. De hecho, lo hizo pero logró mantener la compostura. Pensar en verla morir le dolía pues la seguía queriendo. Sin embargo, se había vuelto una amenaza mortal para ellos y no había otra salida.
―Hermano… ―Kanon estaba dispuesto a decir más pero Saga lo interrumpió.
―Aspros entenderá que la traigas aunque esté ausente. Él estaba preocupado ―confesó. No le correspondía decir eso pero creía que su alfa debía saberlo. Probablemente de ese modo se aliviaría un poco de esa tensión que existía entre los hermanos Stormrage.
―Tengo que pensarlo… Hacerlo así sin más…
―Lo entiendo ―de alguna manera parecía que los papeles se habían invertido ―Pero es por el bien de ella. Nuestro deber es cuidar a los humanos de cualquier amenaza y Marin es el objetivo principal de Ice ―ahí estaba, al fin había dicho su nombre después de tantos años ―No estará segura en ningún otro lugar.
Defteros quiso rebatir pero Saga tenía un punto válido. Aspros le había dicho que lo mejor sería que Marin se alejara de ellos y del bosque por su propia seguridad. Por supuesto que en ese momento nada había pasado realmente entre ellos, pero ahora todo era distinto. Él tenía que cuidar de su pareja y qué mejor que hacerlo con el apoyo de su clan, de su familia. Tenía que admitir que Saga no hablaba mucho, pero cuando lo hacía solía dar en el clavo.
―Hablaré con ella ―finalizó el moreno.
Alzó la mirada al cielo, el sol se había metido ya. Se quedó con la mirada fija en el manto oscuro que se cernía sobre ellos, pensando en cómo le diría a su pareja que tendría que pasar algunos días en el claro con él porque estaba en peligro de muerte. Sacudió las orejas y meneó la cola con más tranquilidad pues estaba realmente centrado en buscar las palabras correctas. Volvió a la realidad de golpe al percatarse de que el sol ya había abandonado el cielo. Marin debía estar ya camino a casa. La horrible pesadilla lo asaltó, el rostro de su pareja lleno de terror, salpicado de sangre. Casi se le detuvo el corazón.
Extendió las maltrechas alas, saltó y las batió con furia. Debía darse prisa.
Cuando Marin entró a su casa, vio que la ventana estaba abierta. No le importó pues últimamente Defteros llegaba a casa antes que ella y la esperaba sentado en la silla frente al escritorio. Siempre se sentía aliviada y tranquila al saber que él estaba ahí, que la recibiría con un beso y con un fuerte abrazo. Dejó las llaves en la encimera de la cocina y se descalzó.
―Estoy en casa ―anunció como siempre. Sin embargo, al acercarse a su habitación notó algo extraño.
―Bonito lugar. Debí haber venido antes.
La voz aterradoramente familiar le heló la sangre. Se quedó petrificada en su lugar, de pronto ninguna parte del cuerpo le respondía. ¿Por qué no estaba Defteros? ¿Y si…? No. No podía ser. Él jamás caería, no ante esa extraña mujer. Sintió la boca seca y la invadió un sabor amargo, tal vez por el miedo que sentía, el terror. Vio ese par de ojos escarlata refulgiendo en la oscuridad. Hubiese gritado de haber podido, pero nada salió de su garganta por más que se esforzó.
―¿No me invitarás algo de beber? ―preguntó la mujer mientras se acercaba a Marin.
―Y-yo…
―Eres muy interesante, pelirroja ―Marin supo que la tenía enfrente porque ese par de luces rojas como la sangre estaban demasiado cerca.
Los ojos de la pelirroja no se habían acostumbrado a la oscuridad, por lo que no vio la mano de la pelinegra acercándose a su rostro. Dio un respingo cuando esos dedos fríos rozaron su mejilla y se enredaron suavemente en un mechón de su cabello. El roce fue escalofriante. Jamás se había sentido de esa forma. Por un largo momento casi pudo ver su vida pasar frente a sus ojos, estaba segura que moriría en ese lugar, pero lo que más miedo le daba era imaginar que Defteros encontraría su cadáver. Estaba segura que eso lo destrozaría y no lo deseaba. Tenía que hacer algo.
Sintió la cercanía de la mujer, su aliento abrasador chocaba con su rostro. Algunas lágrimas resbalaron por sus mejillas.
Cerró los ojos.
No sintió nada pero escuchó con claridad un rugido que la hizo sentir aliviada pues lo conocía demasiado bien. Sin embargo, aún sentía a la mujer de ojos rojos cerca de ella.
Defteros había llegado lo más rápido que le habían permitido las alas y se había alarmado al ver las luces apagadas y la ventana abierta. Entró lo más rápido que pudo y tomó a Ice por la capucha de la sudadera negra que siempre llevaba puesta. Si hubiera entrado algo de luz, Marin habría visto a Defteros con los labios retraídos y los dientes expuestos, listos para arrancar un buen trozo de carne de un mordisco si la de cabellos negros hacía un movimiento que él pudiese considerar como una amenaza a Marin.
―Lárgate… ―siseó el moreno.
―¿O si no qué?
―Te mataré ―respondió con un gruñido que reverberó por la habitación entera.
―Y yo la mataría a ella antes de eso ―respondió Ice casi con tranquilidad, casi.
Si bien Ice era muy agresiva, impulsiva y estaba un poco loca, no era tonta. En lo absoluto. Y sabía que saldría mal parada en una lucha con Defteros si se quedaba con esa forma. Pero si no lanzaba ese golpe que los llevaría a una lucha a muerte era más que nada porque lo respetaba. Sí. Dentro de ese cuerpo lleno de odio y sed de venganza, existía una pizca de respeto hacia el alfa de los demonios del bosque. Él había sido una figura importante en su vida. Admiraba su fuerza, su liderazgo, su temple, pero sobre todo la forma en la que protegía a los suyos. Se odiaba por guardar todavía ese tipo de sentimientos pero no podía evitarlo, el demonio de ojos dorados había calado hondo en ella. Y sabía bien que amenazar a su compañera de vida era una movida estúpida y muy arriesgada, pero prefería hacerle un daño de cierta forma indirecto que pelear abiertamente con él. Quería retrasar ese momento lo más posible y tenía sus razones para ello.
―Te lo advierto ―tiró de la sudadera con fuerza y apartó a la mujer de Marin.
Defteros debía matarla. Sabía que era su oportunidad de acabar con ella pero no podía. No deseaba que Marin lo viera realmente como el demonio que era. Además, no era el momento, estaba seguro que la pelirroja saldría herida y quería evitarlo a toda costa. Casi llevó a la mujer a rastras hasta la ventana. Obviamente ella iba pataleando e intentando soltarse.
Cruzaron miradas por un breve momento; volverían a encontrarse. Estaba más que claro que si Defteros le perdonaba la vida en ese instante era por Marin, Ice lo veía en esos ojos dorados. Y, sobre todo, entendían que la próxima vez que se vieran uno de los dos terminaría muerto.
El demonio arrojó a la mujer por la ventana como si fuese basura. Se acercó a Marin lo más rápido que pudo.
―Tenemos que irnos de aquí.
