XXII. Miedo

Marin no podía moverse. Tenía la boca entreabierta, las mejillas húmedas por las lágrimas; temblaba. A sus oídos habían llegado palabras amortiguadas, pero no era capaz de pensar en otra cosa que no fuera ese roce tan frío, tan diabólico. Su cuerpo estaba rígido por el pánico que le provocaba esa mujer. Sintió a Defteros moverse a toda prisa, hacía algo pero ella parecía totalmente ausente; tenía miedo. El moreno guardó ropa y otras cosas en una mochila que había encontrado, después alzó a Marin en sus brazos como si fuera una princesa y salió por la puerta. Se movió entre las sombras, asegurándose de que Ice no los siguiera.

Al llegar al claro, Kanon y Saga los recibieron con preocupación al ver a la pelirroja en ese estado casi catatónico. Preguntaron y Defteros más o menos explicó lo que había sucedido y cómo había llegado justo a tiempo para evitar una posible tragedia. Se notaba afectado, tal vez demasiado. Marin escuchaba el rápido latir del corazón del demonio, eso era suficiente para saber que estaba nervioso y muy agitado, sin embargo, no la soltaba.

Los hermanos Sunfury desaparecieron durante un rato, dejándolos solos. Defteros se había sentado en el pasto con ella en su regazo y acariciaba con cuidado sus brazos, ya que al intentar pasar las manos por sus cabellos rojos, la notó estremecerse.

―Lo lamento ―se disculpó el moreno, su voz llena de arrepentimiento ―Prometí no dejarte sola…

―No… ―habló ella en voz baja, casi en un murmullo pero Defteros la escuchó gracias a sus orejas ―No puedes cuidarme siempre… ―tembló y se acurrucó más contra el cálido cuerpo de su pareja ―Yo… Yo debí ser fuerte…

―Lo eres ―aseguró ―Eres muy fuerte, muy valiente… Pero ella…

―¿Por qué me odia tanto? ―preguntó la pelirroja al fin. Tal vez se decidió porque no estaba del todo consciente y eso le daba más libertad ―¿Qué le hice…?

―Ella… ―Defteros se tomó un momento para hablar pues buscaba las palabras correctas ―Su nombre es Ice, hace algún tiempo fue una persona muy querida para nosotros, pero no sabemos qué sucedió para que se llenara de ira y de resentimiento hacia nosotros ―confesó. Frunció el ceño y estrechó todavía más a la pelirroja entre sus brazos ―Ice sabe que nuestro deber es protegerlos, proteger a los humanos, así que creemos que los ataca para hacernos daño de alguna forma ―Era la primera vez que hablaba de eso con alguien que no fuera su hermano.

―No quiero morir… ―dijo Marin, la voz le tembló y echó a llorar en silencio.

Estaba aterrada y Defteros lo sabía.

―No morirás. Yo te cuidaré ―estuvo a punto de agregar un "aunque me cueste la vida", pero creyó que sería demasiado fuerte para ella y que solamente la pondría más nerviosa. Vio su cabello rebotando cuando asintió.

Luego de un rato, los gemelos volvieron al claro cargando algo. Kanon había conseguido un saco de dormir y una pequeña casa de campaña y Saga traía comida para ella. Dejaron todo cerca y se marcharon para darle espacio al demonio y su pareja.

Defteros la besó, la mimó de una forma que no sabía que era capaz. La amaba y cada día que pasaba estaba más y más seguro de sus sentimientos por ella. No quería perderla, no quería volver a verla herida. Marin se quedó dormida entre sus brazos y él aprovechó para llamar de nuevo a Saga y a Kanon.

―Necesitaré que vigilen el perímetro ―pidió ―¿Alguno sabe en dónde se encuentra Aspros?

―No ―dijo Kanon ―dijo que tenía algo que hacer y que tardaría algunos días pero no nos dio más detalles.

―Entonces solo queda esperar ―Defteros frunció el ceño y miró hacia abajo para ver a su pelirroja.

Los ojos de los otros dos demonios siguieron la mirada del alfa. Marin parecía no tener un sueño placentero, al contrario. Tenía el ceño fruncido y daba la impresión de que jadeaba un poco. Sus mejillas parecían brillar ligeramente por las lágrimas que derramaba en sueños, ¿cuánto daño más sería capaz de soportar? Ese era un pensamiento horrible.

Saga se sintió culpable. Si él nunca hubiera llevado a Ice al claro ese día, esto tal vez no estaría sucediendo. Sí, era probable que Defteros jamás hubiera conocido a Marin, pero al menos ninguno estaría sufriendo y seguirían sus vidas entre las sombras mientras cumplían su deber. Apretó los puños y la mandíbula, su cola se tensó alrededor de su cintura pero no hizo ruido alguno. Dio media vuelta mientras acariciaba la grieta en su cuerno como acostumbraba ahora cada vez que necesitaba pensar.

Kanon siguió a su hermano con la mirada. Él solía mantenerse bastante al margen ya que sentía que los otros lo consideraban un inútil pues siempre hacía bromas o peleaba con Saga, no obstante, todo eso le afectaba más que a cualquiera. Por alguna razón al demonio de cabellos turquesa le tocaba escucharlos a todos. Él había consolado a Saga luego de descubrir que la mujer que amaba lo había engañado; escuchó a Defteros cuando volvió angustiado del hospital el día que encontró a Marin al borde de la muerte; escuchó también a Aspros cuando éste le habló de algo que estaba planeando pero que no quería que nadie supiera. ¿Pero quién lo escuchaba a él? Era él que lo pasaba peor, de eso no cabía duda. Bajó la mirada y movió ligeramente la cola. Decidió marcharse también para vigilar y asegurarse de que no hubiera ningún peligro esa noche.

Naufragaré contigo, y unidos conservaremos nuestro calor

Y juntos emprenderemos una ruta sin destino, un romance en el camino

Y al anochecer el viento hará recordar…

Defteros cantó en voz baja como si fuera una canción de cuna para Marin. Su voz ronca, casi como un gruñido le imprimía cierto sentimiento a esa letra. Se meció de la manera más rítmica que pudo para intentar aplacar las pesadillas, esos malos recuerdos que seguramente la atormentaban incluso en el reino de los sueños. Apretó un poco los dientes haciéndolos encajar. No había nada más que pudiera hacer excepto cuidarla esa noche y todas las que fueran necesarias para evitar que volviera a temer. Él solamente quería verla feliz, siempre sonriente como cuando se conocieron. Recordó su conversación con Aspros, haber hecho esa confesión en voz alta le había dado peso y forma a los sentimientos que había estado callando durante meses.

Se atrevió a esconder un poco la nariz y la boca en los revueltos cabellos de fuego de su compañera que parecía un poco más relajada que antes. ¿Qué pasaría a partir de ahora? Tenía que hablar con Aspros. Necesitaba a su hermano. Echaba de menos esas largas pláticas que solían tener cuando crecían, los juegos, las bromas. La relación entre ambos se había vuelto tormentosa y la amenaza que el menor de los Stormrage había hecho al otro también había hecho mella en ambos.

Marin se removió inquieta entre sus brazos. Sintió sus dedos cerrándose y rasguñando su pecho. Había pasado las suficientes noches con ella para saber que vendría esa avalancha de balbuceos, de súplicas, de llanto. Solamente atinó a cerrar los ojos y soportar por ella, debía ser su pilar en ese momento de inconsciencia. Extendió las alas y los cubrió a ambos con ellas para darles privacidad; seguramente a Marin no le gustaría saber que el resto del clan la vio llorar. La cola descansaba en el regazo de la pelirroja para tratar de darle algo de estabilidad, para que supiera que no estaba sola. En ese momento Defteros pensó que lo dejaría todo con tal de arrancar ese dolor provocado por un descuido.

―Lo siento ―la voz de la pelirroja llegó a sus oídos.

El moreno frunció el ceño pues eso sólo le hacía sentir peor, que ella se disculpara cuando debía ser él quien pronunciara esas palabras. Él debería lamentarse y decirle todas esas cosas que ella balbuceaba porque era su culpa que lo pasara así de mal.

―Defteros… Lo siento ―volvió a repetir.

El moreno sacudió las orejas y sus cejas casi se juntaron cuando agravó su expresión. Aquello era extraño. Marin no solía pronunciar su nombre de esa forma. Bajó lentamente los ojos dorados hasta posarlos en la pelirroja. Dio un respingo al encontrarse con esa mirada azul que le gustaba tanto, aunque una avalancha de emociones confusas le invadieron. Esos ojos estaban tristes, su brillo era casi inexistente. Era una mirada cansada que decía más de lo que la propia Marin se atrevía a expresar con palabras. Eso provocó que agachara las largas y puntiagudas orejas y de pronto sintió una asfixiante presión en el pecho. No quería volver a verla así de triste nunca más.

―Fue culpa mía ―comenzó la mujer ante la confusión del demonio ―Yo creí que eras tú. Cuando llegué a casa la ventana estaba abierta y no presté atención. Debí haber huido cuando no me recibiste como siempre haces, pero creí que querías sorprenderme y deseaba seguir el juego…

―Cielo… Cielo, no ―interrumpió Defteros pues no era capaz de seguir escuchando cómo incluso en ese instante se culpaba por algo que no había hecho ―No te culpes. No por esto ―la estrechó entre sus brazos ―Nada de esto es tu culpa.

―Pero…

―No. No digas más ―con mucho cuidado, acercó su frente a la de ella para luego apoyarla en su totalidad.

Marin quiso llorar pero no se lo permitió. La luna iluminaba el claro con su pálida luz, agregando cierta melancolía a la escena. Entonces la pelirroja buscó los labios de su pareja para darle un tierno beso.

Después de un momento, Defteros le acercó un poco de lo que Saga había llevado para ella. Sabía que debía estar cansada y además hambrienta. Por supuesto ella se negó al principio pero accedió cuando Defteros le aseguró que comería con ella. Así, ambos compartieron una manzana, una banana y un pescado asado, no era mucho pero era algo y al menos así, Marin no tendría el estómago vacío. A ambos les alegraba sobremanera el saber que el otro estaba bien a pesar de las circunstancias. Compartieron también un poco de agua fresca y luego el moreno tuvo que apartarse de ella para colocar la casa de campaña.

No era muy grande y parecía un poco vieja pero serviría para que la mujer tuviera un poco de privacidad y pudiera descansar. Marin lo observó trabajar, aunque de vez en cuando sus ojos viajaban a la oscuridad del bosque de forma inconsciente. Por momentos sentía que esos terribles ojos escarlata la observaban desde las sombras.

―Está listo ―anunció el moreno con una pequeña sonrisa ―Creo que podrás descansar sin problemas. Te daremos privacidad para que puedas bañarte y después de acompañaré al trabajo.

―Yo… Defteros… ―Marin apartó la mirada y se ruborizó. No había necesidad de tantas atenciones ―Puedo volver a casa…

―No ―interrumpió y gruñó ligeramente ―es peligroso que estés ahí, Marin.

―Pero no puedo quedarme aquí…

―Lo sé y no es algo permanente. Será solamente por unos días ―Defteros se acercó a ella y acarició sus mejillas con los pulgares, los ojos dorados clavados en los zafiros de la mujer ―Necesito asegurarme de que no corres peligro, cielo.

Marin entendía su preocupación, sabía que debía estar angustiado, pero no quería resultar una carga. Comenzaba a comprender que era más un punto débil para él y que eso provocaba errores de su parte. Recordaba sus lecturas, recordaba haber leído la importancia del liderazgo en los clanes de demonios, y en ese momento él lo estaba dejando todo por ella. Era algo que no deseaba.

―Defteros…

―Te lo ruego, Marin.

Y esas palabras, la expresión en su rostro le estrujaron el corazón.

Parecía realmente afectado, casi dolido y temeroso. La pelirroja vio en esos ojos dorados los verdaderos sentimientos del demonio como si fuese un libro abierto. Vio miedo, frustración, tristeza. Y estaba segura que su propia mirada reflejaba lo mismo. Tragó saliva y asintió mientras posaba sus manos en las de él. Aunque de alguna forma muy sutil le incomodaba que quisiera protegerla tanto, comprendía sus motivos. Ella haría lo mismo de estar en su lugar, de eso no quedaba ninguna duda. Por supuesto que cualquier tipo de inseguridad provenía del miedo, de la duda y de la incertidumbre.

Así, de pie como estaban, Defteros se encorvó ligeramente y la abrazó con mucho mimo mientras sus alas la cubrían. Marin cerró los ojos y le rodeó la cintura con ambos brazos. Lo que viniera a partir de ese momento, lo enfrentarían juntos. Esa era la promesa silenciosa que acababan de hacer.