XXIII. Inicio

Kanon Sunfury se encontraba sentado en los linderos del bosque. Meneaba la cola y tenía las alas semi-plegadas. Sus ojos azul grisáceo observaban todo a su alrededor. Estaba solo. La carga que llevaba sobre sus hombros era grande y comenzaba a ser demasiado para él. No quería enamorarse, no quería descendencia, no buscaba nada excepto que su clan sobreviviera, sin embargo, la vida parecía siempre tener otros planes para ellos. Exhaló un suspiro largo, apesadumbrado, como si con eso pudiera aligerar un poco esa roca que parecía llevar a cuestas.

Aspros seguía desaparecido. Defteros comenzaba a preocuparse y le daba vueltas, sin quererlo, a aquella pesadilla que había tenido semanas atrás. Una parte de él, al parecer la más elocuente, se esforzaba por hacerle ver que no tenía de qué preocuparse, que su hermano jamás lo traicionaría. No obstante, el resto de su cerebro se dedicaba a meterle ideas raras, al fin y al cabo, el cerebro sólo quería sobrevivir y hacia lo posible por lograr su cometido aunque eso significara tener a Defteros pensando una y otra vez en una posible traición. Aquello lo tenía agotado. Marin lo sabía, Saga y Kanon lo notaban de igual forma, pero el alfa se empeñaba en decir que solamente estaba cansado y necesitaba dormir.

La pelirroja se acercó a su pareja una noche después de cambiarse de ropa. Defteros estaba sentado de frente al lago, aparentemente pensativo. Marin se acercó en silencio y lo abrazó por la espalda. Él tenía las alas enganchadas como capa, así que no estorbaron a la pelirroja que, en silencio, rodeó su cuello con ambos brazos y juntó su cabeza con la de él, combinando las melenas roja y azul de ambos. El moreno la había escuchado, aun así se sorprendió por el abrazo; todavía le resultaba difícil asimilar la soltura con la que la joven pelirroja se movía entre ellos, sin miedo, sin asco.

―¿Todo está bien? ―preguntó en voz muy baja solamente para él.

―Sí ―respondió aunque no sonó muy convencido. Estuvo a punto de replicar pero Defteros se le adelantó, alzó la mano derecha y acarició una de las mejillas de la pelirroja ―¿Qué tal te fue?

―Bien ―comenzó ―Aunque me hicieron una pregunta y no supe qué contestar.

Eso llamó la atención de Defteros lo suficiente para girarse un poco y mirar a su pareja a la cara. Clavó sus ojos dorados en los zafiros de ella y movió un poco las orejas aunque no las irguió del todo, gesto con el que ella supo que podía proseguir.

Su relato empezó con ella explicando que había llegado a la cafetería como era usual. Entonces Aioria se le había acercado para preguntarle acerca de su repentino cambio de humor además de ese brillo especial que notaba en sus ojos. Al principio, ella había sido evasiva como siempre, no le apetecía revelar su vida privada ni lo que acontecía en ella. Sin embargo, la terquedad del de cabellos castaños había sido tal que había logrado sacarla de sus casillas y gritar un "¡Estoy saliendo con alguien!" que hizo que varios comensales y compañeros miraran en su dirección con curiosidad, e incluso el gerente se acercó para ver lo que estaba sucediendo. Eso fue bochornoso para ella, tanto, que al contárselo al demonio, sintió su rostro arder de nuevo. No obstante, cuando la pelirroja mencionó que estaba saliendo con alguien, Defteros no pudo evitar agitar las largas orejas y la cola por la emoción. Se sentía muy bien escuchar esas palabras provenientes de labios de la mujer.

Marin prosiguió el relato enfocándose, tal vez demasiado, en otros detalles pero Defteros sabía que lo hacía porque su cerebro buscaba la mejor manera de abordar el tema central. A él no le importaba que hiciera eso, por lo que escuchó con atención para hacerla sentir en confianza. Para el alfa era refrescante escuchar una conversación tan "trivial" pues, durante gran parte de su vida, lo único que escuchaba eran pláticas sobre guerras, estrategias, alianzas, batallas, conquistas, exterminios y demás derivados. Incluso en su pequeño clan, en gran medida sus conversaciones eran referentes a aspectos bélicos y de supervivencia. Así que le gustaba mucho escuchar a Marin hablar sobre su vida diaria, sobre su trabajo, sus deberes y sus relaciones con otros humanos.

Por fin, la mujer se armó de valor para mencionar lo que no paraba de darle vueltas en la cabeza. Carraspeó y miró al varón a los ojos.

―Defteros… ¿Qué somos realmente…?

La pregunta lo tomó un poco desprevenido ya que no esperaba que esa fuera su interrogante. Respiró hondo permitiéndose unos segundos de silencio antes de responder.

―Cómo te comenté alguna vez, ―comenzó el moreno ―nosotros únicamente nos enamoramos una vez en la vida ―guardó silencio nuevamente, no podía creer que estaba a punto de confesarle algo tan personal ―. Y ésta es la primera vez que yo siento esto por alguien de cualquier raza.

Marin percibió un ligero sonrojo adornar las mejillas del moreno, aunque él mantuvo la compostura en todo momento. Dejó que las palabras de Defteros llegaran a sus oídos y se asentaran antes de hablar, pero él se le adelantó.

―Sé que al decirte esto te pongo en un peligro grave y entiendo si quieres marcharte, pero Marin, yo estoy enamorado de ti…

―¿Eso significa que somos novios? ―preguntó ella sin apartar la mirada de él.

―Nosotros no tenemos un término así, nos volvemos compañeros, pareja una vez que nos confesamos, pero sí, podría decirse que lo somos.

La sonrisa que se dibujó en los labios de Marin hizo que el corazón de Defteros se hinchara de pura felicidad y alivio. No esperaba que esa fuera su reacción. Había esperado silencio, molestia, enfado, duda, incluso que ella diera media vuelta y se marchara, mas no esa sonrisa que iluminaba su semblante.

―Somos novios ―repitió la pelirroja en voz baja.

Él asintió y ella volvió a abrazarlo con cariño. Se permitió ser un poco más abierta con sus sentimientos ahora que estaba segura de que eran una pareja. El demonio se permitió rodearle la cintura con ambos brazos, estrechándola con cariño. Marin le regaló un beso en la mejilla. La felicidad que los embargaba a ambos logró eclipsar un poco el hecho de que ahora sería un blanco todavía más claro para Ice.

Sin decir nada, Defteros se acostó en el pasto con Marin encima pero no la soltó. No pretendía nada y lo demostró al empezar a hablar. El cielo estaba estrellado.

―¿Sabías que las estrellas guardan los deseos de las personas? ―dijo el moreno en voz baja.

―¿De verdad? ―ella giró y se tumbó al lado del moreno, con un brazo alrededor de su cintura.

―Sí. Por esa razón siempre brillan.

Marin entonces se quedó callada y clavó la mirada en el cielo, en la estrella más brillante. Sonrió. Alzó la mano como si quisiera tocar el manto estelar que se alzaba sobre ellos. Defteros entonces se atrevió y, despacio, acarició el brazo de la pelirroja con las garras con un cuidado infinito hasta llegar a su mano y entrelazar sus dedos. Ese contacto volvió a enviar esa descarga eléctrica que sintieron la primera vez. El corazón de ambos pareció latir al unísono.

―Pedí un deseo para nosotros ―comentó la pelirroja en voz muy baja, casi con vergüenza.

―No me lo digas ―se apresuró a decir Defteros ―. Guárdalo para ti, en tu corazón y se cumplirá.

Sintió como el moreno estrechaba su mano y acariciaba el dorso de la misma con el pulgar. Ambos giraron a verse casi al mismo tiempo mientras bajaban los brazos sin soltarse. Sus miradas se encontraron y Defteros no pudo evitar acariciar su mejilla con la mano libre.

―Eres hermosa ―su piel blanca, salpicada por las pecas, le recordaba al cielo estrellado que se cernía sobre ellos.

―Deft… ―atinó a decir antes de que una sonrisa avergonzada surcara sus labios.

El moreno acortó la distancia entre ellos hasta que sus narices rozaron. Con la mano libre, Marin también acarició la mejilla de su pareja. De pronto un pensamiento le invadió la mente: no se puede poner uno en contra del destino. No sabía a qué se refería, ni la razón de que eso viniera a ella, pero tenía la ligera impresión de que no tardaría en descubrirlo.

Los labios de Defteros la devolvieron a la realidad. Fue un beso corto pero muy cariñoso. Entonces, el demonio le pidió que se sentara un segundo, cuando ella obedeció, él estiró las alas y luego la invitó a tumbarse de nuevo mientras pasaba un brazo alrededor de sus hombros y ella apoyaba la mejilla en su pecho, escuchando su corazón latir. El ala sobre la que se había acostado, se cerró un poco como si fuese una manta que la cubriría del frío.

Se quedaron en silencio un momento más antes de que Defteros comenzara a relatarle una historia. Parecía ser que era muy fanático de las leyendas y la mitología pues lo que le contaba iba sobre eso. Marin lo escuchó atentamente. Ella también conocía algunos mitos, pero ese en particular jamás lo había escuchado así que lo interrumpió varias veces para hacerle algunas preguntas al respecto y así saciar su curiosidad.

Entonces el relato tomó un giro inesperado. Defteros comenzó a hablar sobre unos seres de cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas que caminaban la tierra y cómo, víctimas de su propia vanidad, decidieron atacar a los dioses y derrocarlos, acción que no fue bien recibida por Zeus quien terminó partiéndolos a la mitad con su espada. La pelirroja ahogó un grito al escuchar esa parte de la historia y quiso preguntar, sin embargo, obtuvo su respuesta cuando Defteros comentó que Zeus pidió a Apolo cicatrizar la herida de esos seres, la cual era el ombligo, y voltear sus cabezas para que pudieran verla, como recordatorio de su derrota. Marin no entendía por qué el demonio le contaría esa historia cuando estaban compartiendo un momento medianamente romántico e íntimo. Explicó entonces que los hombres cayeron de nuevo a tierra y, con desesperación buscaron a su otra mitad, pues sin ésta no podían vivir.

―Esa es la forma que nosotros tenemos ahora ―dijo mientras giraba un poco el rostro para verla a los ojos.

―¿Por eso es que siempre tenemos esa sensación de que algo nos falta?

―Así es ―comentó y dio un toque en la punta de su nariz con el dedo índice.

―¿Por qué me cuentas esto? ―preguntó la pelirroja sintiéndose ligeramente confundida.

―Porque quiero que sepas que tú eres mi otra mitad ―respondió el moreno con una sonrisa, los ojos dorados colmados de una ternura y un amor inmensos ―Tú eres mi alma gemela ―se atrevió a decir.

Marin se quedó sin palabras. Entendía lo que eso significaba, el poder de esa frase. Se le hinchó el corazón de pura felicidad, ¿qué podría decir para rivalizar con eso? Si era sincera consigo misma, nada. No había nada que pudiera siquiera igualar lo que Defteros le había dicho, así que solamente atinó a besarlo.

Sus labios se encontraron en un dulce beso, aunque de un momento a otro también adquirió un gusto salado. Aquello alarmó al moreno que abrió los ojos, solamente para percatarse de las lágrimas que resbalaban por las regordetas y perfectas mejillas de Marin.

―Cielo… cielo, ¿qué sucede? ―preguntó con algo de tristeza, pensó que tal vez había dicho algo malo y esa simple idea le hizo sentir fatal.

―No pasa nada ―dijo en voz baja y un tanto entrecortada.

―¿Dije algo malo…?

―No. No ―se apresuró a decir, la angustia marcada en sus ojos azules ―Al contrario. Lo que dijiste… ―se mordió el labio inferior y negó. Se le hizo un nudo en la garganta que hizo imposible que continuara explicándose.

―Cielo ―Defteros pasó las zarpas por los cabellos rojos de Marin, acomodándolos con cariño detrás de su oreja y juntó su frente a la de ella, cómo si con eso pudiera escuchar sus pensamientos y saber realmente lo que sucedía.

―Lo que dijiste… ―intentó volver a hablar. Tenía los ojos cerrados. El contacto pareció calmarla realmente, pues las palabras habían comenzado a fluir mucho mejor ―Yo creí que sería incapaz de volver a amar…

―Marin…

―Creí que estaba rota ―interrumpió a Defteros ―. Luego de lo que ocurrió, pensé que el amor se me había negado para siempre ―las lágrimas siguieron resbalando por sus mejillas ―Pero tú… ―una sonrisa de felicidad apareció en sus labios, contrastando con sus lágrimas.

―Cielo… ―aferró un poco más sus cabellos y su rostro mientras pegaba un poco más su frente a la de ella.

―Gracias ―fue lo único que logró decir mientras volvía a besarlo.

En realidad quería decirle que lo amaba, pero lo juzgó demasiado pronto e inapropiado. Esperaba que el beso fuera suficiente para hacerle saber realmente lo que las palabras eran incapaces de expresar.

Ambos deseaban disfrutar al máximo ese momento de intimidad, de sinceridad y del amor más puro que existía. Por alguna razón, parecía necesario que lo hicieran así.