XXIV. Dulces mentiras

Pasó un largo mes. Para ella fue eterno y, a pesar de que estaba en compañía de Defteros y los otros dos demonios, comenzaba a echar de menos la comodidad de su cama, de un baño, de un lugar privado para ella. Obviamente evitó hacer comentarios al respecto y trató de mantenerse tan normal como le fuera posible para no hacer sentir mal a ninguno de los demonios del bosque ya que sabía que se estaban esforzando mucho para hacerla sentir lo más cómoda posible. Sin embargo, ellos también comenzaban a resentirlo de formas muy sutiles por lo que decidieron que era momento de que Marin volviera a casa.

Defteros se negó al principio. Estaba preocupado por ella y sabía que no podría cuidarla de la misma manera si se marchaba.

―Ella jamás esperaría que Marin volviera a casa ―comentó Saga una noche mientras la pelirroja dormía.

―Pero podría estar esperándola igualmente ―atajó el moreno ―Ice es demasiado impredecible y no podemos arriesgarnos.

―Es más arriesgado que Marin se quede aquí ―habló Kanon en tono tranquilo ―Por lo menos en su casa no hay muchos lugares en donde Ice pueda esconderse… Pero aquí… ―Hizo un gesto con la cabeza para que miraran al rededor ―No hay forma de saber por dónde podría venir un ataque… Y Aspros… ―pero el menor de los demonios se obligó a callar.

Eso también era verdad, tampoco había rastros de Aspros por ningún lado y solamente podían asumir que el mayor de los Stormrage se había marchado para siempre. La ausencia de su hermano solamente avivaba en el alfa los recuerdos de aquella horrible pesadilla y de una posible traición.

―Necesito un par de días para pensarlo ―sentenció el mayor con cara de pocos amigos.

―No tenemos un par de días ―intervino Saga.

―¡Dije que un par de días! ―Defteros enseñó los aserrados dientes y sus ojos relampaguearon con furia. No tuvo que levantar la voz para que sus palabras fueran finales.

Los gemelos compartieron una mirada fugaz. Comprendían la frustración y las ganas que tenía su líder de proteger a su compañera, pero temían que ese afán de protegerla terminara jugando en su contra. Obviamente su palabra era ley y tendrían que respetar su decisión, a final de cuentas no podrían hacerlo entrar en razón sin ayuda de

Defteros Stormrage sabía perfectamente que Marin no podía quedarse en el bosque durante más tiempo pues ella era una humana y los humanos no estaban hechos para vivir en ese lugar. No obstante, su preocupación por ella era mayor; que volviera a casa solamente significaba que no podría estar tan pendiente de ella ni cuidarla como había hecho hasta ahora. Se permitió mirarla dormir durante algunos minutos.

Ambos mantuvieron sus pensamientos para sí pues no querían preocupar al otro. Trataron de que todo siguiera con normalidad aunque era obvio que existía cierta tensión, aunque nada tuviera que ver con ellos sino con la situación y las decisiones a tomar. Marin trataba de poner buena cara siempre, aunque llegó a notar las miradas de Saga a Defteros.

Pasó casi una semana después de la discusión con los gemelos Sunfury y el alfa sabía que no podría posponerlo durante más tiempo, pero quería intentarlo. Estar con ella le alegraba esos días otrora monótonos y se rehusaba a volver a lo mismo de antes. La temperatura había comenzado a descender pues ya se acercaba el invierno y, aunque al principio lograron mantenerla a ella y a su tienda de campaña a una temperatura acogedora para ella, cada vez se complicaba más. Esa noche en particular, el frío arreciaba y, aunque la pelirroja insistió varias veces que se encontraba bien y no tenía frío, no tardó en comenzar a temblar y a castañetear los dientes. Por más que trataba de controlarse, su cuerpo era mucho más honesto.

―Cielo, por favor… ―Murmuró Defteros desde afuera de la tienda de campaña, preocupado.

―E-Estoy bien… ―tartamudeó esperando que él no notara que estaba muriendo de frío.

Pero el demonio escuchaba con claridad cómo temblaba y cómo su corazón latía más rápido en un intento desesperado por bombear más sangre al cuerpo. Agachó las orejas y también la mirada, ¿qué podría hacer? Él tenía una temperatura corporal elevada, podría decir que incluso más que sus compañeros demonios, así que era muy complicado que las bajas temperaturas hicieran mella en él, pero estaba consciente de que ese no era el caso para su pareja.

―Marin… Cielo… ―volvió a comenzar sin ocultar su preocupación ―Por favor…

Pero la pelirroja no pudo continuar pues se abrazaba a sí misma con fuerza para tratar de entrar en calor. El silencio prolongado lo asustó así que, disculpándose encarecidamente entró a la tienda sólo para encontrarse a la temblorosa mujer cubierta con varias mantas pero que no parecían ser suficientes para combatir las bajas temperaturas. Sus orejas se agacharon más al verla pero de inmediato, aunque con mucho cuidado, se tumbó a su lado para rodear su cuerpo cubierto con las mantas con sus brazos. Logró mirar su rostro y se preocupó al ver que sus labios se estaban pintando de un ligero color lavanda. Cerró los ojos, incapaz de mirarla en ese estado durante más tiempo, aquella era la prueba más grande de que no pertenecía al bosque y debía volver a su hogar.

―Cielo… Mañana te llevaré a casa… ―Murmuró de nueva cuenta para después pegar los labios a su frente en un intento de hacerla entrar en calor.

Marin se quejó, era obvio que estaba a punto de protestar pero el moreno se le adelantó una vez más.

―Estarás mejor en casa, no pasarás tanto frío… ―continuó lo más tranquilamente posible en un intento de animarla pero al notar que se quejaba entendió que tenía miedo ―Te prometo que te cuidaré… ―hizo una breve pausa y entonces dijo en un susurro ―No quiero perderte y menos así…

Ya estaba, lo había dicho aunque tampoco era un secreto. Sin embargo, Marin habría deseado no estar envuelta en mantas ni en tan mal estado para poder responder como era debido, o por lo menos para haber respondido. Estaba consciente de que existía esa posibilidad de que él terminara descuidando su clan por estar con ella y eso era algo que siempre le preocupaba y le hacía sentir mal. Odiaba ser una damisela en peligro pero toda esa situación se le escapaba de las manos; no podía enfrentarse a criaturas fantásticas siendo una mortal.

Defteros entendía que ella podía estar angustiada y lo sabía simple y llanamente porque él lo estaba también, pero si ya lo habían hecho funcionar una vez, volverían a hacerlo y de eso no le cabía la menor duda. Tendría que nombrar a un sustituto ahora que Aspros estaba desaparecido pero sabía que, a quien eligiera, sería responsable y confiable, aunque trataría a toda costa de no separarse demasiado del bosque y de su deber. No estaba dispuesto a volver a cometer el mismo error de antes.

La noche fue dura para ambos. Ella, a pesar de estar bien arropada y ya haber entrado en calor, pensaba una y otra vez en las posibilidades de que la extraña mujer volviese a aparecer y que su suerte se hubiera acabado, pero sobre todo, pensaba en Defteros y en sus responsabilidades, llegando incluso a culparse por haber aparecido en su vida para cambiarla de ese modo. Por su parte, él se daba cuenta de lo frágil que era su compañera, de lo fácil que sería perderla en un descuido y eso lo aterraba, además de llenarle la cabeza de la posibilidad de alejarse de ella, no obstante, eso estaba totalmente fuera de discusión. Trató de mantenerse tranquilo para dejarla dormir pero su mente estaba en caos total. Cerró los ojos y reemplazó sus labios por su frente, tuvo que encogerse para quedar a su altura pero no le importó. Extendió las alas sobre ella para darle algo más de abrigo mientras trataba de silenciar sus pensamientos.

La mudanza se llevó a cabo sin contratiempos, aunque a Marin en serio le costó volver a entrar a casa. Defteros se percató de cómo sus dedos temblaron mientras trataba de abrir la puerta y después cómo su corazón latía veloz presa de la ansiedad y el terror que le provocó estar de nuevo allí. Pero al prender las luces, ambos notaron que, además de que los muebles estaban cubiertos por una fina capa de polvo, todo estaba en su lugar, tal y como lo recordaban. Fue él quien entró para verificar que todo estuviera en orden y aunque captó el hedor de Ice, éste era bastante tenue, dando a entender que no había vuelvo a poner pie ahí.

Cuando el demonio le dijo que no existía peligro alguno, ella pudo volver a respirar aunque fuera por un instante. Defteros le hizo compañía hasta que fue la hora de dormir. Después de tomar una taza humeante de té y un buen baño con agua caliente, la mujer no tardó en entrar en calor y sentirse reconfortada.

Conversaron como hacían antes y fue en ese momento que ambos notaron la falta que les había hecho tener esa intimidad.

Corrió a toda velocidad para evitar utilizar sus alas y llamar la atención. Había tardado un jodido mes y encima se había encontrado con Ice. Recordar su interrogatorio le molestó, no obstante, el que todo fuera de acuerdo al plan la había calmado lo suficiente para esperar un poco más. Así que al final todo valió la pena y ahora podía volver. Esperaba que no fuera demasiado tarde para su regreso. Se abrió paso entre los árboles haciendo uso de su perfecta vista nocturna hasta llegar al claro. Ahí se encontró con Kanon que montaba guardia y que, al ver a la figura, se puso alerta. Por un segundo no lo reconoció. No había rastro de sus alas y en su lugar, una gabardina larga, con el cuello levantado le cubría la mitad inferior del rostro. Le tomó un segundo darse cuenta de la prominente cornamenta que solamente podía pertenecer a una persona.

―Al fin llegaste... ―Saludó el menor de los demonios ―Fue difícil guardar el secreto ―confesó mientras miraba con atención el rostro ajeno.

―Pero lo lograron y ahora sí podremos empezar.

Sin embargo, si Kanon habría tenido dificultades manteniendo la boca cerrada, no era capaz de imaginar lo que sería de él si tuviera que guardar la mitad de los secretos que él llevaba a cuestas. Estaba seguro de que más de uno habría perdido ya la razón, aunque tal vez é también lo había hecho.

El de cabellos turquesa se sentía aliviado: Aspros Stormrage había vuelto. Las piezas ya estaban en su lugar. Era hora de comenzar con todo.